San Francisco y san Josemaría: 800 años de una llamada a la libertad de corazón

En el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, fray Francesco Ielpo, Custodio de Tierra Santa, explora qué tienen en común la pobreza del santo de Asís y el desprendimiento que proponía san Josemaría.

Al cumplirse ochocientos años de la muerte de san Francisco, su opción radical por la pobreza sigue interpelando a la Iglesia. A primera vista, podría parecer difícil relacionarla con la espiritualidad de san Josemaría, pensada especialmente para cristianos llamados a santificarse en el trabajo y en las realidades ordinarias del mundo. Y, sin embargo, si vamos a la raíz, surge una sorprendente sintonía: para ambos, la verdadera pobreza cristiana no comienza por las cosas, por los bienes, sino por el corazón.

San Francisco prefiere una fórmula más radical que la propia palabra «pobreza»: vivir sine proprio, sin nada propio. Así define la vida de los frailes en las Reglas[1]. No se trata solo de no poseer dinero o bienes. El sine proprio alcanza una profundidad espiritual mucho mayor: significa no apropiarse ni siquiera del bien que Dios obra por medio de nosotros. «Devolvamos al Señor Dios altísimo y sumo todos los bienes», escribe Francisco, porque «suyo es todo bien y Él solo es bueno»[2].


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Sorprende reencontrar casi la misma intuición en las palabras de san Pablo retomadas por san Josemaría: «¿Qué tienes que no hayas recibido?». Talentos, inteligencia, salud, éxitos, posibilidades humanas: todo es don. El problema, por tanto, no es simplemente tener o no tener, sino convertir lo que hemos recibido en algo «nuestro», olvidando al Dador. Por eso Josemaría invita a desprenderse no solo de los bienes materiales, sino también «de los dones de la inteligencia, de la salud, de la honra, de las ambiciones nobles, de los triunfos, de los éxitos»[3].

Aquí Francisco y Josemaría parecen encontrarse en torno a una misma libertad. Francisco la expresa con el sine proprio; Josemaría, con el desprendimiento. Dos palabras distintas que indican un corazón libre, que no se aferra a nada, porque sabe que lo ha recibido todo.

Desde luego, las formas concretas son diferentes. Francisco y sus frailes eligen seguir a Cristo pobre mediante una renuncia a la posesión de bienes. Josemaría, en cambio, habla del desprendimiento del uso de los bienes a cristianos inmersos en las realidades temporales, que trabajan, sostienen una familia, administran bienes y asumen responsabilidades sociales. Por eso puede afirmar que «lo importante no se concreta en la materialidad de poseer esto o de carecer de lo otro»[4]: los bienes son medios, que hay que usar rectamente, sin permitir que se conviertan en dueños del corazón.

Pero es justamente esa diferencia la que hace aún más significativa la convergencia. La pobreza evangélica no coincide, ante todo, con la cantidad de cosas que poseemos. Se mide por la libertad con que las recibimos, las usamos y somos capaces de darlas.

Y hay un paso más. Para san Francisco, el sine proprio se extiende incluso a las relaciones: puedo querer «apropiarme» del hermano, exigiendo que responda a mis expectativas, juzgándolo o imponiéndole mi voluntad. La verdadera pobreza se convierte entonces en hacerse pequeño, en servir, en renunciar al dominio. También para san Josemaría el desprendimiento conduce necesariamente a la generosidad: ser «parco, y muy generoso con los demás»[5].

En definitiva, para ambos, la pobreza cristiana no nace del desprecio de las cosas, sino del descubrimiento de una riqueza mayor y de la imitación de Cristo. Francisco lo expresa con palabras quizá inmejorables: «Nada, pues, de vosotros retengáis para vosotros, para que os acoja totalmente Aquel que totalmente se os ofrece»[6].

Es esta la paradoja evangélica que une dos experiencias espirituales tan distintas: se elige la pobreza evangélica no por desprecio, sino porque se ha encontrado el Todo. Y cuando Dios se convierte en el verdadero tesoro, las cosas ocupan por fin el lugar que les corresponde: ya no algo que retener, sino dones que recibir, custodiar, compartir y, finalmente, devolver.


1. San Francisco, Regula Bollata, 1,1: La regla y vida de los Hermanos Menores es ésta, a saber: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin propio y en castidad.

2. San Francisco, Regula non Bollata, 17,5-7.17-18.

3. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 114.

4. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 118.

5. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 123.

6. San Francesco, Carta a toda la Orden, 29.


Fray Francesco Ielpo, OFM, es Custodio de Tierra Santa y Guardián del Monte Sión. Elegido en junio de 2025 para guiar a los Frailes Menores en la región durante seis años, su nombramiento fue confirmado por el papa León XIV el 24 de junio de 2025.

Fray Francesco Ielpo, Custodio de Tierra Santa