Juan Larrea Holguín: una vida que sigue hablando a Ecuador y al mundo

Mons. Larrea Holguín, arzobispo de Guayaquil entre 1989 y 2003, dejó una huella amplia y fecunda en la Iglesia, en el derecho, en la educación y en la cultura. Su nombre está unido a una manera de servir que integró inteligencia, fe, trabajo disciplinado, cercanía pastoral y amor a la verdad.

Guayaquil fue escenario de una jornada de especial significado para la Iglesia, la academia y la sociedad ecuatoriana. En el marco del III Congreso Internacional de Derecho y Humanidades “Juan Larrea Holguín”, autoridades eclesiásticas, profesores, juristas, estudiantes, profesionales y amigos de la causa de beatificación se reunieron para recordar la vida y obra de Mons. Juan Ignacio Larrea Holguín, Siervo de Dios, pastor, jurista, maestro y hombre de profunda vida espiritual.

El encuentro no fue solamente un homenaje a una figura destacada del Ecuador. Fue, sobre todo, una invitación a redescubrir una vida que todavía ilumina el presente. Mons. Larrea Holguín, arzobispo de Guayaquil entre 1989 y 2003, dejó una huella amplia y fecunda en la Iglesia, en el derecho, en la educación y en la cultura. Su nombre está unido a una manera de servir que integró inteligencia, fe, trabajo disciplinado, cercanía pastoral y amor a la verdad.

La presencia del Cardenal Luis Cabrera Herrera, arzobispo de Guayaquil, dio particular relieve al congreso. En su intervención, el cardenal recordó que la santidad no es una meta reservada a personas lejanas o extraordinarias, sino la vocación de todo bautizado. Ser santo, explicó, no significa vivir sin humanidad, sino dejar que el amor de Dios transforme la vida cotidiana. Desde esa perspectiva, la figura de Mons. Larrea aparece como la de un cristiano que buscó unir la fe con las responsabilidades concretas de cada día.

Uno de los grandes méritos del congreso fue presentar a Juan Larrea Holguín de modo cercano. No solo como un personaje de libros, cargos o funciones, sino como un pastor que acompañó a las personas, un sacerdote que consoló a los enfermos, un estudioso que puso su inteligencia al servicio de la verdad y un obispo que entendió su ministerio como entrega. En tiempos en que muchas veces se separan la vida espiritual, la cultura y el compromiso social, su ejemplo recuerda que todo puede integrarse cuando hay una vocación vivida con coherencia.

Una dimensión especialmente conmovedora fue su cercanía con los enfermos. Desde 1996, Mons. Larrea padeció una enfermedad que culminaría con su muerte en 2006, tras sufrir cáncer. Lejos de encerrarse en el dolor, esa experiencia lo hizo más sensible al sufrimiento ajeno. Como capellán de SOLCA, acompañó a personas enfermas, celebró la Eucaristía, llevó la comunión, rezó con quienes atravesaban momentos difíciles y ofreció consuelo espiritual. Quienes escucharon estos testimonios pudieron comprender que su vida no se redujo a grandes discursos, sino que se expresó en gestos sencillos y constantes de caridad.

El congreso también permitió explicar, en lenguaje claro, el proceso de beatificación y canonización. Muchas personas oyen hablar de “Siervo de Dios”, “Venerable”, “Beato” o “Santo”, pero no siempre conocen el significado de estos títulos. En el conversatorio se explicó que una causa no se abre por simple admiración, simpatía o entusiasmo popular. La Iglesia debe verificar si existe una verdadera fama de santidad: es decir, si los fieles reconocen espontáneamente que una persona vivió de manera ejemplar las virtudes cristianas y si esa fama permanece en el tiempo.

En la primera etapa, el obispo debe comprobar que la petición esté correctamente presentada, que exista una biografía seria, que haya documentos disponibles, que el postulador haya sido legítimamente nombrado y que no aparezcan obstáculos graves. También se examina la llamada fama de signos: testimonios de gracias o favores atribuidos a la intercesión del Siervo de Dios. No se trata de fabricar una devoción, sino de discernir con prudencia si hay fundamentos reales para iniciar una investigación en este sentido.

Una vez admitida la causa, se constituye un tribunal diocesano. Allí intervienen diversas personas con funciones precisas: el delegado episcopal, que dirige la instrucción en nombre del obispo; el promotor de justicia, que vela por la verdad; la notaria, que da fe de los actos procesales; y los peritos o censores, cuando son necesarios. También desempeña un papel clave el postulador, cuya misión no es “ganar un caso” a cualquier costo, sino colaborar con la Iglesia para que salga a la luz la verdad completa sobre la vida del Siervo de Dios.

Este punto resulta fundamental. Una causa de canonización no busca construir una imagen perfecta ni ocultar fragilidades. Al contrario, la Iglesia escucha testimonios favorables y también voces críticas. La razón es sencilla: la santidad auténtica no teme a la verdad. La vida de una persona debe examinarse en su conjunto, con sus luchas, virtudes, límites, decisiones y frutos espirituales. Las fragilidades humanas no anulan necesariamente la santidad; lo decisivo es ver si la persona luchó por crecer en el amor a Dios y al prójimo.

Cuando concluye la investigación diocesana, las actas son enviadas a Roma, al Dicasterio para las Causas de los Santos. Allí se revisa primero si el proceso fue realizado válidamente. Después comienza un estudio más profundo del material recogido. En esa fase se prepara la Positio, un documento técnico, histórico, jurídico y teológico que presenta de manera ordenada la vida, las virtudes, la fama de santidad y las pruebas de la causa. No es una biografía devocional ni un libro de homenaje, sino un instrumento serio para el discernimiento de la Iglesia.

Si el Papa autoriza el decreto de virtudes heroicas, la persona pasa a ser llamada Venerable. Para la beatificación, ordinariamente se requiere el reconocimiento de un milagro atribuido a su intercesión. Este milagro no es entendido como espectáculo religioso, sino como una confirmación de Dios. Por eso se estudia primero desde el punto de vista médico o científico, para determinar si una curación carece de explicación suficiente. Luego viene el discernimiento teológico, que analiza si el hecho puede atribuirse a la intercesión del Siervo de Dios.

El Congreso Internacional de Derecho y Humanidades “Juan Larrea Holguín” dejó, así, una enseñanza doble. Por una parte, permitió conocer mejor a un hombre que sirvió al Ecuador desde la Iglesia, el derecho, la cultura y la formación de las personas. Por otra, ayudó a comprender que los procesos de beatificación y canonización son caminos serios, prudentes y profundamente humanos, en los que la Iglesia busca reconocer la acción de Dios en vidas concretas.

El congreso concluyó con la participación del padre Omar Benítez Lozano, quien evocó la génesis de su libro “Juan Larrea Holguín, una vida con sentido”, y su contenido, donde destaca que la figura de Mons. Juan Larrea Holguín sigue convocando porque habla de una santidad posible: la que se construye en el trabajo bien hecho, en la oración, en el estudio, en el servicio humilde, en la fidelidad durante la enfermedad y en el amor a la Iglesia.

Guayaquil lo recordó no como una memoria estática, sino como una presencia que anima a mirar más alto. Su causa de beatificación invita a rezar —a acudir a su intercesión—, a conocer su legado y a pedir que su ejemplo siga inspirando a quienes desean vivir con fe, responsabilidad y sentido.


Oración para la devoción privada

Para saber más:

Página web sobre Mons. Juan Ignacio Larrea Holguín

Fotografías de cuadros pintados por Mons. Juan Larrea