Lee la primera parte de Artesanos de Paz (I): Una lógica que le da la vuelta a todo
La pace sia con voi! Así, con las palabras de Jesús resucitado, saludaba por primera vez al mundo el Papa León XIV[1]. Desde entonces, no ha dejado de hablar de la paz, que se perfila cada vez más claramente como una de las notas dominantes de su pontificado. La Iglesia, decía el Papa a los pocos días, debe ser un signo de «unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado»[2]. Se hacía así eco de esas palabras que san Pablo recoge en su carta a los colosenses, y que muy probablemente ya formaban parte de la oración de los primeros cristianos: «Él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,20).
La paz es consecuencia de la victoria interior
La batalla entre la lógica del amor crucificado y la lógica del poder, de la fuerza, de la seducción, empieza en nuestro interior. Notamos las heridas, las inseguridades, los miedos, que nos llevan a sospechar de los demás o a juzgarlos. Junto con los buenos deseos que la gracia de Dios pone en nuestro corazón, pueden surgir fácilmente la ira, la envidia, la revancha, la impaciencia, la autoafirmación, el rencor, la voracidad, el odio. Por eso, cuanto más se enfría la vida espiritual del mundo, más se encuentra la gente enojada, indignada, ofendida, amargada.
La ira, motor de esas distintas formas de rencor que invade corazones y sociedades, es una pasión peculiar, no solo porque a veces nos aleja del bien, sino también porque otras tantas se apodera de él y lo corrompe desde el interior, cuando se cree legitimada para abanderar una «causa justa». Surge entonces la cólera, por la que «se pierden los estribos, se pierde el control, y se sale, pues, de la vía justa; pero la ira actúa frecuentemente también dentro de la vía del bien: utiliza, por ejemplo, la justicia para aumentar la rabia. La cólera justifica actos agresivos y violentos impresentables en nombre de un argumento a favor del bien o de la fe. Cuando la ira, en efecto, está justificada, ya no se sale de ella»[3]. Puede suceder incluso que uno envidie al que se impone y consigue lo que quiere con el «exhibicionismo de la fuerza»[4]. Así, nos puede parecer que hacemos bien, por ejemplo, al juzgar con severidad a quienes actúan contra los valores cristianos, llegando a criticarlos con dureza; o al alegrarnos del mal ajeno cuando se trata de “enemigos”; o al compartir con ligereza comentarios hirientes e incluso insultos en redes sociales. Y, sin embargo, la Sabiduría bíblica nos previene: «No envidies al hombre violento ni elijas ninguno de sus caminos» (Pr 3,31).
La familia, el trabajo, la sociedad están necesitando «artesanos de paz», cristianos que saben que la paz, «como todas las cosas artesanales, se hace en lo pequeño para llegar a lo grande»[5]. Ahí donde hay una familia unida, encuentras a alguien que trabaja por la paz; una persona, o varias, que se acusan a sí mismas antes que a los demás, que dan el primer paso, que buscan sembrar palabras de paz en discusiones amargas o alteradas, que sonríen, que buscan soluciones. Ahí donde hay un barrio unido, encuentras a alguien que es capaz de tratar bien a otro que habló mal a sus espaldas, que saca fuerza de la oración y devuelve bien por mal, que pudo ver a un hermano donde solo parecía haber un enemigo, un competidor, un contrincante; alguien que discute las ideas, pero no ataca a las personas[6]. Ahí donde hay un foco de paz en la sociedad, hay alguien que pudo superar el rencor, la venganza, el resentimiento, y que se abrió a sacrificar algo de sí mismo para construir un espacio común: «No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence el mal haciendo el bien» (Rm 12,21).
Para «ahogar el mal en abundancia de bien»[7], para contagiar la paz, es necesario conquistarla en el corazón. «La paz es consecuencia de la victoria. La paz exige de mí una continua lucha»[8], una purificación de la sensibilidad para que la lógica de Dios me aleje del orgullo y de la violencia. Vivimos tiempos en que se sospecha de los que cultivan la paz, como si fueran tibios o timoratos. En realidad, la paz es el fruto de un carácter maduro y de la fortaleza interior: de buscar construir, comprender e ir para adelante; de dejar pasar una provocación; de perdonar al que nos hace daño; de soportar con paciencia, como Jesús, al que nos insulta.
Amar es arriesgar
«Conozco bien su sentimiento de impotencia ante las dinámicas de poder que los superan»[9], decía el Papa León XIV a los cristianos de Medio Oriente en su mensaje de Navidad desde el balcón de la loggia del Vaticano. Frente a la injusticia organizada, la tentación del poder se hace más insidiosa. Queremos reivindicación. Suenan en nuestros oídos esas palabras sibilinas: si es el Hijo de Dios, «que baje ahora de la cruz y creeremos» (Mt 27,42). Y, sin embargo, el testimonio cristiano, el que suscita en los demás el arrepentimiento y la apertura a la fe, pasa por la entrega y por el sacrificio: es el mensaje de la paz. Cuando sembramos la semilla de la paz, el resultado es incierto: amar es arriesgar. El mal ladrón se plegó a la lógica de las burlas y el desprecio. Pero solo la semilla de paz puede dar el fruto del Espíritu: «A los que creen en su nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12).
A veces, podemos perder el control y sembrar la discordia, maltratar, pelear, murmurar. Más tarde, quizá, reconocemos que no tenemos razón, vemos el mal que hemos hecho y nos proponemos rectificar. Es un primer gran paso, que corresponde al ámbito de muchas de nuestras batallas cotidianas. Pero un desafío más punzante surge cuando nos preguntamos cómo responder al mal cuando sí tenemos razón. ¿Cómo responder a la violencia, a la mentira, al error, al daño, a la provocación cuando somos inocentes, como Jesús? Algunos han querido destilar del Evangelio una actitud pacifista edulcorada. Otros enarbolan, sacándolo de contexto, aquel momento en que Jesús dice que no ha venido a traer la paz, sino la espada (cfr. Mt 10,34).
En sus primeras palabras como Papa, León XIV expresaba un deseo: «Yo quisiera que este saludo de paz entrara en sus corazones, llegara a sus familias, a todas las personas, dondequiera que estén, a todos los pueblos, a toda la tierra»[10]. Pero esta paz no es una especie de sueño dorado que se produciría como por arte de magia. De hecho, decía el Papa en una catequesis: «Jesús nos quita la paz, si pensamos en la paz como una calma inerte. Pero esta no es la verdadera paz. A veces nos gustaría que nos “dejaran en paz”: que nadie nos molestara, que los demás dejaran de existir. Esa no es la paz de Dios. La paz que Jesús nos trae es como un fuego y nos exige mucho. Nos pide, sobre todo, que nos posicionemos. Ante las injusticias, las desigualdades, donde se pisotea la dignidad humana, donde se silencia a los más débiles: tomar posición»[11].
Esta exhortación trae a la memoria las palabras de san Josemaría ante miles de personas reunidas en el campus de la Universidad de Navarra: «Interpretad, pues, mis palabras, como lo que son: una llamada a que ejerzáis —¡a diario!, no solo en situaciones de emergencia— vuestros derechos; y a que cumpláis noblemente vuestras obligaciones como ciudadanos —en la vida política, en la vida económica, en la vida universitaria, en la vida profesional—, asumiendo con valentía todas las consecuencias de vuestras decisiones libres, cargando con la independencia personal que os corresponde. Y esta cristiana mentalidad laical os permitirá huir de toda intolerancia, de todo fanatismo —lo diré de un modo positivo—, os hará convivir en paz con todos vuestros conciudadanos, y fomentar también la convivencia en los diversos órdenes de la vida social»[12].
La paz, un don del cielo que se trabaja en la tierra
«Atraeré todas las cosas hacia mí» (Jn 12,32). La cruz es acción de Dios en la historia, y la paz es acción de Dios en nuestro corazón. Por eso, parafraseando a san Josemaría, nuestro apostolado puede explicarse también como sobreabundancia de la paz que hemos recibido de Dios para llenar todas nuestras relaciones de justicia y caridad[13]. «La paz es un valor y un deber universal; (…) se funda sobre una correcta concepción de la persona humana y requiere la edificación de un orden según la justicia y la caridad»[14].
Aunque la lógica de Dios es desafiante, quizá vemos cómo desplegarla en las relaciones familiares, de amistad y de vecindad; también en el ámbito de las instituciones eclesiásticas y de las ONG. Pero ¿cómo se puede hacer resonar esta lectura del Evangelio en los conflictos armados, las luchas de la política, los duros códigos de la competencia en el mercado, las pequeñas y grandes corrupciones, la hostilidad del activismo digital, los escándalos mediáticos, las batallas culturales por recuperar los valores perdidos?
San Juan Pablo II proponía una urgente educación para la paz: «Los hombres, ante las tragedias que siguen afligiendo a la humanidad, están tentados de abandonarse al fatalismo, como si la paz fuera un ideal inalcanzable. La Iglesia, en cambio, ha enseñado siempre y sigue enseñando una evidencia muy sencilla: la paz es posible. Más aún, la Iglesia no se cansa de repetir: la paz es necesaria»[15]. En el mismo tono nos aconseja san Josemaría, que, como el Papa polaco, no vivió tiempos de paz, y sufrió la guerra en carne propia, con todo lo que comporta: violencia, odios, largos rencores, y todos los derivados posibles de los años más oscuros de la memoria reciente[16]. Y, sin embargo, «en medio de este cataclismo mundial, de tanto odio y de tanta destrucción», nos insistía en que «hemos sido llamados a ser sembradores de paz»[17].
La paz se cultiva en la tierra de la unidad de vida: con la semilla del servicio, de la amistad y del diálogo. «Con su gracia, cada uno de nosotros puede y debe hacer lo que le corresponde para rechazar el odio, la violencia y la confrontación, y practicar el diálogo, la paz y la reconciliación»[18]. La Madre Teresa de Calcuta popularizó una fórmula cristiana de la paz: «El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio; y el fruto del servicio es la paz»[19].
Cada gesto de gratuidad, cada acto de cuidado, cada obra silenciosa hecha por amor, genera reconciliación y esperanza en quienes nos rodean. No se trata solo de evitar conflictos, sino de aliviar los sufrimientos de los demás, siguiendo la lógica del amor que no busca reconocimiento ni recompensa. La paz crece cuando servimos, cuando damos sin esperar nada, cuando levantamos al caído y acompañamos al necesitado[20]. La paz se multiplica en las obras de misericordia.
La amistad, de la que san Josemaría fue un gran maestro, es otra semilla de la paz: «En un cristiano, en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor»[21]. Si la amistad se construye con el interés mutuo, se reconstruye haciendo las paces. Cuando la amistad personal se expande, se convierte en amistad social. Surge entonces el afecto, «el más extendido de los amores»[22], que constituye el primer paso para ver en cada persona a un hermano; ese «reconocimiento básico, esencial para caminar hacia la amistad social y la fraternidad universal: percibir cuánto vale un ser humano»[23].
Desde esa óptica, resulta posible darse cuenta de que «la amistad puede cambiar (…) el mundo, la amistad es el camino para la paz»[24]. Desde esa mirada al otro como hermano surge la opción por el diálogo como la forma que toma la comunicación cuando se hace servicio y fraternidad. «Acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto, todo eso se resume en el verbo dialogar»[25]. El diálogo es el aire que mantiene viva la paz en las relaciones, desactiva la hostilidad. Es la «casa de paz»[26] en que se busca y se comparte la verdad, partiendo de la verdad fundamental de la dignidad de nuestro interlocutor.
Por encima de las diferencias
El diálogo acrisola las relaciones, porque une en la diferencia: «La amistad verdadera supone también un esfuerzo cordial por comprender las convicciones de nuestros amigos, aunque no lleguemos a compartirlas, ni a aceptarlas»[27]. La paz no teme la pluralidad; la abraza. Es la libertad de lo opinable. Por eso, explicaba san Josemaría, «en el Opus Dei el pluralismo es querido y amado, no sencillamente tolerado y en modo alguno dificultado. Cuando observo entre los fieles de la Obra tantas ideas diversas, tantas actitudes distintas —con respecto a las cuestiones políticas, económicas, sociales o artísticas, etc.—, ese espectáculo me da alegría, porque es señal de que todo funciona cara a Dios como es debido»[28].
Respondiendo a una pregunta sobre la actualidad política, el Padre ha recordado recientemente ese mismo rasgo esencial de la Obra: «Nadie en el Opus Dei les dirá por quién votar, a quién apoyar o qué causa promover. Tampoco sería adecuado que indirectamente se creara un clima en las actividades formativas que diera por descontado que hay una sola opción legítima para las personas del Opus Dei. Amar la libertad implica amar el pluralismo»[29].
Cultivar el diálogo implica trabajar las pequeñas virtudes relacionales que lo hacen posible. La cordialidad, la empatía, la claridad, la coherencia, la amabilidad, la autenticidad, la prudencia o la determinación cuando el diálogo parece inútil… son todas disposiciones del corazón que facilitan entenderse[30]. El que dialoga sabe que no se puede decir cualquier cosa de cualquier manera; es consciente de que la lengua puede destruir lo que une y supurar un veneno mortal (cfr. St 3,6). En su mensaje para la Cuaresma, León XIV nos ha invitado a «una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz»[31].
La verdad y la caridad son alas del diálogo. Hay quienes levantan un muro doctrinal para esconder su incapacidad de entenderse con las personas; otros diluyen sus convicciones en el consenso del ambiente para esquivar el testimonio de la fe. Ninguna de las dos alternativas expresa un verdadero diálogo, porque rehúyen la paciencia, la humildad y la valentía que lo harían posible.
Escuchar, expresar, comprender, buscar puntos de encuentro, huir de las simplificaciones: ese es el camino para llegar a una paz «desarmada y desarmante»[32] y el aprendizaje para ser «agentes de comunión, capaces de romper la lógica de la división y de la polarización; del individualismo y del egocentrismo»[33]. Centrados en Cristo, como decía el Papa a los influencers, «para vencer la lógica del mundo, de las fake news y de la frivolidad, con la belleza y la luz de la verdad»[34].
* * *
Centrarse en Cristo significa mirar el mundo con los ojos de Cristo en la cruz, y mirar la cruz como la contempló María, mientras una espada traspasaba su alma. El rosario, en particular, «es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo (...). Quien interioriza el misterio de Cristo —y el rosario tiende precisamente a eso— aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida. (...) Mientras nos hace contemplar a Cristo, el rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo»[35].
Participar de la mirada de Jesús significa asumir la responsabilidad de ver a los demás como hermanos, con la misma actitud contemplativa con la que queremos mirar al sagrario. Desde esa mirada del corazón, la vida se renueva en verdadera fraternidad, y donde antes había discordia, florece la paz duradera que solo Dios puede dar. No se trata de ideales lejanos, sino de decisiones diarias. Cada uno de estos actos tiene un efecto multiplicador: es fermento en la masa. Cada gesto de perdón, cada reconciliación, cada palabra que une, es un acto de redención que abre un rumbo nuevo. Así, con esa lógica artesanal, «contribuiremos a quitar esta angustia, este temor por un futuro de rencores fratricidas, y a confirmar en las almas y en la sociedad la paz y la concordia: la tolerancia, la comprensión, el trato, el amor»[36].
[1] León XIV, Discurso en el día de la elección, 8-05-2025.
[2] León XIV, Homilía en el inicio del pontificado, 18-05-2025.
[3] F. Rosini, El arte del buen combate, Cristiandad, Madrid 2023.
[4] León XIV, Homilía de la misa de Navidad, 25-12-2025.
[5] Francisco, Homilía en Santa Marta, 8-09-2016.
[6] Cfr. San Josemaría, Catequesis en América, n. 224, pp. 575-576: «Eso sí: les puedo y les debo decir que no hagan ataques personales; que defiendan su programa, sin atacar a nadie en la persona: ni de las figuras actuales, ni de las inmediatamente pasadas; si no, en un país nunca habrá nadie decente que quiera sacrificarse por llevar el país adelante; porque dicen: después esto se hunde, a mí me maltratan, y a mis hijos, a mi familia, a todos; una persecución detrás de otra. Es de locos. De modo que sí: que los buenos se preocupen de política. Ya sé que no voy por tu lado; porque tú has citado eso como ejemplo; pero me has dado ocasión de recordar que no haya odios».
[7] San Josemaría, Surco, n. 864.
[8] San Josemaría, Camino, 308.
[9] León XIV, Mensaje urbi et orbi, 25-12-2025.
[10] León XIV, Discurso en el día de la elección, 8-05-2025.
[11] León XIV, Audiencia, 22-11-2025. También puede recordarse la alusión del papa Francisco a los movimientos sociales: «Tenemos que volver a llevar la dignidad humana al centro y que sobre ese pilar se construyan las estructuras sociales alternativas que necesitamos. Hay que hacerlo con coraje, pero también con inteligencia. Con tenacidad, pero sin fanatismo. Con pasión, pero sin violencia. Y entre todos, enfrentando los conflictos sin quedar atrapados en ellos, buscando siempre resolver las tensiones para alcanzar un plano superior de unidad, de paz y de justicia» (Discurso a los participantes en el I Encuentro mundial de movimientos populares, 28-10-2014).
[12] San Josemaría, Conversaciones, n. 117.
[13] Cfr. San Josemaría, Camino, n. 961; Forja, n. 856; Amigos de Dios, n. 239.
[14] Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 494.
[15] San Juan Pablo II, «Un compromiso siempre actual: educar a la paz» (8-12-2003, subrayado en el original). Cfr. también Benedicto XVI, «Bienaventurados los que trabajan por la paz», Mensaje para la XLV Jornada Mundial de la Paz de 2013 (8-12-2012): «La bienaventuranza de Jesús dice que la paz es al mismo tiempo un don mesiánico y una obra humana».
[16] Cfr. Benedicto XVI, Discurso en un encuentro con jóvenes, Sulmona, 4-08-2010: «Sí, la memoria histórica es verdaderamente una “marcha más” en la vida, porque sin memoria no hay futuro. Una vez se decía que la historia es maestra de vida. La actual cultura consumista tiende en cambio a aplanar al hombre en el presente, a hacer que pierda el sentido del pasado, de la historia; pero actuando así le priva también de la capacidad de comprenderse a sí mismo, de percibir los problemas y de construir el mañana. Así que, queridos jóvenes, quiero deciros: el cristiano es alguien que tiene buena memoria, que ama la historia y procura conocerla».
[17] San Josemaría, Carta 7, n. 58.
[18] León XIV, Mensaje urbi et orbi, 25-12-2025.
[19] Citado por san Juan Pablo II, Discurso, 20-10-2003.
[20] Cfr. J. Marrodán, «El desafío del ‘nosotros’», en opusdei.org.
[21] San Josemaría, Forja, n. 565. Cfr. también Carta 4, n. 25: «Este es nuestro espíritu, y lo demostraremos siempre abriendo las puertas de nuestras casas a personas de todas las ideologías y de todas las condiciones sociales, sin distinción ninguna, con el corazón y los brazos dispuestos a acoger a todos. No tenemos la misión de juzgar, sino el deber de tratar fraternalmente a todos los hombres. No hay un alma que excluyamos de nuestra amistad, y ninguno se debe acercar a la Obra de Dios y marcharse vacío: todos han de sentirse queridos, comprendidos, tratados con afecto. Al último pobrecillo que esté ahora en el rincón más escondido del mundo, haciendo mal, le quiero también y, con la gracia de Dios, daría mi vida por salvar su alma».
[22] C. S. Lewis, Los cuatro amores, Rayo, Nueva York 2006, p. 43.
[23] Francisco, Fratelli tutti, n. 106.
[24] León XIV, Diálogo con los jóvenes en la vigilia del jubileo, 2-08-2025.
[25] Francisco, Fratelli Tutti, n. 198.
[26] León XIV, «La paz esté con todos ustedes: hacia una paz “desarmada y desarmante”», Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz, 2026.
[27] San Josemaría, Surco, n. 746.
[28] San Josemaría, Conversaciones, n. 67.
[29] F. Ocáriz, «Amar la libertad implica amar el pluralismo», Entrevista, The Pillar, 2-11-2024, en opusdei.org.
[30] Cfr. san Juan Pablo II, «El diálogo por la paz, una urgencia de nuestro tiempo», Mensaje para la XVI Jornada Mundial de la Paz de 1983 (8-12-1982).
[31] León XIV, Mensaje para la Cuaresma (5-02-2026).
[32] León XIV, Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz, 2026; Discurso en el día de la elección, 8-05-2025.
[33] León XIV, Saludo a los influencers y misioneros digitales, 29-07-2025.
[34] Ibid.
[35] Juan Pablo II,Rosarium Virginis Mariae, n. 40. Cfr. San Josemaría, En diálogo con el Señor, n. 58: «Pedid (...) por la paz del mundo: que no haya guerras, que se acaben las guerras y los odios. Pedid por la paz social: por que no haya odios de clases, por que la gente se quiera; que sepan convivir, que sepan disculpar, que sepan perdonar; si no, el amor de Cristo no lo veo por ninguna parte».
