En el discreto curso del río Jordán conseguía dibujarse un rostro triste, pero sereno, como si entre la espuma que se iba formando en el interior de los remolinos estuviese también escondida una mezcla de tristeza y de esperanza. Los apóstoles contemplaban a Jesús sin atreverse a invadir su estado melancólico, sospechando que las palabras que había escuchado hacía un par de días seguían rebotando en el fondo de su corazón. «Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo» (Jn 11,3).
Por fin, Jesús se incorporó con resolución y, sin dejar de contemplar el agua, les dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea» (Jn 11,7). La sorpresa fue grande y todos los oyentes se miraron incrédulos. Sabían que algunos días atrás habían intentado matar a Jesús. Por eso, buscaron disuadirlo y, con unos oídos sordos a la verdad no quisieron comprender que Lázaro había muerto: «Señor, si está dormido se salvará» (Jn 11,12). ¿Cuántas veces el hombre es capaz de disfrazar la comodidad y el miedo con argumentos aparentemente convincentes pero que, como hojas marchitas de otoño, se caen con el primer viento? Tomás, el apóstol que más tarde se mostraría dubitativo, fue quien se atrevió en este caso a asumir la realidad: «Vayamos también nosotros y muramos con él» (Jn 11,16).
El descaro de Marta
Cuando Jesús estaba a punto de llegar a Betania, la noticia ya había corrido de boca en boca, con esa rapidez con la que vuelan las novedades en los pequeños pueblos. Seguramente, en los últimos días, Marta y María habían hablado muchas veces de Jesús, el famoso Maestro de Galilea y el misterioso profeta del Reino, pero que para ellas era simplemente un buen amigo. Llenas de esperanza le habían enviado un mensajero con la triste noticia de la enfermedad de su hermano. Y con cierta decepción habían buscado, una y otra vez, la presencia del Señor entre la muchedumbre que venía a consolarlas, pero en vano. Por eso, la llegada de Jesús debió de causar un gran alboroto.
Marta, la más enérgica y decidida de la familia, encontró la fuerza necesaria para encararse con el Maestro. Dejó lo que estaba haciendo, sin esperar siquiera a que María la siguiera, e hizo oídos sordos a todos los vecinos que intentaban darle el pésame. Ella necesitaba desahogarse con Cristo. Como en aquella ocasión en que había tenido que soportar ver a su hermana inmóvil, escuchando a Jesús, mientras ella luchaba por mantener bajo control las cuestiones domésticas, Marta se sentía incomprendida por el Señor. Por eso, con esa mezcla de confianza y decepción que solo puede nacer en amistades verdaderas, Marta le espetó, sin haberlo ni siquiera saludado, una frase que escondía los pensamientos contradictorios que albergaba en su interior: «Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano» (Jn 11,21). Detrás de esas palabras había un dolor más hondo. La impuntualidad de Jesús, su aparente indiferencia, la desidia con la que se había puesto en camino al enterarse de la muerte de Lázaro: todo esto le pesaba a Marta. Pero, como si intuyera que estaba siendo injusta con él, y que quizá su pena la había llevado a mostrarse descortés con ese amigo siempre tan fiel, intentó corregirse: «Incluso ahora sé que todo cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá» (Jn 11,22).
A partir de esa pequeña confianza, Jesús comenzó un diálogo con Marta para calmar su inquietud y ayudarla a comprender que su retraso tenía un sentido, que ella en ese momento ni siquiera podía imaginar. «Tu hermano resucitará» (Jn 11,23), le dijo con una firmeza que habría hecho temblar las piedras que retenían el cuerpo de Lázaro. Y Marta, dando a entender que sospechaba que Cristo la quería consolar con la esperanza de una resurrección futura, le respondió de forma casi mecánica, con la desidia de una alumna aplicada ante una pregunta demasiado sencilla para sus extraordinarias dotes: «Ya sé que resucitará en la resurrección, en el último día» (Jn 11,24). Entonces, Jesús, guiando la conversación con delicadeza, dio un paso más: «Yo soy la resurrección y la vida (...). ¿Crees esto?» (Jn 11,26).
Jesús quería que el dolor de la pérdida llevara a Marta a una ganancia mucho mayor: que se diera cuenta de que, en él, no solo Lázaro tendría una nueva vida que nunca le sería arrebatada, sino que también ella, aquí y ahora, estaba llamada a cultivar un nuevo estilo de vida que iba más allá de las coordenadas biológicas. Quería que comprendiera que su amistad, más que un sentimiento temporal, era la semilla de una relación eterna, capaz de cambiar cada momento presente. «Jesucristo transforma radicalmente la relación del hombre con Dios; de ahora en adelante, será una relación de amistad. Por eso, la única condición de la nueva alianza es el amor»[1]. Al parecer, las palabras de Jesús provocaron una sacudida en Marta porque, probablemente sin haber comprendido del todo su significado, se dio por rendida con una respuesta llena de fe: «Sí, Señor. Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo» (Jn 11,27).
El precio de una nueva vida
Con la confianza en que su contemplativa hermana la ayudaría a comprender los distintos niveles del misterio de la vida y de la muerte que Jesús le había insinuado, Marta fue en busca de María. Ella, al oír el nombre de Cristo, se puso de inmediato en camino y no se detuvo hasta que pudo echarse, con todo el peso de sus noches sin dormir, a sus pies: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano» (Jn 11,32). Exactamente las mismas palabras de Marta volvieron a atravesar, como una sutil y afilada flecha, el corazón de Cristo. María se puso a llorar. Entonces, recordando tantos detalles de su cercanía con Lázaro y su complicidad con las dos hermanas, Jesús se estremeció. Por eso, cuando le preguntó a María dónde estaba enterrado su hermano, ya no pudo contener sus lágrimas y se echó a llorar de forma tan humana y tan divina, que todos comentaban: «Mirad cuánto le amaba» (Jn 11,36). Su llanto tenía una consistencia especial. «Cada uno de esos gestos humanos es gesto de Dios (…). Cristo es Dios hecho hombre, hombre perfecto, hombre entero. Y, en lo humano, nos da a conocer la divinidad»[2].
En ese ambiente de conmoción sincera, alguien se atrevió a expresar con crudeza lo que tal vez muchos llevaban tiempo pensando, sin atreverse a decirlo: «Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que no muriera?» (Jn 11,37). En ese momento seguramente a Jesús le dolió más que dudaran de su cariño hacia Lázaro que de su omnipotencia. Algo similar debe de sentir cada vez que le reprochamos que no se interesa por nuestras vidas o que hace oídos sordos a nuestras necesidades, insinuando que nos trata con indiferencia o frialdad. Pero Jesús no se deja amedrentar por la desconfianza humana, sino que siempre está dispuesto a despertar la fe, a sembrar esperanza y a hacer resplandecer el amor. «Si consientes en que Dios señoree sobre tu nave, que él sea el amo, ¡qué seguridad!..., también cuando parece que se ausenta, que se queda adormecido, que se despreocupa, y se levanta la tormenta en medio de las tinieblas más oscuras»[3].
Cuando Jesús llegó a la tumba, sorprendió a todos con una petición desconcertante: pidió que retiraran la losa de la cueva donde yacía su amigo. Entonces Marta, quizá ya cansada del comportamiento enigmático de Jesús y asumiendo la responsabilidad que le había dejado la muerte de su hermano, decidió intervenir con una objeción llena de sentido común: «Señor, ya huele muy mal, pues lleva cuatro días» (Jn 11,39). Una vez más, Marta sintió la necesidad de subrayar la tardanza de Cristo. Cuanto más grande es la decepción, más difícil se vuelve acoger el instante presente y, por lo tanto, menos esperanza se divisa hacia el futuro; el triste pasado, en cambio, se experimenta como un gran abismo del que no se puede salir. En esa tumba no solo estaba el cuerpo maloliente de Lázaro, sino también la fe moribunda de Marta. De ahí la respuesta enfática, pero llena de paciencia, de Jesús: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» (Jn 11,40). En Betania «aprendemos también que la amistad de Cristo genera una profunda confianza (cfr. Jn 11,21) y está llena de empatía; en particular, de capacidad de acompañar en el sufrimiento (cfr. Jn 11,35)»[4].
Mientras unas manos escépticas quitaban la losa de la tumba y poco a poco se congregaban los judíos –parientes, vecinos y curiosos– en torno a Jesús, él tenía los ojos fijos en el cielo, como si con ese gesto quisiera elevar los corazones de todos los presentes. «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la muchedumbre que está alrededor, para que crean que tú me enviaste» (Jn 11,41-42). Después de un instante de silencio, mientras buscaba la fuerza en lo más profundo de su espíritu, gritó lleno de convicción: «¡Lázaro, sal afuera!» (Jn 11,43). ¿Cuántas veces su buen amigo había reaccionado a sus palabras en forma de una petición, de un agradecimiento, o de una historia contada con el encanto de una parábola? Tal fue la fuerza de las palabras que, para gran sorpresa de todos, le devolvieron la vida, y Lázaro salió de la cueva con sus extremidades atadas y el rostro cubierto por un sudario. El amor y la vida habían vencido a la muerte.
Las dos hermanas, llenas de agradecimiento, pero también de cierta vergüenza interior por haber puesto en duda la fidelidad de la amistad de Cristo y su poder, se habrían abalanzado sobre Lázaro para liberarlo de los paños mortuorios. Algún vecino, conmovido por ese reencuentro familiar que había superado los límites de la vida y de la muerte, habría derramado unas pocas lágrimas. «Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que hizo Jesús, creyeron en él» (Jn 11,45).
Poco a poco los apóstoles parecían comprender por qué el Maestro había querido retrasarse, aunque todavía no conseguían intuir su razón más profunda. Jesús, en cambio, se mantenía sereno y contemplaría la escena con una leve sonrisa. Sabía que algunos de entre la muchedumbre se habían puesto en camino hacia Jerusalén, que hablarían con los fariseos y los sumos sacerdotes sobre la fama que había adquirido tras un milagro tan portentoso, y que en una reunión presidida por el sumo sacerdote de ese año, Caifás, decidirían definitivamente darle muerte. Mientras todos celebraban la resurrección de Lázaro, y el silencio de la incredulidad daba paso al alboroto de la alegría, solo Jesús sabía que había pagado la nueva vida de su amigo con su propia muerte. Por fin había llegado su hora.
* * *
«Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). No es extraño que, al pronunciar estas palabras durante la última cena, Jesús estuviese pensando también en Lázaro y en los acontecimientos que habían ocurrido en Betania unas semanas antes. Dentro de unos momentos iba a ser entregado a los sumos sacerdotes por uno de los suyos, con quien había compartido sus sueños y sus tristezas, sus palabras y sus silencios. Casi todos los apóstoles, los mismos que ahora lo escuchaban con cariño, se dispersarían en medio de la noche; ni siquiera Tomás recordaría su promesa de morir con él. Pedro, la roca llamada a sostener a la Iglesia entera, se partiría en pedazos. Y Lázaro, a quien había ido a buscar a los abismos más oscuros de la muerte, no estaría dispuesto a descender con él hacia el misterio de la cruz.
Sin embargo, Jesús sabía muy bien que esa muerte con la que estaba pagando la resurrección de su amigo daría paso a una nueva vida para todos ellos. «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá» (Jn 11,25). Ni Marta ni María, ni los apóstoles, pero tampoco Lázaro resucitado, habían comprendido estas palabras en toda su profundidad. Lo que había comenzado con una mirada melancólica hacia el agua del Jordán, estaba a punto de convertirse en una corriente que atravesaría toda la historia, empujando entre su espuma a hombres y mujeres –también a Lázaro– hasta la vida eterna.
[1]. León XIV, Audiencia, 14-I-2026.
[2]. Es Cristo que pasa, n. 109.
[3]. Amigos de Dios, n. 22.
[4]. Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 1-XI-2019, n. 2.

