Mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei, visitó tres países de Centroamérica en agosto de 2026: Guatemala (del 4 al 9), Honduras —San Pedro Sula y Tegucigalpa— (del 10 al 12) y El Salvador (del 13 al 15).
También puedes revivir el viaje desde nuestra cuenta de Instagram
- Lunes 10: encuentro con familias en San Pedro Sula
- Martes 11: encuentros con jóvenes y visita a la patrona de Honduras
- Miércoles 12: visita al Instituto Tecnológico Taular y encuentro con familias.
Galería de fotos

«He aprendido mucho de vosotros»: el Padre desde Tegucigalpa
Durante una mañana, estudiantes, empleados, docentes y egresados del Instituto Tecnológico Taular acogieron al prelado del Opus Dei, con quien compartieron sus trabajos, y también sus alegrías, dificultades e historias personales, y a quien agradecieron todo lo que se hace allí desde hace cerca de 30 años.
Germán llegó a Taular cuando era joven desde Guayabillas, una pequeña comunidad rural situada a unos 42 kilómetros de Tegucigalpa, con el sueño de salir adelante. Este miércoles, muchos años después, volvió a ese lugar y le contó al Padre lo que aquella oportunidad significó en su vida.

German contó su historia al Padre
Hoy es ingeniero industrial, tiene una maestría por una universidad de Barcelona, trabaja en la administración de uno de los principales almacenes comerciales de Honduras y hace un año se casó con Valeria. Pero al narrar su historia, Germán no comenzó por sus títulos ni por su trabajo. Habló de las personas que encontró en Taular y de una formación que, según explicó, le ayudó a crecer humana y espiritualmente.

Después habló Christopher, un joven estudiante que vive en una zona de la ciudad marcada por la inseguridad. Contó que muchas veces no puede salir tranquilamente de casa, jugar o hacer amigos cerca de donde vive. Para él, Taular significa algo muy concreto: un lugar donde se siente seguro, donde ha encontrado amigos y personas en quienes confiar, y donde recibe el impulso para estudiar, superarse y ser mejor persona.
También hubo historias familiares. Azael, padre de uno de los alumnos, contó que durante mucho tiempo se consideró un “hombre de ciencia” y vivió al margen de la fe. La muerte de su padre y la enfermedad de su hijo menor le hicieron experimentar la gracia de Dios y la cercanía de la Virgen María, explicó.
Desde 1997, Taular trabaja para ofrecer a jóvenes hondureños una formación académica, técnica, humana y espiritual. Historias como las que se compartieron junto al Padre reflejan que detrás de una iniciativa educativa hay mucho más que aulas: hay familias, oportunidades, esfuerzos y personas que ayudan a otras personas a descubrir sus capacidades y a mirar el futuro con esperanza.

Al terminar el encuentro, el Padre agradeció a quienes habían compartido con él sus historias. «Muchas gracias, he aprendido mucho de vosotros», les dijo.
Con familias en Tegucigalpa
Con la alegría y el cariño que ya son costumbre en estos encuentros, hondureños de todas las edades se dieron cita en Tegucigalpa para estar con el Padre. El ambiente, tenía el sabor de un reencuentro familiar: la sencillez de quien recibe en casa a alguien muy querido.

Al comenzar, el Padre recordó el lugar especial que ocupa Honduras en la historia del Opus Dei: fue la legación de Honduras en Madrid la que, por cinco meses y medio durante la guerra civil española, acogió a san Josemaría y algunos primeros de la Obra. A partir de este recuerdo, subrayó que, incluso en los momentos de sufrimiento e incertidumbre, Dios está siempre presente, «tal como Él es, con amor», aunque muchas veces no logremos verlo.
La conversación continuó con Sofi, estudiante de Medicina, quien expuso cómo había momentos en su vida en los que la cabeza estaba llena y su corazón acelerado, y a causa de ello su oración corría el riesgo de convertirse en un monólogo de preocupaciones y agobios, en lugar de un encuentro auténtico con el Señor. Ante esto, el Padre explicó que esas mismas preocupaciones, lejos de alejarnos de Dios, pueden convertirse en tema de oración y en ocasión de diálogo con Él. Para lograrlo, señaló, es importante partir de la filiación divina: sentirse hija muy amada de Dios.

Tomó la palabra Tony, unos de los primeros supernumerarios del Opus Dei en Honduras, para plantear una inquietud: cómo lograr que las generaciones más jóvenes vivan su vocación con la misma urgencia, vibración y audacia que caracterizaron a san Josemaría. El Padre precisó que esa necesidad de generosidad no pertenece solo a los más jóvenes, sino a todos, siempre. La clave está, en primer lugar, en la oración y en transmitir ese espíritu con una visión optimista y con el ejemplo de una vida entregada. Insistió en que no se trata de la edad, sino de la madurez de la experiencia. «Aquí nadie se jubila», recordó con cariño, citando a san Josemaría.
La tarde tuvo también un momento de celebración anticipada: el próximo 15 de agosto se cumple un nuevo aniversario de la ordenación sacerdotal del Padre. Con este motivo, Gracia y Mauricio le regalaron una pitillera —un pequeño estuche para guardar cigarrillos—, acompañada de una funda con los colores de la bandera de Honduras. El regalo no aludía al tabaco, pues el Padre no fuma, sino a un recuerdo eucarístico: durante la Guerra civil, bajo peligro de muerte, san Josemaría utilizó una pitillera similar para transportar y proteger al Santísimo por las calles de Madrid, y poder dar la Comunión a familiares y amigos.
Además, a lo largo del encuentro, un grupo de jóvenes animó el ambiente con representaciones musicales que pusieron de relieve la cultura de Honduras.

Más adelante, Teté, madre de familia, compartió parte de su historia de vida. Hace dieciséis años, su hijo Toñito nació con una rara condición congénita que, en su momento, se consideraba incompatible con la vida. En marzo de 2025 los médicos les advirtieron que quedaba poco por hacer, pues el tratamiento del que dependía ya no estaba dando resultado. Ese año salió al mercado un nuevo medicamento —el primero en cincuenta años—, que podría cambiar el rumbo de Toñito, pero su precio estaba fuera del alcance económico de la familia. Junto con un grupo de amigas y su familia, comenzó la novena de los enfermos a san Josemaría. Al noveno día de oración, recibieron una llamada de la farmacéutica: le darían a su hijo el tratamiento de forma gratuita durante el resto de su vida. Al terminar su relato, el Padre se unió a su acción de gracias por este regalo y por la intercesión de san Josemaría.
El encuentro concluyó con la bendición del Padre, quien agradeció el cariño de todos y pidió oraciones por el Papa, y las personas y asuntos que ocupan su trabajo y su corazón.
Un rato de tertulia en Ilama
En la mañana del martes 11 de agosto, el Padre visitó la Basílica de Nuestra Señora de Suyapa, en Tegucigalpa, acompañado por algunas personas de la Obra, para poner en manos de la Virgen las intenciones de todos los que está encontrando durante estos días en Centroamérica.
Paso seguido, la música dio inicio al primer encuentro del día, donde las risas, los detalles de cariño y las preguntas se sucedieron sin pausa en el centro Ilama, donde el Padre se reunió con un grupo de jóvenes hondureñas.
En el encuentro hubo ocasión de recordar los meses en que san Josemaría se refugió en la Legación de Honduras, en Madrid, durante la Guerra Civil española. La misma Honduras que entonces lo acogió a él y a unos de los primeros miembros de la Obra, en un pequeño espacio, recibía ahora al Padre en toda su tierra y con un ambiente festivo.

Hace un tiempo, junto con unas amigas, Sonia empezó a dar catequesis todos los sábados. Sin embargo, reconocía que a veces, sus intenciones se mezclaban: el querer quedar bien, recibir reconocimientos o simplemente sentirse satisfecho con uno mismo. Preguntó al Padre cómo cuidar el corazón y la dirección que a veces podemos darle.
Las motivaciones se rectifican cuando actuamos por amor a Dios: «Tenemos tendencia a quedar bien y entonces debemos rectificar la intención. No debemos extrañarnos ni desanimarnos al experimentar esa tendencia». En cambio, animó a pedir al Señor con sencillez: «Ayúdame a tener mejor intención, que todo sea para tu gloria».
Marcela preguntó cómo distinguir el verdadero amor cristiano de las ideas que predominan en la cultura actual, en una sociedad donde la palabra «amor» se utiliza para describir casi cualquier tipo de relación o sentimiento. La respuesta del Padre fue sencilla: «El amor auténtico busca el bien de las personas que se quieren. Eso es el amor, no la propia satisfacción. Eso hace que el amor se vaya purificando».

Más adelante, Andrea planteó una inquietud personal: cómo perder el miedo ante las peticiones audaces de Dios —como la vocación— y ser fieles a un compromiso tan grande. El Padre la animó, ante todo, a no precipitarse, recordando la frase del escudo de la familia Escrivá de Balaguer “Alma calma”. «Primero hay que pensar con calma, pedir en la oración consejo y luces. Y luego pedir ayuda a una persona que nos pueda acompañar con prudencia».
En medio de este ambiente de alegría, un grupo de jóvenes cantó una canción. Al escucharla, el Padre comentó: «Esto me lleva a pensar que se muere de amor. La cruz de Jesucristo es la muestra del amor. Él murió de amor. Y como decía Benedicto XVI, la cruz es el más grande acto de libertad humana por amor».
Bianca compartió una inquietud muy concreta: cómo perdonar y amar al prójimo cuando nos han hecho daño, especialmente cuando, a pesar de intentar perdonar, permanecen sentimientos de enojo o tristeza.
El Padre recordó entonces unas palabras de san Josemaría: «Lo más divino del amor a Dios es perdonar a los que nos han hecho daño». Y otra de sus expresiones: «Yo no necesito aprender a perdonar porque Dios me ha enseñado a amar mucho». La clave, señaló, está en pedir al Señor que nos enseñe a querer, «y así será mucho más fácil perdonar».

Karina, que lleva año y medio trabajando en la administración de Espave, compartió cómo por medio de ese trabajo ha aprendido a acercarse más a Dios, a valorar el cuidado de cada persona y a conocer más el Opus Dei. «A través de lo más material se crea un ambiente, que ayuda y educa. Por eso es muy importante ese trabajo», comentó el Padre.
Paulina, que cursa su segundo año de Biología, compartió que muchas veces se encuentra con personas que tienen ideas diferentes. El Padre la animó a no tener miedo de ser minoría en un ambiente universitario. Recordó que, desde sus comienzos, el cristianismo ha seguido adelante a pesar de las dificultades: «Los apóstoles fueron los primeros mártires; sin embargo, la Iglesia sigue adelante».
La conversación pasó después a un tema muy actual: la inteligencia artificial. Gaby pidió al Padre que hablara sobre cómo, desde la fe y el cristianismo, podemos evitar perder la empatía y seguir conectándonos verdaderamente con el prójimo. «No perder la empatía es querer a la gente». Al mismo tiempo, señaló que los avances técnicos pueden y deben usarse para hacer el bien: «Aprovechar la realidad y los procesos técnicos para el bien, educarnos en su uso y en el uso adecuado de esos medios».
Katherine proviene de Terra Sur, una zona cafetera de Costa Rica, y regaló al Padre una muestra de ese café de parte de su familia. Actualmente estudia en el centro Surí y trabaja en la administración de la casa de retiros Pedregales. Desde esa experiencia quería saber cómo vivir el amor por los detalles y ofrecer a Dios un café de primera calidad en su vida diaria.
El Padre aprovechó para recordar que «la vida está llena de cosas pequeñas: cuidar la relación con las demás, saludar, sonreír, el orden de la habitación. Las cosas grandes se hacen en lo pequeño y en la vida ordinaria».

Al final, el Padre les pidió rezar por el Papa y las invitó a estar siempre alegres.
«Ir mar adentro», una invitación a los jóvenes hondureños
En la tarde de ese mismo día, el Padre se reunió con otro grupo de jóvenes. Moisés, Ángel y Jorge animaron el inicio del encuentro cantando «En mi país». El Padre comentó que la buena música nos da fuerza también y puede convertirse en un canto a Dios cuando sus letras ayudan.

Franzuá, estudiante de Física, quería saber cómo acercar a Dios a sus compañeros de universidad. El Padre le aconsejó cultivar una amistad verdadera, aprendiendo de los demás, acompañando esas relaciones con oración y compartiendo con naturalidad aquello en lo que uno cree: «Se trata de crear un ambiente de comunicación sincera».
Pablo y Nelson entregaron al Padre una camiseta de fútbol después de contarle algunos de sus logros deportivos. Le preguntaron qué puede aportar el deporte a la vida cristiana. Mons. Ocáriz destacó el valor de la disciplina, el esfuerzo y la perseverancia. Igual que un deportista tiene un plan de entrenamiento y procura cumplirlo incluso cuando no tiene ganas, en la vida espiritual conviene contar con un Plan de vida y esforzarse por vivirlo.
«No podemos hacer las cosas solamente cuando nos apetecen», explicó. La oración, la Misa y las demás prácticas de piedad cristianas tienen un valor sobrenatural, pero también ayudan a formar personas capaces de afrontar los deberes y seguir adelante.

César, de 17 años, planteó una cuestión sobre la coherencia de vida. Entre el colegio, la familia, los amigos, el deporte y las actividades de formación, reconocía que a veces sentía que sus fuerzas no alcanzaban para todo. El Padre explicó que todas las facetas de la vida, por variadas que sean, pueden encontrar en el amor el sentido de unidad.
«Se puede amar en todo», afirmó. Cuando Dios entra en nuestra vida, explicó, podemos ser verdaderamente la misma persona mientras estudiamos, trabajamos, descansamos o afrontamos una dificultad. «Aquello que puede unir todas esas realidades es el amor de Dios». La coherencia de vida no se consigue de golpe: «Hay que luchar cada día. Y cuando uno falla, volver a empezar».
Recordando la llamada de Cristo a san Pedro —«rema mar adentro»—, Sergio compartió una inquietud: cómo no quedarse en la orilla, cómo evitar acomodarse y mantener viva la respuesta a Dios. El Padre le invitó a ir hacia aguas profundas a través del Evangelio, fuente esencial para conocer y tratar a Jesucristo. Y recordó que ese adentrarse puede comenzar con una oración muy sencilla: «Señor, quizá no sé qué decirte, pero quiero estar aquí contigo».

Johan, estudiante de Ciencias de la Computación, quiso saber cómo convertir el estudio en oración. El Padre respondió desde su propia experiencia universitaria en Ciencias Físicas, que el estudio y las ciencias pueden llevar a admirar la creación. Recordó que muchos de los grandes científicos han sido creyentes, y que eso es posible cuando se aborda la ciencia con admiración, y no de forma meramente pragmática. Y sugirió un modo para comenzar el trabajo con un pequeño movimiento del alma: «Señor, te ofrezco este trabajo. Ayúdame a realizarlo bien y a ayudar también a los demás mediante él».
David, con el deseo de ayudar a los demás desde la odontología, preguntó al Padre cómo mantener la presencia de Dios a lo largo del día. «Todos necesitamos su fuerza y su gracia», respondió el Padre. «No basta con proponérselo: hacen falta medios concretos como la Misa, la oración, el Evangelio». Así, esos momentos «nos dan fuerza para que toda la vida, poco a poco, vaya orientándose hacia Él», explicó.
Santiago preguntó por la libertad que a veces se puede ver afectada por el sentimentalismo. El Padre explicó que ser libre no consiste simplemente en hacer lo que uno quiere. «La libertad es, sobre todo, la capacidad de amar».

Al final, Juan Antonio pidió al Padre unas palabras para los jóvenes de Honduras. La respuesta fue sencilla y directa: «Vale la pena buscar a Jesucristo». No solamente en algunas cosas concretas, por importantes que sean, sino en una Persona: Jesucristo. El Padre les animó también a no tener miedo ante un ambiente que pueda resultar poco cristiano: «El Señor quiere contar con vosotros para que ayudéis a los demás y para que deis testimonio».
Y ante las dificultades, las tentaciones o incluso las caídas, les recordó: «Lo importante es levantarse y luchar sin desanimarse».
El encuentro terminó con la bendición del Padre, una foto y una invitación clara: ayudar a los demás a descubrir la belleza de la vida cristiana.
Lunes 10 de agosto, encuentro con familias en San Pedro Sula: «Siempre es posible crecer»
El Padre agradeció el cariño con que lo recibía la ciudad y se dirigió a todos con especial cercanía, hablando de la santidad del día a día o como decía san Josemaría un «martirio ordinario»: junto a las hazañas extraordinarias que Dios pide a algunos, a la mayoría nos pide simplemente vivir bien el trabajo hecho con cariño, la paciencia ante los pequeños contratiempos, el cuidado diario de la familia.
«Esa vida ordinaria no es de poco valor, es de gran valor, por el amor que ponemos», dijo, y añadió que quien piensa más en los demás que en sí mismo termina siendo no solo más eficaz, sino más feliz.

Daisy es médico y madre de tres hijos, y como su esposo, ambos forman parte del Opus Dei. Relató cómo hace poco vivió la pérdida de un bebé antes de nacer, a quien pusieron por nombre Fátima. Con esa experiencia de fondo, se preguntaba cómo aprender a tener con los demás —y consigo misma— la misma paciencia infinita que ha sentido por parte de Dios. El Padre la invitó a buscar en los demás a Cristo mismo, y trajo a la memoria una frase de san Josemaría: «la caridad, más que en dar, está en comprender». «Cualquier persona vale toda la sangre de Cristo», subrayó, aunque a veces resulte antipática o piense distinto.
Marco y su esposa Lori impulsan iniciativas con niños de zonas vulnerables de la ciudad, y compartieron con el Padre una preocupación que muchos se hacen tarde o temprano: ¿cómo mantener la perseverancia cuando los frutos tardan en llegar? El Padre respondió que ante los desafíos querer no basta: hace falta estar enamorado. «¡Enamórate y no le dejarás!», comentó, evocando el consejo que san Josemaría daba a quienes temían no perseverar en su tarea.

Juan Pablo, acompañado de su esposa Camille, quiso saber cómo ayudar a los jóvenes que viven en contextos complejos —redes sociales, inteligencia artificial, cambios sociales y políticos— que les dificultan encontrar su propósito en la vida. El Padre les propuso buscar la fuerza no en uno mismo, sino en Dios, en la oración y en el propio trabajo cuando se ofrece por amor y se convierte en oración. Ahí, dijo, está la clave de la unidad de vida: que la familia, el trabajo y la fe no vayan por caminos separados, porque Dios está siempre presente en todo.
Victoria contó entre nervios y risas que contraerá matrimonio en cinco días, y pidió al Padre un consejo para poner a Dios en el centro de su hogar y de esa vida familiar que está por comenzar. El Prelado les sugirió «buscar la felicidad del otro: tú para él y él para ti».

Rocío del Pilar habló de un año marcado por decisiones difíciles y momentos de soledad, y preguntó cómo reconocer a Dios cuando parece guardar silencio. El Prelado recordó el pasaje del Evangelio en que Jesús se queda en el Templo y sus padres lo buscan angustiados durante tres días sin encontrarlo: ni siquiera la Virgen María entendió del todo lo que ocurría, y aun así lo guardó todo en su corazón. Nosotros también podemos aprender a confiar sin necesidad de entenderlo todo, seguros de que Dios nunca nos ha dejado, aunque a veces lo parezca.
Una joven, Shekinah, compartió la conversión de su familia: todo empezó por ella, cuando comenzó a ir al club Jaribú a los 13 años. Gracias a la formación que recibió allí, hace un año pudo recibir el Bautismo, la primera Comunión y la Confirmación. Gracias a esta experiencia, sus papás y hermanos también se acercaron a la fe y recibieron el Bautismo. Ahora sus padres se preparan para casarse por la Iglesia el próximo 15 de agosto.
Shekinah contó que está aprendiendo a tocar el violín, e interpretó una pieza que disfrutó mucho el Padre, pues fue la melodía que estaba escuchando el día en que pidió la admisión a la Obra.

Dina dio paso al final de la tertulia contando su historia: creció en una aldea de Honduras, en una familia de doce hermanos y sin electricidad en casa. Muchas noches estudiaba a la luz de una vela. A pesar de las dificultades, logró formarse como profesora en varios países de América Central y hoy vive en Panamá.
«El lugar donde nacemos no determina hasta dónde podemos llegar», dijo antes de preguntar cómo mantener vivo el deseo de seguir formándose y de servir mejor a los demás. Siempre es posible crecer, incluso cuando un trabajo alcanza un límite material. Lo que nunca puede dejar de crecer es la calidad humana con que se realiza: la cabeza, la voluntad y, en último término, el amor que se pone en él, comentó el Padre.
Para terminar, unas jóvenes del club Jaribú alegraron el encuentro con un baile típico hondureño de origen garífuna, al ritmo de la canción Wéndeti Nagaira, que significa “qué bella es mi tierra”, luciendo unos trajes coloridos tradicionales.

