«No darás falso testimonio contra tu prójimo» (Éxodo 20, 16). Así se formulaba el octavo mandamiento en la Antigua Ley, pero la Iglesia, siguiendo las enseñanzas de Jesucristo, lo ha ampliado así: No mentirás. Para hablar de este mandamiento lo primero que tenemos que hacer es comprender qué es la mentira.
Mentir es decir o dar a entender lo que se sabe falso, con engaño del prójimo, en un contexto comunicativo en el que se espera que la personadiga la verdad (a diferencia de lo que pasa en algunos juegos, o enservicios de inteligencia militar, etc.)". Con palabras de San Agustín diríamos: «La mentira consiste en decir falsedad con intención de engañar” (San Agustín, De mendacio, 4,5). El Señor denuncia en la mentira una obra diabólica: “Vuestro padre es el diablo... porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Juan 8,44)».
El mal que hay en la mentira está no solo en el daño que provoca en la relación con los demás, sino también en la relación con Dios y con nosotros mismos. La mentira puede traer serias consecuencias sociales, y oscurecer las relaciones del hombre con su prójimo. Pero además impide mirar a Dios a la cara; el que miente, desvía la mirada porque no quiere enfrentar lo que le cuesta y esto hace que nos cueste mirar a Dios.
En forma positiva, el octavo mandamiento nos compromete a amar la verdad, a vivir en la verdad, y a hablar siempre con la verdad. La virtud correspondiente se llama veracidad, franqueza o sinceridad. Si los hombres no confiáramos en la veracidad de los demás, la convivencia en sociedad sería prácticamente imposible. Por este profundo amor a la verdad un cristiano ha de evitar completamente el hábito de recurrir a pequeñas mentiras, y no debe verlas como una solución fácil para salir de apuros o conseguir algún beneficio menor. «Deponiendo la mentira, hable cada uno la verdad con su prójimo» (Efesios 4, 25).
La gravedad se da cuando lesiona gravemente las virtudes de la justicia y la caridad. Esta lesión se mide en función de la verdad que contrasta, de la intención del que la dice y de las consecuencias de la mentira.
Hay por tanto mentiras pequeñas; y hay también una tendencia a no darle tanta importancia a este tipo de mentiras hasta el punto de justificarlas. Tal vez nuestra tendencia sea pensar que hay situaciones (muchas) en las que no hay más remedio que mentir: podemos creer que hace falta mentir para sacar adelante un negocio, para dar buena impresión a los extraños, incluso para seguir llevándonos bien con los amigos y parientes, y sobre todo con el esposo o esposa, y con los hijos. Pero no hay que olvidar que las mentiras pequeñas van horadando la confianza y van construyendo un relato falso de uno mismo que tarde o temprano contrastará con la verdad de lo que somos. Puede resultar útil preguntarse ¿por qué miento? Tal vez descubrimos que las mentiras pequeñas son encubridoras y por tanto cómplices de otros males como la pereza, el egoísmo, la vanidad, etc.
Volviendo a la mentira grave hay que añadir que, dado que esta lesiona la justicia y la caridad, igual que el séptimo, nos obliga a restituir. Si he perjudicado a un tercero, por calumnia, murmuración, insulto o revelación de secretos confiados, el perdón del pecado lleva consigo el intento de reparar el daño causado lo mejor que pueda. Si he calumniado, debo proclamar que me había equivocado; si he murmurado, tengo que compensar mi detracción con alabanzas justas o moviendo a caridad; si he insultado, debo pedir disculpas, públicamente, si el insulto fue público; si he violado un secreto, debo reparar el daño causado del modo que pueda y tan deprisa como pueda.
La calumnia (acusación falsa, hecha maliciosamente para causar daño) es uno de los pecados contra el octavo mandamiento. Tiene especial gravedad porque combina un pecado contra la veracidad (mentir), con un pecado contra la justicia (herir el buen nombre ajeno), y la caridad (fallar en el amor debido al prójimo). Cuando manchamos el buen nombre de una persona, causamos un daño que cuesta mucho reparar; como recomponer un vaso roto.
Los medios de comunicación y las redes sociales deben buscar y difundir la verdad respetando la privacidad. No deben difundir información incompleta ni difamar, ni actuar como jueces anticipándose al sistema judicial. La libre circulación de ideas es valiosa, pero debe ajustarse al bien común.
La seguridad y el respeto a la privacidad de las personas pueden hacer necesario mantener en reserva información sobre ellas. El conocimiento adquirido bajo compromiso expreso o implícito de confidencialidad debe mantenerse en secreto, salvo que existan necesidades importantes relacionadas con el bien común. El secreto profesional, ya sea por parte de médicos, abogados, militares, políticos, sacerdotes u otros profesionales, debe resguardarse estrictamente; tanto el paciente, como el cliente o la institución requieren esta confidencialidad, salvo situaciones excepcionales que justifiquen su revelación por motivos de justicia o posible daño a terceros. Por otro lado, el chisme implica la transmisión de información entre personas basada en comentarios acerca de lo dicho por otros, lo que puede desencadenar malentendidos o conflictos. Muchas veces el chisme va precedido de una frase tipo «creo que te convendría saber que...», cuando, muy al contrario, sería mejor que no sepa aquello. «Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios» es una buena cita para recordar en estas ocasiones.
Quien quiere amar a Jesucristo y conocer a Dios, tiene que amar la verdad. Y el primer paso para amar la verdad es aprender a decir la verdad. Quien miente, hace daño, a sí mismo en primer lugar, y después a los demás. Jesús amaba la verdad. Más que eso, Él es la verdad: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre si no es a través de mí (Juan 14, 6).
La verdad exige hacer frente a la realidad de uno mismo, y eso supone la necesidad de cambiar de vida o de forma de pensar. Para afrontar esa realidad, lo primero es examinar el propio deseo de conocer a Dios. Quien muestra interés por descubrir la verdad última —el sentido de la propia existencia— está mejor preparado para encontrarse con Dios y conocerse a sí mismo. Resulta muy ilustradora esta poesía de Teresa de Jesús que expresa esta idea en forma sintética: «Alma, buscarte has en Mí, y a Mí buscarme has en ti».






