Meditaciones: domingo de la 19.ª semana del Tiempo Ordinario (ciclo A)

Reflexión para meditar el domingo de la 19.ª semana del Tiempo ordinario. Los temas propuestos son: salir de la cueva como Elías; el celo de san Pablo; soledad y servicio

- Salir de la cueva como Elías.

- El celo de san Pablo.

- Soledad y servicio.


ENTRE los personajes del Antiguo Testamento, Elías ocupa un lugar especial. De él dice la Escritura que era «semejante al fuego» y que su «palabra quemaba como una antorcha» (Sir 48,1). La primera lectura de este domingo nos revela, sin embargo, que el secreto de este profeta no estaba en una fuerza propia e inagotable, sino en haber aprendido a buscar en Dios toda su fortaleza. Tras las amenazas recibidas después de su victoria ante los sacerdotes de Baal, Elías huye hasta el Horeb y se refugia en una cueva. Allí el Señor sale a su encuentro con una pregunta que lo invita a abrir el corazón: «¿Qué te trae aquí, Elías?» (1Re 19,9). El profeta responde con el alma encendida y agitada. Entonces, a través de un ángel, Dios lo llama a salir: «Sal y quédate en la montaña, delante del Señor» (1Re 19,11). Pasan ante él un viento impetuoso, un terremoto y un fuego, pero el Señor no estaba en aquellas fuerzas desatadas. Solo cuando llega «un susurro de brisa suave» (1Re 19,12), Elías reconoce la presencia de Dios, se cubre el rostro con el manto, sale de la cueva y se detiene ante el Señor. Entonces escucha de nuevo la misma pregunta: «¿Qué te trae aquí, Elías?» (1Re 19,13). Y, en esa oración serena, el profeta puede abrir otra vez su corazón. Después de esa experiencia, Elías ya no permanece encerrado en su cueva. Fortalecido en su misión, regresará sin miedo entre su gente para ungir a reyes y profetas.

En cierto sentido, nuestra oración se parece a la de Elías. Acudimos a rezar porque el Señor nos llama. Dios quiere que nos demos cuenta de ello, y por eso nos pide que empecemos con un examen sincero: «¿Qué te trae aquí?». A veces, él insiste, porque el miedo nos lleva a quedarnos encerrados en nuestra cueva, en nuestras seguridades; o porque las fuerzas que agitan nuestro mundo interior nos impiden oír su voz. En otras ocasiones, con la ayuda de alguien que nos orienta –los consejos de un amigo o de un sacerdote que predica una meditación, las palabras del Papa o de un santo, una sugerencia en la dirección espiritual–, el Señor nos enseña a salir de nuestra cueva y a ponernos de verdad en su presencia. Así aprendemos a discernir esos impulsos interiores y a entrar en su descanso, dejando que su cercanía nos llene de paz. Es entonces cuando escuchamos su voz y podemos descubrir y hacer nuestra su voluntad, dejando que encienda en nosotros, de nuevo, el sentido de misión.


LA SEGUNDA lectura de este domingo nos presenta a otro hombre de oración: san Pablo. Sus cartas son un tesoro donde aquel enamorado de Cristo vuelca la riqueza de su vida interior. Como Elías, también el apóstol deja ver, al abrir su corazón, un mundo interior lleno de turbulencias y sentimientos vehementes. En su carta a los Romanos, Pablo nos revela su sufrimiento por quienes se cierran al Evangelio: «Siento una pena muy grande y un continuo dolor en mi corazón. Pues le pediría a Dios ser yo mismo anatema de Cristo en favor de mis hermanos, los que son de mi mismo linaje según la carne» (Rm 9,2-3).

Este sentimiento expresado por Pablo nos ayuda a evitar un equívoco: pensar que la vida de oración pueda disminuir en nosotros la preocupación por los demás. La paz de la que Dios nos llena en la oración no tiene nada que ver con la indiferencia; no nos aísla de los demás ni nos encierra en una satisfacción espiritual individualista. Al contrario, en la oración Dios nos hace partícipes de sus ardientes deseos de redención. De hecho, la oración nos ayuda a forjar un corazón como el del Señor, «que es premuroso con las necesidades de sus hijos y especialmente de los más necesitados»[1].

Elías debe salir de la cueva y regresar en medio de su gente; Pablo no pierde el afecto por sus hermanos, a pesar de los obstáculos, del odio y de la persecución que sufre. Y es precisamente a través de la oración como el Señor mantiene encendido en los dos ese fuego del celo apostólico, compatible con la inmensa paz que Dios comunica con su presencia. La preocupación constante por los demás se manifiesta así en la intercesión, una forma de oración propia «de un corazón conforme a la misericordia de Dios»[2]. Por eso, es lógico que la oración esté «llena de rostros y de nombres»[3]: allí presentamos al Señor las necesidades de quienes él mismo ha puesto en nuestro camino.


EN EL EVANGELIO de este domingo vemos cómo Jesús armoniza la búsqueda de la soledad para hacer oración con el cuidado de los demás. Después de haber saciado a las multitudes con su palabra y con el pan que ha multiplicado, se retira al monte para orar. El Señor siente la necesidad de quedarse a solas con su Padre y busca activamente esa soledad. Pero la oración no le lleva a olvidarse de sus discípulos. Desde el monte los contempla luchar contra el viento y las olas, hasta que se dirige hacia ellos caminando sobre las aguas, en medio de la tormenta. Se acerca para darles ánimo y llenarlos de paz: «Tened confianza –les dice–, soy yo, no tengáis miedo» (Mt 14,27). Pedro, confiando en su palabra, comienza también a caminar sobre el agua; pero, al sentir la fuerza del viento, se llena de miedo y empieza a hundirse. Entonces grita: «¡Señor, sálvame!». Y Jesús, al instante, alarga la mano, lo sujeta y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?» (Mt 14,30-31).

Pedro se hunde cuando no mira al Señor y se deja dominar por la fuerza del viento. Algo parecido puede sucedernos a nosotros cuando intentamos caminar hacia Jesús en medio de las borrascas del día a día apoyados solo en una vida interior superficial. A veces nos cuesta armonizar la oración con nuestras actividades, y podemos pensar que basta lanzarse a caminar sobre las aguas sin cuidar antes esos tiempos de soledad con Dios. Pero Jesús camina sobre las aguas en medio de la tormenta después de haber rezado. Para no hundirnos en nuestro camino hacia el Señor, necesitamos una vida de oración que mantenga encendida nuestra fe. Como recomendaba san Josemaría: «Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior»[4].

Ese es el camino que nos enseña Jesús y que aprendemos también de Elías, de Pablo y de todos los santos: buscar la soledad y el silencio para orar; y, desde allí, dejar que el Señor nos lance a la misión y al servicio. Santa Teresa de Calcuta resumía muy bien este itinerario en una escalera cuyo primer peldaño es ese silencio que hace posible escuchar la voz de Dios: «El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio; y el fruto del servicio es la paz»[5]. El Evangelio nos muestra que esa fue también la actitud de la Virgen María, que dedicaba tiempo a considerar las cosas meditándolas en su corazón (cfr. Lc 2,19.51). Ella puede ayudarnos a construir toda nuestra vida sobre ese fundamento sólido que es la vida de oración.


[1] León XIV, Dilexi te, n. 8.

[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2365.

[3] Francisco, Evangelii gaudium, n. 274.

[4] San Josemaría, Camino, n. 304.

[5] Santa Teresa de Calcuta, palabras citadas por san Juan Pablo II, Discurso, 20-X-2003.