Quédate en casa y lee un buen libro, o "Para servir, servir"

Artículo escrito por el Vicario regional del Opus Dei, Carlos Ma. González, para la Revista digital del IEEM "Hacer empresa".

Opus Dei -  Quédate en casa y lee un buen libro, o   "Para servir, servir"

El virus, además de confinarnos y limitarnos –en algunos casos dramáticamente–, está ayudando a reinventar de forma creativa el modo de pasar más tiempo en casa

El virus, además de confinarnos y limitarnos –en algunos casos dramáticamente–, está ayudando a reinventar de forma creativa el modo de pasar más tiempo en casa, mantener los contactos, en muchos casos seguir trabajando a distancia y nos permite dedicar más tiempo a buenas y útiles lecturas: descubrir nuevos autores, disfrutar releyendo un clásico, etc.

He vivido 25 años en Italia y debo confesar que, al poco tiempo de llegar, me sorprendió mi ignorancia total sobre la que es considerada –junto a la Divina Comedia de Dante– la obra más importante de la literatura italiana: Los novios (“I promessi sposi”), de Alessandro Manzoni. Esta epopeya de gente sencilla y buena de un pequeño pueblo próximo al lago de Como es la gran novela en Italia, como el Quijote en España o Los miserables en Francia y, sin embargo, en nuestro país, a pesar de las relaciones y raíces comunes con Italia, no es estudiada en el bachillerato. Para dar una idea de su importancia, baste señalar que, no habiendo en Italia una institución equivalente a la Real Academia Española de la Lengua, la obra de Manzoni es utilizada como la mejor medida del uso del idioma. Y no es para menos, ya que la novela es un ejercicio prodigioso de documentación y de virtuosismo literario, pero sobre todo de humanidad.

en tiempos de Covid-19, resultan especialmente conmovedoras las páginas que describen la epidemia de peste que azotó Milán entre 1629 y 1630

La señalo no sólo como recomendación de buena lectura sino porque, en tiempos de Covid-19, resultan especialmente conmovedoras las páginas que describen la epidemia de peste que azotó Milán entre 1629 y 1630. Según parece, la enfermedad la extendieron algunos soldados alemanes y causó la muerte a la mitad de la población: 65.000 de 130.000 personas. Como ocurre en muchos países con la actual pandemia, la rapidez y la extensión del contagio desbordaron las previsiones, la infraestructura y hasta la imaginación de los responsables de la ciudad. Se habilitó un edificio para enfermos infecciosos, con el fin de aislarlos, pero no fue fácil encontrar personas dispuestas a atenderlo. Las autoridades acudieron finalmente a los monjes capuchinos y uno de los personajes de la novela, el Padre Felice, se puso al frente de aquel recinto de apestados donde algunos días llegaron a morir tres mil personas.

«El padre Felice –escribe Manzoni−, siempre fatigado y siempre solícito, daba vueltas de día, daba vueltas de noche, por los pórticos, por las estancias, por aquel vasto espacio interior […]. Animaba y regulaba todo; apaciguaba los tumultos, dirimía las querellas, amenazaba, castigaba, reprendía, confortaba, enjugaba y derramaba lágrimas. Se contagió, al principio de la peste; se curó y volvió a dedicarse, con nuevo aliento, a los cuidados de antes. La mayor parte de sus hermanos religiosos dejaron allí la vida, y todos con alegría».

aquéllos a quienes tocaba tan importante gobierno no supieron hacer otra cosa que cederlo, ni encontraron a quién cederlo sino a los hombres, por institución, más ajenos

Y añade una reflexión sobre la gestión de aquella terrible epidemia que me ha parecido especialmente oportuna en este escenario tan insólito y tan complejo al que nos ha abocado el coronavirus: «Es prueba de una sociedad muy zafia y mal regulada, ver que aquéllos a quienes tocaba tan importante gobierno no supieron hacer otra cosa que cederlo, ni encontraron a quién cederlo sino a los hombres, por institución, más ajenos. Pero es, asimismo, prueba no innoble de la fuerza y la capacidad que la caridad puede dar en cualquier momento y cualquier orden de cosas, ver a estos hombres sostener tal cargo tan bravamente. Y fue hermoso, asimismo, que lo aceptasen sin otra razón que el no haber quien lo quisiera, sin otro fin que servir, sin otra esperanza en este mundo que una muerte mucho más envidiable que envidiada. Fue hermoso, asimismo, que se les ofreciese solo porque era difícil y peligroso, y se suponía que el vigor y la sangre fría, tan necesarios y raros en aquellos tiempos, ellos debían de tenerlos».

Estas páginas de Manzoni abordan el fundamental tema del servicio, que hoy no está especialmente de moda. Sin embargo, sigue habiendo personas dispuestas a practicarlo desinteresadamente: basta pensar en las enfermeras que se desviven a la cabecera de un enfermo aislado; en los demás profesionales de la salud que hacen horas extraordinarias sin descanso; o, países más afectados por la cuarentena, en los camioneros que abastecen las tiendas de alimentación para alegrar las mesas de muchas familias confinadas; o en los profesores que se multiplican frente a sus computadoras para estimular a sus alumnos; o en las madres que multiplican su tiempo para explicar a los hijos chicos los tareas que reciben por internet; o en los sacerdotes que se graban mientras celebran misa en sus parroquias vacías para que los fieles puedan seguir poniendo sobre el altar sus preocupaciones, sus deseos, sus necesidades.

Quien sirve no es un guardián celoso de su propio tiempo, sino más bien renuncia a ser el dueño de la propia jornada

En definitiva, se trata de conjugar el verbo servir. Hace cuatro años, el papa Francisco propuso en la plaza de San Pedro algunas ideas para hacerlo: «Quien sirve no es un guardián celoso de su propio tiempo, sino más bien renuncia a ser el dueño de la propia jornada. Sabe que el tiempo que vive no le pertenece, sino que es un don recibido de Dios para a su vez ofrecerlo: solo así dará verdaderamente fruto. El que sirve no es esclavo de la agenda que establece, sino que, dócil de corazón, está disponible a lo no programado: solícito para el hermano y abierto a lo imprevisto, que nunca falta y a menudo es la sorpresa cotidiana de Dios».

la pandemia nos puede dejar una lección muy positiva de vida: reinventar de forma generosa y –por qué no– heroica modos de servir a los demás

Pienso que en estos días se nos presentan muchas ocasiones de hacer como el padre Felice de la novela de Manzoni, que se dejó la vida en una de esas «sorpresas cotidianas». Quizá hoy, si le hubiera tocado al padre Felice vivir el confinamiento, se hubiese dedicado a escribir mensajes animantes de WhatsApp o a rescatar algunas amistades que el aceleramiento de la vida normal pudo ir apagando o a organizar encuentros por Zoom entre personas que se sienten solas, para acompañarlas. Si aprovechamos bien estas circunstancias, la pandemia nos puede dejar una lección muy positiva de vida: reinventar de forma generosa y –por qué no– heroica modos de servir a los demás. De lo contrario, el confinamiento nos puede llevar a la pereza egoísta. Dos últimas reflexiones breves. La primera: ¡que feo que suena “funcionario” público”! ¡Y que distinto sería si para esas personas se utilizara –porque fuera en realidad así– “servidor público!. La segunda: una frase que repetía San Josemaría Escrivá, “para servir, servir”, que permite las dos lecturas: para ser útil, realizar obras de servicio; y para servir a los demás y al país, ser útil, ser buen profesional, empleado, obrero, padre, madre, hijo.