Meditaciones: viernes de la 10a semana del tiempo ordinario

Reflexión para meditar el viernes de la décima semana de tiempo ordinario. Los temas propuestos son: la plenitud de las Bienaventuranzas; buscar la pureza de corazón; quitar lo que estorba.

EL SERMÓN DE LA MONTAÑA es el primero de los cinco grandes discursos en los que san Mateo reúne las enseñanzas de Jesús sobre el Reino de Dios. El pórtico de este discurso es la proclamación de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-11): en ellas «nos da los nuevos mandamientos, que no son normas sino que señalan el camino de la felicidad que él nos propone»1. Al hacerlas vida de nuestra vida, quienes seguimos a Cristo nos podemos convertir, con su ayuda, en sal de la tierra y luz del mundo.

Con las Bienaventuranzas como telón de fondo, el Señor interpreta los principales preceptos de la ley. Quiere extraer todo su contenido mediante una serie de antítesis entre los mandamientos antiguos y su nueva manera de proponerlos: «Habéis oído que se dijo… pero yo os digo». Su manera de expresarse –«yo os digo»– creaba gran impresión entre la gente porque equivalía a reivindicar para sí mismo la autoridad de Dios. A lo dicho por Moisés, Jesús añade la novedad, lo lleva a la plenitud.

El Señor no anula los mandamientos de la ley, sino que los interioriza, los ilumina de tal modo que puedan verdaderamente conformar nuestro corazón al de Dios. Para sus discípulos, «las palabras de Jesús, amorosas y a la vez exigentes»2, son un programa de santidad: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). «Es verdad: Jesús es un amigo exigente que indica metas altas»3, ciertamente más elevadas que las de Moisés, llega hasta las últimas consecuencias. Para Jesús, cada mandamiento adquiere pleno significado como una exigencia del amor, y todos se unen en el más grande de todos: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo (cfr. Mt 22,36-40). El amor es exigente y allí está su belleza.


«HABÉIS OÍDO que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón» (Mt 5,27). Comentando este versículo, advertía san Gregorio Magno: «Debemos, pues, vigilarnos, porque no debe verse aquello que no es lícito desear»4. Los preceptos del Señor no son arbitrarios; al contrario, responden a los deseos del corazón del hombre ya que, al conocernos íntimamente, Dios nos manda lo que es verdadero camino de felicidad. Previamente, al inicio del discurso, el Maestro había asegurado que serán bienaventurados aquellos que sean verdaderamente «limpios de corazón» (Mt 5,8).

Con esta bienaventuranza el Señor nos invita a identificar nuestra mirada con la suya; a formar una interioridad que lleve a dirigir nuestros afectos y pensamientos a él. Limitar la pureza de corazón solamente a combatir tentaciones e impulsos desordenados podría llevar a concebirla como un peso. Nos hace perder de vista que, en realidad, la vida con Dios nos llena de un «Amor que sacia sin saciar»5 nuestros deseos más profundos. Cuando el rey David suplica «Oh Dios, crea en mí un corazón puro» (Sal 51[50],12), está pidiendo la capacidad de gustar y disfrutar con lo verdaderamente valioso, y no solamente con lo efímero.

«No basta detenerse “en la superficie” de las acciones humanas, es necesario penetrar precisamente en el interior»6. En la lucha contra el pecado, el Señor va a la raíz, apunta al corazón, porque es donde se fragua la bondad o maldad de nuestros actos. «Examina con sinceridad tu modo de seguir al Maestro –sugiere san Josemaría–. Considera si te has entregado de una manera oficial y seca, con una fe que no tiene vibración; si no hay humildad, ni sacrificio, ni obras en tus jornadas; si no hay en ti más que fachada y no estás en el detalle de cada instante..., en una palabra, si te falta Amor»7.


«SI TU OJO derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno» (Mt 5,29). Las palabras del Señor, con imágenes que impactan, nos exhortan «a no pactar con el mal (...). Jesús es radical en esto, exigente, pero por nuestro bien, como un buen médico. Cada corte, cada poda, es para crecer mejor y llevar fruto en el amor. Preguntémonos entonces: ¿Qué hay en mí que contrasta con el Evangelio? ¿Qué quiere Jesús, en concreto, que corte en mi vida?»8.

«No tengas la cobardía de ser valiente, ¡huye!»9, aconseja san Josemaría. Para seguirle en el camino, algunas veces necesitaremos huir de las ocasiones que nos alejan del amor, y prescindir de lo que nos estorba. Hemos adquirido un tesoro escondido por el que estamos dispuestos a vender todo lo demás, aun cosas que sabemos que son buenas. «La fidelidad se manifiesta especialmente cuando supone esfuerzo y sufrimiento»10, y exige, a veces, renuncias. Decía san Agustín: «En aquello que se ama, o no se siente la dificultad o se ama la misma dificultad (...). Los trabajos de los que aman nunca son penosos»11.

María vivió los momentos de gozo y de dolor con el mismo amor. Podemos pedirle que interceda por nosotros para que también afrontemos todas esas situaciones sabiendo que todo lo que Dios nos pide es para tenernos más cerca de él.


Francisco, Audiencia, 29-I-2020.
San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 33.
San Juan Pablo II, Mensaje, 15-VIII-1996, n. 3.
San Gregorio Magno, Moralia, 21, 2.
San Josemaría, Amigos de Dios, n.208.
San Juan Pablo II, Audiencia General, 16-IV-1980.
San Josemaría, Forja, n. 930.
Francisco, Ángelus, 26-IX-2021.
San Josemaría, Camino, n. 132.
10 Mons. Fernando Ocáriz, Carta Pastoral, 19-III-2022, n. 3.
11 San Agustín, De bono viduitatis, 21, 26.