El paso del tiempo en la empresa y en la familia

Artículo de Mons. Carlos Ma. González, Vicario regional de la Prelatura en Uruguay, publicado en la Revista de Negocios del IEEM.

Opus Dei - El paso del tiempo en la empresa y en la familia

El paso del tiempo: la capacidad de transformar los fallos en oportunidades

A lo largo de los años vemos cómo algunas empresas crecen, se expanden y fortalecen y, en cambio, otras –en situaciones externas semejantes- se reducen o desaparecen. Evidentemente no se debe al simple transcurso del tiempo, sino al distinto modo de adaptarse a la evolución de la sociedad y del mercado. También en las relaciones interpersonales el paso del tiempo influye y hay que saber cambiar ante las circunstancias que se van presentando.

Una empresa atraviesa diversas etapas, y llega un momento en el que hay que tomar decisiones importantes y modificar quizá puntos de vista que estaban consolidados. En el caso del matrimonio, su evolución natural pasa del “enamoramiento” inicial –que, como veíamos en una columna anterior, tiene a veces más de atracción que de amor desinteresado y sacrificado- a un amor que podríamos calificar como “maduro”, donde la voluntad juega un rol fundamental. Lamentablemente, a veces algunas parejas no logran superar positivamente esta evolución y se da lugar al fracaso o la rutina, que es un tipo de fracaso en el amor matrimonial.

Desde un punto de vista racional, podemos estar de acuerdo en que el paso de tiempo con lo que lleva consigo –dificultades, envejecimiento, etc.- influye en varios aspectos del matrimonio. Pero no debería afectar lo que es la esencia del vínculo matrimonial, desde el punto de visto moral y jurídico: el libre y mutuo consentimiento de los cónyuges que manifestaron públicamente cuando se casaron.

Ese consentimiento inicial de los esposos es el acto fundacional, constitutivo: tanto es así que, sin él, no existe matrimonio. En ese momento en que expresan de modo recíproco el “sí”, cada uno se transforma, pasa a ser `la esposa de´ o ‘el esposo de’. Estamos ante un dato biográfico esencial, como de quién somos hijos. Ambos asumen una alianza estable (de ahí el nombre y sentido de los anillos que se intercambian), que será el lugar en el que cada uno busque su propia plenitud buscando el bien y la felicidad del otro: si no se entiende esto, se comienza la relación con un presupuesto equivocado.

De esta unión única y exclusiva nace la ayuda mutua, que se debe manifestar en la convivencia diaria, con detalles concretos de cuidado, interés, servicio… Detalles que van desde lo más íntimo hasta lo material: un “te quiero”, una sonrisa, un regalo en ocasiones importantes, un no dar peso excesivo a roces sin importancia objetiva, etc.

Los detalles de este tipo son tan fundamentales que alimentan la vida matrimonial y –como todo alimento- no se deben descuidar por el paso del tiempo, por un acostumbramiento nocivo o una comodidad egoísta. Son un reflejo “físico”, material, de la cantidad y calidad del amor. Si se descuidan, el amor se debilita.

Por otra parte, estas manifestaciones concretas, cuando son auténticas van acompañadas de optimismo, entendido en un sentido profundo, como la “capacidad de transformar los fallos en oportunidades de aprendizaje y crecimiento” (Majeres, Kevin: “Mindfulness as Practice for Purity”). Esas dificultades que van llegando con el tiempo deberían ayudar a crecer en la relación afectiva. El crecimiento es el fin del aprendizaje, y esto se aplica en todos los aspectos de la vida: profesional, social y matrimonial. Un planteamiento del amor matrimonial estático, sin deseo de crecimiento, es básicamente pesimista y tiene un mal pronóstico.

El optimismo de fondo va acompañado de buenas maneras, que facilitan la fidelidad matrimonial y representan una defensa ante las contrariedades inevitables de la vida. El Papa Francisco al hablar sobre el matrimonio y la familia suele resumir en tres palabras un camino para sostener el matrimonio: “estas palabras son: permiso, gracias, perdón. En efecto, estas palabras abren el camino para vivir bien en la familia, para vivir en paz. Son palabras simples, ¡pero no tan simples cuando hay que ponerlas en práctica! Encierran una gran fuerza; la fuerza de custodiar la casa, también a través de miles de dificultades y pruebas. En cambio, su ausencia poco a poco abre grietas que pueden hacerla incluso derrumbar” (Audiencia, 13-V-2015).

“La primera palabra es ¿permiso? Cuando nos preocupamos por pedir gentilmente también aquello que quizás pensamos que podemos pretender, nosotros ponemos una verdadera protección para el espíritu de la convivencia matrimonial y familiar. Entrar en la vida del otro, incluso cuando es parte de nuestra vida, necesita la delicadeza de una actitud que no violente, que renueve la confianza y el respeto. La confianza, en fin, no autoriza a dar todo por cierto. Y el amor, mientras es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón”.

Sobre la segunda palabra gracias, el Papa parte de una constatación sobre el nivel de educación de la cultura actual: “Ciertas veces pensamos que estamos transformándonos en una civilización de los malos modales y de las malas palabras, como si fueran un signo de emancipación. Las escuchamos decir tantas veces también públicamente. La gentileza y la capacidad de agradecer son vistas como un signo de debilidad, y a veces suscitan incluso desconfianza. Esta tendencia debe ser contrastada en el seno mismo de la familia. Debemos hacernos intransigentes sobre la educación a la gratitud, al reconocimiento: la dignidad de la persona y la justicia social pasan por aquí. Si la vida familiar descuida este estilo, también la vida social lo perderá”.

Finalmente, en referencia al perdón, comenta: “Palabra difícil, cierto, sin embargo tan necesaria. Cuando falta, pequeñas grietas se ensanchan –también sin quererlo– hasta transformarse en fosos profundos. Tantas heridas de los afectos, tantas laceraciones en las familias comienzan con la perdida de esta palabra preciosa discúlpame.

“Si no somos capaces de disculparnos, quiere decir que ni siquiera somos capaces de perdonar. En la casa donde no se pide perdón comienza a faltar el aire, las aguas se estancan. Tantas heridas de los afectos, tantas laceraciones en las familias comienzan con la perdida de esta palabra preciosa discúlpame.

A modo de conclusión, dice el Papa: “La familia vive de esta fineza del quererse”.

En el día a día de la convivencia conyugal y familiar puede ser fácil perder las formas, por infinitos motivos: cansancio, prisas, dificultades, un trabajo profesional muy exigente en dedicación y resultados, preocupaciones por los hijos, etc. Sin embargo, no deberíamos olvidar que ese otro, esa otra a quien nos dirigimos es la persona a la que un día libremente escogimos para recorrer juntos el camino de la vida y a la que nos entregamos por amor.

El espacio de esta columna es más que insuficiente para un tema tan amplio. Quedan pendientes muchas consideraciones sobre los efectos del transcurso del tiempo, por ej. sobre cómo ver en el otro sus potencialidades y ayudarlo a desarrollarlas, sobre la responsabilidad –y alegría que traen consigo- los hijos, etc. Pero eso da motivo abundante para una próxima ocasión.

  • Carlos Ma. González Saracho
  • Revista de Negocios del IEEM, Año XIX, nº 1, febrero 2016, ieem.edu.uy/publicaciones