-La gran revolución cristiana.
-Pedro, escándalo para Jesús.
-La vida es una lucha.
JESÚS se encuentra con los apóstoles. Después de que Pedro lo haya confesado como Mesías e Hijo de Dios, el Señor comienza a hablar de lo que le espera al subir a Jerusalén: el sufrimiento que le causarán los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, la condena a muerte y, finalmente, su resurrección al tercer día (cfr. Mt 16,21). Los apóstoles, sin embargo, no alcanzan a comprender el sentido de estas palabras. Han visto a Jesús realizar milagros y manifestar un poder que supera las fuerzas de la naturaleza. Esperaban quizá una victoria clara de su Maestro, que liberara a Israel del dominio romano e instaurase un reino lleno de esplendor, como en tiempos de Salomón. Pero esas expectativas chocaban frontalmente con el anuncio de la cruz: ¿cómo podía acabar así el Mesías?
Los apóstoles siguen juzgando según los criterios del mundo y necesitan renovar sus viejos planteamientos (cfr. Rm 12,2). El dolor, la enfermedad o la soledad suelen percibirse hoy como males que hay que evitar a cualquier precio. Desde luego, la propuesta de Cristo no consiste en buscar activamente todo esto. «Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en él de modo perseverante»[1]. Así, nos enseña que, incluso en medio de esas situaciones que espontáneamente rechazamos, puede manifestarse la vida nueva que él viene a regalarnos. Como recuerda León XIV: «Es necesario pasar por la pasión del Crucificado para ser iluminados por la gloria del Resucitado: desde siempre, en efecto, el Padre enseña a dar la vida y el Hijo, que la recibe de él, la da a todos con el poder del Espíritu Santo. He aquí por qué precisamente la cruz es el signo luminoso de su amor»[2].
Esta ha sido, en palabras de san Josemaría, «la gran revolución cristiana: convertir el dolor en sufrimiento fecundo; hacer, de un mal, un bien. Hemos despojado al diablo de esa arma...; y, con ella, conquistamos la eternidad»[3]. Las contrariedades que aparecen en nuestra vida no tienen la última palabra. Dios puede servirse de ellas para sacar bienes inesperados y abrir horizontes nuevos. Esto no suprime el dolor que experimentamos, pero sí nos permite afrontarlo con un sentido nuevo, como hizo Jesús en su pasión. Los latigazos, los golpes y los insultos le causaron un sufrimiento real, pero el deseo de cumplir la voluntad del Padre y salvar a los hombres lo llevó a entregarse por completo.
COMO en otras ocasiones, es Pedro quien toma la palabra y dice en voz alta el sentir general de los apóstoles: «¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso» (Mt 16,22). En efecto, piensa que, si Jesús es el Mesías, como acababa de confirmarles, no tiene sentido que muera a manos de los responsables de su pueblo. Y quizá, todavía bajo la impresión de las palabras que acaba de escuchar –«tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18)–, se siente autorizado a dirigir a Cristo ese reproche. El Señor, sin embargo, le responde con unas palabras que debieron de provocar un impacto profundo en el apóstol: «¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres» (Mt 16,23). Pedro ha pasado de ser piedra que resistiría al infierno a Satanás.
Cristo se dirigió así a Pedro porque quería hacerle cambiar radicalmente la manera de mirar la realidad. Quería que adquiriera una sensibilidad divina ante todo aquello que el mundo presenta como malo. En efecto, el miedo o la desesperación surgen como consecuencia de la acción del demonio en el mundo y en nosotros, quien quiere que nos alejemos de la cruz de Jesús. A veces podemos ceder a la tentación de rendirnos y de perder la paz cuando algo en nuestra vida no se ajusta a nuestras expectativas. Sentir las cosas como Dios implica, en cambio, descubrir el rostro de Cristo en cada situación, tanto en las alegrías como en las penas. «El camino del cristiano, el de cualquier hombre, no es fácil. Ciertamente, en determinadas épocas, parece que todo se cumple según nuestras previsiones; pero esto habitualmente dura poco. Vivir es enfrentarse con dificultades, sentir en el corazón alegrías y sinsabores; y en esta fragua el hombre puede adquirir fortaleza, paciencia, magnanimidad, serenidad»[4].
Así, cuando se acercan los momentos dolorosos, podemos renovar nuestro compromiso de ser piedra sobre la que poder edificar, como el apóstol: esos momentos dolorosos no son circunstancias que nos indican que hemos fracasado en nuestra misión, sino oportunidad para madurar la vocación, abandonarnos en las manos de Dios y poner en él nuestra esperanza. «En esas horas oscuras, muriendo en la cruz, Jesús comparte nuestro dolor y nos revela el rostro de un Dios compasivo, que carga con nuestras penas, que sufre con nosotros, llora nuestras lágrimas y permanece a nuestro lado con su presencia llena de amor y misericordia»[5].
DESPUÉS de haber recriminado a Pedro, Jesús se dirige a todos los apóstoles: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz, y me siga» (Mt 16,24). Con estas palabras, el Señor mostró el camino del verdadero discípulo: fiarse más del Señor que de los propios planteamientos y seguridades, sabiendo que eso implica tomar la cruz. «No se trata solo de soportar con paciencia las tribulaciones cotidianas, sino de llevar con fe y responsabilidad esa parte de cansancio, esa parte de sufrimiento que la lucha contra el mal conlleva. La vida de los cristianos es siempre una lucha. La Biblia dice que la vida del creyente es una milicia: luchar contra el espíritu malo, luchar contra el Mal»[6].
Seguir a Cristo exige lucha: un combate «cuerpo a cuerpo»[7] contra la presencia del mal en el mundo y en nuestra propia vida. Pero esta lucha «no es algo negativo ni, por tanto, odioso, sino afirmación alegre. Es un deporte. El buen deportista no lucha para alcanzar una sola victoria... prueba una y otra vez y, aunque al principio no triunfe, insiste tenazmente»[8]. Del mismo modo que el atleta pone en práctica todo aquello que le permite ganar y deja de lado lo que le perjudica, el cristiano procura ejercitarse en lo que fortalece su amistad con Dios y apartarse de aquello que la debilita. A veces se tratará de cuidar la oración en los momentos en los que estemos más cansados, de recomenzar en los sacramentos aunque tengamos muchas cosas que hacer, de servir con más generosidad a las personas con las que nos resulta más difícil convivir o de ordenar los afectos, sabiendo cortar con todo aquello que nos aleja de Dios.
Y, como cualquier deportista, cuando experimentamos la derrota, nos levantamos rápidamente, con la vista puesta en la próxima carrera. «Por experiencia personal –decía san Josemaría– os consta (...) que la vida interior consiste en comenzar y recomenzar cada día; y advertís en vuestro corazón, como yo en el mío, que necesitamos luchar con continuidad»[9]. Habrá temporadas en que esa lucha se haga más evidente; otras, en cambio, quizá no sentiremos particulares dificultades. En cualquier caso, sabemos que nuestro camino en la tierra consiste en «luchar, por Amor, hasta el último instante»[10]. Y en ese camino, junto a la cruz, encontraremos siempre a la Virgen María.
[1] León XIV, Vigilia de oración, 9-VI-2026.
[2] León XIV, Homilía, 10-VI-2026.
[3] San Josemaría, Surco, n. 887.
[4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 77.
[5] León XIV, Vigilia de oración, 9-VI-2026.
[6] Francisco, Ángelus, 30-VIII-2020.
[7] San Josemaría, Surco, n. 126.
[8] San Josemaría, Forja, n. 169.
[9] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 13.
[10] San Josemaría, En diálogo con el Señor, n. 83.
