Montefalco, 1950: una iniciativa pionera para la promoción de la mujer en el ámbito rural mexicano

A principios de 1951, en búsqueda de un lugar en las afueras de la ciudad donde pudieran echar a andar algunas actividades formativas, algunas fieles del Opus Dei —Manuela Ortiz, Cristina Ponce y Margarita Mendoza, entre otras— visitaron Montefalco.

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Las mujeres se impresionaron al ver el estado ruinoso del lugar. Durante la Revolución, la hacienda azucarera de Santa Clara de Montefalco había sido quemada en su totalidad, a excepción de la Iglesia, del muro que rodeaba a la propiedad y de las bodegas. A pesar del lamentable estado de la construcción, aquellas jóvenes percibieron el enorme potencial humano de la zona. En consecuencia, Don Pedro Casciaro se encargó de impulsar la reconstrucción de la hacienda en 1952 y las visitas periódicas al lugar comenzaron en 1954.

Los inicios de Montefalco están hondamente entrelazados con la vida de Guadalupe Ortiz de Landázuri, cuya fe optimista contagiaba a las demás. Así se logró “que las actividades se desarrollasen en un clima acogedor y digno, a pesar de las escaseces materiales en las que se desenvolvían”.

Además, todas trabajaban impulsadas y animadas por Mons. Josemaría Escrivá –canonizado el 6 de octubre de 2002– que en 1952 les escribía: “Pienso que esa labor con campesinas será de mucha gloria de Dios y un gran servicio para esa gran nación: cuántas almas santas vais a encontrar”.

Las primeras maestras –Lourdes Chapa, Victoria Segovia y Guadalupe Herrera– se dedicaron a buscar en los alrededores de la ex hacienda a chicas mayores de catorce años que quisieran estudiar en la granja-escuela Montefalco, que inició clases en enero de 1959 con treinta y tres chicas.

Las clases se impartían por la tarde para que las alumnas tuvieran tiempo de ayudar en el campo y en las labores del hogar por la mañana. Los estudios duraban dos años, pero si no se tenía la educación primaria completa, las alumnas debían cursar un año más.

“Las clases prácticas comprendían corte, bordado, cocina casera y repostería, artesanías con tejido de mimbre y henequén y nociones elementales de carpintería y decoración. Dentro de las materias teóricas se impartían lenguaje, caligrafía y ortografía, aritmética, higiene, historia y geografía, economía doméstica y religión”.

Aparte de las clases regulares, en Montefalco también se organizaban actividades extraescolares en las que podían participar las mamás y hermanas de las alumnas, y se disponía de un centro de alfabetización para chicas de todas las edades.

El bien ganado prestigio de la escuela se fue extendiendo a otros pueblos y posteriormente se abrió el Bachillerato y la Escuela Normal de Educadoras. Muchas de las alumnas de Montefalco han continuado sus estudios universitarios. Las egresadas del Colegio Montefalco ya suman alrededor de 4 mil.

Son mujeres que inciden positivamente en sus familias y en el Valle de Amilpas y sus alrededores, zona donde hace más de cincuenta años se sembraron sólo sueños que ahora se han transformado en una cosecha abundante de educación y bienestar.