Trabajar la confianza (VI): Cada hijo es diferente

Breve vídeo y guía para profundizar en la comprensión de los hijos y aceptar la evolución de su carácter. Sexto vídeo de la serie “Trabajar la confianza”.​

Trabajar la confianza

Es normal que los padres tengan una idea preconcebida sobre sus hijos, en la que se pone de relieve los sueños sobre quiénes serán y cómo se desarrollarán. Sin embargo, a medida que los hijos van creciendo, muchos se sorprenden al darse cuenta de que cada hijo es diferente y al comprobar que esa idea que tenían sobre ellos no encaja del todo con la realidad.

Cuanto antes se den cuenta los padres de que son ellos quienes han de ajustarse y responder, en vez de dictaminar el camino que los hijos han de seguir, menos quebraderos de cabeza tendrán al educar a sus hijos.

En este sentido, es mejor aproximarse a la tarea de los padres con una mente abierta: aunque los padres necesitan dirigir el rumbo en ocasiones, también han de estar preparados para aprender de cada hijo. A veces, la opción más sencilla ante una situación no es la mejor para un hijo en concreto. Por eso, un aspecto importante en la educación es la capacidad de responder a las necesidades personales de cada hijo, ya que lo que cada uno requiere es distinto.

A continuación, se presentan algunas preguntas que pueden ayudar a aprovechar este vídeo, al verlo con amigos, en el colegio o la parroquia.

Preguntas para el diálogo:

  • ¿Cómo se forman las preconcepciones que los padres tienen de sus hijos?
  • ¿Dialogas con tu marido/mujer sobre cómo educaréis a vuestros hijos? ¿Cuáles son los momentos clave en la educación de los hijos en los que los padres han de aprender a escuchar?
  • ¿Impulsa el Sistema educativo del país el crecimiento de cada niño como persona? Si no, ¿qué se puede hacer para impulsar este aspecto? ¿Qué iniciativas pueden poner en marcha los padres para estimular ese desarrollo?
  • ¿Piensas que es valioso conocer el tipo de personalidad de cada hijo para animarle a desarrollar sus potencias al máximo? ¿Cómo pueden ayudar los padres a sus hijos para crecer en conocimiento propio y autoestima?
  • ¿Cómo se alcanza el equilibrio entre exigir a tu hijo y permitirle escoger lo que desea?
  • ¿Qué puede ayudar a los padres a ser más amigos de sus hijos y convertirse en modelos de conducta para ellos?

Propuestas para la acción

  • ¿Eres capaz de describir la personalidad, talentos, posibilidades, defectos de carácter de cada uno de tus hijos?
  • ¿Cuáles son tus sueños para cada hijo? ¿Están en consonancia con lo que vosotros (como pareja) percibís? ¿Qué necesita cada uno para crecer y mejorar? ¿Qué puedes hacer por cada uno de tus hijos dentro de los límites de vuestras posibilidades (tiempo, dinero, experiencia, etc.)?
  • ¿Dedicamos tiempo como pareja a reflexionar sobre cómo es cada hijo y el modo de orientarles? ¿Dedico tiempo a estar juntos en familia y también a cada uno de mis hijos?
  • ¿En qué programas de desarrollo de la familia y del matrimonio podéis participar para aprender a ser mejores padres para individualizar la educación de cada hijo?

Meditar con la Sagrada Escritura y con el Catecismo de la Iglesia Católica

  • “Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y ejerzadominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra. Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. (Génesis 1: 26-27)
  • “Y vino a mí la palabra del Señor, diciendo: Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta a las naciones.” (Jeremías 1: 4-5)
  • “Y viniendo a El como a una piedra viva, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa delante de Dios, también vosotros, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.” (1 Pedro 2:4-5).
  • Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, "en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras" (LG 10). El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y "escuela del más rico humanismo" (GS 52,1). Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida. (Catecismo de la Iglesia Católica, 1657).

Meditar con el Papa Francisco

  • “Los niños conocen nuestras alegrías, nuestras penas y preocupaciones. Se las arreglan para captar todo, se dan cuenta de todo y, dado que son muy, muy, intuitivos, sacan sus conclusiones y sus enseñanzas. Saben cuando hacemos trampas y cuando no. Lo saben. Son muy listos. Por lo tanto, una de las primeras cosas que diría es: cuidad de ellos, cuidad de su corazón, de su alegría y de su esperanza.” Visita pastoral a Milán, 25 marzo 2017.
  • “Cuando los padres me dicen que pierden la paciencia con sus hijos siempre les pregunto: ¿Cuántos son? — Tres, cuatro, me dicen. Y después les hago una segunda pregunta: ¿Tu, juegas con tus hijos?... ¿Juegas? y no saben qué decir. Los padres en esta época no pueden, o han perdido la costumbre de jugar con sus hijos, de “perder el tiempo” con sus hijos. Un papá una vez me dijo: “Padre, cuando me voy a trabajar todavía están en la cama, y cuando vuelvo tarde por la noche ya están en la cama. Los veo sólo en días de fiesta”. Está muy mal. Esta vida nos quita la humanidad. Pero recordad esto: jugar con los niños, “perder el tiempo” con los hijos también es transmitir la fe. Es la gratuidad, la gratuidad de Dios.” Visita pastoral a Milán, 25 marzo 2017.
  • “Los hijos son un don, son un regalo, ¿habéis entendido? Los hijos son un don. Cada uno es único e irrepetible y, al mismo tiempo, está inconfundiblemente unido a sus raíces. De hecho, ser hijo e hija, según el designio de Dios, significa llevar en sí la memoria y la esperanza de un amor que se ha realizado precisamente dando la vida a otro ser humano, original y nuevo. Y para los padres cada hijo es él mismo, es diferente, es diverso.” Audiencia general, 11 febrero 2015.
  • “A mí me gusta mucho esto de soñar en una familia. Toda mamá y todo papá soñó a su hijo durante nueve meses ¿es verdad o no? [Sí] Soñar cómo será el hijo. No es posible una familia sin soñar. Cuando en una familia se pierde la capacidad de soñar los chicos no crecen, el amor no crece, la vida se debilita y se apaga. Por eso les recomiendo que a la noche, cuando hacen el examen de conciencia, se hagan también esta pregunta: ¿Hoy soñé con el futuro de mis hijos? ¿hoy soñé con el amor de mi esposo, de mi esposa? ¿hoy soñé con mis padres, mis abuelos que llevaron la historia hasta mí. ¡Es tan importante soñar! Primero de todo soñar en una familia. No pierdan esta capacidad de soñar.” Encuentro con las familias, Filipinas, 16 enero 2015.

Meditar con San Josemaría

  • “Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable.
  • “Todos también, al correr de los años, hemos comprendido que nuestros padres tenían razón en tantas cosas, que eran fruto de su experiencia y de su cariño. Por eso corresponde en primer término a los padres —que ya han pasado por ese trance— facilitar el entendimiento, con flexibilidad, con espíritu jovial, evitando con amor inteligente esos posibles conflictos. Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso.
    En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad —o la verdad entera— que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.”(Es Cristo que pasa, 27)
  • Aconsejo siempre a los padres que procuren hacerse amigos de sus hijos. Se puede armonizar perfectamente la autoridad paterna, que la misma educación requiere, con un sentimiento de amistad, que exige ponerse de alguna manera al mismo nivel de los hijos. Los chicos —aun los que parecen más díscolos y despegados— desean siempre ese acercamiento, esa fraternidad con sus padres. La clave suele estar en la confianza: que los padres sepan educar en un clima de familiaridad, que no den jamás la impresión de que desconfían, que den libertad y que enseñen a administrarla con responsabilidad personal.”(Conversaciones, 100)
  • Para mí, no existe ejemplo más claro de esa unión práctica de la justicia con la caridad, que el comportamiento de las madres. Aman con idéntico cariño a todos sus hijos, y precisamente ese amor les impulsa a tratarlos de modo distinto —con una justicia desigual—, ya que cada uno es diverso de los otros. Pues, también con nuestros semejantes, la caridad perfecciona y completa la justicia, porque nos mueve a conducirnos de manera desigual con los desiguales, adaptándonos a sus circunstancias concretas, con el fin de comunicar alegría al que está triste, ciencia al que carece de formación, afecto al que se siente solo... La justicia establece que se dé a cada uno lo suyo, que no es igual que dar a todos lo mismo. El igualitarismo utópico es fuente de las más grandes injusticias.
    Para actuar siempre así, como esas madres buenas, necesitamos olvidarnos de nosotros mismos, no aspirar a otro señorío que el de servir a los demás, como Jesucristo, que predicaba: el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir. Eso requiere la entereza de someter la propia voluntad al modelo divino, trabajar por todos, luchar por la felicidad eterna y el bienestar de los demás. No conozco mejor camino para ser justo que el de una vida de entrega y de servicio. (Amigos de Dios, 173)