- La misericordia de Dios ante el mal.
- Una llamada que ensancha el corazón.
- Escuchar de nuevo el “sígueme”.
«NO TIENEN necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Id y aprended qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio; porque no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores» (Mt 9,12-13). Así se expresa el Señor en el Evangelio de hoy. Con estas palabras manifiesta que la actitud más propia de Dios, aquella en la que resplandece de modo especial su amor, es la misericordia.
Tener misericordia no consiste solo en compadecerse del otro. Es, sobre todo, querer arrancar el mal que está en la raíz del sufrimiento. Dios es misericordioso en grado máximo porque es omnipotente y puede vencer el mal desde dentro. Sin embargo, ante el dolor del mundo, surge muchas veces una pregunta difícil: si Dios es bueno y todopoderoso, ¿por qué permite el mal? Es el escándalo que, en todos los tiempos, ha puesto a prueba la fe en el Dios misericordioso y omnipotente.
Ante este falso dilema, el Papa Benedicto XVI enseñaba que «una actitud auténticamente religiosa evita que el hombre se erija en juez de Dios, acusándolo de permitir la miseria sin sentir compasión por las criaturas (...). A menudo no se nos da a conocer el motivo por el que Dios frena su brazo en vez de intervenir. Por otra parte, Él tampoco nos impide gritar como Jesús en la Cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46)»[1].
En Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, se han unido la omnipotencia y la misericordia. Dios toma el mal sobre sí mismo con su muerte en la cruz y lo vence con su resurrección. Como buen médico, no sana solo los síntomas, sino la raíz de todo mal: la soberbia. Por eso, el verdadero campo de batalla donde se libra la lucha entre el bien y el mal no es simplemente el mundo exterior, sino el corazón humano. Allí nacen tantas heridas, pero allí quiere entrar también el Señor para curarnos. El corazón es como el fondo afectivo del alma, que da dirección a la inteligencia y a la voluntad, y que necesita ser purificado para poder ver a Dios.
UNAS palabras de Jesús a los escribas y fariseos dan razón de la llamada del publicano Mateo al apostolado. «Vio a un hombre sentado al telonio, que se llamaba Mateo, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y le siguió» (Mt 9,9). La misericordia divina está en el origen de esa llamada, pues el Señor no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. Y los llama no solo para que reciban el perdón, sino también para que colaboren con él en el anuncio de la salvación, extendiendo su misericordia a todos los hombres.
Toda vocación es una manifestación de la misericordia de Dios con cada uno. Después de la fe, es la gracia «más grande que el Señor ha podido conceder a una criatura»[2]. Dios nos ha concedido la alegría de estar cerca de él y de ser enviados a otras personas. Lejos de ser un peso, la vocación divina nos capacita para alcanzar la meta más alta que se pueda imaginar en esta vida: la santidad. Tanta gente es capaz de entusiasmarse con proyectos humanos nobles; también nosotros podemos llenarnos de entusiasmo por ese proyecto sobrenatural y humano a la vez que Dios pone en nuestras manos. ¿Por qué no aspirar a lo más alto? ¿Por qué no proponerse lo más ambicioso? A un cristiano que ha descubierto la llamada a la santidad le entran ganas de gritar: «¡Locos!, dejad esas cosas mundanas que achican el corazón... y muchas veces lo envilecen..., dejad eso y venid con nosotros tras el Amor»[3].
DIOS nos ha dirigido su palabra llena de misericordia, como lo hizo con Mateo. No se trata de la mera comunicación de un contenido intelectual, sino de la autocomunicación de Dios mismo, de una transmisión de vida eterna. El Señor se ha fijado en cada uno de nosotros para llamarnos desde toda la eternidad, antes de ponernos en la existencia. Ante la grandeza de esta elección, prueba de cariño y misericordia, nos llenamos de gratitud y humildad, convencidos –como dice san Pablo– de que «escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios, y Dios eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes» (1Cor 1,27-28).
Cada persona descubre la voz de Dios en la intimidad de su corazón en un momento concreto de su vida. Pero la vocación no pertenece solo al pasado, como si el presente fuera la continuación de un impulso inicial que se va apagando poco a poco por el acostumbramiento. La vocación permanece siempre actual. Si miramos la vida de los apóstoles, vemos que Jesús los llama en diversas circunstancias con las mismas palabras. A Simón y a Andrés los convoca al inicio de su misión: «Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres» (Mc 1,17). Y de igual modo se dirige a Mateo: «Sígueme» (Mt 9,9). Después de la pasión y de la triple confesión reparadora de su amor, Pedro oye de nuevo de los labios del Señor, pasados los años y tantas experiencias, el mismo «¡sígueme!» (Jn 21,19). Al inicio y después de la pasión, en circunstancias tan diversas, resuena la misma palabra, la misma llamada.
La Virgen María nos puede ayudar a escuchar hoy esa voz de su Hijo con gratitud y confianza. Ella, que acogió la palabra de Dios con un corazón humilde, nos enseña a reconocer la vocación como un don de misericordia y a responder cada día con renovada fidelidad.
[1] Benedicto XVI, Deus caritas est, nn. 37-38.
[2] San Josemaría, Notas de una meditación, 6-I-1956.
[3] San Josemaría, Camino, n. 790.

