«¡Qué mal se está lejos de Dios!», cuentan que decía una vez san Juan Pablo II a alguien que llevaba años sin confesarse[1]. Quienes no han crecido con la fe, o se han distanciado de ella en sus años de juventud para redescubrirla más tarde, saben bien lo que significa esta lejanía. Cuando advierten por primera vez que Dios quiere acercarse a ellos, puede sucederles que no lo reconozcan, o que lo mantengan a distancia por orgullo o por pereza de cambiar de vida. Pero, en cuanto bajan las armas, experimentan lo que escribe el salmista: «Dominus illuminatio mea; el Señor es mi luz» (Sal 27,1). El mundo no cambia entonces; todo permanece igual, pero todo se vuelve diferente. Todo se vuelve visible al resplandor de la luz de Dios.
Queriendo ver
Jesús y sus discípulos caminan por las ruidosas calles de Jerusalén y por los caminos soleados de Galilea. Se cruzan con personas que sienten el ardor del sol sobre su piel, aunque no ven sus rayos dorados, y que oyen solo el alboroto de la gente, sin saber de dónde viene o a qué se debe. Son ciegos. No pueden ponerse en camino, porque no pueden dirigir sus pasos. Provocan la risa de los burlones, el desprecio de los orgullosos y la compasión de los hermanos. Sus vidas carecen, literalmente, de perspectiva.
De pronto, sucede algo que nadie veía venir. Alimentada por las profecías de Isaías, una pequeña llama de fe y de esperanza arde en lo profundo de un corazón: «Entonces se abrirán los ojos de los ciegos» (Is 35,5). Ha llegado el tiempo del cumplimiento. Bartimeo grita con voz fuerte: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús responde: «¿qué quieres que te haga?» Y él: «Ut videam, que vea». Con las palabras poderosas y sencillas de Jesús —«Anda, tu fe te ha salvado»—, Bartimeo empieza a ver (cfr. Mc 10,46-52).
Saltamos ahora veinte siglos adelante: san Josemaría recorre las calles de Logroño observando fachadas y detalles arquitectónicos, en busca de inspiración para su futuro oficio. El joven rebosa de entusiasmo vital: crece con el corazón y con los ojos bien abiertos. Un día de invierno, cuando la belleza de los edificios contrasta sobre el blanco de una nevada, sus ojos se posan en unos carmelitas que caminan descalzos en la nieve. Las huellas de esos hombres revelan una piedad sencilla y valiente. Otros peatones las borrarán, pero que quedarán impresas de modo indeleble en el corazón de aquel niño.
¿Qué despierta esa experiencia en el muchacho? Las mismas palabras del ciego de Jericó: Domine, ut videam! Como Bartimeo, gritará y rezará, y como Bartimeo será escuchado. Tras diez largos años de oración, súplica, clamor y búsqueda, verá la tarea que Dios le confiaba. Pero aquel día, el 2 de octubre de 1928, no será el último en que rece con estas palabras. Permanecerán en sus labios, listas para ser pronunciadas una y otra vez hasta el final de su vida. Su oración constante para no perder la luz, para no perder la cercanía de Dios, le permitirá llevarla a muchas almas.
Frente a la oración ferviente de Bartimeo y de Josemaría, que están queriendo ver, existe sin embargo la ceguera voluntaria: «Mantén los ojos cerrados —parecen decirse algunos—, porque en realidad no hay nada que ver. No pienses, porque hagas lo que hagas no encontrarás la verdad, y probablemente ni siquiera exista. ¿Por qué rezar? De todos modos, no hay nadie escuchando…». El escepticismo, la creencia de que a lo más nos queda la oscuridad de una razón sin fe, es caldo de cultivo de la desesperación, ese estado del alma en el que se extingue todo deseo de llegar a una meta, porque uno se ha convencido de que no hay nada que encontrar; o, si lo hubiera, no está a nuestro alcance.
Antes de curar a un ciego o a un enfermo, oímos a menudo cómo Jesús pregunta: «¿qué quieres que haga por ti?». Esto nos recuerda algo que ya sabemos bien. Jesús solo nos cura si aceptamos nuestra enfermedad, y si queremos salir de ella. Quien cree que ya ve perfectamente no puede salir de su ceguera (cfr. Jn 9,39-41). Quienes prefieren mantener los ojos cerrados o la cabeza enterrada en la arena no tienen nada que temer de Jesús: el Señor poco puede hacer por ellos. En cambio, quienes se saben ciegos acabarán por ver, aunque el milagro pueda tardar en realizarse, como le sucedió a aquel otro ciego que veía árboles andantes en lugar de personas (cfr. Mc 8,24).
A oscuras
La primera página de la Divina Comedia, ese viaje apasionante por el infierno, el purgatorio y el cielo, empieza con un breve autorretrato de Dante. Hombre maduro, nel mezzo del cammin di nostra vita, el autor atraviesa una selva oscura[2]. Tiene los ojos bien abiertos. No está ciego, y sin embargo no ve mucho más que el pobre Bartimeo. Mire adonde mire, sus ojos siempre se topan con la oscuridad del bosque. Tropieza, se cae. Parece condenado a morir allí. ¿Cómo llegó a ese lugar? Él mismo admite que no lo sabe bien, pero el Evangelio nos da una pista.
Jesús nos habla de diez muchachas, todas ellas ante un camino en la oscuridad. Cada una tiene una lámpara para alumbrar el camino. Cinco son prudentes y se han procurado aceite para mantener encendidas sus lámparas hasta el final. Cinco son necias, atolondradas. Ocupadas en muchas cosas, se olvidarán del aceite. Cae la noche, y las primeras cinco pueden avanzar, mientras que las otras cinco quedan atrás, en la oscuridad (cfr. Mt 25,1-13).
La selva oscura de Dante describe la experiencia de vagar por la vida sin saber exactamente adónde ir. Se trata de una oscuridad en la que a veces podemos mantenernos voluntariamente: «Mantén la luz apagada, porque quién sabe qué verás cuando se encienda...». La propia imperfección, los propios pecados, la percepción del mal en el mundo… todo parece invitar a veces a permanecer en la oscuridad. Es de noche, precisa san Juan, cuando Judas sale de la sala de la última cena para traicionar a Jesús (Jn 13,30). A oscuras, el diablo tiene un mejor acceso a las almas. Se le reconoce menos claramente como padre de la mentira. Uno permite entonces quizá más fácilmente que se manche el alma, porque a fin de cuentas apenas ve cómo se ha ido ensuciando. Y si alguien viene y ofrece encender una vela, quizá rehúsa y prefiere dejarlo todo a oscuras, porque «todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no le acusen» (Jn 3,20). El diablo, en cambio, parece no acusar; parece como que, si vas con él, tus pecados no necesitan ser perdonados: se disolverán en la oscuridad. Pero, aunque a veces escojamos la oscuridad como escondite, en realidad estamos hechos para la luz.
Juegos de luces
De la selva oscura de Dante pasamos a Times Square, Nueva York. La experiencia es abrumadora. Te ves rodeado de luces brillantes que compiten por tu atención, por tu mirada. Restaurantes, cines y tiendas con una variedad de oferta que parece no conocer límites, seductores palacios de decadencia moral. Tienes los ojos abiertos. No estás ciego, ni te falta luz. Y sin embargo no estás mucho mejor que Bartimeo al borde del camino, ni que Dante en su selva oscura. Ves demasiado; tu mirada vaga de un lugar a otro y, si se detiene en algo, no es aquello que realmente querrías ver, sino lo último que ha conseguido capturar tu atención. Estás rodeado de luces, pero vagas en la penumbra.
Los reclamos luminosos de Times Square ya no se encuentran solo en un lugar en el mapa: parpadean en el bolsillo de cualquiera. Y el enemigo lo sabe demasiado bien. Como la mera oscuridad no le permite atraer a las almas hacia sí, ilumina sus caminos con luces brillantes pero efímeras, y trata a su vez de oscurecer los caminos de Dios. La batalla espiritual entre el bien y el mal, entre san Miguel y Lucifer, entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas, es por eso a fin de cuentas una batalla por la iluminación de los caminos.
Pensemos en la historia de nuestros primeros padres, que es también la nuestra. Dios adorna todo el paraíso con una hermosa luz, y da a Adán y Eva la libertad de comer de todos los árboles excepto de uno. Entonces llega la serpiente, y comienza por apagar las luces del jardín: ¿así que no se os permite comer de ningún árbol? Al contrario —responde Eva—, podemos comer de todos los árboles excepto de ese. Y así, tan sencillamente, la serpiente atrae su atención hacia el árbol prohibido, que queda iluminado en medio del jardín, como si no hubiera otro. Sus frutos parecen ahora irresistibles. Y así cambian la mirada y el deseo de Eva. Ya no ve el resto del paraíso; ve solo ese fruto atractivo, aparentemente lleno de promesas divinas; se obsesiona con él. Y come, y hasta esa luz se apaga. El paraíso se desvanece. Solo volverá a ser visible a la luz del Señor, nuestro Salvador (cfr. Gn 3,1-7).
También nosotros nos enfrentamos a veces a elecciones de este tipo: recogernos para hacer un rato de oración o dejarnos caer en el sofá para ver una serie o leer una novela. Si consideramos ambas cosas ante Dios, resulta claro que la oración es un paraíso lleno de frutos, mientras que la alternativa nos da solo un breve momento de relajación y entretenimiento, bueno quizá para otro momento. Sin embargo, ¿por qué elegimos tan fácilmente esta segunda opción? Porque el enemigo, y a veces simplemente nuestra propia fragilidad, hace juegos de luces: logra atenuar la luz sobre la oración, mientras que la alternativa aparece bajo un foco seductor.
El diablo se viste como ángel de luz (cfr. 2Co 11,14) y lleva a dar «tinieblas por luz y luz por tinieblas» (Is 5,20). Pero el Señor quiere contar con «hijos de la luz» (Jn 12,36) que aprendan a descifrar ese juego, y sobre todo que descubran y difundan la belleza de la verdadera luz: «Hijos de Dios. —Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. —El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine… De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna»[3].
Iluminadores de caminos
Una mirada a nuestro tiempo nos presenta todo el espectro de situaciones vitales que hemos recorrido. Son modos de ver y de vivir que se dan en las personas, no de modo aislado, sino simultáneamente, como por capas. Hay quienes, quizá porque han recibido una versión distorsionada del Evangelio, no ven más allá de unas pocas ideas que parecen explicarles la realidad y que, sobre todo, los dejan tranquilos. El hecho de que su acceso al mundo esté en buena parte mediado por relaciones y algoritmos que los confirman en su mentalidad y en su estilo de vida no facilita el cambio. A la vez, esa enorme ágora que es internet, así como la emergente inteligencia artificial, pueden acabar facilitando descubrimientos inesperados.
Junto a ellos también se encuentran muchos otros que, decepcionados por el relativismo o por otras ideologías que un día abrazaron, están en búsqueda, con ganas de luz, de sentido. Pero su búsqueda se entremezcla a veces con un cierto miedo a esa misma luz que desean[4], y con la dispersión a la que los somete la hiperconectividad en la que vivimos. Si bien el inmenso desarrollo del mundo digital ha mejorado notablemente algunas facetas de la vida, también ha generado una oferta ilimitada de posibilidades a todos los niveles —viajes, entretenimiento, información— que puede dificultar las relaciones personales, y en particular la relación con Dios.
Quienes queremos seguir e irradiar al Dios que es luz nos encontramos también a veces tentados por el falso refugio de la oscuridad, o sometidos por esa dispersión que parece más fuerte que nosotros: «Distraerte. —¡Necesitas distraerte!..., abriendo mucho tus ojos para que entren bien las imágenes de las cosas, o cerrándolos casi, por exigencia de tu miopía... ¡Ciérralos del todo!: ten vida interior, y verás, con color y relieve insospechados, las maravillas de un mundo mejor, de un mundo nuevo: y tratarás a Dios..., y conocerás tu miseria..., y te endiosarás... con un endiosamiento que, al acercarte a tu Padre, te hará más hermano de tus hermanos los hombres»[5].
San Josemaría nos habla de tener vida interior, de que pasen cosas dentro de nosotros, de modo que las dinámicas de nuestra vida hacia adentro sean más fuertes que las del primero que pasa, vendiéndonos otras. Esta vida se alimenta con la oración, el silencio, y los sacramentos. Pero también con la lectura, la escritura, el cine, el arte, los podcasts, las conversaciones… Cada uno de estos campos inmensos nos reserva tanto ofertas de simple entretenimiento, para pasar el rato, como posibilidades de ensanchar nuestra interioridad, de enriquecer nuestra experiencia del mundo, nuestra conversación con los demás y con Dios.
Mostraremos a los demás la belleza del mundo y de la vida como Dios los está soñando —eso es la mirada de la fe— si descubrimos nosotros mismos esa belleza. El Señor quiere hacernos ver con sus ojos, pero necesita que queramos ver. Y eso requiere ofrecer resistencia a las luces cambiantes pero efímeras de un mundo centrado en el último grito; buscar la luz de las estrellas lejos de la contaminación lumínica de las mil calles a escoger. Lograr, por ejemplo, pasar tiempo haciendo solo una cosa: rezando, leyendo un libro, viendo una película, hablando con una persona, sin intentar a la vez responder mensajes o resolver pequeñas gestiones… Esa elección de la simplicidad nos permite estar presentes aquí y ahora. Porque solo cuando hay verdadera presencia, verdadera atención, puede haber epifanía, revelación. Y entonces sí, podremos ser luz que ilumina y que calienta.
«Llenar de luz el mundo, ser sal y luz: así ha descrito el Señor la misión de sus discípulos. Llevar hasta los últimos confines de la tierra la buena nueva del amor de Dios. A eso debemos dedicar nuestras vidas, de una manera o de otra, todos los cristianos»[6]. Nuestra misión es iluminar los verdaderos caminos para la humanidad: los caminos hacia el único destino que no defrauda, los caminos hacia el cielo. Y hay un solo camino, Jesucristo, pero también hay muchos caminos dentro del camino, porque él se deja encontrar de muchos modos. «Si caminamos en la luz, del mismo modo que Él está en la luz» (1Jn 1,7), iluminaremos caminos para tantos que antes ni siquiera sabían que esos caminos existían. Antes quizás no veían más que el horizonte del placer o del éxito. Ahora ven un paisaje con un sendero lleno de gente alegre y, al final, la luz del sol naciente, el Señor resucitado.
[1] Citado en Pacheco, J.-F. Amar y ser feliz, Madrid, Rialp, 2007, cap. 6.
[2] Dante Alighieri, Divina Commedia, Inferno, Canto I. Nel mezzo del cammin di nostra vita (a mitad del camino de la vida) es el célebre verso con el que comienza esta cumbre de la literatura universal.
[3]San Josemaría, Forja, n. 1; cfr. también Carta 6, n. 3.
[4]Cfr. León XIV, Homilía, 25-12-2025.
[5] San Josemaría, Camino, n. 283.
[6]San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 147.

