Del 25 al 28 de septiembre, el papa León XIV realiza su primer viaje apostólico a Francia. París, Saint-Denis, Lourdes y Metz: en cuatro días, el Papa recorre lugares que reflejan cada uno una faceta particular de Francia y de su historia cristiana. Recogemos aquí, jornada a jornada, los momentos clave de la visita.
Lunes 28. Metz
- Encuentro interreligioso en Metz
- Encuentro «A las raíces de Europa por la paz y la unidad»
- Misa en la catedral de Metz
Domingo 27. Lourdes
- Encuentro con los obispos de Francia
- Misa en la explanada del santuario de Lourdes
- Encuentro con los enfermos del Accueil Notre-Dame
- Rosario y procesión de las antorchas
Sábado 26. París y Lourdes
- Visita a la Maison Bakhita
- Encuentro con la Asamblea sinodal, los catecúmenos y los neófitos
- Misa multitudinaria en la Place de la Concorde
- Oración ante la gruta de Massabielle, en Lourdes
- Encuentro con las autoridades - Palacio del Elíseo
- Visita a la UNESCO
- Vísperas en la Catedral de Notre-Dame de París
- Vigilia de oración con los jóvenes - “Stade de France” (Saint-Denis)
Lunes 28. Encuentro interreligioso en Metz
El lunes, última jornada del viaje, el Papa llegó a Metz, junto a las fronteras con Alemania y Luxemburgo. La ciudad cambió de país varias veces y sufrió tres guerras en menos de un siglo; allí vivió también Robert Schuman, uno de los padres de la Unión Europea. En el centro de congresos que lleva su nombre, León XIV se reunió con representantes de distintas tradiciones religiosas.
El Papa recordó que Schuman supo transformar «las antiguas líneas de fractura en puntos de esperanza» y señaló que los creyentes tienen hoy una tarea parecida: mostrar que, más allá de las fronteras, siempre es posible reencontrarse y construir la paz. Defendió un diálogo sin complejos: «Dialogar no disminuye nuestra identidad, sino que la expresa con simplicidad y verdad».
Advirtió contra el uso de la religión para justificar la violencia. Invocar el nombre de Dios para legitimar la opresión, afirmó, «es una profanación de este nombre», y el discurso religioso debe ayudar a «desarmar los corazones y las palabras».
Pidió también a las religiones que se muestren como guardianas de la vida, especialmente junto a los más frágiles, porque «la grandeza de una civilización no se mide por sus éxitos materiales, sino por la manera en la que abraza, protege y eleva la persona humana».
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Encuentro «A las raíces de Europa por la paz y la unidad»
Antes de la celebración de la Misa, el Centro de Congresos Robert Schuman acogió el último gran discurso de la visita apostólica. En el recinto, junto al presidente Emmanuel Macron y el cardenal Jean-Marc Aveline, se dieron cita los obispos franceses, representantes de diversas conferencias episcopales y altas autoridades de las instituciones europeas. Inspirándose en la histórica Declaración Schuman de 1950, el Papa León XIV repasó los cimientos del continente para confrontarlos con su realidad presente.
Al señalar el deterioro del panorama geopolítico, advirtió que «las relaciones humanas y entre estados se vuelven cada vez más inhóspitas; se menosprecia el valor de la palabra dada y se da por sentada la engañosa costumbre de la mentira». Alertó además contra «la falsa ilusión del rearme» e hizo una pregunta incómoda a los líderes presentes: si realmente se están promoviendo «esfuerzos creativos» por la paz, o si tan solo se busca «detener la hemorragia de la guerra» mientras se alista el terreno para los siguientes conflictos.
Al abordar el fenómeno migratorio, enfatizó que la respuesta no puede reducirse a una mera gestión administrativa: «Acoger a una persona significa integrarla como en la propia familia, ofreciéndole no solo la posibilidad de desplegar sus talentos y capacidades, sino también la de hacer suyo el espíritu de la casa que la recibe».
Asimismo, frente a la prisa contemporánea y la obsesión por «tenerlo todo, ya», León XIV reivindicó el valor de la paciencia y el tiempo: la verdadera solidaridad no se improvisa, se construye con pequeños pasos para garantizar que nadie quede «abandonado u olvidado».
Al final, el Papa dirigió un apasionado llamamiento a las nuevas generaciones: «¡Amen la vida en cada momento y no le teman al futuro! No tengan miedo de formar una familia, de tener hijos, ni de defender la dignidad humana desde el primer instante en el vientre materno hasta su último aliento. No teman trabajar incansablemente al servicio del bien común, incluso a través del compromiso político»
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Misa en la catedral de Metz: el perdón en la «Linterna del Buen Dios»
El viaje del Papa a Francia concluyó este lunes por la tarde con la celebración de la Misa en la catedral de San Esteban de Metz, el emblemático templo conocido como la «Linterna del Buen Dios» por sus más de 6.500 metros cuadrados de vidrieras, entre las que destacan las diseñadas por el pintor judío Marc Chagall. Fue el último acto público de León XIV en suelo francés.
En una región históricamente marcada por las cicatrices fronterizas entre Francia y Alemania, el Pontífice centró su homilía en el poder del perdón. Al reflexionar sobre el pasaje evangélico de poner la otra mejilla, reconoció que a menudo esta actitud suele interpretarse como debilidad, e invitó a todos a hacerse una pregunta interior: «¿Qué producen, en el mundo y en nosotros mismos, actitudes como la venganza, la represalia y el rechazo?».
Su respuesta apeló directamente a la memoria de la propia ciudad: «No es verdad que quien se venga sea más fuerte que quien perdona. No es verdad que quien no cede sea más fuerte que quien busca la reconciliación. No es verdad que quien se marcha dando un portazo sea más fuerte que quien asume el esfuerzo de caminar juntos».
Apoyándose en el profeta Isaías, León XIV comparó la paz con una casa: un regalo de Dios que exige también el trabajo de todos, y que solo se sostiene mediante una caridad capaz de perdonar «sin cálculos ni límites, como en una familia».
Para concluir, el Papa recurrió a la propia luz de la catedral para mirar al futuro de Europa. Recordó que la verdadera convivencia no nace de la uniformidad, sino de «la armonía de las diferencias, donde la herida del pasado se convierte en una fisura que deja filtrar la luz».
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Domingo 27. Rosario y procesión de las antorchas
La noche del domingo, el santuario se llenó de pequeñas luces. Miles de peregrinos, muchos de ellos enfermos en camillas y sillas de ruedas, avanzaron con una vela en la mano mientras rezaban el Rosario con el Papa, respondiendo a lo que la Virgen pidió a santa Bernadette: que se viniera allí en procesión.
El Papa León XIV habló de esa luz como signo de una esperanza que no se apaga ni siquiera en la enfermedad. Se dirigió sobre todo a los enfermos y les dejó unas palabras de san Pablo para guardar: «Los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará».
Recordó que en María, la Inmaculada, «todo vuelve a empezar, todo vuelve a ser posible», y con san Bernardo la presentó como una estrella para quien se siente perdido: «Si la invocas, no puedes desesperar». Al final pidió que la luz que cada uno llevaba en la mano «no se apague jamás» en su vida.
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Domingo 27. Encuentro con los obispos de Francia
La tercera jornada arrancó en Lourdes con un encuentro privado con los obispos franceses. Antes de comenzar, el Papa se detuvo ante la imagen de una escultura que representa a un niño llorando, símbolo de las víctimas de abusos.
El Papa León XIV animó a los pastores a no ceder al desánimo pese a los errores del pasado: «Levántense con esperanza, y no se cansen de anunciar el Evangelio». Reivindicó el lugar de la Iglesia en el debate público —una voz que «aunque no siempre sea escuchada, es esperada» y «necesaria»— y pidió defender su libertad para evangelizar y educar dentro de la particular laicidad francesa.
Sobre los abusos a menores, agradeció las medidas adoptadas y reclamó seguir el camino de la escucha, la verdad, la justicia y la reparación «manteniendo la máxima vigilancia».
El Papa situó a la familia en el centro del futuro de la sociedad, recordando que es en el hogar donde «se aprende a convivir, a respetar al otro, a entregarse desinteresadamente». Con esa convicción, cerró su mensaje con un deseo explícito: «¡Que Jesús viva plenamente en las familias católicas de Francia!».
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Domingo 27. Misa en la explanada del santuario de Lourdes
Unos 100.000 fieles, entre ellos numerosos enfermos en silla de ruedas acompañados por voluntarios, llenaron desde el amanecer la pradera del santuario de Lourdes, a orillas del río Gave y frente a la gruta, para la Misa dominical.
En su homilía, el Papa León XIV volvió al corazón del mensaje que la Virgen confió a santa Bernadette: la conversión. Evocó el triple «¡Penitencia!» pronunciado en Massabielle y explicó que se trata de «una obra inspirada por el amor».
Recordó además otra frase de María a Bernadette que desconcierta a una sociedad centrada en el bienestar: «No te prometo que serás feliz en este mundo, sino en el otro». Frente a las corrientes que pretenden redefinir el valor de la vida ante la enfermedad o la vejez, presentó Lourdes como el lugar donde «no se rechaza ninguna fragilidad». A los enfermos les aseguró que sus sillas de ruedas y sus lágrimas ocultas «no son obstáculos», y que su papel en la Iglesia es insustituible.
A todos los peregrinos les dijó: «No se irán de Lourdes tal y como llegaron: se marcharán como misioneros de la esperanza».
Antes del Ángelus, recordó que en esa gruta la Virgen se apareció con el rosario en la mano, e invitó a todas las comunidades cristianas a rezarlo durante el mes de octubre para que «cesen las guerras y se restablezca la paz entre los pueblos en conflicto».
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Domingo 27. Encuentro con los enfermos del Accueil Notre-Dame
Por la tarde, León XIV acudió al Accueil Notre-Dame, la casa del santuario dedicada a acoger y atender a los peregrinos enfermos, para compartir un momento de cercanía con ellos y con sus acompañantes.
A partir de la escena de la Anunciación —lema pastoral del santuario este año—, el Pontífice centró su mensaje en la mirada de María, quien contempla a cada ser humano «como a una persona única» y confirma que «ninguno es invisible a los ojos de Dios». En esa certeza fundamentó el valor inalienable de todo individuo, recordando que se es «digna» por «el mero hecho de existir y de tener como fin la eternidad». Una condición sobre la que fue tajante: «su dignidad no se mide ni se discute».
Consciente de las situaciones marcadas por sufrimientos «a veces terribles», fue claro ante el debate sobre el final de la vida para rechazar «la tentación de quitar la vida con el pretexto de una falsa compasión», enfatizando que «lo que es legal no es necesariamente moral».
Dirigiéndose a médicos, enfermeros, camilleros y voluntarios, definió el núcleo de su vocación: «hacerse cargo de una persona que sufre, y no eliminarla». Tras instar a promover los cuidados paliativos y «acompañar con ternura a los enfermos» —sello distintivo de Lourdes—, les hizo un firme llamamiento: «¡Sean servidores apasionados de la vida!». Además, puso en valor su entrega diaria con una reflexión que ennoblece su trabajo: «Cuidando de los cuerpos, ustedes cuidan también de las almas».
Como broche del encuentro, el Papa dedicó unas palabras a los enfermos: «Ustedes no son un peso, son el corazón palpitante de nuestra humanidad y un tesoro precioso para la Iglesia».
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Sábado 26. Visita a la Maison Bakhita
El segundo día en París comenzó en la Maison Bakhita, un centro de acogida e integración para migrantes de la Arquidiócesis de París, gestionado por las Hermanas Scalabrinianas y nacido en 2021 a raíz del llamamiento del Papa Francisco a acoger, proteger, promover e integrar.
El Papa León XIV, evocando a santa Josefina Bakhita —la esclava sudanesa que da nombre a la casa—, reivindicó «el papel fundamental de las mujeres en la construcción de una civilización del amor». La historia, recordó, no la escriben quienes se imponen, sino quienes «hacen espacio» y generan confianza.
Frente a la lógica de ricos y pobres, propuso otra mirada: «Nadie es tan pobre que no tenga nada que dar; nadie es tan rico que no tenga nada que recibir». Y dejó una certeza: los pobres no son una categoría, sino «la misma carne de Cristo».
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Sábado 26. Encuentro con la Asamblea sinodal, los catecúmenos y los neófitos
La segunda cita del sábado llevó al Papa al Instituto Católico de París, para encontrarse con la Asamblea Eclesial Provincial y, sobre todo, con quienes renuevan la Iglesia por su decisión de bautizarse: catecúmenos que se preparan y neófitos recién bautizados.
Tras escuchar los testimonios de Josué, Marielle y Sophie, el Papa León XIV expresó su asombro ante «la obra imprevisible de Dios». En un país tan secularizado como Francia, dijo, resulta paradójico el creciente número de adultos que piden los sacramentos, un signo de la gracia que «supera los análisis estadísticos y sociológicos» y contradice todo «pesimismo estéril».
Pero advirtió contra la autocomplacencia: ese asombro «no debe encerrarnos en una satisfacción ingenua», sino impulsar acciones pastorales concretas. Pidió una Iglesia «en estado de iniciación», capaz de acompañar con «cercanía, compasión y ternura» a quienes se acercan, respetando el ritmo de cada uno y sin dejarlos solos tras el bautismo, para evitar ese «vacío» del que habló uno de los testimonios.
El Papa subrayó que estos nuevos cristianos no solo reciben: «Su fe es un tesoro que se ofrece a la Iglesia en Francia y a la Iglesia universal». Lo ilustró con san Agustín, cuya fe era apenas una semilla al bautizarse y llegó a ser «un árbol tan grande» que aún hoy da consuelo.
El Papa animó a apoyarse en los santos de Francia —santa Teresa del Niño Jesús y su «caminito» de confianza, san Martín de Tours y su caridad— y que nos recuerdan que la misión se construye hoy «custodiando ante todo la presencia del Señor en la vida cotidiana». Y lanzó una invitación directa a los nuevos cristianos: «¡Sean ustedes también misioneros del Evangelio en esta sociedad!».
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Sábado 26. Misa multitudinaria en la Place de la Concorde
La cita más multitudinaria de la jornada convirtió la monumental Plaza de la Concordia de París —entre el jardín de las Tullerías y los Campos Elíseos— en un inmenso templo a cielo abierto ante unas 700.000 personas. El Papa León XIV articuló su homilía en torno a la invitación evangélica: «El que tenga sed, que venga a mí y beba», refiriéndose a una sed existencial «de sentido, de verdad y de plenitud» en medio de un mundo acelerado.
Durante la celebración, el Pontífice profundizó en la experiencia del vacío interior que reaparece de forma paradójica al alcanzar nuestras metas o terminar nuestros proyectos. Frente a los «pequeños ídolos que prometen la luna pero dejan vacío el corazón», recordó que para Dios «ninguno de nosotros es un número de serie, sino una persona única e insustituible».
Aceptar esta verdad es el primer paso para abrirse a la esperanza: «Nuestras vidas son frágiles, vulnerables, destinadas a atravesar la muerte, pero también son maravillosas, milagrosas, capaces de renovarse en sus relaciones y de abrirse al amor verdadero». Por ello, instó a familias, jóvenes y nuevos bautizados a no guardar la fe en el ámbito privado, sino a dejar que se desborde hasta convertirse, según una célebre imagen de Orígenes, en «pozo, manantial y río» de fraternidad para la sociedad.
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Sábado 26. Oración ante la gruta de Massabielle, en Lourdes
Al caer la tarde del sábado, el avión que traía al Papa desde París aterrizó a las 19:00 en el aeropuerto de Tarbes-Lourdes y las campanas de la ciudad pirenaica empezaron a repicar. Camino del santuario, León XIV se detuvo a saludar y, desde un puente sobre el río Gave rebautizado para la ocasión como «Puente León XIV», bendijo una estatua mientras un coro cantaba.
Las voces que entonaban el «Ave María» cedieron el paso al silencio cuando el Pontífice se arrodilló ante la gruta de Massabielle, el lugar donde en 1858 santa Bernadette vio por primera vez a la «dama de blanco». Como cualquier peregrino, tocó la roca de la gruta y bebió agua del manantial, cumpliendo la petición que la Virgen hizo a Bernadette: «Ve a beber a la fuente y lávate allí».
Después hizo una oración pausada a Nuestra Señora de Lourdes por Francia. Pidió para su pueblo «el don de la concordia fraternal» y una sociedad «que destierre toda violencia y todo odio», donde cada uno pueda «trabajar, formar una familia y vivir plenamente su vida hasta el final». Rogó por gobernantes «sabios y generosos», capaces de defender los derechos humanos y de rechazar «para siempre la lógica de la guerra».
En la última parte, encomendó a las familias cristianas, las vocaciones y, de manera especial, «a las personas enfermas y que sufren» y a quienes las acompañan, venidos a Massabielle a buscar fuerza y sanación. Tras confiar a la Virgen a los difuntos, la visita culminó con un gesto de profunda veneración reservado a los Pontífices: la ofrenda de una rosa de oro a María.
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Viernes 25. Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático - Palacio del Elíseo
El Papa inició este viernes su visita a Francia en el Palacio del Elíseo, donde fue recibido por el presidente de la República. Tras mantener una breve reunión privada con el mandatario, el Pontífice ofreció un discurso en el que repasó la historia y la vocación de la nación gala con la dignidad humana como hilo conductor.
Durante su intervención, el Papa León XIV definió a Francia como un «faro cultural, artístico y espiritual», al tiempo que destacó la restauración de Notre-Dame como «símbolo de una esperanza recuperada, la prueba de que lo que se creía destruido para siempre puede renacer gracias a la colaboración de todos».
Asimismo, al abordar las raíces cristianas del país y su lema oficial, señaló que la libertad, la igualdad y la fraternidad «remiten a exigencias éticas universales que encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración».
El Pontífice dedicó un eje central de su mensaje a la defensa de la vida. Frente a la tendencia de depositar expectativas ilimitadas en el progreso técnico, advirtió contra las «empresas lucrativas» vinculadas a la manipulación genética, la gestación subrogada o «la oferta de una muerte programada». En este contexto, reafirmó que la protección del derecho a la vida «constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano» y abogó por una «sana laicidad» que, lejos de excluir la religión del ámbito público, promueva el diálogo entre el Estado y la Iglesia «al servicio de lo verdadero, lo bueno y lo bello».
Como cierre, hizo un firme llamamiento a la paz, instando a no resignarse jamás a la guerra ni a darla por «inevitable». «La paz no es un equilibrio de fuerzas, sino que se construye cada día a través del diálogo y la justicia», afirmó, encomendando a Francia la vocación de erigirse en «un incansable artífice de la paz».
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Viernes 25. Discurson en la sede de la UNESCO en París
Invitado por su director general, el Santo Padre visitó la sede de la UNESCO para abordar la dignidad humana, la paz y el diálogo en la era de la inteligencia artificial.
Durante su intervención, el Pontífice reiteró que considera a la organización «un interlocutor privilegiado al servicio del bien común», renovando así el compromiso de casi 75 años de la Santa Sede con un espacio donde «la humanidad reflexiona sobre sí misma, sobre su historia y sobre su futuro».
Ante la tendencia actual de dar por sentadas muchas respuestas, el Papa planteó volver a la pregunta esencial: «¿Qué significa ser humano?». Al respecto, recordó que la condición humana comienza siendo la de un hijo —nadie elige nacer— y, por tanto, la de un hermano o hermana. También subrayó la fragilidad de origen: somos «pobres por nacimiento: necesitados de pan y de palabras, de cuidados y de afecto», definiendo la humanidad como «un don y una prueba, una promesa y una responsabilidad».
De esa dignidad común surge un compromiso especial para quienes trabajan en la educación, la ciencia y la cultura, llamados «a cuidar de cada persona, para que resplandezca la belleza de nuestra libertad». En este marco, advirtió sobre el impacto deshumanizador que puede tener la tecnología: la inteligencia artificial, señaló, «no puede responder a las preguntas sobre el sentido de la vida humana». Por ello, enfatizó la necesidad de proteger a los más jóvenes, cuya vulnerabilidad en el entorno digital «nunca debe convertirse en una oportunidad para la explotación».
Pese a los riesgos señalados, el Pontífice cerró con un mensaje de confianza. Contrapuso la tentación de dominación —simbolizada por la torre de Babel— a la comunión de Pentecostés, donde cada pueblo escucha el mensaje de paz en su propia lengua, concluyendo con una afirmación central: «Cada niño que nace trae consigo esperanza».
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Viernes 25. Vísperas en la Catedral de Notre-Dame de París
Tras caminar dos kilómetros y medio entre Notre-Dame des Champs y la plaza de Saint-Michel, el Santo Padre presidió las Vísperas en la catedral de Notre-Dame de París ante unos 8.000 sacerdotes, religiosos y seminaristas. Aunque el acto reunía a la comunidad consagrada, su mensaje conectó de forma directa con los desafíos, el trabajo y las vivencias de cualquier persona en el día a día.
Al evocar el simple gesto de cruzar el umbral de la catedral, el Papa subrayó que la belleza del templo habla «al corazón inquieto y lo llama a la paz». En medio de una sociedad «hiperconectada y ruidosa», destacó que la sobriedad del canto y del silencio en la liturgia puede ofrecer a cualquiera un verdadero «oasis de paz» frente al ajetreo cotidiano.
Durante su intervención, el Pontífice insistió en que la fe no es un refugio donde atrincherarse para huir de los problemas del presente. Al recordar que Dios envió a su Hijo a un mundo «ya habitado, en movimiento y marcado por las miserias y la bondad humana», abogó por una comunidad de puertas abiertas. En esa labor, situó a los fieles laicos en primera línea, definiéndolos como «la avanzada viva de la Iglesia en las encrucijadas de la vida cotidiana»: el aula, la oficina, el hogar o el trabajo en el campo.
Para sostener ese compromiso sin caer en el desgaste, el Santo Padre remarcó la necesidad de cuidar la vida interior y la amistad con Dios en la oración. Apoyándose en las palabras de la mística francesa Madeleine Delbrêl —«Sin oración, no amaremos a Dios con amor; quizá seamos sus servidores o sus combatientes, pero no seremos ni hijos ni amigos»—, advirtió sobre el peligro de convertir la fe en un mero activismo. Frente al desánimo de una época marcada por la prisa y la falta de certezas, cerró con un mensaje claro: «Es la esperanza la que nos anima, no la resignación».
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Viernes 25. Vigilia de oración con los jóvenes, “Stade de France”
Unos 80.000 jóvenes llenaron el Stade de France, en Saint-Denis, para una vigilia festiva y de oración que cerró la primera jornada de la visita del Pontífice. La noche arrancó con Chloé, una farmacéutica de 25 años comprometida con los barrios populares parisinos, y François, un estudiante de agronomía y monitor scout de Borgoña. Ambos plantearon sus dudas sobre cómo transmitir la fe sin imponerla y cómo elegir un camino de vida sin desanimarse.
El Santo Padre escuchó con atención y puso nombre a las inquietudes que pesan sobre esta generación: la precariedad de los proyectos, la fragilidad de las relaciones, «el cansancio provocado por las pantallas y la ansiedad ante el cambio climático o la situación económica e internacional». Frente a la presión por la imagen y el rendimiento, lanzó una crítica directa al estilo de vida digital que promete plenitud pero deja aislamiento, advirtiendo sobre el peligro de ser empujados «a tenerlo todo, pero a no ser nadie; a recibir una gran cantidad de "me gusta", pero quedándose solo consigo mismo».
Para quienes buscan descubrir su vocación, les recordó que Dios no habla con rodeos, sino que «se dirige a cada uno por su nombre». Como brújula para discernir, sugirió apoyarse en la oración, la ayuda a los más vulnerables y la búsqueda de «un silencio tan raro y tan necesario, lejos del bullicio de los medios», animando a los jóvenes a perder el miedo a responder con generosidad: «¡Heme aquí, Señor!».
En su meditación posterior, el Papa conectó con una idea clave de la identidad francesa: la libertad. La definió no como un concepto abstracto, sino como «una relación viva con Jesús» que se demuestra en las decisiones cotidianas. En esa línea, propuso una regla muy sencilla para saber si una opción es correcta: «El bien da vida, nunca la quita; el bien cuida, no toma para sí».
La velada combinó la oración con un ambiente festivo que incluyó música, luz, representaciones sobre la historia de los santos del país y fuegos artificiales. En el centro del escenario se colocó de forma excepcional la Santa Túnica de Argenteuil junto a una reliquia de la Cruz. La primera, venerada desde la Edad Media como la túnica sin costura que Cristo llevó durante su Pasión, salió por una vez de su santuario para esta vigilia. Ante ambas reliquias, el Pontífice ofreció una última imagen para llevarse a casa: la túnica que fue despojada a Cristo y la cruz que le fue impuesta se transforman, unidas, en un signo de esperanza para cualquiera que hoy busque dar un sentido profundo a su vida.
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