El rey David había pecado gravemente. A pesar de tener «el río de las generaciones desde Abraham hasta Jesucristo rugiendo por su sangre como Dios»[1], se dejó engañar por el mal. Tomó a la mujer de Urías, uno de los hombres más fuertes de su ejército, y a este lo envió a pelear en primera fila para que muriese. Él, que llevaba «los diez mandamientos en su corazón»[2], estaba ciego para reconocer su profundo error. Acude entonces a su palacio el profeta Natán, enviado por el Señor. Puede parecer curioso, pero el profeta no viene a recitarle la ley mosaica, ni a recordarle sus responsabilidades como guía del pueblo elegido. Al encontrarse frente a frente con David, le dice, sin más preámbulos: «Había dos hombres en una ciudad…» (cfr. 2S 12,1-7). Natán le cuenta a David una historia.
Tú eres ese hombre
El profeta relata la historia de un hombre rico que, aun teniendo ovejas en abundancia, no encuentra reparos en tomar una corderilla —la única posesión de su vecino pobre, que la cuidaba como si fuera su propia hija— para ofrecérsela en banquete a un invitado. David escucha atentamente el relato de Natán, y va creciendo en él la indignación hasta que se pone en pie y exclama: «¡El que haya hecho tal cosa es reo de muerte!». David calcula incluso rápidamente la compensación económica necesaria para reparar la injusticia. El profeta da entonces por terminada la narración, y por cumplida su tarea. «Tú eres ese hombre», se limita a añadir, por toda clave de lectura. Natán no necesita decir más. Tampoco David: más claro imposible. Como testimonio de su arrepentimiento nos quedará el salmo 51, súplica del rey pecador ante Dios[3].
¿Qué sucedió durante esos minutos en el corazón y en la cabeza de David? ¿Por qué un relato ficticio logró que el rey viera con claridad la mentira en la que estaba viviendo? ¿Un cuento puede iluminar algo que no comprendíamos bien sobre el mundo o sobre nosotros mismos? ¿Una historia que en realidad nunca sucedió no es, a fin de cuentas, algo trivial? Preguntas de este tipo son las que se haría siglos después Aristóteles, al escribir su Poética. El filósofo griego necesitaba comprender por qué, al observar las acciones de los personajes en una obra de teatro, le parecía que descubría algo nuevo en su interior. Y así nació ese tratado, que se convertiría en una referencia no solo para guionistas y autores, sino también para los espectadores —entonces de teatro, ahora también de cine o series de televisión[4]— que quisieran sacar el mayor fruto posible de los momentos en los que se sentaran frente a una historia.
Nuestro mundo en una pantalla
En la historia de las artes, la invención de la fotografía marcó un antes y un después. Por primera vez, los artistas podían tener como material de trabajo no la arcilla o los pigmentos, sino una reproducción automática de la misma realidad: un pedazo de mundo, un dibujo hecho con la misma luz. De ahí, por ejemplo, nuestra fascinación por las fotografías antiguas: aunque muchas veces ni siquiera se distingue con facilidad lo que sucede en esas imágenes borrosas, o ni siquiera se identifica bien quién es quién, lo que nos cautiva de esos retratos a blanco y negro es en realidad su origen, la realidad misma. La fotografía, la escritura de la luz, «nos permite admirar en su reproducción el original que nuestros ojos no habrían sabido amar»[5], como señaló uno de los grandes estudiosos del mundo audiovisual.
Con la fotografía surgía, pues, un arte íntimamente ligado a la realidad, anclado a ella como una estatua a su molde. Solo era cuestión de tiempo que se abriera paso el eslabón siguiente, el cine: esa proyección de la realidad en su dinamismo permanente, una pantalla que parecía capaz de contener el mundo y girar con él. No es raro que en las crónicas de las primeras funciones cinematográficas se perciba un profundo estupor ante ese misterioso movimiento que sucedía en la pantalla.
Cada nuevo desarrollo de las técnicas de filmación y edición ha generado un nuevo debate acerca de lo que es propiamente el cine. Pero, en líneas generales, podemos decir que la fascinación ante las películas y las series surge de estar de frente a la proyección de nuestro mundo y, más específicamente, de contemplar las decisiones que suceden ahí dentro. Un dentro que es, paradójicamente, al mismo tiempo, acá afuera, incluso en las películas de fantasía o animación. Cuando nuestra atención es conquistada por lo audiovisual, nos sucede algo parecido a lo que le pasó al Rey David escuchando a Natán. Lo que hizo el rey sentado en el salón de su palacio, y más tarde el filósofo en el ágora griega, lo hacemos nosotros hoy muchas veces al ver una serie de televisión en casa, o una película en el cine, o en cualquier otro lugar a través de las mil pantallas que nos rodean: fijamos nuestros sentidos en las historias.
La contemplación en medio del cine
Una mirada superficial podría llevar a pensar que esos momentos de inmersión en un relato audiovisual son un paréntesis en nuestra relación con Dios. Sin embargo, para un alma que busca transitar por caminos de oración, puede suceder exactamente lo contrario: si la contemplación, más que en hacer muchas cosas, consiste en escuchar a Dios que nos habla a través de lo que nos rodea, también las historias nos pueden llevar hacia él. El Señor está sentado a nuestro lado en la butaca, con ganas de que veamos lo que él ve, dejándonos impresionar por lo que otros tienen para contar, a veces doloroso, afinando nuestra sensibilidad para escuchar o para admirarnos ante gestos y cosas pequeñas. Disfrutar con lo bello limpia nuestros sentidos, muchas veces saturados de sensaciones fuertes; nos hace más sensibles ante nuestro entorno, y pone así las bases humanas para la contemplación sobrenatural.
«¡Qué difícil es leer!»[6], exclamaba sorprendido un filósofo contemporáneo. Lo mismo puede decirse del cine: ver una buena película no siempre es fácil. Para disfrutar con cosas cada vez mejores, para descubrir lo que se esconde detrás de la primera apariencia, hace falta estar dispuesto a cultivarse, a aprender: como los niños, que poco a poco van descubriendo sabores más complejos o sutiles. David no hubiera sido capaz de emocionarse con el relato de Natán, ni de reconocer su propia injusticia, si no hubiera sido unespectador activo, abierto, dotado de una paciente atención. No es casual que el verbo latino spectare signifique «observar con los ojos»;y que, al añadirle un prefijo, se convierta en expectare, que significa «esperar atentamente». Estos procesos interiores, aunque pueda tomar su tiempo generarlos, nos ayudan a escoger cosas valiosas.
San Juan Pablo II era aficionado al teatro, tanto como actor, espectador y escritor. De ahí que la explosión popular del cine también le interesara de manera particular, aunque enseguida distinguía el cine que nace solo para entretener de otro con expectativas más profundas. «Además de las películas que tienen como finalidad principal el entretenimiento, existe un filón cinematográfico más sensible a los problemas existenciales. Su éxito es, quizá, menos espectacular, pero en él se refleja el trabajo de grandes maestros que, con su obra, han contribuido a enriquecer el patrimonio cultural y artístico de la humanidad. Ante estas películas el espectador se siente impulsado a la reflexión, hacia los aspectos de una realidad a veces desconocida, y su corazón se interroga, se refleja en las imágenes, se confronta con perspectivas diversas, y no puede quedar indiferente»[7].
Identificar nuestra manera de mirar
Es posible que los primeros títulos de películas o series que vengan a nuestra memoria no calcen con esta descripción ambiciosa: gran parte de los productos audiovisuales que se consumen son fabricados para ser utilizados como una opción de descanso, análoga a salir a dar un paseo, practicar un poco de deporte, o pasar el rato. A veces, incluso, están pensados únicamente para estimular los sentidos durante un tiempo, sin aspirar a mucho más que evadir la rutina. Con todo, existe también un cine con el que se puede descansar, al mismo tiempo que se descubren nuevos horizontes y se abre la mente a nuevos desafíos intelectuales o existenciales.
No todo el mundo está sentado frente a la pantalla de la misma manera, al igual que no toda la música que entra por los oídos –desde ritmos frenéticos de baile hasta grandes composiciones clásicas– genera una misma actividad en la persona. En el primer caso se obtendrá la mayor parte de las veces simplemente un momento de diversión, mientras que en el segundo pueden incluso darse, junto a la diversión, grandes movimientos de reflexión, de observación crítica, de introspección, e incluso de conversión[8]. Lo mismo sucede con el cine: puede ser una manera de subirnos en la bicicleta de otro para adentrarnos en maravillosos territorios inexplorados, también dentro de nosotros mismos. Y, en este caso, necesitaremos desarrollar ciertas capacidades de paciencia, perseverancia, aprender a apreciar las pausas, los silencios… porque lo arduo también forma parte de la narrativa. Sin embargo, el cine también puede funcionar simplemente como un pequeño motor que ponemos en nuestra rueda para terminar la jornada con un poco de distensión. En ambos casos —es importante retenerlo— el paisaje observado se quedará en nuestro interior, y dará forma a nuestra sensibilidad.
La manera de colocarme frente a la pantalla, que podrá variar de acuerdo a la necesidad del momento, es la que da forma a la acción que estoy verdaderamente realizando. Y, al mismo tiempo, es esa manera de mirar —lo que yo, como espectador, espero de ese momento– la que determinará el tipo de historias que dejo entrar por mis sentidos, aun teniendo acceso a cualquier opción desde el bolsillo. «Todo está conectado —decía el Papa Francisco en un encuentro con cineastas— a la intencionalidad que se pone en la visión, que no es solo un ejercicio ocular, sino algo más. Es la mirada sobre la realidad. La mirada, en efecto, revela la orientación más diversificada de la interioridad, porque es capaz de ver las cosas y de ver dentro de las cosas»[9].
¿Cómo escoger cada vez mejores historias? ¿Qué momentos dedicar al cine o a la televisión? ¿Cómo hacerlo de la manera más enriquecedora? C. S. Lewis decía que la mejor defensa contra la mala literatura son muchas experiencias de buena literatura[10]: mucho mejor que observar todo con recelo es ponerse en búsqueda de lo excelente, aunque no siempre demos con ello enseguida. Y lo mismo puede aplicarse a cualquier otro arte, como el cine. La mejor defensa está en aprender a discernir lo bello de lo ideológico, manipulador o superfluo. La mejor defensa está en educar nuestros propios ojos para que sepan reconocer la belleza, es decir, la verdad desde el punto de vista narrativo, que no siempre nos llevará a la propuesta más placentera o cómoda, pero sí a la más fecunda y entusiasmante.
Los anhelos compartidos por todos
En su observación atenta de experiencias análogas a la del rey David, dice Aristóteles que la diferencia entre los relatos históricos y los buenos relatos de ficción —él los llama poéticos, de poiesis, creación— consiste en que estos no tratan de un personaje concreto, que existió en un lugar determinado, con nombre y apellido, sino que muestran «lo que le suele suceder a una persona»[11]. Incluso, por esta razón, los llega a considerar más «filosóficos» y «elevados». Los relatos suelen explorar algún aspecto del deseo humano de alcanzar la felicidad; nos muestran un fragmento de los infinitos caminos, a veces confusos e incluso contradictorios, por los que nos acercamos o nos alejamos de nuestra verdadera meta. Ver una buena película puede ser como situarse frente a un potencial espejo, frente a quien podríamos ser.
«Entrar en un cine —decía el Papa León XIV a un grupo de profesionales del sector— es como cruzar un umbral. En la oscuridad y el silencio, la visión se agudiza, el corazón se abre, y la mente se vuelve receptiva a cosas que aún no has imaginado. En realidad, sabéis que vuestra forma de arte requiere concentración (…). El cine es mucho más que solo una pantalla; es una intersección de deseos, recuerdos y preguntas. Es un viaje sensorial en el que la luz atraviesa la oscuridad y las palabras se encuentran con el silencio»[12].
Otra de las capacidades de los relatos, escritos o audiovisuales, es la de funcionar como una gran sala en la que convergen personas de las más diversas procedencias, tanto geográficas como culturales, sociales o espirituales. Si san Pablo se sirvió de la poesía del primer siglo para buscar un punto de encuentro con el mundo no cristiano que le rodeaba (cfr. Hch 17,28), o san Justino se apoyó en el desarrollo del pensamiento pagano del segundo siglo, no es extraño que encontremos en las historias que se narran en nuestros días, con los lenguajes de nuestros días, los anhelos de felicidad compartidos por todos. El cine, observa san Juan Pablo II, es «un instrumento sensibilísimo, capaz de leer en el tiempo los signos que a veces pueden escapar a la mirada de un observador apresurado»[13]. No son pocas las ocasiones en que un mismo relato resuena de manera similar en personas en todo el mundo. Por eso es hoy importante para el apostolado que cada uno vaya descubriendo historias y modos en los que la verdad se revela a través de lo bello[14].
Descubrir: el verbo es importante. Porque en el terreno de las historias y en el del arte en general, la verdad no se expresa en forma de enunciado claro ni de silogismo irrefutable; más bien interpela, llama al diálogo, busca plantear las preguntas correctas. Si el cristianismo puede considerarse como una respuesta que Dios ofrece a los deseos más profundos del hombre, es nuestra tarea plantear bien los interrogantes. Y muchas veces podremos hacerlo a manera de relato, como Jesús en el Evangelio, teniendo en cuenta que una historia no es una especie de disfraz para colar la verdad de manera desapercibida. Una escritora estadounidense solía decir en ese sentido, cuando le preguntaban por el mensaje de sus historias, que la única respuesta posible era leerlas de principio a fin, ya que un relato «es una experiencia, y no una abstracción»[15]. Si un gran relato fuese condensable en una moraleja breve, de un par de líneas, tal vez no tendría sentido haberle dedicado mucho más tiempo[16].
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Cuando san Josemaría predicó la homilía Amar al mundo apasionadamente en el campus de la Universidad de Navarra —un lugar donde, con el tiempo, se fraguarían muchos profesionales del mundo audiovisual— explicaba que al Dios invisible en realidad «lo encontramos en las cosas más visibles»[17]. Lo encontramos en los instrumentos de trabajo, en el cansancio de quienes nos rodean, en la mesa donde compartimos las comidas familiares... Y, en nuestros días, entre las cosas más visibles, y más vistas, se encuentran también los relatos que se asoman por nuestras pantallas. Pasamos tiempo y dialogamos con ellos. Les abrimos espacio en nuestros sentidos y en nuestro interior. Son parte de los anteojos con los que interpretamos el mundo y nos interpretamos a nosotros mismos. Por eso es decisivo integrarlos en nuestra vida de continua relación con Jesús: para que se conviertan en un lugar de contemplación y de amor al mundo.
[1] J. M. Ibáñez Langlois, El rey David, Universitaria, Santiago de Chile, 1998, p. 39.
[2] Ibíd.
[3] San Josemaría recitaba esta oración diariamente al terminar su jornada, y quiso que así lo hicieran quienes más tarde le sucederían al frente del Opus Dei.
[4] Sobre la relevancia de Aristóteles para el cine, ver, entre otros, P. L. Cano, De Aristóteles a Woody Allen, Gedisa, Barcelona, 2002.
[5] A. Bazin, ¿Qué es el cine?, Rialp, Madrid, 1966, p. 20.
[6] A. Llano, Segunda navegación, Encuentro, Madrid, 2010, p. 300.
[7] San Juan Pablo II, Discurso, 1-12-1997.
[8] Cfr. Benedicto XVI, Audiencia general, 31-08-2011, sobre la «vía de la belleza» como itinerario para llegar hasta Dios.
[9] Francisco, Discurso, 7-12-2019.
[10] Cfr. C. S. Lewis, La experiencia de leer, Alba, Barcelona, 2000, p. 91.
[11] Aristóteles, Poética, 1451b.
[12] León XIV, Encuentro con representantes del mundo del cine, 15-11-2025.
[13] San Juan Pablo II, Discurso, 1-12-1997.
[14] Cfr. J. Ratzinger, Caminos de Jesucristo, Ediciones Cristiandad, Madrid, 2005, p. 37.
[15] Cfr. F. O’Connor, Misterio y maneras, Ediciones Encuentro, Madrid, 2007, pp. 87-88, 109 y otras.
[16] «En la belleza del arte, la esencia es la apariencia misma; o lo que viene a ser lo mismo, en una obra de arte la profundidad es la superficie y la superficie es la profundidad (…). En términos convencionales, el contenido es la forma y la forma es el contenido», señala J. M. Ibáñez Langlois en La belleza y el arte, cap. 5 (Rialp, Madrid, 2023). Es decir: una cosa es un relato con pretensión artística, en donde lo importante está solo allí, en el relato; mientras que otra cosa es un relato a modo de ejemplo de lo que de verdad se quiere transmitir.
[17] San Josemaría, Homilía Amar al mundo apasionadamente, 8-10-1967, en Conversaciones, nn. 113-123.

