Cada sábado, hacia las once de la mañana, el sonido de un balón rodando por la cancha de Arena Sabana se mezcla con las risas de niños, el saludo de los padres que llegan apurados desde los entrenamientos deportivos y la voz de alguien que recuerda: “En unos minutos rezamos el Ángelus”. Lo que hoy es un espacio vivo y familiar en Chía tuvo un comienzo mucho más sencillo y discreto.

En 2022, un pequeño grupo de supernumerarios del Opus Dei sintió el deseo de ofrecer a sus hijos y a otras familias un lugar donde cultivar la amistad, el deporte y la fe. Así nació, casi sin nombre y sin estructura, el Club Familiar.
Al principio, todo sucedía en la casa de Luis Miguel, quien abrió generosamente las puertas de su hogar para recibir a padres e hijos. Cada encuentro era sencillo: juegos, conversación, alguna enseñanza breve. Pero el entusiasmo se contagió rápido. Pronto dejaron de ser “unos pocos” y superaron los diez participantes. El comedor, la sala y el patio se quedaban cortos. La alegría de ese crecimiento trajo consigo el primer desafío: ¿cómo seguir adelante si la casa ya no alcanzaba?

Durante un tiempo, el Club Familiar entró en pausa. No era una pausa de desinterés, sino de búsqueda. Mientras rezaban y conversaban sobre el futuro de la iniciativa, surgió una posibilidad inesperada: la Universidad de La Sabana ofreció el uso de sus instalaciones en Arena Sabana. No fue solo la solución a un problema logístico; muchos lo vieron como un regalo de Dios para poder continuar.
Es propio de la amistad dar al amigo lo mejor que se posee
Con esta nueva sede, el proyecto tomó nuevo impulso. Gustavo, Juan David y Rafael, asumieron la coordinación de las actividades de los sábados en la mañana. Y, como suele ocurrir en las historias que se construyen desde lo pequeño, tocó volver a empezar casi desde cero: apenas cinco niños llegaron a los primeros encuentros en Arena Sabana.
En medio de ese recomenzar llegó Andrés, estudiante de doctorado de la Universidad. Empezó ayudando “un poco” y terminó convirtiéndose en una pieza clave del Club. Poco a poco, a esos cinco niños se fueron sumando otros: hijos de amigos, niños que terminaban sus entrenamientos deportivos en las canchas cercanas y se quedaban por curiosidad, pequeños invitados por las mismas familias del grupo. Cada nuevo niño traía consigo una historia y, muchas veces, a toda una familia detrás.

Con el tiempo, los padres dejaron de ser solo acompañantes para convertirse en protagonistas. Algunos comenzaron a ayudar en la organización de las actividades, otros se hicieron presentes con ideas, sugerencias o simplemente con su disponibilidad. Lo que había nacido como un espacio para niños empezó a convertirse en un lugar donde también los padres encontraban apoyo, amistad y un ambiente cristiano cercano.
La amistad requiere fortaleza, decisión, un espíritu sacrificado, generosidad, tiempo
Al mismo tiempo, crecía la cercanía y amistad entre los supernumerarios que impulsaban la iniciativa. No se trataba únicamente de “coordinar un club”, sino de compartir vida, preocupaciones, ilusiones apostólicas y el deseo de servir mejor a sus familias y a otras familias. Pronto vieron que, para sostener y hacer crecer el proyecto, necesitaban también un acompañamiento espiritual más cercano.
Así se unió el Padre Paco, que comenzó a acompañar con regularidad las reuniones de los sábados. Además de celebrar confesiones para quien lo deseara, ofrecía orientación a padres, madres, niños y jóvenes. La vida sacramental se integró de manera natural en la dinámica del Club: para muchos, se convirtió en el momento de la semana en que podían parar, agradecer y poner ante Dios lo vivido.

El crecimiento trajo nuevos retos muy concretos. El grupo de WhatsApp original, pensado solo para coordinación básica, se quedó pequeño. Fue necesario crear uno nuevo que incluyera a todos los padres, lo que facilitó la comunicación, la invitación a nuevas familias y la organización de las actividades.
Otro momento importante fue cuando empezaron a llegar más niñas. Aquello hizo evidente la necesidad de una propuesta pensada también para ellas. Nació así, casi de manera orgánica, un camino paralelo liderado por Mariana, de 15 años. Con gran ilusión, Mariana asumió la tarea de acompañar a las más pequeñas, preparando juegos, espacios de formación y actividades que las ayudaran a crecer en amistad, alegría y vida cristiana.

Hoy, la rutina de los sábados en Arena Sabana tiene un ritmo propio. A las 11:00 a.m. comienzan las actividades, de modo que los niños que han tenido entrenamiento deportivo previo puedan unirse sin correr. El deporte —en su mayoría fútbol— abre la jornada, ayudando a liberar energía, aprender a jugar en equipo y valorar el esfuerzo. Hacia el mediodía, todos hacen una pausa para rezar juntos el Ángelus, elevando la mirada a Dios en medio de esa mañana festiva.
Después, uno de los líderes comparte una breve charla de unos quince minutos sobre una virtud concreta: la generosidad, la obediencia, la sinceridad, la amistad, la piedad… Siempre con ejemplos prácticos que ayudan a los niños y jóvenes a descubrir cómo vivirla en casa, en el colegio, con sus amigos.

Luego viene el momento del juego libre y creativo: yermis, ultimate, béisbol, cometas en agosto. En el grupo de niñas, se alternan actividades como pintura, juegos tradicionales (teléfono roto, captura la bandera, atrapadas) y dinámicas pensadas para fomentar la confianza, la colaboración y el cariño entre ellas. Todo busca un mismo objetivo: que los niños y jóvenes encuentren un lugar donde se sientan queridos y aprendan, casi sin darse cuenta, a querer más a Dios y a los demás.
Al final de cada semestre, el Club organiza una actividad familiar de integración. A veces es un picnic en las mismas instalaciones de Arena Sabana; otras, como ocurrió en junio, una caminata al Santuario de La Valvanera, también en Chía. Estas jornadas permiten que las familias compartan más tiempo juntas: almuerzan, conversan, rezan y disfrutan de la naturaleza, fortaleciendo la amistad entre ellas.

Hoy, el llamado “Club Familiar” ha dejado de ser solo un club de niños. El tiempo ha traído también jóvenes y más niñas, y con ellos nuevos retos y horizontes. La iniciativa sigue creciendo, y uno de los desafíos actuales es encontrar un nombre propio que recoja mejor su identidad y su misión.

Pero, más allá del nombre, el corazón del proyecto está claro: ofrecer un espacio donde niños, jóvenes y familias puedan construir amistades profundas, crecer en su fe y aprender a transformar la sociedad desde la vida cristiana corriente, en el marco de la familia. Un lugar donde, con la gracia de Dios, los hogares se vuelvan más luminosos y alegres, y donde cada sábado se escriba, paso a paso, una historia sencilla pero llena de esperanza.

