Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
En este mensaje quisiera invitaros a que profundicemos en algunos aspectos de la virtud de la pobreza, en la que resplandece el bonus odor Christi del que habla san Pablo (cfr. 2Cor 2,15).
San Josemaría evocaba esta virtud con frecuencia, entendida no solo como desprendimiento exterior, sino como una forma del amor que Cristo nos ha enseñado, expresión de un corazón que desea pertenecer a Dios. Cristo quiso nacer pobre, vivir pobre y morir pobre; a la vez, se presentó con el tono adecuado a las diversas circunstancias y personas. El Hijo de Dios, pudiendo poseerlo todo, eligió el camino de la humildad y del anonadamiento (cfr. Flp 2,6-8). Y en esa pobreza se revela la belleza de un corazón libre y totalmente abierto a la voluntad de Dios Padre.
Los santos, en formas muy diversas, son testimonios de esta realidad. Ellos descubrieron en la pobreza no una pérdida, sino una plenitud. Porque el alma que se desprende de las ataduras desordenadas comienza a experimentar una libertad nueva: la libertad del amor. «Frente al deseo de tener a Dios como compañero de camino, las riquezas se relativizan, porque se descubre el verdadero tesoro del que realmente tenemos necesidad» (León XIV, Mensaje, 16-XI-2025).
Las manifestaciones concretas de la virtud de la pobreza pueden depender de variadas circunstancias. Lo que para una persona es necesario o muy conveniente, para otra sería superfluo; lo que para la misma persona es necesario en una determinada situación, puede dejar de serlo después. Por otra parte, salvo en casos evidentes, la distinción –aquí y ahora– entre lo necesario, lo conveniente y lo superfluo requiere algo más que un criterio externo: exige una conciencia formada, prudencia y una disposición sincera a vivir la pobreza, que incluye saber pedir consejo cuando no se ve con claridad si un gasto o una decisión son realmente convenientes.
Cuando la virtud, el espíritu de pobreza, arraiga verdaderamente en nuestra vida, el corazón se vuelve ligero y, con la gracia divina, se eleva con mayor facilidad hacia la contemplación. El alma aprende a reconocer mejor los toques suaves y delicados del Espíritu Santo. Y así, en medio de las ocupaciones ordinarias, se comienza a vivir con una paz y una alegría que el mundo no puede dar (cfr. Jn 14,27). Es el gozo silencioso de saberse habitados por el amor de Dios; un amor que entra también en nuestra debilidad, la ilumina y poco a poco nos va transformando desde dentro, hacia la identificación con Jesucristo.
Por otro lado, no podemos ignorar que en muchos ambientes está extendida una mentalidad que tiende a identificar la felicidad con el bienestar material y el placer. Ante esto, sabemos bien que nuestra vocación no consiste en huir del mundo, sino en amarlo y colaborar en transformarlo desde dentro. Pero, para lograrlo, como nos decía san Josemaría, hemos de ser almas contemplativas: «La llamada divina tiene una finalidad muy concreta: meterte en todas las encrucijadas de la tierra, estando tú bien metido en Dios» (En diálogo con el Señor, n. 11).
De este modo, podremos ser la tierra buena de la que habla Jesús en la parábola del sembrador, y que permite que la palabra de Dios dé buen fruto en nuestra vida: una mayor libertad interior, una alegría más sobria y profunda, una confianza más real en Dios y una mirada más atenta a las necesidades de los demás. Pero si la semilla se encuentra rodeada de espinos –es decir, de las excesivas preocupaciones materiales y del afán de las riquezas–, queda estéril: la persona pierde libertad interior, se vuelve menos disponible para Dios y para los demás, y acaba poniendo su esperanza en seguridades que no pueden saciar el corazón.
Procuremos evitar con decisión, en lo grande y en lo pequeño, que la cultura materialista ahogue la tierra buena de nuestro corazón y de los lugares donde vivamos (cfr. Mt 13,22). Cuando la pobreza se descuida, inevitablemente se va apagando el deseo de contribuir a que el amor de Dios arraigue en otras almas. En este sentido, san Josemaría relacionaba esta virtud de manera muy directa con el afán apostólico: «Despégate de los bienes del mundo. –Ama y practica la pobreza de espíritu: conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente. –Si no, nunca serás apóstol» (Camino, n. 631).
Detrás de una falta de afán apostólico es fácil que haya una vida destemplada por compensaciones que adormecen el alma. Con nuestro Padre –celebraremos su fiesta en este mes–, os animo a que demos cada uno personalmente, si fuera necesario, un paso adelante en este punto de conversión. Sin duda, esto se traducirá en un amor más delicado a nuestro Señor y nos permitirá llevarlo más eficazmente al mundo.
Pongamos este deseo en manos de nuestra Madre, para que ella nos enseñe a descubrir siempre de nuevo la belleza de una vida pobre y plenamente entregada al amor de Dios.
Mantengámonos muy unidos en la oración por el Santo Padre y sus intenciones, ahora concretamente por la eficaz difusión de su primera encíclica y por los frutos de su viaje apostólico a España.
Con todo cariño os bendice
vuestro Padre

Roma, 14 de junio de 2026

