Meditaciones: viernes de la 23ª semana del tiempo ordinario

Reflexión para meditar el viernes de la 23ª semana del tiempo ordinario. Los temas propuestos son: Jesús vino a salvar, no a condenar; reconocer la viga del propio ojo; defender la manera de ser de los demás.

- Jesús vino a salvar, no a condenar.

- Reconocer la viga del propio ojo.

- Defender la manera de ser de los demás.


«YO SOY la luz que ha venido al mundo para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas. Y si alguien escucha mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo» (Jn 12,46-47). Jesús se expresa así durante los días anteriores a la Pascua, cuando la presión de algunos judíos se había hecho ya insostenible. Las autoridades del pueblo, que le rodean y le acosan sin disimulo, critican todas sus palabras, emiten juicios sobre sus intenciones y le acusan incluso cuando obra milagros. Nada de lo que Jesús hace o dice les deja satisfechos. Sin embargo, en contraste con aquel ambiente, el Maestro recuerda que él ha venido al mundo para salvar, no para condenar; él siempre tiende la mano a quien lo necesita, sin juicios ni condiciones.

Esta actitud de Jesús es atractiva y entusiasmante, y en nuestro intento por dejar que Cristo viva en nosotros es normal que busquemos este mismo acercamiento hacia todas las personas. Si ni siquiera el hijo de Dios mira al prójimo con intención de juzgar, nosotros con mucha menos razón. Cuando condenamos a los demás, es nuestro propio corazón el que se ve afectado por una espiral de egoísmo. Por eso, podemos pedir ayuda al mismo Jesucristo para que moldee nuestro interior a imagen suya. «De una manera gráfica y bromeando –escribía san Josemaría–, os he hecho notar la distinta impresión que se tiene de un mismo fenómeno, según se observe con cariño o sin él. Y os decía –y perdonadme, porque es muy gráfico– que, del niño que anda con el dedo en la nariz, comentan las visitas: ¡qué sucio!; mientras su madre dice: ¡va a ser investigador! (...). Mirad a vuestros hermanos con amor y llegaréis a la conclusión –llena de caridad– de que ¡todos somos investigadores[1].


EN UNA de las parábolas de san Lucas, el Señor propone a sus discípulos la siguiente imagen: «¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, deja que saque la mota que hay en tu ojo”, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo?» (Lc 6,41-43). Todos tenemos la tendencia a juzgar más rápidamente los comportamientos de los demás antes que los nuestros propios. Sin embargo, el Señor es claro e insiste en esto: si queremos mejorar el ambiente y a las personas que nos rodean, el camino es mejorar nosotros, limpiar primero los propios ojos, dejarnos alcanzar por la misericordia de Dios.

Comenta san Cirilo de Alejandría: «¿Por qué juzgas cuando el Maestro todavía no ha juzgado? Si yo no juzgo, dice, tampoco juzgues tú que eres mi discípulo. Es posible que tú seas culpable de aquel a quien juzgas»[2]. Antes de considerar el comportamiento de nuestros hermanos, Jesús nos anima a mirar con sinceridad el interior de nuestro corazón. Solo entonces, desde la humildad personal, estaremos en condiciones de ver con algo más de claridad lo que nos rodea. El sincero examen personal, que lleva al conocimiento propio, es el primer paso antes de corregir a alguien. Al descubrir la viga en el interior del propio ojo es posible que las motas de los demás adquieran otro relieve u otra dimensión: nos llenamos de esperanza porque sabemos que quien nos mira es un Dios lleno de misericordia.

«Cuando estamos obligados a corregir o a reprender –escribía san Agustín comentando también este pasaje–, prestemos atención escrupulosa a la siguiente pregunta: ¿No hemos caído nunca en esta falta? ¿Nos hemos curado de ella? Aún si nunca la hubiésemos cometido, acordémonos de que somos humanos y que hubiéramos podido caer en ella. Si, por el contrario, la hemos cometido en el pasado, acordémonos de nuestra fragilidad para que la benevolencia nos guíe en la corrección»[3].


JESÚS pide, una y otra vez, que desarrollemos «una mirada que no se detenga en lo exterior, sino que vaya al corazón»[4]. Al respetar la manera de ser de los demás queda claro que no pretendemos moldearlos según nuestros criterios o preferencias. Así, quienes nos rodean se sentirán verdaderamente libres y se darán cuenta de que lo único que nos interesa es que sean felices y santos. San Josemaría decía que quería dejar como herencia a sus hijos «el amor a la libertad y el buen humor»[5]. Estas dos realidades nos llevarán a dirigir una mirada a nuestros hermanos que se fije siempre en el lado positivo, e incluso divertido, de cada uno, defendiendo siempre su libertad.

Entonces, los posibles defectos de los demás no supondrán barreras insalvables, sino que serán ocasiones para orar por esa persona y para mostrarle un cariño auténtico que no entiende de condiciones. Incluso cuando deseemos ayudar a alguien para que se corrija, podremos hablar con franqueza y transmitir lo que veamos, para que en la presencia de Dios se pueda examinar y tomar una resolución; de todos modos, esto no lleva a una actitud de reproche, de tomar distancia o de juicio de sus intenciones. «Si queremos ir por el camino de Jesús, más que acusadores, debemos ser defensores de los demás ante el Padre. Cuando veas algo feo en otro ve a rezar y defiéndelo ante el Padre, como hace Jesús. Reza por él, ¡pero no lo juzgues!»[6]. Afortunadamente solo Dios, que conoce la profundidad de los corazones, sabe dar el peso adecuado a los sucesos de la vida de cada uno.

La Virgen es la primera que nos defiende; ella mira nuestros talentos y nuestros defectos con corazón de madre. Podemos pedirle que nos ayude delicadamente a descubrir la viga en nuestros ojos para que, después, como ella, también nosotros sepamos reaccionar con oración y cariño ante las pequeñas motas que vemos en los ojos de nuestros hermanos.


[1] San Josemaría, Cartas 27, n. 35.

[2] San Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de Lucas, 6, PG 72, 601-604.

[3] San Agustín, Explicación del Sermón de la Montaña, n. 19.

[4] Francisco, Ángelus, 27-VI-2021.

[5] San Josemaría, Cartas 24, n. 22.

[6] Francisco, Homilía, 23-VI-2014.