En este episodio de Fragmentos de Historia nos detenemos en la figura de la beata Guadalupe Ortiz de Landázuri. Pero no hablaremos de sus primeros pasos en el Opus Dei, cuando participó en el primer curso de formación para mujeres; ni de sus años en Bilbao, al frente de la administración doméstica de la residencia Abando; ni siquiera de su tiempo como directora de la residencia universitaria Zurbarán en Madrid. Tampoco viajaremos con ella a México, donde vivió entre 1950 y 1956, ni a Roma, donde formó parte del gobierno central de las mujeres del Opus Dei.
Hoy queremos iluminar una etapa menos conocida, pero profundamente humana: aquellos años en que Guadalupe buscó la santidad en lo cotidiano, retomando la pasión que había guiado sus primeros sueños profesionales —la investigación y la enseñanza en Ciencias Químicas. Tras su paso por Bilbao, México y Roma, y con 42 años —ya afectada por una enfermedad cardíaca—, volvió a encontrarse con lo que siempre había sentido como su vocación profesional: ser científica.
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El 22 de julio de 1958, después de dos graves episodios cardíacos y una operación arriesgada, Guadalupe Ortiz de Landázuri escribía desde Madrid a Josemaría Escrivá:
«Padre: En esta carta […] pongo en sus manos —para que Vd. haga con ella lo que le parezca más conveniente— mi renuncia al cargo de Vicesecretaria de San Gabriel de la Asesoría Central, por llevar mucho tiempo en que, por enfermedad, no he podido desempeñarlo […]».
A pesar de su delicada salud, Guadalupe no se quedó quieta. Poco después se involucró con entusiasmo en Montelar, un nuevo centro del Opus Dei en Madrid. Era entonces una Escuela-Hogar que, en pocos años, llegó a acoger a quinientas alumnas. Allí se ofrecía formación cristiana a jóvenes y también a mujeres casadas, en un ambiente alegre y a la vez exigente.
En 1960, mientras dirigía Montelar, Guadalupe comenzó a impartir clases en el Instituto Ramiro de Maeztu, uno de los centros educativos más prestigiosos de la capital. Aunque era un centro masculino, contaba también con profesoras, muchas de ellas contratadas de forma asociada, como fue su caso. Guadalupe enseñó Física y Química a los alumnos de sexto de bachillerato —chicos de entre quince y dieciséis años— en horario de tarde, de cuatro a seis. Permaneció allí tres años.
Al parecer, se llevó muy bien con sus alumnos, ya que estos, al año siguiente, se pusieron muy contentos cuando vieron que su profesora del curso seguía con ellos. La misma Guadalupe contaba entre risas: «Los niños del Ramiro de Maeztu casi me aplauden a mi llegada el primer día».
Simultáneamente, en el curso académico 1961-1962, comenzó a impartir clases en la Escuela de Maestría Industrial Femenina, que era otra realidad totalmente opuesta. Estos centros de Maestría Industrial se habían creado por ley en 1955 y suponían la continuación de las antiguas Escuelas de Trabajo, erigidas en los años 20 para ofrecer formación en diversas profesiones a las clases más desfavorecidas.
La mayoría de las Escuelas de Maestría eran masculinas —centradas en oficios como metalurgia, electricidad o carpintería—, pero donde trabajó Guadalupe, fue femenina desde el principio. Allí se enseñaban ramas muy distintas: Secretariado, Turismo, Decoración, Peluquería, Alta Costura o Educación Física, en una clara división por roles típica de la época.
Con el paso de los años, estos centros pasaron a llamarse Institutos Politécnicos y hoy son los actuales Institutos de Educación Secundaria con oferta de formación profesional.
En esta escuela, Guadalupe impartía Química y, en ocasiones, Física. Era su segundo trabajo desde 1961, una muestra clara de su vitalidad y de su deseo de seguir aportando, incluso con una salud frágil.
Y es inevitable preguntarse: ¿qué le llevó a retomar su carrera profesional a los cuarenta y cuatro años? Probablemente sintió que había recuperado fuerzas y tiempo suficiente para hacerlo. Tal vez también influyó que, en esos años cincuenta, el Opus Dei en España había crecido mucho, lo que facilitaba que las numerarias compatibilizaran sus profesiones con las tareas apostólicas.
Pero, sobre todo, fue una cuestión de vocación y carácter. La Química había sido siempre su pasión, una llama interior que no se había apagado ni en los años de enfermedad ni en los de intensa labor institucional. Su temperamento alegre, decidido y optimista la impulsaba a seguir adelante. Quizá otras personas, en su situación, se habrían detenido; ella, en cambio, volvió a los laboratorios con la misma ilusión de su juventud.
Años de investigación doctoral
En 1963, Guadalupe Ortiz de Landázuri decidió dar un paso más en su carrera científica: comenzó su tesis doctoral. Aquel curso todavía impartía clases en el Instituto Ramiro de Maeztu, pero su mente estaba puesta en la investigación. Presentó su propuesta de tesis en la Universidad y encontró una directora de excepción: Piedad de la Cierva Viudes, una de las primeras mujeres científicas de España y también una de las primeras agregadas del Opus Dei.
Piedad era toda una pionera. Licenciada en Químicas por la Universidad de Valencia en 1932, con solo 19 años y premio extraordinario, se había doctorado tres años después en el Instituto Rockefeller de Madrid, bajo la dirección de Julio Palacios.
Su tesis sobre los factores atómicos del azufre y del plomo dio origen a varios artículos en los «Anales de la Sociedad Española de Física y Química». Gracias a una beca de la Academia de Ciencias del Marqués de Cartagena, trabajó después en el Instituto de Física Teórica de Copenhague, junto al profesor George von Hevesy, descubridor del hafnio y futuro Premio Nobel.
Tras la Guerra Civil, De la Cierva continuó su labor en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), colaborando con José María Otero. En 1948, ambos se incorporaron al Laboratorio y Taller de Investigación del Estado Mayor de la Armada (LTIEMA). Fue allí donde surgió su interés por un material inesperado: la cáscara de arroz.
En una revista estadounidense había leído sobre unos ladrillos aislantes fabricados con sus cenizas, y decidió experimentar por su cuenta. Las pruebas la entusiasmaron: las cenizas resultaban ser ricas en sílice, un material ideal como refractario y aislante térmico. Convencida de su potencial industrial, inició una línea de investigación sobre la fabricación de ladrillos refractarios elaborados con cenizas de cáscara de arroz.
El nuevo director del LTIEMA se interesó en esta nueva investigación y animó a Piedad de la Cierva a seguir. Le dio autorización para que colaboraran con ella dos mujeres que trabajaban en el laboratorio del LTIEMA con cierta regularidad: Antonia Muñoz y Guadalupe Ortiz de Landázuri.
Este proyecto fue precisamente el que daría lugar a la tesis doctoral de Guadalupe. Las tres científicas intuían que el tema tenía gran valor práctico, incluso para sectores estratégicos: las calderas de los barcos, los hornos de cemento e, indirectamente, las bases estadounidenses en España, interesadas en materiales de aislamiento térmico.
Guadalupe se volcó en la investigación con entusiasmo. En sus cartas contaba, con su característico sentido del humor, que apenas había bibliografía en español: «del arroz —bromeaba— solo se ha escrito sobre la paella».
Para conseguir información científica actualizada, escribió a Gabriela Duclaud, una numeraria mexicana residente en Estados Unidos, pidiéndole ayuda para localizar artículos técnicos y revistas especializadas. Gabriela le envió el material en febrero de 1964, lo que permitió avanzar en el trabajo experimental.
Aquel mismo año, el equipo logró fabricar un primer ladrillo refractario con cenizas de cáscara de arroz. El 18 de marzo de 1964, Piedad y Guadalupe enviaron una muestra a Josemaría Escrivá, orgullosas del resultado.
Sin embargo, no todo fue fácil: en la primavera descubrieron que una empresa italiana, la «Silex» de Milán, había trabajado en un producto similar décadas antes. El hallazgo les generó cierta preocupación, pero pronto confirmaron que aquel intento había quedado en nada.
Con los resultados consolidados, las tres investigadoras —Piedad de la Cierva, Antonia Muñoz y Guadalupe Ortiz de Landázuri— presentaron su trabajo a los Premios «Juan de la Cierva» en la categoría de Investigación Técnica. Obtuvieron el galardón y el LTIEMA inició los trámites para patentar el proceso.
Sin embargo, por razones administrativas, Piedad no pudo figurar oficialmente como directora de tesis, ya que no pertenecía al cuerpo docente universitario. En su lugar, aceptó firmar el catedrático Ángel Vian Ortuño, destacada figura de la química española.
Guadalupe defendió su tesis doctoral el 8 de julio de 1965, obteniendo la máxima calificación, cum laude. Ese mismo día escribió al fundador del Opus Dei una nota sencilla y afectuosa:
«Padre, en estos folios va el resumen de muchas horas de trabajo. Hace unos momentos acaba de ser calificado cum laude y quiero apresuradamente ponerlo en sus manos, con todo lo que soy y tengo, para que sirva. Su hija, Guadalupe. Ciudad Universitaria, 8-VII-65».
La alegría de servir hasta el final
Una vez terminada su tesis, Guadalupe —que tenía ya cuarenta y nueve años— sabía que su futuro no estaría en la Universidad. En los primeros años sesenta, el número de mujeres que estudiaban Química había crecido respecto a su época de estudiante. Cuando comenzó su investigación con Piedad de la Cierva, en 1963, las mujeres representaban el 30 % del alumnado en la Universidad de Madrid, frente al 28 % a nivel nacional.
Su objetivo era presentarse a las oposiciones de cátedra de Instituto de Enseñanza Media o de Escuela Industrial, inclinándose por esta última. Le ilusionaba seguir enseñando en el centro donde ya trabajaba, con más de mil alumnas entre los doce y los veinte años. Allí veía una oportunidad de formación y evangelización que le entusiasmaba: una de sus alumnas había pedido la admisión en el Opus Dei pocos días antes. También le atraía el buen ambiente entre sus compañeras profesoras, a las que consideraba excelentes tanto en lo profesional como en lo humano.
Mientras esperaba la convocatoria de oposiciones, Guadalupe siguió con su vida habitual: sus clases en la Escuela Industrial, los encargos apostólicos y la conexión constante con las iniciativas que surgían en México.
Una de las tareas de las que se ocupó entre finales del 1964 y principios de 1965 fue la de enseñar a corresponsales de prensa extranjeros dos colegios del Opus Dei, de chicas, que se habían abierto en barrios extremos de Madrid: Besana, en Pueblo Nuevo y Senara, en Moratalaz. También, por entonces, tuvo oportunidad de conocer y trabar amistad con la hermana de la poeta Ernestina de Champourcin, María Luisa, que pidió la admisión en la Obra. Antes ya lo había hecho su hija Amelia.
En 1965 se convocaron por fin las oposiciones, casi simultáneamente para la Enseñanza Media y la Enseñanza Profesional. Con su disciplina de científica, Guadalupe calculó que había dedicado unas dos mil horas de estudio. En solo tres meses superó quince ejercicios en ambas convocatorias.
No obtuvo plaza en Enseñanza Media, pero sí en la de Enseñanza Profesional, la que más le interesaba. Esperaba poder quedarse en Madrid, pero su primer destino fue Albacete. La enfermedad de su madre —a la que cuidaba— y su propia salud hicieron imposible el traslado. Solicitó entonces una prórroga y, finalmente, consiguió el cambio. Su nombramiento oficial en Madrid lleva fecha del 9 de marzo de 1968.
Pocos meses después, en septiembre, Guadalupe cambió de casa. Dejó la dirección del centro de la Asesoría Regional en Montelar para asumir la de otro centro del Opus Dei en la calle Lista, en Madrid. A san Josemaría le escribió entonces:
«Madrid, 8 de septiembre 1967
Padre: […] Aquí me tiene en órbita de nuevo, con mucha alegría. […] Tengo que agradecerle estos años que pasé junto a la Asesoría Regional, con una paz que me ha permitido ponerme al día en mi profesión. Se lo agradezco de todo corazón».
Años más tarde, en su Instituto Industrial, recibiría una inesperada muestra de aprecio: tanto el Ministerio de Educación como sus compañeros quisieron que fuera directora. Guadalupe lo contaba con humor: había tenido que luchar «a brazo partido» para evitarlo. Ella, sin embargo, se sentía limitada por su salud y renunció al cargo. Aceptó, eso sí, ser vicedirectora, función que desempeñó hasta su muerte.
En 1969, solo el 20 % de las mujeres en España en edad activa trabajaba en el sector público. Guadalupe era una de ellas: una de las pocas que había accedido a la Administración por oposición.
Por esa época, Guadalupe colaboró también en una institución de enseñanza para la formación de mujeres que se harían cargo de la administración doméstica de los centros del Opus Dei. Durante el curso académico 1968-1969 dio comienzo el primer año de la Licenciatura, en la que se llamó Facultad de Ciencias Domésticas. La primera promoción (1968-69) contó con 40 alumnas de seis nacionalidades. Todas eran numerarias. Para Guadalupe supuso, según escribió al fundador del Opus Dei «una nueva alegría que tengo que agradecer a Dios y a Vd., que mi trabajo profesional pueda ser útil en esta labor de Casa tan querida: administrar».
En la Facultad, Guadalupe unía la práctica con la ciencia. Dirigió investigaciones sobre la química aplicada a la limpieza de textiles, contactando personalmente con empresas del sector, como Dosli, fabricante del primer detergente en polvo español, conocido por su marca Tu-Tu. Dosli colaboró con las tesis dirigidas por Guadalupe, y una de ellas —la primera defendida en Ciencias Domésticas— tuvo lugar en 1973, con tan buenos resultados que la empresa quiso contratar a su autora.
Ese mismo año, Guadalupe publicó su libro «Tecnología del lavado», fruto de sus clases y de sus visitas a fábricas textiles, tintorerías e industrias químicas como Fibracolor o Sandoz. Su objetivo era claro: ofrecer un texto útil, con rigor científico, pero comprensible tanto para las futuras administradoras como para profesionales y amas de casa.
En febrero de 1973 fue invitada a pronunciar una conferencia en el Primer Simposio sobre Textiles en el Hogar Moderno, donde su intervención tuvo gran éxito. Recibió la Medalla del Comité Internacional de la Rayonne et des Fibres Synthétiques, y fue entrevistada por Radio Valencia, Radio Nacional de España y varios periódicos. Ella se reía de todo aquello: «A mis años y con el cuore flojo, esto parece una ironía, pero ni modo, aquí estoy».
Desde Valencia escribió al fundador del Opus Dei contándole estas andanzas y otras cuestiones más serias, pues, de nuevo parecía que el corazón estaba dando problemas. Decía así:
«Querido Padre: Estoy pasando unos días en Valencia por motivos profesionales y quiero ponerle unas letras desde aquí.
El motivo ha sido dar una conferencia en la Feria Textil-Hogar 1973. Ya pasó todo y creo que salió bien. Estas cosas no me quitan el sueño, aunque las preparo y procuro poner todo lo que está de mi parte.
Lo más importante de mi currículo es ser profesora […] de Ciencias Domésticas; esto me llena de alegría. A veces pienso que ya no tengo fuerzas físicas para estos trajines, pero voy haciéndolo y parece que el Señor se empeña en que lo haga porque todo sale rodado y casi no hay modo de decir que no. […].
Me han visto otra vez los médicos y parece que me crece el corazón (qué enfermedad tan profunda). En fin, lo importante es que sea todo para Dios (grande o chico)».
A finales de ese año fue ingresada en la Clínica de la Universidad de Navarra, donde trabajaba su hermano Eduardo. Aunque los médicos confirmaron que la situación era estable, su salud siguió debilitándose.
En 1975 fue nuevamente internada. Los médicos decidieron operarla: una triple intervención sobre las válvulas mitral, aórtica y tricúspide. La cirugía parecía haber tenido éxito, pero la mejoría fue breve. Guadalupe Ortiz de Landázuri falleció el 16 de julio de 1975.
Su tiempo de aventuras y desventuras en México, extraordinario en muchos sentidos, apenas se extendió por seis años. Solo dos pudo vivir en Roma, muy cerca de san Josemaría y formando parte del gobierno de la Obra.
La mayor parte de su entrega en el Opus Dei transcurrió en Madrid, dedicada a la vida ordinaria de trabajo, estudio e investigación propios de su profesión, así como a las tareas apostólicas y a los encargos que recibía y la atención de su madre. Todo ello lo llevó adelante en medio de una enfermedad grave. En México, en Roma o en Madrid, Guadalupe vivió movida por el amor a Dios y a los demás, con ilusión y naturalidad, con fortaleza y prudencia, con alegría y libertad: como una mujer santa del Opus Dei.
