La Obra, un hijo más

Fátima conoció la Obra muy joven. Descubrió que el Opus Dei es familia. Aquí nos cuenta las peripecias en torno a su vocación y cómo está asociada a la virgen del Carmen.

En un paseo familiar

Conozco la Obra desde que tenía 17 años. Estaba iniciando el segundo año de universidad en Chiclayo, mi ciudad natal, cuando una amiga me invitó a asistir a un centro. Siempre estaré profundamente agradecida por aquella invitación, porque desde que conocí la Obra no he dejado de frecuentar sus medios de formación ni de participar en la labor apostólica.

En aquellos años asistía a la labor de San Rafael, dirigida especialmente a la formación de gente joven. Es una experiencia que siempre recomiendo a mis amigas, para sus hijos, que se encuentren en esta etapa. Yo lo viví en primera persona y quiero que sepan el bien que les podría hacer en su vida espiritual.

Aprendizajes en la labor de San Rafael

En la labor de San Rafael aprendí a vivir muchas de las enseñanzas que san Josemaría nos dejó: a realizar bien el trabajo, a exigirme un poco más, aunque costara; a aprovechar mejor el tiempo y a procurar hacer de la mejor manera posible aquello que tenga entre manos. Poco a poco fui comprendiendo que todo eso —estudiar, trabajar, cumplir con nuestras responsabilidades y cuidar los pequeños detalles— podía convertirse en un camino de santificación del trabajo ordinario y en una forma de amar a Dios en lo cotidiano.

Yo encontré en el Opus Dei el camino que me ayuda a buscar a Dios en mi vida cotidiana y a luchar, con todas mis carencias, por ganarme el cielo.

Y es que podemos buscar y encontrar a Dios a través de distintos caminos y carismas en la Iglesia. Yo encontré en el Opus Dei el camino que me ayuda a buscar a Dios en mi vida cotidiana y a luchar, con todas mis carencias, por ganarme el cielo.

Con el tiempo conocí a quien ahora es mi esposo y le expliqué qué era la Obra. Desde que le hablé de ella, cada vez que se nos presenta alguna dificultad o una situación importante, ambos pedimos la intercesión de san Josemaría.

Dios nos regaló tres hijos: Mariajosé, José Miguel y Carlos Eduardo. Aunque hicimos todo lo posible por tener un cuarto hijo, no fue posible. Se lo pedíamos constantemente a la Virgen y a san Josemaría. Con el tiempo comprendimos que, si bien no llegamos a tener ese hijo como habíamos imaginado, Dios nos concedió un hijo espiritual y ahora les contaré por qué.

Con mi esposo y mis hijos

La esperanza de un nuevo hijo

Cuando todavía manteníamos la esperanza de tener un cuarto hijo, no teníamos ninguna preferencia respecto a que fuera varón o mujer. Sin embargo, si Dios nos regalaba una niña, queríamos llamarla Carmen, porque tanto mi mamá como la mamá de mi esposo llevan ese nombre. Ya no solo le pedíamos a la Virgen y a san Josemaría que nos concedieran otro hijo, sino que, si Dios quería que fuera mujer, pudiera acompañar a nuestra hija y llevar el nombre de sus abuelas. Puede parecer un deseo muy nuestro, pero era lo que, como familia, pedíamos con mucha ilusión en ese momento.

La vocación a la Obra

Era el año 2021 y nos encontrábamos en plena pandemia. Vivíamos en Lima, pero durante ese tiempo decidimos trasladarnos temporalmente a Ferreñafe, la ciudad en la que habían vivido mis abuelos, y ocupar la casa de ellos.

Durante finales de ese año, empecé a frecuentar los centros de la Obra en Piura porque estaba llevando a la oración la posibilidad de pedir mi admisión como supernumeraria. La vocación no solo es un regalo que Dios te concede, también requiere que tú quieras recibirla; y, en consecuencia, responder libremente a ese llamado. Yo estaba dispuesta a aceptarlo.

Viajaba en bus desde Chiclayo hasta Piura. Recuerdo que los asientos estaban separados por plásticos, debido a las medidas de seguridad establecidas durante la pandemia de COVID-19. Eran aproximadamente tres horas de viaje de ida y otras tres horas de regreso.

Aunque en Chiclayo también había centros de la Obra, viajaba a Piura porque era el lugar al que había asistido durante casi diez años y donde ya me conocían. Por mi parte, buscaba todas las maneras posibles de poder avanzar, porque pedir la admisión era algo que anhelaba profundamente.

En diciembre de aquel año viajé con la esperanza de poder escribir mi carta. Deseaba que fuera una fecha especial, relacionada con alguna fiesta de la Virgen o con algún santo. Sin embargo, cuando llegué, me dijeron que debía seguir encomendándolo, llevarlo a la oración y esperar un poco más. Debo reconocer que me costó mucho continuar esperando. Yo tenía claro lo que quería y sentía que ya estaba preparada. Aun así, obedecí.

Con familias en el Club Costa de Lima

Una fecha especial: la fiesta de la virgen del Carmen

Al año siguiente me pidieron que viajara para conversar con la directora. Hice el viaje el 16 de enero y ese día me dijeron que ya podía pedir la admisión como supernumeraria. ¡Estaba feliz! Sin embargo, había algo que no terminaba de cuadrarme: el 16 de enero no era, al menos para mí, una fecha especial, relacionada con la Virgen, con algún santo o con la historia de la Obra. Pero, más allá de eso, estaba inmensamente feliz. Lo había logrado.

Seis meses después viajé nuevamente para confirmar mi decisión, pues habitualmente se deja transcurrir ese tiempo para que la persona pueda reafirmar libremente su vocación. Cuando vi la fecha, descubrí que era 16 de julio, día de la Virgen del Carmen y confirmé mi decisión de ser miembro de la Obra. Para entonces, ya habíamos comprendido que tener otro hijo no era una posibilidad, a pesar de haberlo intentado de todas las maneras que estuvieron a nuestro alcance.

En ese momento no llegué a comprender por completo todo lo que aquella fecha significaba. Fue más adelante, ya de regreso en Lima, durante una conversación con quien entonces era la responsable de la labor de las supernumerarias, cuando caí en la cuenta. Había pasado exactamente un año desde la confirmación de mi admisión.

¿Qué significa que la Obra es un hijo más?

Entonces entendí que Dios, por intercesión de san Josemaría, a quien tanto se lo había pedido, nos había regalado un hijo más. Era mujer y se llamaba Carmen, porque mi admisión definitiva en la Obra había sido confirmada el 16 de julio, día de la Virgen del Carmen. Es decir, que mi cuarto hijo sería mi vocación a la Obra por eso de querer a la Obra como un hijo más.

La expresión de ver la Obra como un hijo más, es una metáfora de san Josemaría, con el propósito a mover a la acción a sus hijas e hijos casados del Opus Dei, a fin de verla con la misma preocupación con la que velan por el progreso de un hijo, a seguir cada uno de sus pasos, a interesarse por sus problemas, a colaborar en su crecimiento en todas las etapas de su vida.

Ese celo paterno y materno, es a lo que se refería el fundador del Opus Dei, cuando decía verla como un hijo más. Aparentemente uno podría pensar que exageraba, pero cuando pasan los años, y vamos ganando en perspectiva, sólo cabe el agradecimiento a Dios por el don de la vocación y viendo que la "deuda" con la formación recibida en la Obra, es impagable.

Con compañeras de la labor en Lima

Me pareció increíble. Dios tiene sus tiempos y me había dado la posibilidad de pedir la admisión un día que, en aquel momento, yo no consideraba especialmente significativo. Me había hecho esperar, aunque a mí me costara comprenderlo, pero el regalo que tenía preparado era mucho más grande.

Por eso siempre digo, recordando lo que enseñaba san Josemaría, que la Obra es un hijo más.

Por eso siempre digo, recordando lo que enseñaba san Josemaría, que la Obra es un hijo más. En mi caso, siento que Dios me la regaló literalmente como esa hija que tanto habíamos pedido. No de la manera en que nosotros lo habíamos imaginado, sino de una forma distinta, como muchas veces suele actuar Dios. Pero que fue un bien y un regalo para toda mi familia.

El cuidado de los medios de formación espiritual

San Josemaría enseñaba que la vida conyugal y la labor apostólica forman parte esencial de nuestra vocación matrimonial y espiritual. No son aspectos separados de nuestra vida, sino que forman parte de nuestros deberes, de nuestras responsabilidades y de nuestra dinámica familiar.

Cada vez que debo asistir a algún medio de formación, me ayuda pensar en mis hijos. Por ellos soy capaz de organizarlo todo, dejar otras actividades o hacer cualquier esfuerzo para llegar a tiempo a una presentación, una competencia o alguna actividad importante, porque quiero acompañarlos y estar presente.

Con la Obra sucede algo parecido. También organizo mi tiempo, hago el esfuerzo y me doy ese espacio. Mis hijos lo saben. También lo es para mi esposo, quien, después de que yo pidiera la admisión, él también lo hizo, tras frecuentar un centro de la Obra.

Una de las cosas más importantes que podemos hacer como esposos y como padres es poner todo nuestro esfuerzo en ser mejores nosotros mismos, para poder transmitir después esa lucha a nuestros hijos.

Una de las cosas más importantes que podemos hacer como esposos y como padres es poner todo nuestro esfuerzo en ser mejores nosotros mismos, para poder transmitir después esa lucha a nuestros hijos. Que vean que nos cuesta, que no es fácil, que carecemos de muchas cosas.

Como decía san Josemaría: —Es verdad: por tu prestigio económico, eres un cero..., por tu prestigio social, otro cero..., y otro por tus virtudes, y otro por tu talento...Pero, a la izquierda de esas negaciones, está Cristo... Y ¡qué cifra inconmensurable resulta!». Por supuesto, también les enseñamos el profundo cariño que sentimos por la Obra, por nuestro padre, san Josemaría y por quienes lo han sucedido.

Conocí la Obra a los 17 años gracias a la invitación de una amiga. En aquel momento no podía ni imaginar todo lo que esa sencilla invitación iba a significar para mí, para mi matrimonio y para mi familia. Hoy puedo reconocer que Dios se valió de ella para acercarme a él; y muchos años después, para regalarnos a Carmen: ese hijo espiritual que llegó de una manera distinta a la que esperábamos, pero exactamente como Dios lo había pensado para nosotros.

Fátima Mendoza