¿Por qué rezar por los difuntos?

Mucha gente visita los cementerios a principios de noviembre. ¿Qué diferencia hay entre el Día Todos los Santos y el Día de los Difuntos? Algunos puntos del Catecismo de la Iglesia Católica y de escritos de san Josemaría sobre la costumbre de rezar por familiares y amigos difuntos.

Opus Dei - ¿Por qué rezar por los difuntos?

El 1º de noviembre se festeja el Día de Todos los Santos. En ese día los cristianos honramos a los santos intercesores sin fiesta propia. También es ocasión de agradecer a Dios el modelo de vida que ofrece su santidad.

Por su parte, en el Día de los Difuntos, que se celebra el 2 de noviembre, se reza para que todos los difuntos alcancen la Gloria Celestial. Alrededor de estos días es tradicional visitar los cementerios.

Desde los primeros tiempos, la Iglesia honró la memoria de los difuntos y ofreció sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que una vez purificados, puedan llegar a la visión de Dios.

La Iglesia también recomienda limosnas, indulgencias y obras de penitencia en favor de los difuntos.

A continuación, siguen algunos puntos del Catecismo de la Iglesia Católica, y textos de San Josemaría que ponen de manifiesto la conveniencia de orar por las personas fallecidas.

Del Catecismo de la Iglesia Católica

«Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando "claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es"» (LG 49): «Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos el mismo himno de alabanza a nuestro Dios. En efecto, todos los que son de Cristo, que tienen su Espíritu, forman una misma Iglesia y están unidos entre sí en Él» (LG 49) (954).

La comunión con los difuntos. «La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció sufragios por ellos; "pues es una idea santa y piadosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados" (2 M 12, 46)"» (LG 50). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor. » (958).

«Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. » (1030). «La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados.» (1031).



De San Josemaría

«El verdadero cristiano está siempre dispuesto a comparecer ante Dios. Porque, en cada instante —si lucha para vivir como hombre de Cristo—, se encuentra preparado para cumplir su deber. » (Surco, 875)

«El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El. » (Surco, 889).

«¡Qué contento se debe morir, cuando se han vivido heroicamente todos los minutos de la vida! —Te lo puedo asegurar porque he presenciado la alegría de quienes, con serena impaciencia, durante muchos años, se han preparado para ese encuentro. » (Surco, 893).


«Mienten los hombres cuando dicen "para siempre" en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el "para siempre" de la eternidad. —Y así has de vivir tú, con una fe que te haga sentir sabores de miel, dulzuras de cielo, al pensar en esa eternidad, ¡que sí es para siempre! » (Forja, 999)

«Cuando pienses en la muerte, a pesar de tus pecados, no tengas miedo... Porque El ya sabe que le amas..., y de qué pasta estás hecho.
—Si tú le buscas, te acogerá como el padre al hijo pródigo: ¡pero has de buscarle!
» (Surco, 880)

«En esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones. » (Es Cristo que pasa, 126)

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