Me hacía falta este retiro

En el Evangelio, Jesús invita a los apóstoles a retirarse para descansar. Esa llamada atraviesa los siglos y da sentido a los cursos de retiro: desierto, silencio, oración y examen para volver a la misión con alegría y fidelidad renovadas.

Jesús está en Galilea. Llama a los doce y los envía de dos en dos a los pueblos de alrededor. Ellos predican la conversión, expulsan demonios y curan enfermos. Regresan. Cuentan al Señor todo lo que han hecho y enseñado. Él sonríe y les dice: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco» (Mc 6,31). Es tanta la actividad apostólica que no tienen tiempo ni para comer. Y Marcos concluye: «Se fueron en barca a solas a un lugar desierto» (Mc 6,32).

En esta escena podemos descubrir un antecedente evangélico de los cursos de retiro. También hoy, en medio de nuestra desbordante actividad, el Señor nos conduce a un lugar desierto, apartado, para estar a solas con él, escuchar sus enseñanzas y descansar del ajetreo diario. De este modo, encontramos el impulso para volver a la misión que Cristo nos ha confiado con un corazón renovado. Así lo experimentaba san Josemaría, consciente de lo decisiva que era esta práctica para su propia vida interior, especialmente en aquellos años de intensa labor pastoral durante su juventud: «Necesito retiro y lágrimas»[1].

Un lugar de oración

Al comienzo de su vida pública, fue el mismo Jesús quien se retiró al desierto, llevado por el Espíritu Santo (cfr. Lc 4,1). ¿Qué es el desierto? Es un espacio duro, áspero, de soledad, de falta de agua, pero también –y precisamente por eso– un lugar de silencio, de preparación y encuentro con Dios, de purificación. El desierto ofrece, al que camina por él, una saludable enseñanza: su extrema dependencia de Dios, porque solo de lo alto puede venir una ayuda en ese espacio vacío. Nada poseemos. Los pies no conducen a ninguna parte, las manos son incapaces de asir nada salvo arena o roca, la voz se pierde y es inútil en esa inmensidad. Solo queda el hablar del corazón hacia lo alto o hacia lo profundo: Padre nuestro que estás en los cielos…

Por eso, en la Sagrada Escritura, el desierto está unido a la idea de la oración. Es una relación que el mismo Dios establece: «La conduciré al desierto y le hablaré al corazón» (Os 2,16). Retirarnos al desierto equivale a recogernos para encontrar la presencia de aquel que, como decía san Agustín, nos es «más interior que todo secreto»[2], más interior incluso que nosotros mismos, y que nos hablará al corazón. La soledad del desierto es un clima adecuado y favorable para percibir con claridad la divina presencia y entrar en comunicación con Dios. Incluso la sed, tan característica del desierto, se relaciona con la oración: «Dios, tú eres mi Dios, a ti te busco ansioso. Sedienta de ti está mi alma, y mi carne te desea, en una tierra árida, seca, sin agua» (Sal 63,2). La sed corporal nos recuerda esa otra sed mucho más fundamental: la sed de Dios, la sed del trato afectuoso y tierno con el Señor, la sed de la amistad y la intimidad con él.

Muchas veces Jesús se retiraba a un lugar apartado para orar al Padre (cfr. Lc 5,16; Mt 14,13). Lo mismo hacemos nosotros cuando nos recogemos y entramos en nuestra alma, cerrando la puerta a lo exterior y quedándonos a solas con Dios. «Tú, cuando reces, entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que ve en lo escondido» (Mt 6,6). «Por tanto, ¿qué haremos tú y yo en estos días de retiro? Tratar mucho al Señor, buscarle, como Pedro, para mantener una conversación íntima con él. Fíjate bien que digo conversación: diálogo de dos, cara a cara, sin esconderse en el anonimato. Necesitamos de esa oración personal, de esa intimidad, de ese trato directo con Dios nuestro Señor»[3].

Pero el desierto puede compararse con otra imagen bíblica, la de la parcela de Azazel[4] (cfr. Lv 16,10), una figura vinculada al rito de expiación de los pecados del pueblo. Allí Moisés habla con Dios cuando él le revela su nombre y le elige para liberar a Israel (cfr. Ex 3,11-15). Es también el espacio donde el pueblo elegido, durante cuarenta años, fue purificado de la esclavitud interior que arrastraba de Egipto. Elías, al comenzar su misión, se oculta en un torrente desierto (cfr. 1R 17,3). Y, paradójicamente, el desierto es también el lugar donde el diablo acude a tentar a Jesús, y donde el maligno sale derrotado (cfr. Lc 4,1-13).

«El desierto (...) para Moisés, para Elías, para Jesús (...) es el emplazamiento de la vocación y de la preparación. Si no se sale del trajín cotidiano, si no se afronta la fuerza de la soledad, no se puede percibir a Dios. (…) El corazón codicioso, egoísta, no puede conocer a Dios. (…) El corazón ruidoso, aturdido, disperso, no puede encontrar a Dios»[5]. Por eso los intrépidos padres anacoretas, siguiendo el ejemplo del Señor, se retiraban al desierto para combatir al demonio, al «fuerte», mediante el poder del «más fuerte» (cfr. Lc 11,21-22). Buscaban purificarse, desenmascarar el mal que podía ocultarse en su interior: solo al reconocerlo podían enfrentarlo y vencerlo con la ayuda de Dios.

También nosotros, en los días de retiro, nos situamos ante la verdad de nuestra propia vida. La soledad del desierto facilita que podamos descubrir tanto los dones que Dios nos concede como las debilidades que piden ser sanadas. Allí, bajo la luz del Espíritu Santo, aprendemos que el conocimiento propio «requiere la capacidad de detenerse, de “apagar el piloto automático”, para adquirir conciencia sobre nuestra forma de hacer, sobre los sentimientos que nos habitan, sobre los pensamientos recurrentes que nos condicionan, y a menudo sin darnos cuenta. Requiere también distinguir entre las emociones y las facultades espirituales. “Siento” no es lo mismo que “estoy convencido”; “tengo ganas de” no es lo mismos que “quiero”. Así se llega a reconocer que la mirada que tenemos sobre nosotros mismos y sobre la realidad a veces está un poco distorsionada. ¡Darse cuenta de esto es una gracia!»[6].

Muchas moradas, un solo Espíritu

Desde los primeros siglos, la Iglesia vivió el retiro espiritual más como un estilo de vida que como un evento puntual[7]. Los Padres del desierto –como san Antonio Abad, san Pacomio o san Basilio– encarnaron una existencia marcada por la oración, el silencio y la lucha interior, dando origen al monacato cenobítico. Aunque algunos peregrinos del siglo V buscaban pasar unos días retirados junto a los anacoretas, la idea de un retiro temporal aún no era habitual; en cambio, la Cuaresma funcionaba ya como un gran retiro espiritual para todo el pueblo cristiano, con ayuno, silencio y ejercicios de conversión.

Con el desarrollo del monacato occidental, sobre todo entre benedictinos y cistercienses, surgió la costumbre de que clérigos y laicos buscasen en los monasterios unos días de silencio y orientación espiritual. Durante la Edad Media aparecieron también reflexiones y métodos dispersos: Guillermo de Saint-Thierry habló de los spiritualia exercitia, san Buenaventura propuso temas de meditación y Juan Gerson intentó sistematizar estos ejercicios bajo la guía de un director espiritual. El gran salto llegó con Cisneros y su Ejercitatorio, que influyó decisivamente en san Ignacio de Loyola, cuyos Ejercicios espirituales se estructuran en cuatro semanas.

Los papas, en el siglo XX, consolidaron esta costumbre. Pío XII la recomienda a la vez que subraya la variedad de modos posibles al practicarla en la Iglesia: «En cuanto a las diversas formas con que tales ejercicios piadosos suelen practicarse, tengan todos presente que en la Iglesia terrena, no de otra suerte que en la celestial, hay muchas moradas (cfr. Jn 14,2), y que la ascética no puede ser monopolio de nadie. Uno solo es el Espíritu, el cual, sin embargo, “sopla donde quiere” (Jn 3,8), y por varios dones y varios caminos dirige a la santidad a las almas por él iluminadas»[8].

En los cursos de retiro que predicó san Josemaría, el centro constante era la vida de Cristo. A partir de ese núcleo iluminador, consideraba la riqueza de virtudes que el cristiano está llamado a hacer suyas, según la vocación concreta que ha recibido del Señor, y siempre desde la gozosa realidad sobrenatural de la filiación divina, fundamento del vivir cristiano y del espíritu del Opus Dei. No faltaba tampoco la meditación sobre los novísimos, la escatología cristiana, que –leída a la luz del Señor resucitado y del Espíritu Santo– no conduce al miedo, sino a la esperanza. El tono cristológico y alentador de sus cursos, que impulsaba a un seguimiento optimista, alegre y confiado de Jesús, llevó a algunos a decir que predicaba «ejercicios de vida» más que los tradicionales «ejercicios de muerte»[9]. Con ello aludían a que prefería poner el acento no tanto en las postrimerías –muerte, juicio, cielo, infierno, purgatorio– cuanto en el amor de Dios manifestado en Cristo, que da sentido a todo lo demás.

Por esta razón, en esos días san Josemaría deseaba profundizar en las grandes motivaciones de fondo de nuestra vida. Esta es la particularidad del curso de retiro en el conjunto de los medios de formación en la Obra, pues cada uno tiene su especificidad propia. Así, los círculos breves mantienen los temas vivos y ayudan a concretar; las meditaciones semanales –a través de la oración– permiten acercarnos al Evangelio y al año litúrgico; los cursos anuales y las convivencias nos hacen profundizar y pensar, con tiempo y serenidad, nuevos planteamientos en nuestra vida. En ese marco, los cursos de retiro se dirigen a reforzar las convicciones de la fe y del espíritu del Opus Dei, buscando elevar la mirada para profundizar en lo esencial, ayudándonos a reconsiderar el sentido último de la propia vida y de la vocación cristiana. La conversión en un curso de retiro, por tanto, aunque se manifestará habitualmente en aspectos concretos, ante todo se dirige a fortalecer o purificar las motivaciones de fondo, de las que después se derivará el estilo de vida en las decisiones cotidianas.

En ese sentido, para mantener vivo el impulso espiritual recibido en el curso de retiro a lo largo del año, san Josemaría solía practicar lo que él llamaba, por su periodicidad, el retiro mensual. Consistía en dedicar unas horas, un día al mes, a meditar con calma distintos aspectos de la vida cristiana, para revitalizar el deseo de identificarse con Cristo. Es un momento especialmente adecuado para volver sobre las luces recibidas en el curso de retiro y buscar, con realismo y perseverancia, cómo encarnar en el hoy de nuestra vida aquello que el Espíritu Santo inspiró entonces.

Dios habla en la brisa suave

En cuanto a la actitud para aprovechar los días de retiro, se conserva un guion de san Josemaría para la meditación introductoria con estas ideas: «1/ Silencio. 2/ No, sacos de arena. 3/ Aprovechar tiempo libre (examen, propósitos…). 4/ Activos: no, pasivos. 5/ Adquirir piedad sencilla, recordando nuestros años de infancia. Aprender a orar»[10]. Como se ve, todo comienza por el silencio, tanto exterior como –sobre todo– interior, y por el recogimiento necesario para alcanzarlo. En otra ocasión, recomendaba: «¿Qué medios os aconsejo al comenzar el curso de retiro? (...) En primer lugar, el recogimiento interior: no verter los sentidos hacia fuera, mortificar la memoria y la imaginación, no disiparse»[11].

San Josemaría solía advertir del riesgo de la dispersión durante los días de retiro recurriendo a una imagen muy gráfica: comparaba al alma distraída con una casa en la que, por un pequeño ventanuco abierto, se cuelan preocupaciones y distracciones que abren la puerta a todo lo que impide el trato con Dios[12]. Recordaba que el demonio «se las ingenia cuanto puede para apartarnos del Señor», sirviéndose incluso de las cosas más tontas para robarnos el recogimiento y disminuir o eliminar los frutos del retiro. Por eso insistía en el valor del silencio, que calificaba como «una bendición de Dios» y «en muchos aspectos, una necesidad». Si el alma sabe recogerse y guardar silencio –decía– queda dispuesta a escuchar lo que el Señor quiera comunicarle. En esta actitud veía la clave para que el sembrador divino encuentre una tierra buena donde su semilla pueda dar fruto abundante.

Puede decirse, por tanto, que el silencio exterior y el interior se reclaman mutuamente. Del mismo modo que procuramos alejarnos del ruido y de las preocupaciones cotidianas retirándonos a un lugar tranquilo, es lógico que hagamos un esfuerzo semejante para que los sentidos, la memoria y la imaginación no se vuelvan precisamente hacia aquello de lo que buscamos apartarnos.

Es fundamental reservar «momentos de silencio, momentos de oración, tiempos en los que, acallando ruidos y distracciones, nos pongamos ante él y logremos unidad en nuestro interior»[13]. El profeta Elías experimentó la presencia divina, no en el huracán, el terremoto o el fuego, sino en el «susurro de una brisa suave» (1R 19,12). Dios habla bajito. Solo con el silencio estaremos en condiciones de captar las inspiraciones divinas, escuchar al Espíritu Santo, y así aprovechar los días de retiro. Un silencio que requiere de nuestra parte una decisión eficaz de evitar fuentes de distracciones –redes sociales, mensajes de correo electrónico, conversaciones, noticias, lecturas irrelevantes–, recogernos y aplicar nuestras potencias a la consideración de los temas que pretendemos tratar con el Señor.

Ciertamente, cada uno concretará este recogimiento según sus circunstancias. Por ejemplo, no siempre será posible prescindir completamente del teléfono por las responsabilidades que tenemos: hijos pequeños, el seguimiento de un familiar enfermo, unos asuntos urgentes de trabajo que dependen necesariamente de nosotros… Pero, también en esos casos, podemos buscar una manera de reducir lo accesorio, limitándonos a lo realmente necesario y evitando lo que dispersa el corazón. Se trata de crear un clima interior que facilite la escucha: reservar momentos libres de interrupciones, desactivar notificaciones, dejar el móvil fuera de la vista cuando no haga falta, o avisar previamente a quienes podrían requerirnos para que solo contacten en caso de necesidad. No siempre se pretende una desconexión absoluta, sino la disposición sincera de quien quiere dar a Dios un espacio real, sin permitir que lo urgente eclipse lo importante. Así, incluso en medio de responsabilidades ineludibles, el silencio exterior contribuye a ese silencio interior donde Dios, que habla en la brisa suave, puede hacerse oír.

Volver a Galilea

Los días de retiro son una ocasión privilegiada para realizar un examen más hondo de nuestra vida. «Observad lo que sucede en la vida del cuerpo –comentaba san Josemaría–. Una persona comienza a no sentirse bien. ¿Qué te pasa? –Pues no lo sé; me encuentro así, como raro... Se la lleva al médico, y el médico la somete a un reconocimiento, le hace los análisis necesarios, la mira bien mirada, y al final concluye: ¡Ah!, aquí está el inconveniente: es una cosa de hígado, o de estómago, o que tiene alta la presión arterial..., y le pone el remedio adecuado. Pues el curso de retiro supone, en la vida espiritual, lo que un reconocimiento médico en la salud física. Venimos dispuestos a hacer un examen profundo, a descubrir la causa de esa desgana en la lucha, de esa flojedad que a veces notamos»[14].

Con este fin, se preparan algunos exámenes de conciencia, que pueden ayudarnos a reflexionar sobre nuestro modo concreto de seguir al Señor y sobre cómo podemos identificarnos más con él. A diferencia del examen propio de la confesión –centrado ante todo en el reconocimiento de los pecados–, aquí se trata de releer con calma nuestra historia y descubrir qué es lo que realmente sacia el corazón. Un examen que no sea una simple introspección, sino un diálogo con el Señor, una ocasión propicia también para recorrer con él aquellos momentos de la vida en los que hemos percibido de modo especial su presencia y los dones que nos ha concedido. Esta oración memoriosa nos ayuda a redescubrir que Dios nunca nos abandona y nos sostiene con su gracia, también en las situaciones más difíciles. Como a los apóstoles, el Señor nos invita a volver a Galilea (cfr. Mt 28,10), al lugar de la primera llamada, donde todo empezó. «Volver a Galilea significa sobre todo volver allí, a ese punto incandescente en que la gracia de Dios me tocó al comienzo del camino. Con esta chispa puedo encender el fuego para el hoy, para cada día, y llevar calor y luz a mis hermanos y hermanas. Con esta chispa se enciende una alegría humilde, una alegría que no ofende el dolor y la desesperación, una alegría buena y serena»[15].

Al hacer este examen más profundo, Dios puede iluminarnos con ideas que orientan nuestro seguimiento del Señor, con propósitos concretos para nuestra lucha espiritual, con ilusiones renovadas que encienden el corazón. Son días en los que quizá hemos percibido con mayor claridad algunos aspectos de nuestra vocación. Por eso san Josemaría sugería atesorar las gracias recibidas, para poder volver a ellas con frecuencia en la oración:

«Aprovecha estas luces. ¿Has visto lo que hacen los hombres para aprovechar las aguas fluviales, en los países donde el agua no es muy abundante en el verano, y en cambio las lluvias durante el invierno son frecuentes? Preparan lugares donde represan el agua para soltarla luego en el tiempo del estiaje, y de esa manera contar con fuerza eléctrica y con riego para los campos.

»Pues yo te digo que, en los cursos de retiro, llega gracia abundante para el alma (…). Tú debes recordar ahora estas cosas, recogerlas como en un gran embalse, para soltar –cuando sea oportuno– esa fuerza motriz que produce luz y permite regar los campos secos, que ayuda a trabajar más tarde con tanta satisfacción, que impide que decaiga el propio esfuerzo. Haz ahora un buen acopio de gracia divina, (…) y aprovecha estas aguas cuando lo necesites a lo largo de la vida»[16].

Una forma práctica de remansar esas luces es anotarlas de algún modo. Así podremos volver sobre ellas más adelante, en la oración diaria o en los retiros mensuales del año. Esto es importante, porque ordinariamente Dios no pide que lo cambiemos todo de golpe, sino que avancemos como por un plano inclinado. La paciencia y la perseverancia son indispensables para que el curso de retiro dé todo el fruto que puede ofrecer a lo largo del tiempo. Por el contrario, la actitud de querer transformarlo todo de inmediato puede llevar –al ver que no somos capaces– al desánimo, a la frustración o incluso a abandonar prematuramente los propósitos, juzgándolos imposibles.

Con todo, conviene no perder de vista que, más allá de las metas concretas que podamos formular durante esos días, el valor principal de un curso de retiro reside en lo que en él hemos vivido. El tiempo pasado con el Señor –acompañándole en el sagrario–, la oración agradecida por los dones recibidos, la contrición sincera al reconocer nuestras faltas y pecados, los actos de fe, esperanza y caridad que hemos renovado, o los piropos dirigidos a su Madre, son ya en sí mismos un tesoro. Todo eso permanece, aunque algunos propósitos quizá se debiliten o necesiten ser reformulados. Esta es, en cierto sentido, la aportación más valiosa del curso de retiro: nos impulsa a volver a la vida ordinaria con el deseo de buscar la misma intimidad con Dios en medio de nuestras actividades.

* * *

Tras la ascensión del Señor, encontramos a los apóstoles de nuevo en el cenáculo. Lucas dice: «Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos» (Hch 1,14). María está presente en el primer retiro de la joven Iglesia. Del mismo modo está siempre presente en nuestros días de retiro. Su presencia materna nos sostiene para que, como entonces, podamos perseverar en la oración y disponernos a la misión que el Señor nos confía.


[1] Apuntes íntimos, n. 28.

[2] San Agustín, Confesiones, 9, 1.

[3] San Josemaría, Notas de una meditación, 25-II-1963, en Mientras nos hablaba en el camino, n. 214.

[4] Algunos autores y tradiciones dicen que Azazel es un ángel caído.

[5] J. Ratzinger, El Dios de Jesucristo, Sígueme, Salamanca 1979, p. 21.

[6] Francisco, Audiencia, 5-X-2022.

[7] Para profundizar en este apartado, cfr. J. A. García-Prieto Segura, Diccionario teológico de san Josemaría, voz «Retiro espiritual».

[8] Pío XII, Mediator Dei, n. 223.

[9] Cfr. A. Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, II, p. 675.

[10] San Josemaría, Notas de una meditación, cit. en P. Rodríguez, Camino. Edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 2004, p. 438.

[11] Mientras nos hablaba en el camino, n. 199.

[12] Cfr. Ibid., n. 200.

[13] León XIV, Homilía, 20-VII-2025.

[14] Mientras nos hablaba en el camino, n. 104.

[15] Francisco, Homilía, 19-IV-2014.

[16] Mientras nos hablaba en el camino, n. 110.

José Brage