Desde hace más de una década, cada 26 de junio, un rincón del Caribe colombiano se viste de fiesta. En la iglesia de San José, ubicada en el barrio La Bonga en Pivijay, el calor no impide que un grupo de fieles se congregue con entusiasmo para honrar a San Josemaría Escrivá de Balaguer.
La semilla de esta devoción la sembró Jesús Morales, psicólogo de profesión y apóstol de vocación. Lo acompañan incondicionalmente su madre Zoraida, su esposa Marilin, su hijo mayor Abraham (13 años), y sus dos pequeñas, María Paz y María Lucía, esta última con apenas un año y tres meses. Junto a ellos, vecinos, amigos y muchos otros feligreses hacen parte de esta familia ampliada.

El altar, florido y sencillo, se cubre con especies de la región, brotadas de esa tierra sabanera generosa y fértil. Durante la homilía, el sacerdote local no solo eleva oraciones, sino que rescata con fervor la vida y legado de San Josemaría subrayando su llamado a la santidad en medio del mundo. La celebración, sin grandes aspavientos, está impregnada de alegría serena y hondura católica.
Nombrar a Pivijay es evocar esa expresión entrañable: “alma provinciana”. A unos 90 minutos de Barranquilla —cuando el ferry sobre el Magdalena está activo— o tres horas desde Santa Marta, este municipio del departamento del Magdalena late con su propia cadencia, entre caminos polvorientos y memorias que se niegan a morir.

El nombre del pueblo proviene del árbol que abunda en la zona. Con su frondosa copa, el pivijay ofrece sombra al campesino sudoroso y al animal errante, una imagen perfecta del abrigo natural que aquí se respira.
Tierra de trabajo y sabor.
Los habitantes de Pivijay son gente de trabajo. Muchos sirven en instituciones públicas; otros se dedican al cuidado de ganado vacuno o de búfalos, a los cultivos, o a emprendimientos familiares. En el ejido de “La Colora”, la tierra conoce bien las manos que siembran maíz, yuca, fríjol y ajonjolí.

La gastronomía, como toda expresión del alma caribeña, es generosa: bollos de yuca con queso, arepas de maíz verde, arroz con cayeye, y esa combinación infalible de yuca con suero que abre el apetito del cuerpo y del espíritu. Todo ello acompañado de vallenatos que narran penas y glorias con acordeones que parecen llorar y reír al mismo tiempo.

Uno se imagina a San Josemaría caminando por estas tierras, recogiendo flores para un altar improvisado. Tal vez, habría escogido la flor de morrocoyo, roja y brillante, que decora los caminos con su forma de trompeta y parece cantar, como el santo, una alabanza sencilla.
Entre gallos y acordeones.
Pivijay no se entiende sin sus gallos finos ni su pasión vallenata. La canción “La muerte del buen amigo”, interpretada por Poncho y Emiliano Zuleta, inmortaliza esa fibra sentimental del pueblo, su amor por las parrandas y la vida sencilla.
Todos necesitamos compañeros que, con su conversación cercana y su aliento, nos ayuden a navegar por la vida, al servicio de «la acción siempre original del Espíritu Santo» en nuestra alma. 15.º entrega de la serie "Combate, cercanía y misión" https://t.co/ABE5NDaht8
— Opus Dei Colombia (@OpusDeiColombia) July 10, 2025
A la entrada del municipio, un mural recibe al viajero con imágenes que resumen su esencia: maíz, flores, gallos y un acordeón. Al lado, la Virgen María —amada por los pivijayeros— cuida a los que llegan y bendice a los que parten.
El encuentro con el Opus Dei.
Desde joven, Jesús Morales sintió sed de Dios, no una curiosidad pasajera, sino un deseo de conocer más profundamente los sacramentos y vivir una fe católica sólida. En 2010, compartió su inquietud con el Padre Catalino Pérez, su párroco. Poco después, una oferta laboral lo llevó a Sahagún, Córdoba.

A su regreso en 2012, Jesús buscó nuevamente al sacerdote, entonces en Fundación. Fue ahí donde recibió una sugerencia que cambiaría su vida:
— “Usted necesita formación en el Opus Dei”, le dijo el padre Catalino.
Ese mismo día, le dio el número de Gustavo Otero, quien sin demora lo llamó:
—“Tenemos medios de formación espiritual del Opus Dei aquí en Fundación ¿Por qué no vienes?”.

—“¿Y eso qué es? ¿Algo como un grupo carismático?”
—“No exactamente. Aquí seguimos las enseñanzas de San Josemaría”, respondió Gustavo con una sonrisa que se adivinaba por el tono.
Jesús comenzó a asistir a círculos de formación doctrinal y retiros mensuales. Aunque las moto-taxis improvisadas y caminos enlodados hacían el viaje arduo, la constancia se convirtió en virtud. En julio de 2015 pidió la admisión como supernumerario del Opus Dei, la única persona por ahora de la Obra en Pivijay, aunque muchos otros en esa labor apostólica que él hace.

En agosto de ese 2015, viajó a Bogotá con un grupo de la Costa para participar en una tertulia con monseñor Javier Echevarría, entonces Prelado del Opus Dei que pasaba unos días en Colombia. Estuvo tan cerca del Prelado que salió en el video conmemorativo. Aquel momento, recuerda, lo revive aún con su familia como si fuese ayer.
Apostolado en tierra macondiana.
Ya de vuelta en Pivijay, Jesús no se quedó con lo recibido. En casa de la profesora Norma comenzaron sesiones de catequesis. Asistían vecinos y amigos con poca formación religiosa. Varios fueron recibiendo el Sacramento del Matrimonio, descubriendo la belleza de vivir una fe coherente.

Jesús siguió sembrando: compartiendo el mensaje de santificación del trabajo, animando a vivir los sacramentos y a buscar a Dios en cada gesto cotidiano. Su madre se hizo devota de San Josemaría, su amigo Ovidio se convirtió en cooperador, y su esposa y sus hijos lo acompañan fielmente a la Santa Misa.
Hoy, Jesús Morales sigue adelante, sin aspavientos, escribiendo cuentos caribeños, compartiendo reflexiones en redes, y hablando de Dios en la plaza, en la tienda o al pie del árbol que da sombra en la sabana, con la vendedora de frutas, el lotero, el campesino. Es, sin buscarlo, un testimonio vivo de lucha por la santidad en medio del mundo.

Y en algunas tardes, cuando el calor se desvanece bajo la sombra generosa de un árbol de Pivijay, se escucha entonar el himno vallenato que rinde tributo a su tierra:
“De esa cuerda tan famosa que tiene allá en Pivijay
Que le ha dado tanta gloria a Don Vicente Caballero
Fue escogido un brioso pollo de talla muy singular
Pa’ ponerle el mismo nombre de un amigo parrandero…”.

En Pivijay, como en tantos pueblos de Colombia y el mundo se cumple lo que decía San Josemaría <<Hijas e hijos míos, de nosotros depende en parte que muchas almas no permanezcan ya en tinieblas, sino que caminen por senderos que llevan hasta la vida eterna. Por eso, contemplando este panorama inmenso que nos ofrece la vocación, con la que el Señor ha querido graciosamente honrarnos, vienen a mi memoria aquellas palabras, también del Apóstol Juan, que hemos de repetir a tantos hombres: esto que vimos y oímos, es lo que anunciamos, para que tengáis también vosotros unión con nosotros, y nuestra unión sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo… para que os gocéis, y vuestro gozo sea cumplido>> (Carta nº 6' libro 'Cartas II' de Josemaría Escrivá de Balaguer).

