Club Angora: un espacio para el encuentro con Cristo

En el Colegio Trigales de Maipo, en Puente Alto, un grupo de universitarias del centro cultural La Fuente impulsa desde hace un tiempo un espacio donde niñas y sus familias aprenden, se divierten y se acercan a Dios. Se llama Club Angora, y su nombre —inspirado en una raza de conejos— resume bien su espíritu: el de una gran familia.

Algunas voluntarias junto a las niñitas del Club Angora.

Hace un año, Yoselin llegó junto a su hija Paz a un club que se reúne los sábados en el Colegio Trigales de Maipo, en Puente Alto. Atravesaba un proceso personal difícil, y no imaginó que ese espacio se convertiría en algo tan importante para ella: “Realmente fueron una ‘curita’ a mi corazón durante todo un proceso personal que estaba pasando”, cuenta. Historias como la suya se repiten cada semana entre las familias que forman parte del Club Angora.

Angora nació de una inquietud de la dirección del Colegio Trigales del Maipo: crear un espacio que involucrara a las alumnas y a sus apoderados, y que fortaleciera la comunidad entre las familias. Un lugar donde los papás y mamás pudieran compartir con sus hijas, conocerse en un contexto distinto al del día a día, y regalarse un tiempo de calidad que muchas veces cuesta encontrar.

“Un espacio para aprender, disfrutar y, al mismo tiempo, para acercarse a Jesús y descubrir la fe de manera sencilla y cercana. Con ánimo de ser fieles a lo que nos enseñó san Josemaría, buscamos transmitir la fe en amistad”, cuenta Isabel, una de las organizadoras.

A raíz de esa inquietud, La Fuente ―un centro cultural para universitarias― lo tomó como proyecto propio y se puso manos a la obra.

“Parte de la formación que ofrece el Opus Dei es promover oportunidades de servicio a los demás, por las cuales se desarrollan virtudes y se favorece el descubrimiento de la propia vocación de servicio. Por eso nos decidimos a impulsar este club, que resulta tan enriquecedor para las voluntarias”, cuenta Camila, otra de las organizadoras.

¿Por qué “Angora”?

El nombre surgió de la propia comunidad. Quisieron que representara a todos, así que les preguntaron a las niñas y a sus apoderados qué nombre le pondrían al club, explicándoles que buscaban que fuera “como una gran familia”, donde se aprendieran virtudes y se recibiera una formación útil para la vida.

Las niñas empezaron a proponer nombres relacionados con conejos, por sus grandes familias. Fue entonces cuando un apoderado propuso “Club Angora”, inspirado en la raza de conejos angora.

“Entre todos concluimos que era una muy buena idea, ya que reflejaba el espíritu de familia que buscábamos transmitir con el club”, recuerda María, parte del equipo organizador del club.

María y Trini, organizadoras del club

Una comunidad que se fortalece

Vivian y Bryan, padres de Rafaela, conocieron el club en el Día de la Familia del colegio y ya llevan dos años participando:

“Lo que más nos gusta ver es lo feliz que viene nuestra hija y para nosotros significa un pilar formativo y de desconexión sana, es un espacio de confianza en donde sabemos que nuestra hija está bien cuidada y muy feliz”. Añade que “a quienes aún no participan, que no lo duden y que se animen a probar”.

Vivian junto a sus dos hijos

Yoselyn agrega que “las voluntarias son muy amorosas con las niñas, siempre traen actividades entretenidas y la formación que les dan, el enfoque, que le hablen sobre la Sagrada Familia, del respeto, me encanta".

Jocy con su hija y sobrina

Desde que comenzó Angora, sus organizadoras notan cambios en la comunidad del colegio: apoderados que se relacionan más entre ellos, familias que comparten alegrías y dificultades, niñas que hacen nuevas amigas más allá de su curso. “Por sobre todo, vemos cómo se fortalecen los vínculos dentro de las mismas familias, se comparte la fe, se responden inquietudes y se sueña: se da el espacio para algo más trascendental”, dice Isabel.

Trinidad concuerda y agrega: “creo que eso es lo que le da un verdadero sentido a todo lo que hacemos. Por eso, lo que más me ha gustado es el espacio que se ha creado y ver cómo las familias lo disfrutan, que es lo que más me motiva a seguir siendo parte de este proyecto”.

Un sábado en el club

Los talleres siguen, en general, el mismo esquema. Comienzan con una instancia de formación junto a las familias, donde se profundiza en virtudes y se busca ir conociendo a Dios de manera más cercana. Esa primera parte concluye en la capilla, con una oración propia del Club por las familias.

Después llega un momento infaltable: el famoso “Baile del cuadrado”, que las niñas esperan con muchas ganas y que ya se ha vuelto una tradición.

Familias en los talleres que organiza el club

Luego se separan los grupos. Los apoderados participan en talleres pensados para su día a día ―este año, por ejemplo, de salud financiera y comunicación asertiva―, espacios donde también se abren a compartir sus propias experiencias y terminan formando una verdadera red de apoyo.

Las niñas, por su parte, tienen talleres de cocina, manualidades, experimentos y otras actividades.

“No son sólo actividades entretenidas, sino que se intenta que tengan un mayor sentido. Además, es una oportunidad para conocer a las niñitas y establecer un vínculo con cada una”, explica María.

Se reúnen la mayoría de los sábados del período escolar, buscando mantener viva la unión con las familias.

Entre las voluntarias se dividen por encargos: una planifica la formación, otra los talleres de los apoderados, otra los de las niñas. Semana a semana van ajustando las actividades según la recepción que tienen en las familias.

Camila cuenta que “nos ha pasado recientemente que ellos mismos nos preguntan: ¿Ustedes qué ganan estando con nosotros? Es una pregunta un poco desconcertante porque resulta difícil explicar la alegría de colaborar con Cristo en el servicio directo a los demás”.

Camila junto a niñas que participan en el club

Un sueño para Angora

Isabel espera que Angora llegue a ser una comunidad que se sostenga sola, con las mismas familias manteniendo vivo el proyecto: “Ojalá llegue un día en que quienes hoy reciben este cariño sean los mismos que mañana decidan regalarlo a otras familias”.

Por su parte, Trinidad sueña con que el club siga creciendo sin perder su cercanía: “Que todo lo que aprendan sobre la fe y los valores puedan acompañarlas y reflejarse en su vida más allá de las actividades”.

Camila anhela que sea un lugar donde muchas universitarias se encuentren con Cristo en lo concreto y que descubran la vocación de servicio a la que todos estamos llamados.

Grupo de voluntarias del centro la Fuente