1. Actitud cristiana hacia los bienes materiales: apreciar los dones recibidos y desprendimiento.
2. Amor al espíritu de pobreza.
3. Amor auténtico por los pobres.
4. Desprendimiento, espíritu de servicio y contribución al progreso social.
5. Desprendimiento de uno mismo.
"Frente de Madrid. Una veintena de oficiales, en noble y alegre camaradería. Se oye una canción, y después otra y más. Aquel tenientillo del bigote moreno sólo oyó la primera: Corazones partidos yo no los quiero; y si le doy el mío, lo doy entero. «¡Qué resistencia a dar mi corazón entero!» –Y la oración brotó, en cauce manso y ancho" (C, 145).
Este punto de Camino puede constituir una buena introducción a la exposición de la virtud del desprendimiento en san Josemaría, ya que pone de relieve, de una parte, que el desprendimiento hace referencia al corazón, y por tanto, al amor; y, de otra, que tiene implicaciones en todas las dimensiones de la vida humana, desde las materiales hasta las espirituales.
1. Actitud cristiana hacia los bienes materiales: apreciar los dones recibidos y desprendimiento
En la Cart. Enc. Centesimus Annus, el papa Juan Pablo II se refiere al fenómeno del consumismo como un estilo de vida que "mantiene una persistente orientación hacia el «tener» en detrimento del «ser»". En su condena de esta nueva y sutil forma de materialismo, el Papa preveía ya de algún modo la seria crisis económica que el mundo entero sufriría en los años 2008 y siguientes.
En gran parte, la causa principal de esa crisis económica global radica en la actitud consumista, extendida sobre todo en los países avanzados, en los que la acumulación ilimitada de riqueza se convierte en el fin último y en la razón de ser de la vida terrena. Esta actitud conduce a la confusión de "los criterios que permiten distinguir correctamente las nuevas y más elevadas formas de satisfacción de las nuevas necesidades humanas, que son un obstáculo para la formación de una personalidad madura" (CA, 36).
Como un antídoto al consumismo es necesario crear "estilos de vida, a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones" (CA, 36).
No es coincidencia que un fuerte aliado de Juan Pablo II en su lucha contra los perniciosos efectos del consumismo en el mundo moderno fuera alguien que él mismo canonizó el 6 de octubre de 2002 y al que llamó "el santo de la vida ordinaria", san Josemaría Escrivá de Balaguer. En sus escritos y predicación oral, san Josemaría aconsejaba siempre a los cristianos que encontraran el equilibrio entre "amar apasionadamente el mundo" y estar desprendido de los bienes terrenos.
Solía advertir a aquellos que viven en medio del mundo sobre el doble peligro de un desprecio de las realidades creadas, de una parte, y el apegamiento a ellas, de otra. En la homilía que pronunció en el Campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967, señalaba lo que es signo de una auténtica espiritualidad cristiana y laical, usar los bienes materiales con actitud de servicio y en conformidad con el designio de Dios: "Lo he enseñado constantemente con palabras de la Escritura Santa: el mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yahvé lo miró y vio que era bueno (cfr. Gen 1, 7 ss.). Somos los hombres los que lo hacemos malo y feo, con nuestros pecados y nuestras infidelidades. No lo dudéis, hijos míos: cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios" (CONV, 114).
Es obvio que el antídoto a esa forma moderna de materialismo llamada "consumismo" no consiste en una versión modernizada del maniqueísmo, esa antigua filosofía que consideraba la materia intrínsecamente mala. Nada más lejos del espíritu cristiano y de san Josemaría, que acuñó la expresión "materialismo cristiano": "No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo. El auténtico sentido cristiano que profesa la resurrección de toda carne se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu" (CONV, 114-115).
Materialismo cristiano significa considerar los bienes materiales como medios y no como fines en sí mismos. Significa dar el valor adecuado a los bienes de la tierra como venidos de las manos de Dios para ser utilizados en beneficio del desarrollo humano integral, en el desarrollo de todos y cada uno de los hombres.
El antídoto al consumismo, al culto a los bienes materiales, no es la pobretería o el rechazo del legítimo disfrute de las comodidades que la tecnología moderna puede proporcionar a los hombres y las mujeres que están en medio del mundo. Lo que se opone al consumismo es el espíritu de desprendimiento. San Josemaría describe el desprendimiento con detalles gráficos: "El desprendimiento que predico, después de mirar a nuestro Modelo, es señorío; no clamorosa y llamativa pobretería, careta de la pereza y del abandono" (AD, 122).
El materialismo cristiano no lleva a despreciar el consumo de bienes, sino que mueve a cuidar de los que poseemos y a emplearlos en bien de los demás, sintiéndonos a la vez "señores del mundo" y "administradores fieles de Dios" (cfr. AD, 122).
2. Amor al espíritu de pobreza
Las enseñanzas de san Josemaría acerca del verdadero espíritu de pobreza impulsan a los cristianos a actuar con soltura, con libertad interior y sin actitudes esquizofrénicas, al disponer de los bienes materiales. En una entrevista que concedió a la revista española Telva (1–II–1968), explicaba: "Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradictorios. Pobreza real, que se note y se toque –hecha de cosas concretas–, que sea una profesión de fe en Dios, una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios, y dar luego a todos de ese mismo amor. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades" (CONV, 110).
San Josemaría criticó siempre la "mística ojalatera", la "mística del ojalá", de la añoranza de situaciones diversas de las que a cada uno le toca vivir o de asumir como modélicos modos de comportamiento adecuados para otros caminos pero no para el propio. Lo que, en el terreno del desprendimiento y de la pobreza, pudiera llevar a los laicos, llamados a vivir en medio del mundo y en las condiciones habituales entre sus iguales, a mirar como ideales estilos de vida propios de los religiosos, pero inaplicables a su situación. Esto, obviamente, podía crear sentimientos de inquietud y, en última instancia, de admiración ineficaces.
San Josemaría predicó siempre que el desprendimiento y la pobreza debían ser, también entre los cristianos corrientes, reales y verdaderos, pero no como impuestos desde fuera, sino como algo que brota de dentro, informando afectiva y efectivamente el propio comportamiento: "A veces se reflexiona sobre la pobreza cristiana, teniendo como principal punto de referencia a los religiosos, de los que es propio dar siempre y en todo lugar un testimonio público, oficial: y se corre el riesgo de no advertir el carácter específico de un testimonio laical, dado desde dentro, con la sencillez de lo ordinario" (CONV, 110). Y con la eficacia de lo ordinario.
Citamos como ejemplo unas palabras dirigidas a las madres de familia en relación con el uso de los bienes materiales en el hogar: "Sacrificio: ahí está en gran parte la realidad de la pobreza. Es saber prescindir de lo superfluo, medido no tanto por reglas teóricas cuanto según esa voz interior, que nos advierte que se está infiltrando el egoísmo o la comodidad indebida. Confort, en su sentido positivo, no es lujo ni voluptuosidad, sino hacer la vida agradable a la propia familia, y a los demás, para que todos puedan servir mejor a Dios" (CONV, 111).
3. Amor auténtico por los pobres
San Josemaría conocía lo que significaba trabajar con los miembros más pobres y miserables de la sociedad. Cuando era un joven sacerdote en Madrid a finales de la década de los años veinte y principio de los treinta, pasó horas Incontables sirviendo las necesidades de los pobres y enfermos en los suburbios de la capital. Solían acompañarle estudiantes universitarios porque esas visitas eran también un medio de hacer crecer en esos jóvenes la virtud de la caridad. Allí, como antes en el hogar de sus padres, vio muy claramente que el desprendimiento es sobre todo una actitud espiritual, por lo que no nace sólo de la ausencia de bienes materiales.
Para ilustrar esta idea de que el desprendimiento es la esencia del espíritu de pobreza, solía contar la historia de un mendigo que estaba desordenadamente apegado a su cuchara de peltre: "Hace muchos años –más de veinticinco– iba yo por un comedor de caridad, para pordioseros que no tomaban al día más alimento que la comida que allí les daban. Se trataba de un local grande, que atendía un grupo de buenas señoras. Después de la primera distribución, para recoger las sobras acudían otros mendigos y, entre los de este grupo segundo, me llamó la atención uno: ¡era propietario de una cuchara de peltre! La sacaba cuidadosamente del bolsillo, con codicia, la miraba con fruición, y al terminar de saborear su ración, volvía a mirar la cuchara con unos ojos que gritaban: ¡es mía!, le daba dos lametones para limpiarla y la guardaba de nuevo satisfecho entre los pliegues de sus andrajos. Efectivamente, ¡era suya! Un pobrecito miserable, que entre aquella gente, compañera de desventura, se consideraba rico" (AD, 123).
Frente a ese hecho, evocaba el de una dama de buena fortuna que usaba sus bienes con generosidad y los entregaba sin gastar apenas nada en sí misma: "Conocía yo por entonces –prosigue la homilía– a una señora, con título nobiliario, Grande de España. Delante de Dios esto no cuenta nada: todos somos iguales, todos hijos de Adán y Eva, criaturas débiles, con virtudes y defectos, capaces –si el Señor nos abandona– de los peores crímenes. Desde que Cristo nos ha redimido, no hay diferencia de raza, ni de lengua, ni de color, ni de estirpe, ni de riquezas...: somos todos hijos de Dios. Esta persona de la que os hablo ahora, residía en una casa de abolengo, pero no gastaba para sí misma ni dos pesetas al día. En cambio, retribuía muy bien a su servicio, y el resto lo destinaba a ayudar a los menesterosos, pasando ella misma privaciones de todo género. A esta mujer no le faltaban muchos de esos bienes que tantos ambicionan, pero ella era personalmente pobre, muy mortificada, desprendida por completo de todo. ¿Me habéis entendido? Nos basta además escuchar las palabras del Señor: bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos" (AD, 123).
El desprendimiento se manifiesta, en suma, en el personal espíritu de mortificación y en la conciencia de que somos administradores de los bienes materiales y espirituales que Dios nos concede en beneficio de los demás.
San Josemaría animó a establecer incontables iniciativas por todo el mundo para aliviar los sufrimientos de los pobres y desfavorecidos: hospitales, clínicas médicas, cursos de formación para jóvenes sin escuela, centros de día, escuelas agrarias para los hijos de los pequeños agricultores y muchas otras obras de misericordia corporal y espiritual. A través de un constante y perseverante trabajo de difusión de la doctrina social de la Iglesia, fue capaz de movilizar a muchas personas para ejercer una honda opción preferencial por los pobres. Y así, ya antes de que frases como "responsabilidad social corporativa" o "proyecto social" se empezaran a poner de moda en el mundo de los negocios, la predicación de san Josemaría había llevado a empresarios y ejecutivos a tomar conciencia de que debían afrontar su trabajo de forma que constituyera una labor de progreso social. En esta línea –es sólo un ejemplo entre otros– el IESE, considerado una de las mejores business schools del mundo, tiene como uno de sus rasgos distintivos el constante recuerdo, a los empresarios que participan en sus programas de formación, de su responsabilidad de trabajar por el bien común de la sociedad y no exclusivamente por el máximo beneficio (cfr. VILLEGAS, 2008, pp. 360-370).
4. Desprendimiento, espíritu de servicio y contribución al progreso social
Para san Josemaría, la razón última del espíritu de desprendimiento consiste en facilitar que la persona ame cada vez más a Dios y, al acercarse a Dios, aprenda a amar. Un amor desordenado a las criaturas debilita el amor a Dios. La santidad personal, que no es otra cosa que amar a Dios con toda la mente, con todo el corazón, con todas las fuerzas, entraña un esfuerzo durante toda la vida por evitar un desordenado amor a los bienes creados y, en última instancia, a uno mismo: "Hemos de exigirnos en la vida cotidiana, con el fin de no inventarnos falsos problemas, necesidades artificiosas, que en último término proceden del engreimiento, del antojo, de un espíritu comodón y perezoso. Debemos ir a Dios con paso rápido, sin pesos muertos ni impedimentas que dificulten la marcha. Precisamente porque no consiste la pobreza de espíritu en no tener, sino en estar de veras despegados, debemos permanecer atentos para no engañarnos con imaginarios motivos de fuerza mayor. Buscad lo suficiente, buscad lo que basta. Y no queráis más. Lo que pasa de ahí, es agobio, no alivio; apesadumbra, en vez de levantar (San Agustín, Sermo 85, 6)" (AD, 125).
Es esa la razón por la que el espíritu de desprendimiento lleva a los cristianos a servir mejor a Dios y a los demás: "El verdadero desprendimiento lleva a ser muy generosos con Dios y con nuestros hermanos; a moverse, a buscar recursos, a gastarse para ayudar a quienes pasan necesidad. No puede un cristiano conformarse con un trabajo que le permita ganar lo suficiente para vivir él y los suyos: su grandeza de corazón le impulsará a arrimar el hombro para sostener a los demás, por un motivo de caridad, y por un motivo de justicia, como escribía San Pablo a los de Roma: la Macedonia y la Acaya han tenido a bien hacer una colecta para socorrer a los pobres de entre los santos de Jerusalén. Así les ha parecido, y en verdad obligación les tienen. Porque si los gentiles han sido hechos partícipes de los bienes espirituales de los judíos, deben también aquellos hacer partícipes a estos de sus bienes temporales (Rm 15, 26-27) (AD, 126).
5. Desprendimiento de uno mismo
Cuanto venimos diciendo pone de manifiesto que si bien la virtud del desprendimiento hace referencia a la actitud frente a los bienes materiales, no se reduce a este campo. Teniendo su raíz en la actitud del corazón, implica ante todo desprendimiento de uno mismo, superación del egoísmo, de la tendencia a vivir en torno a la propia persona y a valorar ante todo y sobre todo lo propio.
San Josemaría explicó ampliamente esta dimensión del desprendimiento, poniendo como ejemplo el desprendimiento del propio parecer, sabiendo rectificar y respetando las opiniones de los demás. Entre los testimonios recogidos por la Postulación en su proceso de canonización se encuentran varios que testifican la sencillez y sinceridad con que cambiaba su opinión cuando se daba cuenta de que había cometido un error. Una de las mujeres que formaron parte de la Asesoría Central fue testigo de cómo san Josemaría sabía rectificar. "Perdonad, me equivoqué; –no vacilaba en decir– me faltaba un dato y ahora, al tenerlo, pienso de otra manera". "Os aseguro que rectificar quita lo agrio del alma", comentó en otra ocasión (Artículos del Postulador, 1058).
El respeto al parecer de los demás y la apertura a opiniones opuestas en materias dejadas a la libre discusión es, por lo demás, clave en el espíritu de libertad que estaba tan metido en el corazón de san Josemaría. Al comentar este sentido de libertad, decía: "Como consecuencia del fin exclusivamente divino de la Obra, su espíritu es un espíritu de libertad, de amor a la libertad personal de todos los hombres. Y como ese amor a la libertad es sincero y no un mero enunciado teórico, nosotros amamos la necesaria consecuencia de la libertad: es decir, el pluralismo. En el Opus Dei el pluralismo es querido y amado, no sencillamente tolerado y en modo alguno dificultado" (CONV, 67).
La humildad de estar desprendido de las opiniones personales capacita al cristiano a estar verdaderamente unido a todos en la misma fe, a pesar de la diversidad en las convicciones políticas, económicas, culturales y sociales. Como san Josemaría explicaba: "Un verdadero cristiano no piensa jamás que la unidad en la fe, la fidelidad al Magisterio y a la Tradición de la Iglesia, y la preocupación por hacer llegar a los demás el anuncio salvador de Cristo, esté en contraste con la variedad de actitudes en las cosas que Dios ha dejado, como suele decirse, a la libre discusión de los hombres. Más aún, es plenamente consciente de que esa variedad forma parte del plan divino, es querida por Dios que reparte sus dones y sus luces como quiere. El cristiano debe amar a los demás, y por tanto respetar las opiniones contrarias a las suyas, y convivir con plena fraternidad con quienes piensan de otro modo" (ibidem).
El desprendimiento, tal y como san Josemaría lo entendía, va más allá de dar un valor adecuado a los bienes materiales. También significa tener una alta estima por las opiniones de los otros y la humildad de estar despegado de la propia opinión. El desprendimiento era para él, en conclusión, un antídoto tanto para la concupiscencia de los ojos como para la soberbia de la vida.
Bibliografía: AD, 110-126; C, 147-158; CONV, 113-123; Juan Pablo II, Cart. Enc. Centesimus annus, 1991; Bernardo M. Villegas, “El desarrollo de las sociedades”, Romana. Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, 47 (2008), pp. 360-370.
Bernardo M. VILLEGAS
