Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Para comenzar este breve mensaje, deseo daros las gracias por vuestra oración por mis intenciones y, en este momento, por acompañarme en el viaje a Centroamérica y a Uruguay.
La oración de unos por otros, dentro de la unidad de la Iglesia, nos acerca al impresionante nivel de unidad que el Señor quiere para todos nosotros: el de la misma unidad de Dios, «que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti» (Jn 17, 21).
La unidad de fe, de espíritu, de afán apostólico, se entrelaza muy bien con la gran diversidad de caracteres, de aficiones, de opiniones. Análogamente a como la unidad en Dios es el Amor personal infinito –el Espíritu Santo–, todas las diversas expresiones de unidad y diversidad están llamadas a ser vivificadas por la caridad, por el amor. Solo así, aun los opuestos puntos de vista, aficiones, etc., y los defectos y limitaciones personales dejan de ser motivos de separación.
No me detengo más en estas consideraciones, que todos podríamos ampliar mucho. Deseo solo añadir unas palabras de san Josemaría bien conocidas; os sugiero que las volvamos a meditar para ver cómo aplicarlas mejor en nuestra vida ordinaria: «Más que en “dar”, la caridad está en “comprender”» (Camino, n. 463). Caridad, amor, que nos llevará a descubrir, ante todo, las cualidades y virtudes de los demás, de modo que al ver también los defectos que todos tenemos, los veremos con afecto, con deseo de ayudar.
Con todo cariño,os bendice
vuestro Padre

Ciudad de Guatemala, 19 de agosto de 2026

