«Envía tu sabiduría, Señor, desde tu trono de gloria, para que me acompañe y para que trabaje conmigo, de modo que sepa lo que te agrada»1. En los primeros compases del Tiempo ordinario, la Iglesia reza cada año con estas palabras, inspiradas en el libro de la Sabiduría (cfr. Sb 9,10). La sabiduría, que es «el sabor del bien»2: la capacidad de acertar con lo verdaderamente importante, lo único necesario, la mejor parte (cfr. Lc 10,42). Cada día más personas aprecian este tesoro intangible: desilusionadas con imperativos de éxito y de seguridad que las han dejado vacías, se ponen a buscar más allá. A veces esta búsqueda las conduce a la fe cristiana, aunque otras veces las lleva a explorar las antiguas tradiciones religiosas y filosóficas del Lejano Oriente, escuelas griegas como el estoicismo, o incluso las espiritualidades del New Age.
«Envía tu sabiduría, desde tu trono de gloria»: al rezar así, la Iglesia se alza en medio de esos anhelos y proclama a Dios como la fuente única de la verdadera sabiduría. En esto, la oración no tiene nada de insólito para un creyente; pero, en cambio, ¿qué puede querer decir que esa sabiduría de lo alto «trabaje conmigo», que me acompañe en mi trabajo diario? En varias de las tradiciones que acabamos que mencionar, el trabajo cotidiano tiende a verse precisamente como un obstáculo en la búsqueda de la sabiduría, de la plenitud vital. En la Biblia, sin embargo, la sabiduría —plan de salvación de Dios para su pueblo, revelado poco a poco en la Ley y los profetas— se va abriendo camino a través de las vidas y el trabajo de los hombres. Plasmada en primer lugar en la obra de la creación del mundo, llegará a su cima con la encarnación del Verbo, con las palabras, gestos y trabajo de Jesús de Nazaret.
«Un motivo sobrenatural»
En su predicación, san Josemaría volvía con frecuencia sobre el hecho de que la salvación de Jesús, la revelación definitiva de la sabiduría, no solo incluye sus enseñanzas, sus milagros y su sacrificio en la cruz, sino también su trabajo diario en Nazaret. «Al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no solo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora»3. Con el trabajo de Jesús en Nazaret, todas las actividades dirigidas a atender las distintas necesidades de la vida humana han sido incorporadas al proyecto de Dios.
«No se puede decir que haya nobles realidades exclusivamente profanas, una vez que el Verbo se ha dignado asumir una naturaleza humana íntegra y consagrar la tierra con su presencia y con el trabajo de sus manos»4. Todo lo que hacemos adquiere así un significado nuevo: la sabiduría que «está conmigo» y «trabaja conmigo» es el mismo Jesús, que asocia mi trabajo con el suyo. Mi trabajo se puede convertir entonces en una expresión de esta sabiduría divina, y eso es lo que significa «santificarlo»: convertirlo en algo que pertenece a Dios, en una extensión de la bendición permanente de Dios sobre el mundo (cfr. Gn 1).
Este horizonte, hermoso sin duda, puede nublarse o tardar en aparecer a la vista. No son pocas las personas que se encuentran simplemente agotadas o aplastadas bajo el peso de su profesión, o «quemadas» después de haber trabajado con gran intensidad durante años. Otros sufren por una búsqueda infructuosa de empleo o se rehacen tras un fracaso profesional importante. Y algunos llevan con dificultad la «forzosa inactividad»5 debida a la vejez o a la enfermedad. Para todos, en el estado en que se encuentren, rige lo que san Josemaría escribió en Camino: «Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo»6. Esta frase parece sencilla, pero encierra una visión del mundo que sigue siendo novedosa e insólita. Mi trabajo, o mis esfuerzos por dar con un empleo o por ser útil a los demás a pesar de mis límites físicos… todo eso cabe —¡quiere caber!— en el plan de la sabiduría de Dios. Lo que se vuelve santo, misteriosamente fecundo, es mi «ordinaria labor», lo mismo que podría estar haciendo por mi cuenta. De hecho, mi trabajo ya pertenece a Dios de antemano, como algo que puede ser santo, pero requiere la disposición adecuada del corazón.
El «motivo sobrenatural» se visualiza en la calidad y en la calidez del trabajo: «parte esencial de esa obra —la santificación del trabajo ordinario— que Dios nos ha encomendado es la buena realización del trabajo mismo, la perfección también humana, el buen cumplimiento de todas las obligaciones profesionales y sociales»7. Detengámonos en estas palabras: la «perfección» del trabajo, nos dice san Josemaría, se mide en términos de «obligaciones profesionales y sociales». Esto nos lleva al corazón de la santidad del trabajo, a su modo particular de pertenecer a Dios.
Cuando el trabajo adquiere un rostro
Cualquier trabajo se entiende a partir de un contexto de relaciones: se trata de un servicio que debemos a una persona o a una comunidad en particular, a alguien que tiene una necesidad que el profesional se ha comprometido a satisfacer. De ahí la palabra ‘profesión’, del latín professio: declaración pública de un compromiso. La red de intercambio de servicios que se genera así es lo que hace del trabajo una tarea genuinamente humana. A pesar de la aparente despersonalización de muchos trabajos del siglo XXI, estas relaciones siguen existiendo silenciosamente: el empleado de la limpieza que se compromete a proveer un espacio agradable para el resto del personal, el ingeniero aeronáutico que siente la responsabilidad por las vidas de los pasajeros, la arquitecta que proyecta espacios pensando en la convivencia de quienes los habitarán, el trabajador de almacén que busca la entrega puntual de mercancías sin daños, la restauradora de patrimonio que preserva bienes culturales para las siguientes generaciones...
Para quien se propone santificar su trabajo —es decir, insertarlo en los planes de Dios— esas relaciones pasan a estar en un primer plano: el trabajo se personaliza, adquiere un rostro. Y por eso es exactamente en esta red de relaciones humanas donde se coloca el «motivo sobrenatural» que santifica el trabajo: «Conviene no olvidar (…) que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a tú, cara a cara. Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor»8.
En otras palabras, el «motivo sobrenatural» no es otro que el amor a Dios y a los hombres. En estas líneas, como otras veces, san Josemaría lo escribe en primer lugar con mayúscula, porque el Amor, fuente de cualquier otro amor, es Dios. El amor que me habita cuando me dejo amar por Dios, cuando abro mis ojos a su presencia personal junto a mí, cuando aprendo a hablarle como a un amigo, cara a cara. Este es el amor que «abre las puertas del cielo», que va convirtiendo nuestra propia realidad en un cielo, ya que estamos con quien nos ama infinitamente, recibiendo ese amor y devolviéndolo con alegría agradecida. Y así trascendemos «lo efímero y lo transitorio», alcanzando la meta que desean todos los buscadores de la sabiduría: amando, bendiciendo, como Dios. Este amor consiste en decir tú y yo en el sentido más pleno de esos pronombres: salir de la prisión de nuestro egoísmo y descubrir, como por primera vez, al otro.
De ahí que, como explica san Josemaría, «el trabajo de un cristiano no puede ser meramente una cuestión de hacer cosas, construir objetos». Esta es una tentación que todos enfrentamos en nuestro trabajo, especialmente en la cultura actual: limitarnos a cumplir una serie de tareas u objetivos; o, también, medir nuestro éxito o fracaso en términos de eficiencia material, por los resultados que podemos señalar y medir. En casi todos los entornos laborales sucede con frecuencia que los distintos tipos de presiones —urgencia, competencia, imprevistos— dificultan mirar más allá de los «objetos» de preocupación inmediata para ver a la persona que se encuentra detrás de ellos. El personal de la empresa, los pasajeros del avión, los clientes esperando sus compras... todas esas personas pueden quedar relegadas a un segundo plano, superadas por otras exigencias.
Frente a esta complejidad, san Josemaría insiste en que el verdadero valor del trabajo se mide por el amor. Es el amor lo que confiere al trabajo su fuerza transformadora, como resume al final del párrafo: si es de Dios, «nace del amor», porque solo un corazón que se sabe amado puede concebir su trabajo como una forma de amar; «manifiesta el amor», porque transparenta la manera de ser de Dios; está «ordenado al amor», porque se propone realmente servir, prestar una ayuda, cuidar de las personas y del mundo. Es este amor lo que explica que uno quiera siempre mejorar la calidad de su trabajo. No se trata de obsesión con la eficiencia, o de perfeccionismo, o de miedo al fracaso: es que uno quiere servir mejor a quienes ama. Lo hago bien, con cariño, porque pienso en las personas. Y si es el amor lo que me mueve, hasta lo que humanamente resulte un fracaso podrá ser, a los ojos de Dios, un triunfo. Porque, a fin de cuentas, «Dios no me ha llamado para que tenga éxito. Dios me ha llamado para que sea fiel»9.
En un mensaje reciente, el Padre explicaba en qué sentido el «motivo» que permite santificar el trabajo es verdaderamente sobrenatural: «No se trata solo de trabajo por Dios y para Dios, sino que es, a la vez y necesariamente, trabajo de Dios; él es quien ama primero y, por el Espíritu Santo, hace posible nuestro amor»10. Cuando dejamos que la sabiduría de Dios permanezca y trabaje con nosotros, nuestros esfuerzos no quedan simplemente dedicados a él e inspirados por él: se convierten en el propio trabajo de Dios. Y entonces podemos verdaderamente hacer nuestras las palabras de Jesús: «Mi Padre no deja de trabajar, y yo también trabajo (...); el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre» (Jn 5,17.19). Cuando esto sucede, nuestro trabajo se convierte en punto de ignición del amor de Dios en la historia: una pieza pequeña, pero vital, de su gran proyecto de salvación. Y esto da a nuestro trabajo normal y diario una fuerza transformadora, un potencial evangelizador que solo Dios puede calcular o predecir: contribuimos de manera real a la salvación del mundo.
1 Liturgia de las horas, jueves de la 3ª semana del Tiempo ordinario, Oficio de lecturas. El texto latino dice así: «Emitte, Domine, sapientiam de sede magnitudinis tuae, ut mecum sit et mecum laboret. Ut sciam quid acceptum sit apud te».
2 San Bernardo, Sermo 85, 5.
3 San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 47.
4 Ibid., n. 120.
5 San Josemaría, Camino, n. 294.
6 Ibid., n. 359.
7 San Josemaría, Carta 24, n. 18.
8 Es Cristo que pasa, n. 48.
9 Cfr. L. Maasburg, La Madre Teresa de Calcuta. Un retrato personal, Madrid, Palabra 2012, p. 208.
10 F. Ocáriz, Mensaje, 10-X-2024.

