Meditaciones: sábado de la 4 semana de Cuaresma

Reflexión para meditar el sábado de la 4 semana de Cuaresma. Los temas propuestos son: «Jamás habló así hombre alguno»; no endurecer el corazón; las palabras de Jesús.

«Jamás habló así hombre alguno».

No endurecer el corazón.

Las palabras de Jesús.


ES EL TERCER año de la vida pública del Señor. Son días de controversias con los fariseos y con otros jefes del pueblo. Jesús se encuentra en Jerusalén, durante la celebración de la fiesta de los tabernáculos. Las calles de la ciudad se llenan de cabañas hechas con ramas, para recordar el paso de Israel por el desierto tras su liberación de Egipto. En esta fiesta se daba gracias a Dios por las cosechas y la vendimia, ya que se celebraba entre septiembre y octubre, al final del año agrícola; se pedía su bendición para el futuro, con la mirada puesta en el salvador prometido.

En ese marco festivo, con mucha afluencia de peregrinos, los sumos sacerdotes y los doctores de la ley temen que Jesús pueda ser proclamado Mesías, así que mandan algunos guardianes del Templo para que lo apresen. Probablemente no eran muchos, pero no se veían en condiciones de ejercer la fuerza sin provocar una revuelta. Es posible que llegaran al lugar donde se encontraba el Señor hablando a sus discípulos, y se quedasen a un lado, esperando hasta el final. Así podrían detenerlo discretamente, sin que la multitud se agitase. En esa espera, le oyen hablar, y las palabras de Jesús llegan a sus corazones. Algo se remueve en sus almas y desisten del propósito inicial que les había llevado hasta allí. Cuando vuelven a dar cuentas a los sumos sacerdotes y fariseos, estos preguntan indignados: «¿Por qué no lo habéis traído?» (Jn 7,45). Y la respuesta de los guardianes es elocuente: «Jamás habló así hombre alguno» (Jn 7,46).

Llama la atención el contraste entre estos dos grupos de personajes. Los sumos sacerdotes y los doctores de la ley quizás tienen el alma endurecida, no quieren escuchar a Jesús; su corazón está envuelto en una coraza de prejuicios. Cuando dialogan con el Maestro, se trata de un diálogo aparente, solo quieren retorcer sus palabras. En cambio, los guardianes del templo son personas más sencillas y honestas, sus disposiciones interiores les permiten escuchar sin barreras a Cristo. Y en ese encuentro personal quedan conquistados. Estos personajes secundarios del Evangelio nos recuerdan la necesidad de escuchar la Palabra de Dios con un corazón sencillo, de manera que, al acogerla, sea realmente luz que oriente nuestra vida.


«OJALÁ ESCUCHÉIS hoy la voz del Señor: no endurezcáis vuestro corazón» (Sal 96,7). La Iglesia nos repite incansablemente durante la Cuaresma estas palabras del salmo. Nos recuerda así que nuestro corazón puede tender a endurecerse, incluso cuando ya llevamos tiempo, quizá muchos años, deseando e intentando vivir como cristianos. Los sumos sacerdotes y fariseos no lograban ver nada positivo en Jesús, que era la verdad, la luz y la bondad. Su mirada, oscurecida, solo estaba dispuesta a fijarse en lo aparentemente negativo.

Frente a lo que acontece a nuestro alrededor, podemos siempre escoger entre la mirada que juzga o la mirada contemplativa. De algún modo, esta elección condiciona nuestra manera de percibir la realidad. Mediante la oración, podemos unirnos a la mirada que viene de Dios, que «no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene»1. Solo él sabe lo que se encuentra en lo más profundo de los corazones de las personas.

Sabemos bien que, quien se sabe hijo de un Dios que es Padre y que ha vencido al mal, no odia a nadie ni mira el mundo con ojos pesimistas. La fe y la caridad nos impulsan, en cambio, a fijarnos antes que nada en el bien, a admirarnos por la belleza que nos rodea; a cultivar, en palabras de san Josemaría, «una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida»2. El cristianismo es novedad, luz, salvación, amor a cada persona. «La mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Nuestra fe es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el agua y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña»3.


LOS GUARDIANES del templo, por su parte, supieron valorar las palabras de Jesús. Se daban cuenta de que no estaban oyendo a un rabino cualquiera: allí había algo más, algo radicalmente distinto. El Evangelio señala que «les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas» (Mc 1,22). Las palabras de Jesús estaban avaladas por los signos que hacía y por el ejemplo de su vida. Nunca hubo un hombre más identificado con su mensaje, ya que el mensaje era su misma persona: él era el amor de Dios encarnado, la reconciliación con el Padre, quien revela el hombre al mismo hombre4.

Jesús revelaba la verdad con autoridad y profundidad. Pero lograba hacerlo de manera sencilla, con un lenguaje ligado a la existencia cotidiana de quienes le escuchaban. Según sus disposiciones, cada uno podía acoger bien o mal aquel anuncio, pero las palabras de Jesús tocaban la vida de sus oyentes. Junto a esto, las mujeres y hombres de corazón bien dispuesto podían percibir otra característica en las palabras de Cristo: su benevolencia. Se daban cuenta de que les hablaba desde el corazón, de que no le interesaba quedar bien ni arrancar aplausos, sino que hablaba movido solo por el ánimo de ayudar, de consolar, de salvar. En sus palabras descubrían el amor de Dios hacia cada uno.

También hoy, «a nadie niega Jesús su palabra, y es una palabra que sana, que consuela, que ilumina»5. Leyendo y meditando el Evangelio podemos encontrar personalmente a Cristo, de manera que sea luz de nuestras vidas. Como los guardianes del Templo, podremos exclamar: «Jamás habló así hombre alguno» (Jn 7,46). María, que acogió en sí a la Palabra de Dios, nos puede ayudar en este camino.


Francisco, Patris corde, n. 2.
San Josemaría, Forja, n. 428.
Francisco, Evangelii gaudium, n. 84.
Cfr. Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, n. 22.
San Josemaría, Cartas 37, n. 10.