Dora del Hoyo: Primera Numeraria Auxiliar del Opus Dei

Publicamos una pequeña reseña sobre la vida de Dora del Hoyo tomada de Romana, primera numeraria auxiliar del Opus Dei, fallecida el 10 de enero de 2004.

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Publicamos una pequeña reseña sobre la vida de Dora del Hoyo tomada de Romana, primera numeraria auxiliar del Opus Dei, fallecida el 10 de enero de 2004. Sus restos mortales reposan en la Cripta de la Iglesia Prelaticia de Santa María de la Paz, en Roma, cerca de San Josemaría y del Siervo de Dios, Mons. Álvaro del Portillo.

Salvadora (Dora) del Hoyo Alonso nació el 11 de enero de 1914 en Boca de Huérgano (León, España). Sus padres tuvieron cinco hijos: cuatro niñas y un varón. Dora era la cuarta entre sus hermanos. Formaban una familia de labradores que vivía dignamente, con lo justo. Acompañó siempre a su padre en el esfuerzo de las tareas del campo.

Los años de su infancia y adolescencia transcurrieron rodeados del afecto familiar. A la escuela sólo asistió durante seis años. Siempre destacó ante los mayores por su inteligencia, capacidad de trabajo y ambición. Nunca entró en sus planes pasar la vida en los límites del pueblo, por más cariño que tuviera a su solar y a su familia. Los amigos recuerdan su porte exterior: siempre muy cuidado en el detalle del arreglo personal. Durante la adolescencia descubrió también la cercanía y el afecto de los muchachos de su entorno, compañeros de fiestas, bailes y romerías.

Un buen día, se planteó la aventura de emigrar, que entonces podía brindarle nuevos horizontes: ir a Madrid, ciudad en la que se daban cita aluviones de gente llegada de todas las provincias. Allí había trabajo. Ella tenía manos hábiles, capaces de manejar la azada y la aguja, la carreta y la plancha, la recogida del heno y el cuidado de la casa. El ambiente familiar la había hecho fuerte y serena para abordar la existencia cotidiana. Pero también tenía una gran capacidad de aprendizaje, lo que le facilitó captar las formas sociales y adaptarse a ambientes totalmente diversos a los que había vivido. Para una mujer que carecía de títulos y formación especiales, la salida inicial no era otra que el llamado servicio doméstico, una tarea, entonces, que acogía a personas de muy diversa índole; se trataba de llevar a cabo la atención y el cuidado de una casa de familia, que podía ser pequeña o grande, poblada de niños o limitada a un corto número de personas mayores, de clase media sencilla o de alta consideración social.

Cuando llegó a Madrid en 1940, su punto de referencia fueron las religiosas del Servicio Doméstico. Era ya mayor de edad, tenía 26 años, pero a sus padres les tranquilizaba saber que estas religiosas atenderían a su hija y le conseguirían un trabajo. Dora del Hoyo era una mujer alta, de buen porte. Tenía una mirada directa y franca a través de sus ojos castaños. Había demostrado buena capacidad de trabajo e interés por aprender, y estaba dotada de una inteligencia y habilidad manual poco comunes, lo que le permitió ubicarse laboralmente en buenos trabajos.

En 1944 se le propuso un trabajo en la residencia Moncloa, gestionado por personas del Opus Dei, que terminó aceptando. Las religiosas de María Inmaculada conocían y apreciaban profundamente al fundador, Josemaría Escrivá de Balaguer, y vieron en Dora la persona adecuada para esa tarea. A pesar de las dificultades materiales del lugar, muy distintas de las que tenía en sus anteriores trabajos, decidió quedarse.

En 1945 se trasladó a Bilbao, para trabajar en la Administración de una nueva residencia, Abando. En noviembre de ese año, 1945, Nisa G. Guzmán comenzó a hablar a Dora del Hoyo sobre el Opus Dei. Poco podía explicarse de una institución que estaba en los inicios y de la que no había nada similar. Dora entendió lo esencial y procuró explicarlo a sus padres antes de concretar el paso que quería dar: se trataba de una llamada de Dios para darle su vida enteramente –no se casaría–, en medio de su trabajo ordinario, sin ser religiosa. Y el 14 de marzo de 1946, Salvadora del Hoyo escribió a san Josemaría pidiéndole ser del Opus Dei, siendo la primera mujer que pidió la admisión como Numeraria Auxiliar en para dedicarse con su trabajo profesional a atender las labores domésticas de los Centros de la Prelatura.

Acogiendo una petición de San Josemaría, se trasladó con otras mujeres del Opus Dei a Roma en 1946. Casi treinta años de su vida dejó Dora del Hoyo en el trabajo de la sede central del Opus Dei. El fundador había puesto en ella toda su confianza y sabía que su esfuerzo contribuiría a mantener viva esta ocupación de las administraciones de los centros, que definió siempre como «la columna vertebral del Opus Dei». Desde entonces colaboró en la formación de quienes debían aprender a desarrollar con profesionalidad los trabajos del hogar.

Después de largos años en Villa Tevere, muy cerca de la presencia del fundador, en 1976 aceptó –con su alegría habitual– trasladarse a Albarosa, nombre del centro que se ocupa de la administración doméstica del recién construido Colegio Romano de la Santa Cruz. Sabía, por solicitud de san Josemaría, que su trabajo y experiencia serían necesarios, una vez más, para la puesta en marcha de estos edificios.

Vivió en ese centro hasta su fallecimiento, el 10 de enero de 2004. Sus restos mortales reposan en la Cripta de la Iglesia Prelaticia de Santa María de la Paz, en Roma, cerca de San Josemaría y del Siervo de Dios, Mons. Álvaro del Portillo.

Al cumplirse seis años de su tránsito al Cielo, en 2010, Monseñor Javier Echevarría pronunció estas palabras: “Dora tuvo una gran importancia para el Opus Dei, por su fidelidad y por su trabajo perfectamente acabado, adornado con su humildad de hacer y desaparecer. Fue discípula de la escuela de la Virgen, según el espíritu de San Josemaría. Por eso ha sido tan eficaz hasta el final de su vida. No quiso ninguna gloria, ninguna consideración y entregó el cien por cien, toda su vida. Fue una mujer de fe. Era la primera Numeraria Auxiliar, y se fió de lo que Dios le pedía a través de San Josemaría. Vivía la esperanza, que le llevaba a saber que el Opus Dei se dilataría y llegaría a ser lo que hoy contemplamos. Y todo eso, por su amor a Dios, tan grande que le impedía estar pendiente de ella misma: giraba en torno al Señor y a las demás. Tenemos una gran intercesora, a quien debemos mucho agradecimiento. Aprendió de nuestro Fundador que lo más importante es servir, servir y servir, al Señor y a las almas.”