Mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei, realiza un viaje pastoral por Centroamérica. Tras visitar Guatemala (4-9 de agosto) y Honduras —San Pedro Sula y Tegucigalpa— (10-12 de agosto), ahora continúa en El Salvador. Con esta etapa, que se prolongará hasta el sábado 15 de agosto, concluirá la visita del Padre a Centroamérica.
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Encuentro con Familias
«Los aniversarios son buenos para recordar, para dar gracias». Con estas palabras, mons. Fernando Ocáriz recibió el cariño y unas flores de las familias de El Salvador, que quisieron anticipar la celebración de sus 55 años de sacerdocio, que será el sábado 15 de agosto.
Fue el comienzo de un encuentro en el que las preguntas y las historias personales fueron llevando la conversación de un tema a otro.
Una de las primeras preguntas giró en torno al perdón. El Padre explicó que el perdón está en el centro del mensaje cristiano porque «¿a qué vino Jesucristo al mundo? Sobre todo a perdonarnos». En la Cruz, recordó, Cristo mismo le pidió a Dios Padre: «Perdónales porque no saben lo que hacen». Por eso, aunque una ofensa pueda provocar sentimientos de enfado o rechazo, «con la voluntad siempre podemos perdonar». Quizá el sentimiento tarde más en acompañar, explicó, pero la voluntad puede decidir perdonar de verdad.

Stephanie y Sebas, recién casados, compartieron su deseo de construir un hogar con Dios en el centro y preguntaron cómo ayudar a otros jóvenes a descubrir la belleza de formar una familia.
El Padre comenzó por una cuestión fundamental: ¿qué entendemos por amor? «A veces lo que sucede es que hay una idea de lo que es el amor muy limitada y en ocasiones un poco equivocada», explicó. Se puede caer en un «amor provisional», un amor que dura mientras las circunstancias sean favorables. Pero «el amor, si es auténtico, es para siempre». No se trata tampoco de querer al otro simplemente por aquello que nos aporta. «Ver al otro como algo que me da satisfacción a mí» —explicó— «es parte del amor, pero no es la esencia del amor». La esencia está en «desear el bien de la otra persona».

También hubo espacio para hablar del noviazgo. Rodrigo, que prepara su boda con Isabel, preguntó al Padre sobre ese tiempo de preparación. Mons. Ocáriz aconsejó vivirlo sin prisas y aprovecharlo para conocerse de verdad. No se trata solamente de descubrir gustos o aficiones comunes, sino de comprobar que existe «una sintonía en las ideas fundamentales de la vida».
Herberth, educador y abuelo, quiso saber cómo conseguir que la familia sea una verdadera escuela de virtudes. El Padre sugirió «hacerse amigos de los hijos». Los padres, explicó, no son solamente quienes educan o ponen límites. También tienen que crear una relación de confianza que permita a los hijos acudir a ellos cuando tienen problemas. «Los hijos tienen que poder acudir a sus padres», señaló. Y esa amistad permite transmitir muchas cosas sin necesidad de grandes discursos, con la vida misma.
La respuesta adquirió una profundidad especial cuando Evelyn compartió la historia de su esposo, Edgardo. En 2020 le diagnosticaron leucemia. Durante la enfermedad vivió muy unido a Dios, acompañado espiritualmente y preparándose para su encuentro definitivo con Él. Murió dos meses después del diagnóstico. Dos días antes, Evelyn y su familia habían recibido una carta del Padre en respuesta a la que le habían enviado. Con la certeza de que Edgardo está en el cielo, Evelyn quiso agradecer al Padre su oración y preguntarle cómo transmitir que la alegría cristiana también pasa por abrazar la Cruz. La respuesta fue una de las más profundas de la tarde: «A pesar del sufrimiento y con el sufrimiento podemos ser felices».

El Padre aclaró que esto no significa buscar el dolor. Pero sí significa descubrir que el sufrimiento puede vivirse de otra manera cuando se une a Cristo. Recordó los últimos años de san Josemaría, cuando estaba físicamente muy débil y casi ciego, pero conservaba una alegría profunda. «¿Cómo es posible? Solo es posible por la unión con la Cruz de Cristo, por la fe».
También invitó a los presentes a ampliar la mirada y hacer propios los sufrimientos de los demás. Ante las noticias de guerras, terremotos o tragedias, no basta con pensar «qué pena». «Podemos rezar un poco por la gente que sufre, aunque sea un momento», explicó. Es una actitud cristiana muy importante: «sentir muy nuestro lo de los demás», tanto para rezar por quienes sufren como para alegrarnos con las noticias positivas.
Durante la tarde, jóvenes y niños también compartieron sus experiencias. Mariana, una niña, contó que en su colegio busca a Jesús en el oratorio por las mañanas o durante el recreo para contarle algo o pedir por alguien.
Al final, una familia venezolana que encontró en El Salvador su nueva casa, entregó al Padre un álbum con fotografías del país que los acogió y las intenciones de varias familias. Era un regalo para que se llevara «un pedacito de nuestro país».

Antes de despedirse, el Padre volvió a pedir oraciones por el Papa: «Sobre todo, rezad mucho por el Papa», insistió. Así terminó un encuentro en el que las familias no solo hablaron al Padre de sus alegrías y preocupaciones. También recibieron de él una invitación sencilla y exigente: aprender a querer de verdad, perdonar, acompañar a los demás y descubrir que, incluso en medio del sufrimiento, la unión con Cristo hace posible la alegría.

