Antonio: “Ser católico no es solo rezar, también es trabajar para mejorar la sociedad”

Las palabras que San Josemaría le dirigió en 1974 marcaron el rumbo de toda una vida. Hoy, a sus 72 años, Antonio Cabrera lidera un banco de alimentos que ayuda a sostener la labor de 60 instituciones católicas en Uruguay.

Unos 25 mil platos de comida mensuales de 60 instituciones católicas de Uruguay es lo que abastece el banco de alimentos, que hace dos años y medio puso a andar Antonio Cabrera, con el aliento del cardenal arzobispo de Montevideo, Daniel Sturla. Su propósito fue seguir buscando nuevas formas de hacer realidad, entre personas necesitadas, las palabras que, en 1974, durante un viaje a Roma y ante la inquietud sobre el plan de Dios para su vida, le dirigió San Josemaría: “Tus brazos a Uruguay. ¡A Uruguay! Allí precisamos muchos brazos, hay que sacar adelante la Obra”.

Así fue que, a fines de 2023, luego de 20 años de dedicación al centro educativo Los Pinos, Antonio, con 72 años, comenzó a visitar empresas, presentándoles el proyecto del banco de alimentos, contándoles las zozobras que pasaban muchas congregaciones y organizaciones católicas, que tanto bien hacen a la sociedad, y pidiéndoles su colaboración.

“Hoy en muchos conventos, si no les llevás alimentos, no comen. Cuando las hermanas eran jóvenes tenían sus propias huertas y hacían manualidades para vender, pero hoy son muy ancianas y ya no pueden hacerlo”, comenta Antonio. “En las parroquias de los barrios pobres, el dinero que les llega a través de las colectas y del Fondo Común Diocesano no les alcanza para todo el mes, menos para atender los merenderos, donde reciben mucha gente”, agrega.

De a poco, sus esfuerzos fueron dando frutos y las empresas se fueron adhiriendo al proyecto. Hoy son más de 40 las que colaboran y proveen al banco de todo tipo de productos, desde arroz, pasta, salsas, enlatados, cereales, huevos y aceite, hasta carne, fiambres, verduras congeladas, productos lácteos y helados. Tanto que actualmente el banco cuenta con cinco freezers para poder almacenar los alimentos que necesitan frío.

Entre las 60 instituciones católicas que se atienden, hay instituciones de Montevideo, Canelones, Maldonado y Cerro Largo. Muchas de ellas son parroquias de zonas deprimidas económicamente, merenderos, ollas, conventos, colegios, instituciones sociales, como la Fazenda de la Esperanza, que atiende a jóvenes adictos a las drogas; Ceprodih, que trabaja para darle oportunidades a mujeres en situaciones vulnerables, y el hogar de ancianos Schiaffino. También se colabora con retiros organizados para jóvenes o seminaristas.

Un cambio de vida

Para Antonio, se trata de caer en la cuenta de que ser católico no consiste tan solo en rezar el Rosario e ir a misa: “Rezar es muy necesario, pero después hay que trabajar para mejorar la sociedad”. En su caso, las palabras de San Josemaría lo llevaron, a principio de los años 2000, a dejar su actividad empresarial y dedicarse a Los Pinos, un centro educativo para niños y jóvenes, ubicado en Casavalle, uno de los barrios más pobres de Montevideo, que comenzó sus actividades en 1997.

Una institución similar a las que, en aquel encuentro de 1974, San Josemaría lo invitó a visitar con el objetivo de sacar ideas para Uruguay: el colegio Tajamar, ubicado en Vallecas, un barrio pobre de Madrid, y el centro Elis, un centro de formación para jóvenes, situado en Roma, en el barrio Tiburtino-Collatino, una zona deprimida económicamente.

“Quería cumplir lo que me había pedido San Josemaría. Para eso tenía que dejar mi actividad empresarial. Lo primero que hice fue hablar con Irene, mi esposa, y plantearle la situación. Luego con mis hijos, que, gracias a Dios, para ese entonces ya estaban más grandes y encaminados. Todos me apoyaron y a partir de 2007 me metí full time en Los Pinos”.

Allí se convirtió en el encargado de desarrollo y donaciones. Básicamente, hacía gestiones ante empresarios, autoridades gubernamentales y organizaciones para conseguir apoyos, que permitieran sustentar las actividades que se realizaban en el centro y proyectar su crecimiento.

Uno de sus primeros proyectos fue el diseño y ejecución del parque de Los Pinos. El centro contaba con un terreno grande, al que le faltaba mantenimiento y cuidado. En busca de conseguir apoyos para hacer de él un espacio disfrutable para el barrio, se acercó a un Club cercano, les contó sobre el proyecto en el que estaba trabajando y sobre la necesidad de mejorar el parque. Los directivos tomaron en cuenta su solicitud y durante tres años paisajistas y jardineros del club estuvieron yendo semanalmente a Los Pinos para mejorar su parque y hacer de él algo digno para todo el barrio.

Al cabo de unos años, Los Pinos resolvió sumar a su oferta educativa un liceo técnico, pero para poder llevarlo a cabo hacía falta un nuevo edificio. Antonio, que conocía al reconocido arquitecto uruguayo Carlos Ott, lo invitó a visitar Los Pinos y contarle toda la labor social y de formación que hacían allí. Al culminar la visita, el arquitecto se había comprometido a colaborar en lo que fuera necesario. Así fue como terminó diseñando y construyendo el nuevo edificio, una construcción a la altura de los mejores colegios del mundo. “La idea siempre fue darle lo mejor a la gente del barrio. Así es como se cambia la sociedad. Tenemos que pensar en grande y las cosas tienen que estar bien hechas. Lo decía San Josemaría”, expresa. El edificio se terminó de construir en 2022 y ese mismo año Antonio, con 70 años, dejó Los Pinos.

Hoy, con la perspectiva de los años, es más consciente de lo que significó para él aquel encuentro con San Josemaría. Había llegado a Roma, con 23 años, la inquietud en su corazón sobre el plan de Dios para su vida y buscando la posibilidad de estudiar en Europa, ante la complicada situación social y política que se vivía en Uruguay, y San Josemaría le abrió un panorama inmenso e inesperado. Tanto fue así, que, en la misma ciudad de Roma, vio clara su vocación de supernumerario y al llegar a Uruguay pidió la admisión. Eso fue solo el principio.

“San Josemaría tenía una visión de futuro e internacional impresionante. Era un motor de ideas. ‘Soñad y os quedaréis cortos’, nos repetía. Hablar con él, te quemaba el corazón. Cumplir con lo que me pidió, me significó un cambio de vida, pero más feliz no puedo estar”, asegura Antonio.