Por Luis Eduardo Jaramillo
Hay escenas que uno espera encontrar en una convivencia de jóvenes: un partido de fútbol, conversaciones hasta tarde, alguna broma que termina sacando una carcajada a todo el grupo. Pero hay otras que sorprenden más. Verlos hacer un rato de oración -guiado por un sacerdote- en la mañana, repartir mercados horas después, pasar la tarde enseñándole a nadar a un compañero que nunca había entrado a una piscina y terminar el día rezando el rosario antes de reunirse para ver el partido de la Selección Colombia no es algo que se vea todos los fines de semana.
Aunque conozco el Opus Dei desde hace años, solo recientemente decidí acercarme un poco más a algunas de sus actividades. Como profesor en un colegio del norte de Bogotá, me interesa conocer experiencias educativas y sociales diferentes de las que encuentro cotidianamente. Por eso comencé a colaborar en algunas sesiones de economía y herramientas tecnológicas para jóvenes que se preparan para su futuro universitario. Ese acercamiento me permitió conocer la labor que realiza Monteverde en el suroccidente de Bogotá y, poco después, recibí una invitación inesperada: participar en una labor social de fin de semana en San Antonio del Tequendama. Llegué movido por la curiosidad y con una pregunta: ¿cómo se integraban en una misma experiencia la formación espiritual, las actividades recreativas y el servicio social? Lo que encontré fue mucho más que un programa de actividades.

Desde el primer momento me llamó la atención la naturalidad con la que transcurría todo. La Santa Misa y la meditación marcaban el inicio del día; las tertulias surgían espontáneamente alrededor de una conversación; el rosario reunía de nuevo al grupo al llegar la noche. Entre una actividad y otra había deporte, caminatas, risas, trabajo en equipo y tiempo para descansar. Nada parecía competir entre sí. Todo tenía un lugar.
Lo más revelador no estaba en el programa, sino en la manera como los jóvenes se relacionaban. Siempre había alguien pendiente de ayudar: uno cargaba las maletas de un compañero sin que nadie se lo pidiera; otro se levantaba para servir las bebidas durante el almuerzo; alguien más repartía el postre o se acercaba a preguntar si hacía falta algo. Eran gestos sencillos, casi imperceptibles, pero constantes. Poco a poco entendí que no respondían a una lista de tareas: nacían de una manera de mirar al otro.
La jornada de servicio confirmó esa impresión. Después de preparar y entregar mercados a familias de la región, el grupo visitó un hogar para personas mayores. Allí no se limitó a ofrecer una ayuda material. Los jóvenes escucharon historias, conversaron, bailaron con los residentes y compartieron con ellos una tarde distinta. Al terminar, varios comentaban cómo la experiencia los había llevado a pensar en sus propios abuelos, en la soledad que viven muchas personas y en la facilidad con la que a veces damos por sentado lo que tenemos. Más que una actividad social, fue una oportunidad para dejarse interpelar por la realidad de los demás.

Una escena de aquella visita se quedó especialmente grabada en mi memoria. Una de las residentes tenía una dificultad auditiva muy marcada. Durante buena parte de la tarde, uno de los jóvenes intentó conversar con ella hablándole más fuerte, aunque con resultados limitados. Más tarde, durante la Misa celebrada en el hogar, encontró otra manera de acompañarla. Se sentó a su lado y, con gestos discretos, fue indicándole cada momento: cuándo ponerse de pie, sentarse, arrodillarse durante la consagración y acercarse a recibir la comunión. Entre señas, sonrisas y miradas cómplices, logró que ella siguiera la celebración de principio a fin. Fue un detalle pequeño, casi inadvertido para la mayoría, pero resumía muy bien el espíritu de aquellos días: estar atentos a la necesidad concreta de cada persona y encontrar la manera de acompañarla.
Otro momento difícil de olvidar ocurrió en la piscina. Uno de los participantes contó, con toda naturalidad, que no sabía nadar. Bastó esa confesión para que el resto del grupo se organizara espontáneamente alrededor de él. Unos daban consejos, otros lo acompañaban dentro del agua y varios se turnaban para animarlo y enseñarle. Nadie parecía preocupado por demostrar quién nadaba mejor; lo importante era que ninguno se quedara por fuera.
El Señor quiere que los cristianos pensemos en quienes nos rodean, y sirvamos a la sociedad. Ahí está también el secreto de la felicidad cristiana: hacerse portador del mensaje de Jesús
Muchas de aquellas amistades eran relativamente recientes. Buena parte de los jóvenes se había conocido en los programas de formación de Monteverde y, sin embargo, la cercanía con la que se trataban hacía pensar que llevaban toda la vida juntos. Ese vínculo no implicaba uniformidad. Algunos aprovechaban los espacios libres para caminar y reflexionar; otros preferían conversar durante horas, jugar fútbol o hacer reír al grupo. Había quienes buscaban el sacramento de la reconciliación y quienes simplemente necesitaban sentarse a hablar con alguien. No existía un molde único: cada uno encontraba su manera de vivir esos días, con un mismo horizonte de crecimiento personal y de encuentro con Dios.

Mientras observaba todo aquello comprendí que el espíritu del Opus Dei no aparecía solamente en los momentos explícitamente religiosos. Estaba presente cuando alguien servía un plato de comida, cuando un joven escuchaba la historia de una persona mayor, cuando otro cedía su tiempo para ayudar a un compañero o cuando una tertulia se convertía en una conversación profunda sobre la vida. Sin necesidad de grandes discursos, aquellos días hacían visible una enseñanza central de san Josemaría: buscar la santidad en la vida ordinaria, también en los pequeños actos de cada día.
Al regresar a Bogotá entendí que lo más valioso de la convivencia no había sido salir de la ciudad ni cambiar de ambiente durante un fin de semana. Lo verdaderamente importante fue descubrir que aquello podía vivirse también en la vida cotidiana. No hace falta esperar el próximo encuentro para volver a encontrar a Dios: también puede encontrarse en el trabajo bien hecho, en una conversación sincera, en el servicio silencioso, en el tiempo dedicado a la familia o en la atención a quien más lo necesita. Quizá esa fue la enseñanza más profunda que me dejó Monteverde: cuando Dios ocupa el centro, servir, trabajar, descansar, reír, jugar y rezar dejan de ser momentos separados y empiezan a formar parte de una misma vida.

