Guadalupe: Pionera continental

Podemos decir que Guadalupe -junto con las primeras que fueron a México- fue la pionera de América, a ella nuestro agradecimiento por todos los frutos que vemos desde aquel 1950. A la futura beata la recordamos como maestra de la sonrisa, la afabilidad, la constancia, la tenacidad, el servicio y sin duda, también, del buenísimo humor.

El mundo actual nos pide síntesis. Y he querido en el título tratar de unir varios aspectos importantes para la beatificación, en Madrid el próximo 18 de mayo, de la primera mujer, química de profesión, laica del Opus Dei, que llega a esa plenitud dentro de la Iglesia católica.

Guadalupe Ortiz de Landázuri (1916-1975) es, sin duda, una gran representante de la primavera secular del pre y post Concilio Vaticano II. Tuve la dicha de conocerla y tendré el regalo de estar en su beatificación. Esta doctora en Ciencias químicas, de las primeras Numerarias del Opus Dei de los años 40. Nacida en Madrid, pidió la admisión con 27 años y murió a los 59 en Pamplona, siendo testimonio de lo que significaba confiar en San Josemaría cuando todo parecía un sueño del joven sacerdote aragonés que hoy es reconocido en los cinco continentes.

Mi colega Mercedes Eguibar, con quien conviví junto a Guadalupe, el verano de 1964 en Premiá de Mar -en la Costa Brava catalana- y luego en otros momentos, escribió en 2001 una biografía muy iluminadora sobre nuestra futura beata y ha estado presente en diferentes momentos del proceso. El año pasado Cristina Abad publicó una biografía breve, con detalles entrañables de la vida de Guadalupe, accesible a todos los públicos.

A Guadalupe nuestro agradecimiento desde América, conscientes de que se trata de la primera que vino a nuestro continente en 1950. A ella le tocó ser primera en muchos momentos históricos. Formó parte de las tres que hicieron la expansión de Madrid a Bilbao el año 1944, y en 1947 recibió la misión de dirigir Zurbarán, la primera Residencia universitaria femenina del Opus Dei en el mundo. El 6 de marzo de 1950 llegó a América, concretamente a México, adelantándose dos meses y medio a Nisa González Guzmán que fue la roturadora de los Estados Unidos, en Chicago, el mes de mayo de ese año. Guadalupe y Nisa, en español e inglés sembraron a manos llenas en ese norte de América. Las jóvenes del Siglo XXI piensan que eso fue hace siglos, pero sabemos todos que fue ayer cuando el Fundador del Opus Dei les dio su bendición para llevar su espiritualidad y su cariño humanísimo a todo el continente americano. Luego otras mujeres: Sabina Alandes y Dorita Calvo, empezaron las actividades en Argentina y Chile los años 1952 y 1953, siguieron otras, las labores en Venezuela Colombia y Perú; algo más tarde Guatemala, Ecuador y Brasil. En apenas siete años fue evidente la actividad del Opus Dei en Norte, Centro y Sur América. Pero Guadalupe fue nuestra pionera continental. Y así lo sentimos en el umbral de la beatificación.

Si a San Josemaría, a pesar de su vivo temperamento aragonés, le reconocemos como maestro de buen humor, a Guadalupe la recordamos como maestra de la sonrisa, la afabilidad, la constancia, la tenacidad, el servicio y sin duda, también, del buenísimo humor. No hay un solo gesto de ella, durante los diez años que estuve cerca, que me recuerde algo negativo. Y no es porque todo haya sido color de rosas o no haya compartido dolores con ella. Sí, la vi sufrir, en el alma y en el cuerpo, pero con amor de Dios y abandono.

En la voz Guadalupe, del Diccionario de San Josemaría Escrivá de Balaguer, hay unas palabras del 15 de mayo de 1974, del Fundador del Opus Dei que me gusta recordar. Le dijo: tú fuiste a México únicamente con tu alma joven, la bendición del Padre y con deseos de pegar la divina locura de nuestra vocación…Aquello ahora es espléndido…Así están en otras partes del mundo: esperando, esperando. El 4 de enero de 1980, el Obispo de Tacámbaro (México) escribió en el Diario de Yucatán: “Aún recuerdo a la doctora Guadalupe Ortiz de Landázuri, que murió santamente hace cuatro años: una mujer de gran distinción y elegancia, y amplia cultura, y cosa poco frecuente en aquellos tiempos, química de profesión, recorriendo poblados, muchas veces por caminos de brecha a caballo, hablando con aquellas queridas gentes de mi tierra. Qué bien entendían y asimilaban lo que les trasmitía”

En el año 1972 o 1973 la acompañé a visitar al Señor Arzobispo de Madrid Alcalá. Era una visita de cortesía e información. Al finalizar ese entrañable rato me preguntó: ¿Bea, y por qué estabas tan seria? A lo que yo respondí: Guadalupe, porque me limité a la información mientras tu hiciste todo lo referido a la afabilidad y cordialidad. Simplemente sonrió y regresamos al CEICID y a Zurbano, donde yo trabajaba en la primera Oficina de Información de las mujeres que había erigido San Josemaría. Y este puede ser el cuento maravilloso de nunca acabar…

Beatriz Briceño Picón

Periodista UCV-CNP

Fundación Mario Briceño-Iragorry

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