Meditaciones: domingo de la 24ª semana del tiempo ordinario

Reflexión para meditar el domingo de la 24ª semana del tiempo ordinario. Los temas propuestos son: el perdón es la alegría de Dios; Dios nos ha amado primero; un Padre que sale al encuentro.

El perdón es la alegría de Dios.

- Dios nos ha amado primero.

- Un Padre que sale al encuentro.


EL EVANGELIO de San Lucas es conocido como el «evangelio de la misericordia»[1]; sobre todo porque recoge tres parábolas en las que Jesús describe de modo gráfico la infinita misericordia de Dios con los hombres.

Los tres relatos siguen un mismo patrón. Al inicio, una persona pierde algo que considera de gran valor: el pastor, una de las ovejas de su rebaño; la mujer, una de sus monedas; y un padre, a su hijo pequeño que huye voluntariamente lejos de su casa. Las tres parábolas, además, tienen en común la reacción del protagonista, que no para de buscar hasta que consigue recuperar lo que tanto ama; y, cuando lo hace, siente una alegría desbordante. Jesús nos revela que Dios está «siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona»[2]. «El perdón es alegría de Dios, antes que alegría del hombre. Dios se alegra al acoger al pecador arrepentido; más aún, él mismo, que es Padre de infinita misericordia, dives in misericordia, suscita en el corazón humano la esperanza del perdón y la alegría de la reconciliación»[3].

En estas parábolas, Jesús nos revela «la naturaleza de Dios como un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia»[4]. La Iglesia no se cansa de proclamar esta verdad: Dios nos ama con un amor infinito, a cada uno, porque somos hijos suyos. Es un anuncio tan entusiasmante que nunca deja de sorprendernos. Decía san Pablo VI: «Podemos pensar que nuestro pecado o alejamiento de Dios enciende en él una llama de amor más intenso, un deseo de devolvernos y reinsertarnos en su plan de salvación (...). Dios es –digámoslo llorando– bueno con nosotros. Él nos ama, busca, piensa, conoce, inspira y espera. Él será feliz –si puede decirse así– el día en que nosotros queramos regresar y decir: “Señor, en tu bondad, perdóname”. He aquí, pues, que nuestro arrepentimiento se convierte en la alegría de Dios»[5].


«NOSOTROS hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16). Toda nuestra vida cristiana se resume en confiar en que Dios nos ama, y a aceptar con agradecimiento ese amor compasivo que se nos ofrece gratuitamente, tantas veces en forma de perdón. Aunque a veces sea más patente a nuestros ojos lo que hacemos nosotros, ya sean esfuerzos, fatigas o sufrimientos, en realidad el amor de Dios lo precede todo. Como escribe san Juan en una de sus cartas: «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19).

Afirma el Concilio Vaticano II: «El hombre existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador»[6]. La iniciativa, silenciosa y discreta, siempre es suya. El principio de nuestra existencia es que somos amados. «No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno de nosotros es amado, cada uno es necesario»[7]. Su amor nos crea, nos capacita para amar con su mismo amor y está dispuesto a transformar nuestra relación con nosotros mismos y con quienes nos rodean.

«Dios es amor, y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16): este es el corazón de la revelación de Jesucristo. Y esto renueva nuestras relaciones con los demás. Cuando se ama de verdad, como Dios ama, se ama simplemente porque sí, sin buscar nada a cambio. Lo expresaba san Bernardo con estas palabras: «El amor se basta por sí mismo, agrada por sí mismo y por su causa. Él es su propio mérito y su premio. El amor excluye todo otro motivo y otro fruto que no sea él mismo. Su fruto es su experiencia. Amo porque amo; amo para amar»[8].


DIOS ES MUCHO MÁS que un padre de buen corazón, que perdona al pecador cuando vuelve a casa. Dios es un padre que, movido por un amor personal y gratuito, busca al que se ha perdido hasta que lo encuentra, como sucede con la oveja y con la dracma perdida. El padre del hijo pródigo no se limita a esperar en casa, sino que corre a su encuentro, se le echa al cuello y lo besa con pasión. Dios sale a los caminos, su misericordia es mucho más fuerte que nuestra debilidad. Por eso toda la revelación bíblica es, de alguna manera, la historia de un Dios que nos quiere convencer de su amor. Cuando uno se sabe amado de esta manera incondicional, esa convicción se convierte en fuente de gozo y alegría, es un trampolín que nos lanza a transformar el día a día en ocasiones de también amar a Dios y a los demás. «Amati, amamus», recordaba san Bernardo: nosotros amamos porque somos amados.

Pero este amor misericordioso de Dios no se impone. El amor es, en todos los casos, un regalo que se ofrece y que solo puede aceptarse con libertad. De esta manera, el amor es, al mismo tiempo, lo más fuerte y lo más débil. El hijo pródigo, por ejemplo, tiene que desandar el camino que le había alejado de la casa paterna y aceptar el abrazo de su padre. «La misericordia que Dios muestra nos ha de empujar siempre a volver. Hijos míos –decía san Josemaría–, mejor es no marcharse de su lado, no abandonarle; pero si alguna vez por debilidad humana os marcháis, regresad corriendo. Él nos recibe siempre, como el padre del hijo pródigo, con más intensidad de amor»[9]. Le podemos pedir a María, madre de Misericordia, que no se canse nunca de volver a nosotros sus ojos misericordiosos, para que nos ayude a regresar una y otra vez hacia Dios Padre.


[1] San Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 3.

[2] Francisco. Misericordiae vultus, n. 9.

[3] San Juan Pablo II, Homilía, 16-IX-2001.

[4] Francisco, Misericordiae vultus, n. 9.

[5] San Pablo VI, Homilía 23-VI-1968.

[6] Gaudium et spes, n. 19.

[7] Benedicto XVI, Homilía, 24-IV-2005.

[8] San Bernardo, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, Sermón 83.

[9] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 27-III-1972.