En este diálogo recorre el camino que lo ha llevado hasta el sacerdocio y nos permite asomarnos a su historia a través de entrañables vivencias personales y familiares.
David, cuéntenos un poco de usted y su familia
Nací en Bogotá el 21 de noviembre de 1997. Mi papá es German mí madre Marcela; mis hermanos son Ana, Juan, Sara y María.
Mis papás son de Santander, así que mis cuatro hermanos y yo crecimos con esa mezcla curiosa: somos 'rolos' de nacimiento pero con sangre santandereana. Soy el menor de cinco hermanos; tuve una infancia muy normal y crecí en una familia muy unida. En mi casa la fe se vivía con muchísima naturalidad, y creo que ese ha sido el mejor regalo de mis papás. Hoy en día sigo haciendo cosas como sacerdote que aprendí desde pequeño: rezar el rosario, ir a Misa o rezar por la noche antes de acostarme.

Sin embargo, no hay que idealizarlo: ¡no fue una tarea fácil para ellos! Recuerdo las carreras de los domingos para lograr que todos estuviéramos listos y vestidos a tiempo para ir a Misa. Y eso que la iglesia nos quedaba a la vuelta de la casa, era un convento de monjas.
Cuando llegábamos temprano, las hermanas siempre me pedían que ayudara en la procesión o como monaguillo. Si les soy sincero, en ese entonces no me gustaba nada, así que empecé a entrar un par de minutos tarde a la misa, solo para que no me 'atraparan' para ayudar. Hoy me río de eso y, aunque no me siento orgulloso de mi rebeldía, me sirve para recordar que mi camino no fue el del niño que siempre soñó con ser sacerdote; mi vocación llegó por otros caminos más adelante.
Cuando era niño o adolescente, ¿qué soñaba ser de grande?
De niño —y no tan niño— mi gran sueño era ser piloto comercial. Desde muy pequeño me aficioné a la aviación y mi papá alimentó esa pasión, tal vez sin darse cuenta; de hecho, es una afición que mantengo hasta el día de hoy. Sin embargo, cuando llegó el momento de plantearme mi camino profesional en serio, con el consejo de mis papás y de algunos amigos, me di cuenta de que esa carrera no era tan fácil de adaptar al estilo de vida que yo quería tener.
El último año de colegio viví una pequeña crisis: llevaba siete años ilusionado con el mundo de la aviación y, de repente, tenía que abrirme a otras posibilidades. En medio de esa búsqueda, me hicieron una propuesta totalmente inesperada y diría que fue providencial. Yo ya era de la Obra en ese entonces, y surgió la posibilidad de ir a Roma a estudiar Filosofía. Era una ilusión que tenía don Javier Echevarría, el Prelado del Opus Dei en ese momento; él soñaba con que jóvenes de todo el mundo estudiaran carreras de humanidades para influir cristianamente en todos los ambientes de la sociedad.

Acepté el reto y, apenas terminé el colegio, me trasladé a Roma. Al principio no entendía mucho de letras, pero se me abrió un mundo por completo. Al mirar hoy con perspectiva, no me arrepiento de haber tomado ese camino: la filosofía me dio un modo nuevo de mirar el mundo y me permite aportar mucho a la visión que otros tienen de las cosas. Así que soy filósofo de profesión.
¿En qué momento apareció por primera vez la idea de que Dios podía llamarlo a ser sacerdote? ¿qué fue lo que más le costó aceptar?
No sabría decir un momento concreto en el que vi la vocación sacerdotal. No suele ser algo que surja de la noche a la mañana, sino más bien una semilla que va creciendo poco a poco en el alma. Al mirar atrás entiendo que Dios me fue llevando por ese camino, muchas veces desconocido para mí, hasta sorprenderme con la llamada al sacerdocio. Claramente, mis años en Roma fueron decisivos, porque allí empecé a tener una relación más profunda con Dios y mi mirada sobre la Iglesia se amplió muchísimo.
«Si os amáis, decía san Josemaría, cada una de nuestras casas será el hogar que yo he visto»: hogares cristianos, lugares donde cada uno y cada una quiere vivir y desvivirse por los demás. Cuaderno breve con algunas reflexiones sobre la vida de familia https://t.co/zuvbw4Vz0i
— Opus Dei Colombia (@OpusDeiColombia) August 24, 2025
Fue en esos años universitarios cuando empecé a vislumbrar este camino. Yo ya había entregado mi vida a Dios como numerario en el Opus Dei, y san Josemaría siempre decía que, para los numerarios y agregados, el sacerdocio es una “llamada dentro de la llamada”. Así que fui profundizando en mi vocación y descubriendo que esta era una posibilidad real que Dios me ponía delante.
En esos años, una de las cosas que más me costó aceptar fue el hecho de dejar atrás la vida que llevaba, especialmente mi trabajo profesional. Durante algunos años trabajé como profesor en un colegio en Medellín y Bogotá, en el Gimnasio de Los Cerros, del que soy egresado. Allí descubrí mi pasión por la enseñanza.

También me inquietaba un poco la idea de dejar de ser 'anónimo'. Un sacerdote, cuando actúa, no lo hace solo por sí mismo, representa a la Iglesia; sientes que tú presencia en cualquier sitio ya no pasa desapercibida, porque las personas se fijan en ti de otro modo.
Pero esa falta de anonimato también te permite ser testigo de cosas muy bonitas. El otro día iba en el metro con un amigo rezando el rosario. Al verme, una mujer se sentó a mi lado y me preguntó si podía rezar conmigo. Antes de ser sacerdote nunca nadie se me había sentado al lado —sin conocerme— para rezar juntos. Es solo un gesto, pero me demostró que las personas están buscando a Dios, y ser un instrumento de esa cercanía es algo maravilloso.
¿Cómo reaccionaron sus papás cuando les contó que quería ser sacerdote? ¿Influyeron en su decisión?
Se alegraron muchísimo. Mis papás han sido muy respetuosos con las decisiones que hemos tomado mis hermanos y yo; pero no es ese respeto distante del 'tú verás qué haces', sino un apoyo real. Los he sentido siempre muy cerca, y con el tiempo me he dado cuenta de que el respaldo de los padres es fundamental: no es lo mismo lanzarte a una aventura con su apoyo que sin él.
El sacramento del Orden comunica "un poder sagrado", que no es otro que el de Cristo
Recuerdo especialmente el día que les dije que quería irme a Roma a estudiar Filosofía. Lo primero que hicieron fue preguntarme si estaba seguro, porque sabían que no era solo un cambio de país, sino elegir una carrera exigente. Cuando les contesté que lo había pensado bien, me dijeron de inmediato que contara con ellos para todo.
Luego, mi mamá, con los ojos ya llorosos, me miró y me dijo: “David, me cuesta muchísimo que te vayas de la casa, pero te apoyaré en tu decisión si eso es lo que te hace feliz”. Esa mezcla de dolor por la partida y alegría por mi felicidad resume muy bien lo que ha sido su papel en mi vocación: un amor generoso que me ha dejado llegar hasta donde estoy hoy.

Mis papás siguen siendo mis papás y yo su hijo; eso no va a cambiar nunca. Nuestra relación sigue siendo la misma de siempre: me dicen lo que piensan 'sin pelos en la lengua', y si tienen que corregir algo, lo hacen con total naturalidad. Con mis hermanos pasa exactamente lo mismo; tenemos mucha confianza y lo raro sería que el trato cambiara por el hecho de ser sacerdote.
En mi familia somos muy bromistas, así que el ambiente en casa sigue siendo igual de movido. Tal vez lo único que ha cambiado un poco es cuando salimos juntos a sitios públicos, porque al ir vestido de sacerdote, pues... debemos moderarnos un poco.
¿En algún momento tuvo dudas en el proceso de discernimiento?
Gracias a Dios, no he tenido dudas que me hicieran pensar en dejar este camino que apenas comienzo. Dios me ha llevado de una forma muy natural por donde Él ha querido. Por eso, siento que en la vida de cualquier cristiano la mejor respuesta ante lo que Dios te propone es, sencillamente, un 'sí'. Muchas veces no entiendes los motivos, pero ese paso hace parte de un plan mucho más grande que terminas descubriendo. Yo le he ido diciendo que sí a Dios en las cosas pequeñas y, al final, me ha sorprendido con el sacerdocio.
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Mi vocación como la de muchos, pienso que surgen de las familias cristianas. Aun así, Dios no tiene moldes fijos; conozco casos de personas conversas que crecieron en ambientes totalmente alejados de la fe y que, por caminos impensables, terminaron descubriendo su llamada.
Por eso, creo que cada vocación es un misterio único. Se llega por rutas distintas, pero todas nacen en ese lugar sagrado que es la intimidad del corazón de cada hombre con Dios.
¿Cómo puede una familia darse cuenta de que alguno de sus hijos puede tener vocación sacerdotal?
Pienso que, al ser la vocación una llamada tan íntima y personal, es algo que se va forjando en el interior de cada uno; por eso, más que los padres 'dándose cuenta', es el hijo quien debe ir descubriendo esa llamada por sí mismo.

Una vez que uno empieza a notar esas huellas que Dios va dejando, la familia se convierte en una ayuda incondicional. Y esto implica dejar que el hijo sea quien Dios quiere que sea, aunque eso signifique verlo tomar un camino distinto al que ellos quizás imaginaron.
Por esto creo que vale la pena rezar por las vocaciones en la propia familia, pero no para forzarlas, sino para que, si Dios llama, los padres tengan la grandeza de corazón para acompañar ese regalo.
¿Cómo son los estudios para llegar a ser sacerdote? ¿Cuál fue la materia que más le costó?
Los estudios para ser sacerdote son exigentes, sobre todo porque tienen un nivel universitario alto. Un sacerdote estudia al menos siete años antes de la ordenación: primero unos años de Filosofía, luego Teología y, en algunos casos maestría y doctorado. En concreto, las lenguas antiguas no son mi fuerte: tuve que pasar por el latín, el griego y el hebreo, que no son precisamente sencillas.
Además, al llegar a Roma, el reto no era solo la Filosofía, sino el idioma, porque todas las clases eran en italiano. Recuerdo una materia de Introducción al Pensamiento en la que el profesor repetía constantemente una palabra: Magari, que en italiano significa 'ojalá' o 'tal vez'. Yo, en mi confusión de los primeros meses, estaba convencido de que se refería a una filósofa importante.
Después de tres meses tomando apuntes, me acerqué al profesor a preguntarle por esa autora que citaba tanto. Cuando le pregunté: 'Oiga, ¿quién es esa tal Magari?', el profesor se quedó mirándome y me dijo: '¿Pero de qué autora hablas?'. Cuando le aclaré que me refería a la que mencionaba en todas las clases, soltó una carcajada. Yo respiré aliviado... ¡al menos no tenía que leerme las obras completas de la señora Magari!
¿Qué dicen sus amigos sobre su decisión?
Su reacción ha sido una de las cosas que más me han sorprendido. He encontrado una alegría generalizada por mi vocación, incluso entre los que no son muy practicantes o no católicos. Perciben el valor de lo que significa el sacerdocio y les da alegría conocer personalmente a uno.
Como sacerdote del Opus Dei, ¿cómo sirve concretamente a la Iglesia?
Un sacerdote del Opus Dei sirve a la Iglesia, en primer lugar, intentando ser muy fiel a ese espíritu específico que estamos llamados a encarnar: la santificación de la vida ordinaria. En el día a día, esto se traduce en estar disponibles para predicar, acompañar a muchas personas en su camino hacia la santidad y, por supuesto, celebrar los sacramentos. Hay una frase de san Josemaría que resume mi ‘nueva ambición’: “ser sacerdote y solo sacerdote”.
En lo personal, tengo la ilusión —y sé que es un desafío gigante— de lograr que, a través de mi vida, los demás puedan ver cada vez más a Jesús y cada vez menos a David. Para lograrlo necesito mucha ayuda de Dios y, también, de la oración de todos los que me acompañan.
¿Qué le diría a alguien que no valora lo qué hace un sacerdote? ¿Por qué cree que vale la pena ser sacerdote hoy?
Le diría que se acerque a uno y lo conozca. Se daría cuenta de que somos personas totalmente normales, con un carácter específico, con virtudes y, por supuesto, con defectos como cualquier otro. Somos hombres al servicio de los demás que buscamos, sencillamente, lo mejor para cada alma.
Por eso, creo que ser sacerdote hoy es más actual que nunca. En un mundo lleno de incertidumbre, el sacerdote es un testigo de que Dios sigue actuando aquí y ahora.
Vale la pena ser sacerdote hoy porque el mundo sigue necesitando puentes que nos recuerden que no estamos solos y que nuestra vida tiene un propósito más alto, que a pesar de las circunstancias hay un Dios cercano que los ama con locura.
¿Qué es lo que más lo sorprendió en estos años de formación?
Una de las cosas que más me ha sorprendido y emocionado en estos años de formación son las relaciones que he podido construir. San Josemaría solía recordar con frecuencia que el Opus Dei es una gran familia, y en este tiempo he podido comprobar que no era una forma de hablar, sino una realidad que he palpado en cada experiencia. He sentido la cercanía de Dios en la cercanía de mis formadores en el seminario, en la convivencia diaria con las personas con las que vivo, en mis profesores. Pero también en mis compañeros de trabajo, en mis estudiantes y, por supuesto, en mi familia.
Si tuviera que resumirlo, el gran regalo de estos años ha sido aprender a mirar a los demás con ojos nuevos. He descubierto que Dios no está lejos, sino que se hace presente en el rostro de cada persona que ha aparecido en mi camino. Quizá ese sea el regalo más grande: descubrir que la vocación, aunque sea una llamada personal, es un camino que se recorre siempre muy bien acompañado.
¿Algo más que quiera compartirnos?
Quisiera pedirles que recen por mí, por este camino que empiezo ahora, y también por los otros 17 diáconos que recibirán la ordenación sacerdotal conmigo el 23 de mayo en Roma.

