Meditaciones: martes de la 33.ª semana del tiempo ordinario

Reflexión para meditar el martes de la semana treinta y tres del tiempo ordinario. Los temas propuestos son: Dios entra en el corazón de Zaqueo; aprender de su «santa desvergüenza»; la conversión se manifiesta en la generosidad.


EL EVANGELIO nos presenta el encuentro entre Jesús y Zaqueo casi como un hecho casual. Zaqueo ejerce el oficio de jefe de los publicanos de Jericó, una ciudad importante situada junto al río Jordán, y es muy rico. Recauda impuestos para la autoridad romana, por lo que es considerado un pecador público. Los publicanos, además, con frecuencia aprovechaban su posición para enriquecerse mediante el chantaje, lo que les había hecho ganarse el desprecio de sus vecinos.

Aquel día Jesús entra en Jericó y la recorre acompañado por la muchedumbre (cfr. Lc 19,1-10). El deseo de ver al Maestro lleva a Zaqueo a un gesto singular, en cierto sentido ridículo, dada su alta posición social. Al ser de baja estatura, «se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, porque iba a pasar por allí» (Lc 19,4). A pesar de que Zaqueo parece impulsado solo por la curiosidad, en realidad ese gesto era ya un fruto de la misericordia de Dios que lo atraía y que pronto transformaría su corazón. Antes de que Zaqueo acogiera a Jesús en su casa, el Señor lo había acogido a él. «A veces, el encuentro de Dios con el hombre tiene también la apariencia de la casualidad. Pero nada es “casual” por parte de Dios»[1].

«Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo: Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa» (Lc 19,5). La mirada de Cristo penetró en el alma del publicano con fuerza. Además, ¡con cuánta ternura y familiaridad escuchó Zaqueo pronunciar su nombre! Feliz por el encuentro, «bajó rápido y lo recibió con alegría» (Lc 19,6). Es decir, abrió generosamente la puerta de su casa y de su corazón al encuentro con el Salvador.


ZAQUEO TUVO posiblemente una resistencia interior a trepar a la higuera. Sí, quería conocer a Jesús, pero corría el riesgo de provocar aún más animadversión entre sus vecinos. Desde el principio tuvo que vencer la vergüenza del ridículo y despreciar el qué dirán. Se arriesgó y superó estos obstáculos «porque la atracción de Jesús era más fuerte»[2].

San Josemaría calificó su valiente actitud de «santa desvergüenza» y la comentaba así: «No faltan [a Zaqueo] ni las burlas de los chiquillos ni la carcajada en la boca de algunas personas mayores. Pero todo eso, ¿qué importa? ¿Qué importa, cuando se trata del servicio de Cristo, la opinión de las gentes, los respetos humanos? Cuando una falsa vergüenza trate de cohibirnos, sea siempre ésta nuestra consideración: Jesús y yo, Jesús y yo; lo demás, ¿qué nos importa? (...). Dame, Jesús mío, la santa desvergüenza (...). Concédeme, Dios mío, una entereza de acero para que haga lo que deba hacer»[3].

Dios es «muy buen pagador», afirmaba santa Teresa de Jesús. «Y así, aunque sean cosas muy pequeñas, no dejéis de hacer por su amor lo que pudiereis. Su Majestad las pagará; no mirará sino el amor con que las hiciereis»[4]. Aunque el movimiento inicial de Zaqueo parezca más de curiosidad que de amor, él «ha puesto los medios para conocer a Jesús y va a obtener su recompensa. Es necesario, para sentir en nosotros el chispazo de la mirada de Jesucristo, que vayamos a entregarnos a él (...). La recompensa está ahí: en la mirada, en la llamada de Jesús»[5].


EL JEFE de publicanos hospedó en su casa al Señor y, así, abrió espacio para Dios en su vida. En pocos minutos la cercanía de Jesús comenzó a transformar su corazón. Ya en el umbral de su casa, declaró: «Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más» (Lc 19,8). Jesús disipó con delicadeza las tinieblas de su interior. Ciertamente, «a su luz se ensanchan los horizontes de la existencia: la persona comienza a darse cuenta de los demás hombres y de sus necesidades (...). La atención a los demás hombres, al prójimo, constituye uno de los principales frutos de una conversión sincera. El hombre sale de su egoísmo, deja de vivir para sí mismo, y se orienta hacia los demás; siente la necesidad de vivir para los demás, de vivir para los hermanos»[6].

«Ya que el corazón es de reducido tamaño –decía santa Catalina de Siena–, hay que hacer como Zaqueo, que no era grande, y se subió a un árbol para ver a Dios... Debemos hacer lo mismo si somos bajos, cuando tenemos el corazón estrecho y poca caridad: hay que subir sobre el árbol de la santa cruz, y allí veremos, tocaremos a Dios»[7].

Como sucedió aquel día en Jericó, también hoy Cristo nos mira, nos llama por nuestro nombre, y a cada uno nos hace su propuesta: «Conviene que hoy me quede en tu casa» (Lc 19,5). Ese «hoy» es un estímulo para nuestra generosidad. El «hoy» de Cristo ha de resonar con toda su fuerza, como una llamada a darnos sinceramente a las personas. «Él puede cambiarnos, puede convertir nuestro corazón de piedra en corazón de carne, puede liberarnos del egoísmo y hacer de nuestra vida un don de amor»[8]. María veía a Jesús desde niño y vivía en su misma casa: ella nos enseñará el camino para invitarlo a la nuestra y para dejar que nos transforme en generosos servidores de los demás.


[1] San Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes, 17-III-2002.

[2] Francisco, Homilía, 31-VII-2016.

[3] San Josemaría, Apuntes de una meditación, 12-IV-1937.

[4] Santa Teresa de Jesús, Conceptos del Amor de Dios, I, 6.

[5] San Josemaría, Notas de una meditación, 12-IV-1937.

[6] San Juan Pablo II, Homilía, 08-VI-1999.

[7] Santa Catalina de Siena, Carta 119.

[8] Francisco, Ángelus, 3-XI-2013.