Meditaciones: sábado de la 23ª semana del tiempo ordinario

Reflexión para meditar el sábado de la 23ª semana del tiempo ordinario. Los temas propuestos son: ir a las raíces de nuestras acciones; hablamos de lo que tenemos en el corazón; construir sobre la roca que es Cristo.

- Ir a las raíces de nuestras acciones.

- Hablamos de lo que tenemos en el corazón.

- Construir sobre la roca que es Cristo.


MUCHAS DE LAS imágenes que Jesús emplea en su predicación están tomadas de experiencias comunes de la vida diaria, por lo que son muy expresivas y transmiten con fuerza su enseñanza. Así, las palabras del Maestro se quedaban así fácilmente grabadas en la memoria de quienes le escuchaban; al volver a sus casas probablemente las recordaban y, después, las repetían entre sus amigos. Hoy la Iglesia nos ofrece dos de esas imágenes: la del árbol que da frutos buenos o frutos malos, y la de la casa construida sobre roca o sobre arena.

«No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni tampoco árbol malo que dé buen fruto. Pues cada árbol se conoce por su fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas del zarzal» (Lc 6,43-44). Los frutos brotan de la interioridad del árbol, de las raíces, de la savia que riega el tronco y las ramas. Con aquella comparación, Jesús nos invita a mirar el interior de nuestro corazón para descubrir los verdaderos motivos de nuestras acciones. Es precisamente allí, en nuestras disposiciones profundas, en donde podemos conocer mejor las razones de tal o cual reacción.

«Nuestro prójimo ve lo que nosotros hacemos, pero no ve por qué motivo lo hacemos. Solo Dios es testigo de ello (…). Yo no puedo leer en vuestro corazón –decía san Agustín–, pero Dios que escruta los corazones sabe lo que hay en el hombre»[1]. La nobleza de nuestro corazón es la clave para determinar el bien que existe en nuestra vida. Una mirada superficial o exterior, que se queda solamente en «hice esto» o «no hice aquello», no siempre da con lo que verdaderamente nos mueve. Necesitamos ahondar para descubrir las raíces del bien o del mal, con la tranquilidad de saber que Dios nos conoce perfectamente y él nos acompaña en esta tarea.


EN EL LENGUAJE de la Sagrada Escritura, el corazón es el lugar de las decisiones, es donde se forjan silenciosamente nuestras acciones. El corazón es sede de nuestra afectividad, allí cristalizan nuestros sentimientos; y, justamente por eso, es el lugar en donde converge lo exterior y lo interior. El corazón siente, pero precisamente como aquel sentimiento se refiere a algo externo, se abre a un proceso de conocimiento y de comprensión: es el núcleo más profundo de la persona. Por todo ello, dice Jesús: «El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo» (Lc 6,45).

A la luz de estas palabras de Cristo, le podemos pedir al Señor, como lo hacía san Josemaría, «que nos conceda un corazón bueno, capaz de compadecerse de las penas de las criaturas»[2], capaz de amar y de elegir el bien para nuestra vida y fomentarlo en la vida de quienes nos rodean. «Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva en mi interior un espíritu firme», suplicamos con el salmista (Sal 51,12). Ese corazón nuevo, que es de carne y no de piedra (cfr. Ez 36,26), es sobre todo un regalo, un don de Dios. Pero, al mismo tiempo, necesitamos estar alerta para corregir el punto de mira cuando notamos que se desvía del bien, para enderezar con humildad las intenciones menos rectas.

Una manera concreta de examinarnos puede ser recordar los temas más frecuentes de nuestras conversaciones, porque, como añade Jesús, «de la abundancia del corazón habla su boca» (v. 45). ¡Qué sabiduría y qué retrato tan exacto de nuestra vida nos ofrece esta frase del Señor! Cuando nuestras palabras son habitualmente amables, es que el corazón está lleno de bondad y eso sale hacia fuera, dando luz y esperanza. En cambio, si asoma con facilidad la queja o el reproche, quizá nos falta alegría y libertad interior, o quizá se ha depositado en el corazón una cierta amargura. Nuestras conversaciones nos dan pistas para descubrir cómo está nuestro corazón: se trata de un posible modo práctico para examinarnos.


«TODO el que viene a mí y oye mis palabras y las pone en práctica, os diré a quién se parece. Se parece a un hombre que, al edificar una casa, cavó muy hondo y puso los cimientos sobre la roca. Al venir una inundación, el río rompió contra aquella casa, y no pudo derribarla porque estaba bien edificada» (Lc 6,47-48). En esta comparación, Jesús transmite quizás una experiencia que había visto o vivido en primera persona: que el futuro de un edificio depende de sus cimientos. La casa resistirá las inclemencias de la naturaleza solo si sus pilares se asientan sobre roca firme. En cambio, si por comodidad o por tener demasiada prisa la casa no se construyó sobre un suelo recio, a la mínima dificultad llegará la ruina.

«¿Qué quiere decir construir la casa sobre roca? Construir sobre roca quiere decir, ante todo, construir sobre Cristo y con Cristo (…). Quiere decir construir con Alguien que, conociéndonos mejor que nosotros mismos, nos dice: “Eres precioso a mis ojos, (...) eres estimado, y yo te amo” (Is 43,4). Quiere decir construir con Alguien que siempre es fiel, aunque nosotros fallemos en la fidelidad, porque él no puede negarse a sí mismo (cfr. 2 Tm 2,13). Quiere decir construir con Alguien que se inclina constantemente sobre el corazón herido del hombre, y dice: “Yo no te condeno. Vete, y en adelante no peques más” (cf. Jn 8,11). Quiere decir construir con Alguien que desde lo alto de la cruz extiende los brazos para repetir por toda la eternidad: “Yo doy mi vida por ti, hombre, porque te amo”»[3].

Jesús nos plantea un itinerario en tres pasos: acudir a él, escucharle, y vivir de esas palabras. Podemos acudir a la ayuda de santa María en este camino: al igual que ella, queremos construir nuestra casa sobre roca, para que allí habite el Verbo encarnado; al igual que nuestra Madre, queremos conservar la Palabra de Dios en nuestro corazón para que empape toda nuestra vida, desde nuestros más profundas disposiciones hasta nuestras acciones externas.


[1] San Agustín, Sermón 179.

[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 167.

[3] Benedicto XVI, Encuentro con jóvenes, 27-V-2006.