«El día de mi boda tuve la misma ilusión que cuando hice la primera comunión»

Yamel, médico dominicana afincada en Oviedo, cuenta cómo vivió los años sin poder casarse por la Iglesia, qué supuso para ella conocer el Opus Dei y qué le dijo su hijo el día que le preguntó por su boda.

Yamel tiene 42 años y lleva una década viviendo en España. Cuando se presenta, elige cinco cosas: «Soy dominicana, soy médico, tengo un niño, soy casada y soy hija de Dios, sobre todo».

Antes de venir a Oviedo, lo tenía todo en República Dominicana: una plaza en un hospital, su consulta privada, sus pacientes. Ella y su marido se conocieron por internet e iniciaron una relación a distancia que prosperó.

En su país se casaron por lo civil porque, para hacerlo por la Iglesia, él necesitaba haber hecho la confirmación. Cuando Yamel llegó a España, los obstáculos no desaparecieron: «Todo eran trabas. Ya nos casaremos, ya nos casaremos, y la cosa se fue alargando».

Sin poder comulgar

Cada domingo le pesaba lo mismo: no poder comulgar. «Mi corazón lo sentía realmente vacío» recuerda Yamel.

Llegó a Oviedo sin familia. «Mi único refugio era acudir a la iglesia». Se hizo adoradora del Santísimo en su parroquia, y fue allí donde conoció a Lupe, una ancianita supernumeraria del Opus Dei. Un día, Lupe se acercó a ella: «Oye, veo que eres una persona muy entregada y quisiera que conocieras a una chica que, por coincidencias de la vida, va a ir a República Dominicana».

Así conoció el Opus Dei. La llevaron a una casa donde se reunían otras mujeres para formarse, y nada más entrar rompió a llorar. «Fue entrar y sentirme como en casa, volver a tener paz», recuerda. Todavía sonríe al evocar el cuadro: «Esa señora presentándome gente y yo llorando».

Cuando le contó a su marido que había conocido a personas del Opus Dei, la primera reacción fue de recelo: «Tenga usted cuidado, que te dañan la cabeza, te quitan el dinero», le advirtió. Yamel le respondió: «No me parecen así, porque veo que son personas muy normales».

«Dios es el centro del matrimonio»

La boda por la Iglesia llegó sin grandes planes. Un día, paseando por Oviedo, entraron en la iglesia de las Esclavas, como solían hacer. Al salir, su marido le dijo: «Oye, ¿y si nos casamos por la Iglesia?». Yamel sacó el móvil sin pensarlo dos veces y, antes de que hubieran recorrido media manzana, el sacerdote que les casaría ya estaba enterado de la noticia.

Su madre no pudo estar: la embajada le denegó el visado. «Yo sentía ese vacío porque mi familia no estaba, pero no me producía tristeza, porque me sentía también muy acompañada».

Del día de la boda, Yamel guarda una sensación muy precisa: «Fue como la misma ilusión y el mismo nervio que me dio cuando hice la primera comunión». Y habla con igual claridad de lo que, para ella, explica todo: «Dios es el centro de las familias, el centro del matrimonio, el centro de la vida. Si Dios no está en nuestro matrimonio, en nuestras vidas, en nuestra familia, nada puede funcionar».

La boda tuvo efectos que ella no esperaba. Los padres de su marido llevaban más de veinte años sin confesarse, y volvieron a hacerlo con ocasión de la boda. Su marido también cambió: «Había más unión, era más fuerte. Nos volvimos más uno».

Diez años después

Yamel es hoy supernumeraria del Opus Dei. «El Opus Dei es mi familia, mi guía, mi acompañamiento. Todas esas mujeres que conocí son mis hermanas».

Hoy, cuando su hijo le dice que quiere casarse como ellos, Yamel siente que la respuesta está en esa seguridad que encontró hace diez años.