Queridos hermanos y hermanas:
El capítulo quinto de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (SC) está dedicado al año litúrgico, tema en el que hoy queremos detenernos, para explicar su valor en la vida de todo creyente.
Ante todo, es necesario recordar que este modo de definir el ciclo de las fiestas cristianas como «año litúrgico» se difundió en el lenguaje eclesial gracias a la obra del Siervo de Dios, el abad Prosper Guéranger (1805-1875).
En la Encíclica Mediator Dei, el Papa Pío XII afirma que no se trata de «una representación fría e inerte de cosas que pertenecen a tiempos pasados, ni un simple y desnude recuerdo de una edad pretérita. [El año litúrgico] es, más bien, Cristo mismo que persevera en su Iglesia y que prosigue aquel camino de inmensa misericordia que inició en esta vida mortal […], con el bondadosísimo fin de que las almas de los hombres se pongan en contacto con sus misterios y por ellos en cierto modo vivan» (III Divinum Officium et Annus Liturgicus, II Cyclus Mysteriorum). El año litúrgico, por tanto, debe entenderse como actualización constante de la obra de la salvación, que Cristo realiza en la historia. Recorriendo este ciclo temporal, la Iglesia permanece en contacto con la acción redentora del Señor, de modo que todos los fieles quedan colmados de su gracia (cf. SC, 102c). El encuentro con Jesús, muerto y resucitado por nosotros, es la finalidad que la Iglesia persigue siempre, poniendo en el centro de cada momento la celebración del acontecimiento pascual.
Por eso, los Padres conciliares consideran «fundamento y núcleo del año litúrgico» precisamente al domingo, «la fiesta primordial» (SC, 106). En diversas lenguas modernas, su nombre da testimonio de que es el dies Domini, «el día del Señor». Incluso en aquellas lenguas en las que ha prevalecido la referencia al «día del sol» (Sunday, Sonntag) se vislumbra el vínculo con Cristo: ¡Cristo es el verdadero «sol de justicia» que ilumina a todo hombre!
San Juan Pablo II, en la Carta apostólica Dies Domini (31 de mayo de 1998), enseña que el domingo es día del Señor, día de la Iglesia, día del hombre y, por último, "día de los días": «Al ser el domingo la Pascua semanal, en la que se recuerda y se hace presente el día en el cual Cristo resucitó de entre los muertos, es también el día que revela el sentido del tiempo. […] Brotando de la Resurrección, atraviesa los tiempos del hombre, los meses, los años, los siglos como una flecha recta que los penetra orientándolos hacia la segunda venida de Cristo. El domingo prefigura el día final, el de la Parusía» (n. 75), cuando todos resucitaremos.
Para santificar el domingo es fundamental celebrar la Eucaristía. La escucha de la Palabra y la participación en el Cuerpo de Cristo implican, según los Padres conciliares, el convenire in unum (cf. SC, 106), es decir, la gozosa convocación de los fieles. En dicha asamblea, la comunidad cristiana hace visible su comunión con el Señor y testimonia su pertenencia a Cristo y su fidelidad a la Iglesia. Esta asamblea no puede ser sustituida por una presencia meramente virtual, ni se reduce a una reunión puramente pasiva. La asamblea litúrgica se realiza, en efecto, en la participación activa de los hermanos y hermanas, convocados juntos para «dar gracias a Dios que "los hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos" (1 P 1,3)» (ibid.).
A este respecto, exhorto a todos a buscar las mejores condiciones para que también quienes el domingo no tienen la posibilidad de abstenerse del trabajo puedan participar en la santa Misa.
Queridísimos, el año litúrgico, ritmado por los domingos, tiene una historia interesante, en la que se entrelazan la fe y la devoción de la Iglesia. Ya desde el siglo II d.C., en efecto, a la celebración de la Pascua semanal se añadió la de la Pascua anual, «solemnidad máxima» (SC, 102), prolongada en el «espacio gozosísimo» de cincuenta días, que culminan en Pentecostés, y preparada por el tiempo de Cuaresma con su carácter penitencial (cf. SC, 109). El desarrollo del ciclo navideño, surgido posteriormente a imitación del pascual, ha permitido revivir los misterios de la encarnación del Verbo de Dios, de su nacimiento y de su manifestación al mundo. La Iglesia insertó después, en los distintos tiempos, la veneración de la bienaventurada Virgen María, «unida con lazo indisoluble a la obra salvífica del su Hijo» (SC, 103) y «el recuerdo de los mártires y de los demás santos, que […] cantan la perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros» (SC, 104).
El año litúrgico propone así, de forma sacramental, la pedagogía de la historia de la salvación, guiando a los fieles desde la espera del Mesías hasta la plenitud del misterio pascual y la anticipación de la gloria futura. En él, la Iglesia celebra la actualidad salvífica del misterio de Cristo, permitiendo a los creyentes participar en él cada vez más profundamente. Por eso el año litúrgico constituye el principio inspirador y el marco de referencia esencial de toda acción pastoral.