Meditaciones: lunes de la 26.ª semana del tiempo ordinario

Reflexión para meditar el lunes de la 26ª semana del tiempo ordinario. Los temas propuestos son: la trampa de la soberbia; admirar los dones de los demás; conocerse a sí mismo.

- La trampa de la soberbia.

- Admirar los dones de los demás.

- Conocerse a sí mismo.


«EL QUE ACOGE a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado», dijo Jesús. Y continuó: «Pues el más pequeño de vosotros es el más importante» (Lc 9,48). Estas palabras probablemente causaron sorpresa entre sus discípulos, quienes estaban inmersos en una discusión sobre quién sería el más importante. Aparentemente no se trataba de una conversación puntual sobre este tema, sino que llevaba tiempo desarrollándose de algún modo a espaldas de Jesús. Por eso el evangelista, antes de contarnos la respuesta del Señor, dice que lo hizo «conociendo los pensamientos de sus corazones» (Lc 9,47). De pronto, en medio de un diálogo de adultos que buscan la gloria personal, la figura gráfica de un niño les permite contemplar con claridad lo que el Maestro esperaba de cada uno de ellos.

Los discípulos, en medio de su acalorada discusión, quizás habían perdido de vista a Jesús. En cambio, un niño sin ningún tipo de pretensiones consiguió colarse entre la muchedumbre y captar la atención del Señor. En esta escena se manifiesta gráficamente el poder de la humildad: cuando estamos sinceramente convencidos de nuestra pequeñez, entonces encontramos a Dios en las cosas más ordinarias. En cambio, si nos dejamos enredar por los pensamientos que nos propone el orgullo, acabamos por darnos una importancia excesiva y nos encerramos en laberintos sin salida. La Sagrada Escritura nos muestra que en esta trampa pueden caer incluso quienes, tiempo después, serán los pilares de la Iglesia.

«Sin humildad no encontraremos nunca a Dios: nos encontraremos solo a nosotros mismos. Porque la persona que no tiene humildad no tiene horizontes delante, solamente tiene un espejo: se mira a sí mismo. Pidamos al Señor que rompa el espejo y poder mirar más allá, hacia el horizonte, donde está él»1.


INMEDIATAMENTE después de que Jesús hablara a sus discípulos sobre la importancia de hacerse como niños, Juan confiesa con sencillez: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no anda con nosotros» (Lc 9,49). Parece como si los apóstoles considerasen su propia vocación como un privilegio que los situaba por encima del resto, como algo que los separaba de los demás. Se trata, nuevamente, de la tentación de la soberbia, que nos empuja a subrayar nuestros propios talentos, mirándolos como algo merecido, en lugar de contemplar los propios dones y los de los demás con agradecimiento. Este camino suele llevar rápidamente a la envidia y nos enturbia la mirada hacia las personas.

«Jesús les respondió: “No se lo impidáis: el que no está contra vosotros, está a favor vuestro”» (Lc 9,50). De inmediato, el Señor les cambia las coordenadas para introducirles en las de Dios; para él no hay una distinción entre amigos y enemigos, sino solo el deseo de que todos participen con sus propios talentos en la transmisión del Evangelio. En lugar de dejarse llevar por la tendencia a encerrarse, Cristo siempre quiere abrirse más, para que todos podamos participar de sus dones. «Un punto clave en el que Dios y el hombre se diferencian es el orgullo: en Dios no hay orgullo, porque es total plenitud y está totalmente dispuesto a amar y dar vida; sin embargo en nosotros, los hombres, el orgullo está íntimamente arraigado y requiere constante vigilancia y purificación»2.

La verdadera humildad nos ayuda a abrirnos a quienes nos rodean, a ponernos a su servicio y alegrarnos de sus alegrías; la humildad nos lleva a considerar cualquier don de Dios –en especial una vocación en la Iglesia, como puede ser la llamada al Opus Dei– como un regalo destinado a enriquecer a todos. «Darse sinceramente a los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una humildad llena de alegría»3, afirma san Josemaría. Por eso, si alguna vez surge la tristeza o nos damos cuenta de que, como los apóstoles, hemos perdido de vista a Jesús, un paso sencillo para recuperar la ilusión puede ser preguntarnos: ¿A quién puedo servir? ¿Quién necesita hoy de mi ayuda y de los dones que Dios me ha dado?


LA VIRTUD de la humildad nos lleva a un sano y realista conocimiento de nosotros mismos, a aceptarnos con nuestras luces y nuestras sombras. Ser humilde significa ser consciente de nuestra posición entre el cielo y la tierra, de la realidad del pecado y de la gracia, del peso del pasado y la esperanza del futuro. Por eso, como enseñaba san Josemaría, la humildad nos permite descubrir los aspectos positivos y negativos de nuestras vidas, llenándonos de agradecimiento y de ganas de mejorar: «La experiencia de vuestra debilidad, los fracasos que existen siempre en todo esfuerzo humano, os darán más realismo, más humildad, más comprensión con los demás. Los éxitos y las alegrías os invitarán a dar gracias, y a pensar que no vivís para vosotros mismos, sino para el servicio de los demás y de Dios»4.

Como ese niño que, en su sencillez, roba la atención de Cristo, cada vez que buscamos al Señor de manera auténtica sentimos la alegría de quien se siente acogido tal como es. Nos damos cuenta de que la confianza de sabernos amados por Jesús es el mejor fundamento para cambiar nuestras vidas: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).

El canto del Magníficat expresa con hondura la alegría que nos regala la humildad: «Proclama mi alma las grandezas del Señor –dice María–, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso» (Lc 1,45-49). Podemos pedir a nuestra Madre que nos alcance esa humildad para que Dios pueda hacer sus grandes obras en nuestras vidas.


1. Francisco, Audiencia, 22-XII-2021.
2. Benedicto XVI, Ángelus, 23-IX-2012.
3. San Josemaría, Forja, n. 591.
4. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 49.