Me gusta pensar que las figuras del nacimiento nos recuerdan que Dios se hace frágil y pequeño, especialmente para quienes sienten la necesidad de su cercanía y de su amor. Con ese espíritu llegó la Navidad a Club Torre, en El Salvador.
Era sábado 20 de diciembre. Desde la mañana llegaron Fernando, Marco y Diego para envolver los juguetes que llevaríamos a los niños de Coatepeque y Tejares, en Santa Ana. Algunos habían sido donados el día anterior por las familias que asistieron a la Posada del Club; otros llegaron gracias a un amigo que se movió entre sus compañeros de trabajo. Al final, reunimos más de cien juguetes.
A las dos de la tarde ya estábamos todos. Alan se encargó de alquilar trajes navideños para animar la visita: él sería Santa Claus; Fernando, un reno; José, un regalo; y Marco, el infaltable Grinch. Nos organizamos en dos equipos: uno iría hacia el lago de Coatepeque, liderado por Luis, en los carros de Ángelo y Daniel; el otro se dirigiría a Tejares, guiado por Marco, gracias a la generosidad de Lorenzo, que nos llevaría en su pickup.
Al llegar, los niños nos esperaban. Siempre me conmueve esa mezcla de timidez y expectación que se les nota en los primeros minutos. Luego, sin darnos cuenta, todo se llenó de risas, música, juegos y manos pequeñas golpeando las piñatas con entusiasmo. Luis también había conseguido víveres para compartir con las personas del lago; en Tejares compramos pizza y nos sentamos a comer juntos, como quien comparte algo en familia.

Los juguetes eran un misterio envuelto en papel. Algunos niños los abrían con prisa; otros, con un cuidado casi solemne, como si temieran que la alegría pudiera romperse. En medio de todo, uno comprendía que la Navidad no es tanto lo que se entrega, sino lo que se despierta: la certeza de ser visto, esperado y querido.
Volvimos cansados, pero contentos. Pensé que ahí había terminado todo. Sin embargo, la Navidad todavía tenía algo más que enseñarnos.
Dos días después, el martes 23 por la mañana, nos encontramos de nuevo. Esta vez el destino era el Hospital San Juan de Dios, siempre en Santa Ana. Llevaríamos artículos de aseo personal a los enfermos.
Ya no había piñatas ni disfraces. Había silencio, fragilidad y miradas profundas. Éramos siete. Fuimos pabellón por pabellón, acercándonos a cada cama, presentándonos, escuchando. Cada persona nos regaló algo de su historia. Daniel nos contó que una señora había estado a punto de morir el día anterior y que los médicos habían hecho todo lo posible para salvarla.
Con algunos enfermos hablamos del Niño Jesús que nace pequeño, del Dios que no huye de la fragilidad. Les recordamos que, incluso en ese estado, su vida sigue siendo valiosa, infinitamente valiosa. Y les pedimos algo sencillo y grande a la vez: que rezaran por nosotros. Ese sería, sin duda, el mejor regalo.
Tal vez eso sea la Navidad: aprender a descubrir que Dios sigue naciendo allí donde hay manos dispuestas a darse y corazones que se dejan tocar. Dos lugares distintos, pero una misma certeza: no fuimos solo a llevar regalos; volvimos habiendo recibido mucho más.
