En este episodio nos detenemos en la figura de Ricardo Fernández Vallespín (1910-1988), uno de los primeros miembros del Opus Dei y sacerdote desde 1949. Fue testigo de momentos importantes en la historia de España del siglo XX, como los convulsos años de la República y la guerra civil y la dura posguerra. También protagonizó la expansión del Opus Dei más allá de Europa. Su vida combina la pasión por la arquitectura, su profesión, con la entrega sacerdotal y el servicio a los demás.
Para ayudarnos a conocer mejor esta figura, conversaremos con José Luis González Gullón, sacerdote, historiador y autor del artículo “Ricardo Fernández Vallespín, sacerdote y arquitecto”, publicado en la revista Studia et Documenta. Con él repasamos los principales momentos de su trayectoria, sus aportaciones profesionales y espirituales y el legado que dejó a las generaciones posteriores. Muchas gracias, don José Luis, por esta entrevista.
Queríamos comenzar preguntándole por el origen de su interés por la figura de Ricardo Fernández Vallespín: ¿cómo llegó a interesarse por él y por qué quiso dedicarle un estudio biográfico?
Mi interés comenzó cuando investigaba la primera iniciativa de difusión del Opus Dei impulsada por san Josemaría en el Madrid de los años treinta. Allí descubrí que la primera persona en quien confió para llevar adelante ese proyecto —una academia y residencia para estudiantes— fue precisamente él. A partir de ese momento empecé a conocerlo en sus distintas facetas: primero como estudiante de arquitectura, luego en su trabajo al frente de la Residencia DYA y, más tarde, en su colaboración directa con el fundador para la expansión de la Obra, tanto en España como en Argentina.
Todos esos elementos me parecían de interés y, junto con otro historiador argentino, elaboramos un artículo en el que explicamos las líneas básicas de su vida, desde su nacimiento hasta su muerte.
Durante esa investigación, ¿qué fue lo que más les sorprendió de su vida o de su personalidad?
Destacaría tal vez dos cosas. La primera, su pasión por su profesión: era arquitecto y siempre fomentó esa pasión por su trabajo. Él conoce al fundador del Opus Dei cuando está acabando la carrera de arquitectura y advierte que su personalidad le ayudó a desarrollarse profesionalmente, al comprender su profesión como un modo de transmitir el Evangelio a través de lo que realizaba, en este caso, edificios grandes e importantes.
Pude estudiar cómo, en la España de los años cuarenta, Ricardo Fernández Vallespín llegó a ser un hombre con prestigio profesional en su ámbito. Diseñó algunos edificios célebres que todavía hoy pueden verse en Madrid, relacionados con el CSIC, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas: quizá el más conocido sea el Instituto de Física Aplicada, en la calle Serrano. Esto me llamó especialmente la atención porque, incluso una vez que ya era mayor, después de haber estado en Argentina difundiendo la Obra y de volver a España, siguió trabajando como arquitecto en la medida de lo posible. Por ejemplo, en la ampliación de la sede regional del Opus Dei en España, en la calle Diego de León, en Madrid.
El otro aspecto que me llamó la atención fue su dedicación a Dios a través del Opus Dei. Fue un hombre que encontró el sentido de su vida en el celibato apostólico en la Obra y siguió siempre muy unido a san Josemaría, tanto cuando estuvo a su lado en los años treinta y cuarenta en España, como después en Argentina, donde siguió en contacto con el fundador para difundir el Opus Dei. Fue un testigo que transmitía a los demás lo que él había vivido en los primeros momentos de la Obra, especialmente en Argentina, en los años cincuenta y primeros sesenta.
¿Cómo cree usted que su formación profesional como arquitecto influyó en su espiritualidad y en su modo de entender el servicio a Dios y a los demás?
Destacaría sobre todo la idea de entender el trabajo como servicio. A través de su profesión buscaba ayudar con las obras que realizaba. Se ve muy bien en sus edificios: por un lado, son bonitos, responden a una arquitectura moderna y contemporánea; y, al mismo tiempo, son funcionales, pensados para facilitar la vida y el trabajo de quienes los habitan. Esa idea la mantuvo siempre. De hecho, cuando ya era mayor, al ver planos de algún edificio que iban a construir miembros del Opus Dei como centros o casas de retiros, siempre buscaba esa doble dimensión: que fueran edificios sólidos, duraderos, con buenos materiales y, al mismo tiempo, espacios acogedores, donde las personas se sintieran en familia.
Mencionaba al principio su participación en la Academia-Residencia DYA. ¿Qué papel desempeñó allí y qué significado tuvo ese proyecto para el Opus Dei?
La Academia-Residencia DYA fue la primera actividad colectiva de san Josemaría en Madrid y la primera con la que difundió de modo más sistemático el Opus Dei. Al principio fue una academia de repaso, con clases para universitarios. Algunas materias vinculadas a arquitectura las impartía el propio Ricardo Fernández Vallespín. Más tarde se amplió como residencia, con habitaciones para estudiantes y con un oratorio.
En ese contexto, el fundador le pidió a Ricardo si estaba disponible para ser el director, es decir, para coordinar las actividades y atender tanto a los alumnos de la academia como a los residentes. Dijo que sí, y resulta llamativo porque cuando comenzó a ser director tenía solo 24 años y aún no había terminado la carrera. Él mismo decía después que se sentía un director “nominal”, porque el verdadero motor de todo era san Josemaría, pero entendió que ese era el papel que debía desempeñar para ayudar en esos momentos iniciales. En la residencia se le recordaba por su cercanía con los residentes, su apoyo en los estudios y también por las excursiones de los fines de semana a lugares como El Escorial.
Durante la guerra civil española vivió circunstancias muy duras. ¿Podría contarnos algunos detalles de esos años?
Sí, él vivió la Guerra Civil española de un modo, en cierto sentido, dramático. Como hemos mencionado, era director de la Residencia DYA, en Madrid, y había viajado a Valencia con el encargo de abrir una residencia semejante, que iba a ser la segunda de la Obra. Sin embargo, mientras estaba allí estalló la guerra civil y no pudo hacer otra cosa que esperar acontecimientos. Poco tiempo después fue movilizado por el ejército popular y pasó a formar parte de sus filas, lo que implicó coordinar obras de fortificación en las cercanías de Valencia.
Como el ejército popular estaba, en gran medida, controlado por comisarios comunistas, Ricardo vivía su fe de manera clandestina. Siempre que podía se acercaba a Valencia para recibir la comunión de manos de sacerdotes o de ministros extraordinarios que, también de modo clandestino, se la hacían llegar; en ocasiones, incluso se confesaba con sacerdotes en parques, en condiciones de gran discreción.
Pasados siete u ocho meses del inicio de la guerra, consiguió un permiso para viajar a Madrid. Allí se entrevistó con el fundador, que se encontraba oculto en la legación de la República de Honduras y que le propuso quedarse allí. Eso implicaba desertar del ejército republicano. Sin embargo, Ricardo prefirió regresar a Valencia, solicitar ser destinado al frente de batalla y, desde allí, cruzar a la zona sublevada. El fundador aceptó ese plan y le pidió que, una vez lograra llegar, asumiera la dirección de la Obra en esa zona hasta que él mismo pudiera hacerlo.
Así lo hizo. Ricardo volvió a Valencia, fue destinado al frente de guerra y consiguió cruzar de noche a la zona sublevada. Recibió instrucción militar y fue destinado como teniente de artillería a un cuartel situado en Carabanchel, al oeste de Madrid, en una zona muy próxima al frente republicano. Allí permaneció casi un año.
Fue allí donde se produjo otro episodio singular: al manipular unas bombas de mano defectuosas, una explotó y la metralla le alcanzó en el vientre. Tuvieron que someterlo a una operación compleja, que finalmente salió bien. El fundador, que entonces también se encontraba en la zona sublevada, en Burgos, fue a visitarlo al hospital. Siempre recordaría esa visita porque, además de encontrarse con Ricardo, pudo divisar con unos prismáticos la ciudad de Madrid, donde permanecían otros miembros de la Obra.
La guerra fue, para Ricardo, una etapa de espera y de fidelidad, en la que maduró su deseo de hacer el Opus Dei y difundir su mensaje. A ello se sumó un profundo dolor familiar: durante esos años fallecieron su padre, una hermana y su abuela, por enfermedad. Fue, sin duda, una época especialmente dura para él.
Y en los años cuarenta, ya como arquitecto, inició una etapa de gran actividad profesional. Fue un arquitecto de prestigio y colaboró estrechamente con el fundador en la expansión del Opus Dei por España. Fue nombrado administrador de la Obra, es decir, el encargado de buscar recursos para poner y sostener los centros y las casas de la institución. De manera especial, debía revisar los planos de las nuevas casas que se abrían o que se estaban reformando.
A finales de esa década, el fundador le planteó recibir la ordenación sacerdotal. Ricardo lo rezó, pasó por un tiempo de discernimiento y de estudio, y finalmente le manifestó su disponibilidad. Estudió con profesores del seminario de Madrid y fue ordenado sacerdote por el obispo de Madrid el 13 de noviembre de 1949. Poco después, el fundador le propuso una nueva misión: iniciar el Opus Dei en Argentina.
¿Qué supuso ese traslado?
Fue una auténtica aventura. La Argentina de 1950 era muy distinta a la actual. Para un español que casi no había salido de su tierra —aunque él había realizado algunos pequeños viajes por Europa—, llegar por primera vez a Argentina, con la misión de expandir el Opus Dei, supuso un reto enorme. Además, era un sacerdote recién ordenado: llevaba apenas cuatro meses de sacerdocio.
Lo acompañaron dos hombres del Opus Dei que eran catedráticos, uno de Derecho y otro de Fisiología: Ismael Sánchez Bella y Francisco Ponz. Los tres viajaron con la ilusión de que muchas personas se encontrarían con Jesucristo a través del camino del Opus Dei.
Quien realmente los acogió con los brazos abiertos fue el arzobispo de Rosario, el cardenal Antonio Caggiano. Gracias a su apoyo pudieron quedarse en esa ciudad. En un primer momento habían pensado iniciar el Opus Dei en Buenos Aires, pero finalmente comenzaron en Rosario. Allí abrieron una residencia a los pocos meses de su llegada. Con el tiempo fueron conociendo a hombres y mujeres que se acercaban a la Obra, y, dos años más tarde, abrieron una pequeña casa —un apartamento en la calle Cerrito— en Buenos Aires. Poco a poco fueron dando a conocer el mensaje de la búsqueda de la santidad en medio del mundo.
Ricardo Fernández Vallespín mantenía siempre muy vivo el recuerdo y el contacto con el fundador, sobre todo por correspondencia. Además, en 1951 y en 1956 pudo volver a encontrarse personalmente con él —primero en Madrid y, más tarde, en Roma y en Suiza—. Esos encuentros le devolvían una gran ilusión, porque veía nuevamente en el fundador la fuerza y el impulso para difundir la Obra.
De hecho, desde Madrid, desde Roma y desde un santuario suizo escribió a los de Buenos Aires y Rosario animándoles pues, estando junto al padre, todo se veía con mayor claridad, «como tiene que ser». Y añadía su deseo de regresar a Argentina para transmitir ese impulso y continuar con más fuerza la expansión de la Obra.
En los últimos años de su vida padeció una larga enfermedad. ¿Cómo afrontó esa etapa?
Al notarle cansado, el fundador lo llamó en 1962, a Madrid. Regresó de Buenos Aires, con 52 años y un aspecto más avejentado. Un chequeo médico no encontró nada grave, aunque comenzaron a advertir un cierto deterioro neuronal. No era algo importante entonces y, de hecho, durante los siguientes quince años desempeñó con normalidad su ministerio sacerdotal: atendía a personas en conversaciones de dirección espiritual, confesaba, celebraba la misa…mantenía el ritmo habitual de un sacerdote.
En ese tiempo también retomó y concluyó una tesis que había dejado inconclusa en Derecho Canónico, esta vez en Derecho Canónico, que defendió en la Universidad de Navarra. Cuando falleció el fundador, en 1975, trabajó en la oficina histórica que se creó en la Comisión Regional de España para recoger y conservar la memoria de su vida. Allí, además, era un testigo privilegiado de los primeros momentos de la Obra.
Fue a partir de esos años cuando las dudas que tenían los médicos comenzaron a manifestarse con mayor claridad. A finales de la década de 1970, cuando Ricardo tenía entre 65 y 67 años, se le diagnosticó una demencia senil prematura que fue avanzando poco a poco. Durante los años ochenta su estado lo fue limitando cada vez más; sufrió también una insuficiencia renal y, en los últimos diez años de su vida, necesitó un cuidador permanente. Tenía también ataques de ansiedad.
En esas ocasiones, quienes lo acompañaban le sugerían ofrecer esos momentos por el padre, por el sucesor de san Josemaría, el beato Álvaro, y eso lo serenaba durante algunos minutos, ofreciendo sus limitaciones.
En marzo de 1988, cuando tenía 78 años, sufrió un ictus cerebral, que lo dejó muy limitado. En apenas cuatro meses su estado fue decayendo hasta su fallecimiento, el 28 de julio de ese mismo año. Quienes estuvieron a su lado en esos últimos momentos cuentan que continuó ofreciendo sus limitaciones, como había hecho siempre, especialmente por la Obra, por su desarrollo y, de modo particular, por quien la presidía, por el Padre.
Para concluir, ¿qué puede aportar hoy Ricardo Fernández Vallespín a los jóvenes profesionales o universitarios?
Fue un hombre extraordinario en el Opus Dei por haber estado en los primeros momentos con el fundador. Pero, en el mejor sentido de la palabra, fue uno más entre los hombres y mujeres que han fallecido en el Opus Dei y que, en su vida profesional, familiar y ordinaria, intentaron encontrarse con Jesús y llevarlo a los demás. En ese sentido, para mí, Ricardo Fernández Vallespín encarna muy bien ese ideal: lo muestra primero en sus años de ejercicio profesional y después en su etapa de servicio ministerial como sacerdote.
Era un hombre de carácter más bien secundario, callado, un tanto melancólico, y quizá ese modo de ser, más sencillo o menos visible, lo hacía especialmente atrayente. Con gran naturalidad y sencillez demostraba que era posible vivir esa entrega, que —como tantas veces le había dicho el fundador— vale la pena: vale la pena entregarse a Dios y, concretamente, en el Opus Dei. Y él lo muestra con su propia vida.
