Desde hace 56 años en Colombia: una gran aventura

El 10 de enero de 2020, falleció en Medellín el Padre Eugenio Fenoy, sacerdote numerario, quien llegó a Colombia en 1964. Recordamos esta publicación originalmente publicada en el año 2011

Llegué desde Madrid al aeropuerto de El Dorado, en Bogotá, el día 1º. de junio de 1964. Dejaba en España un pasado rico en experiencias: mi condición de médico y de doctor en Derecho Canónico, mis años en Roma junto a San Josemaría, unos años de ejercicio de la medicina y de mi sacerdocio, una labor pastoral variada, de la que destaco la que realicé en el barrio Vallecas, que en ese entonces era una zona paupérrima, que me dejó un grato e inolvidable recuerdo.

Cuando llegué a El Dorado ya había anochecido. Debían de ser alrededor de las ocho de la noche. Llovía suavemente. Mientras bajaban el equipaje, me acerqué a las amplias paredes de vidrio que separan la zona interior de la exterior del aeropuerto. Me paseé ostensiblemente esperando que alguien notara mi presencia: nada. ¡Qué desazón! Llego a un país desconocido para mí, y nadie me espera. El telegrama que envié desde España nunca llegó.

¿Qué conocía yo de Colombia? Las nociones elementales que se estudian en bachillerato y, después, lo que aprendí en un curso de diplomado que realicé en la Universidad de La Rábida (Huelva, España) en el verano de 1952.

Después de recoger el equipaje, me decidí a tomar un taxi y encaminarme a la primera de las direcciones de un Centro del Opus Dei que había averiguado en Madrid. Timbré repetidamente hasta convencerme que allí no vivía nadie. No era verdad: al día siguiente supe que sus ocupantes estaban profundamente dormidos. Seguí en el mismo taxi hacia otra dirección: me recibieron unos niños en piyama. Evidentemente aquella casa ya no era una residencia de la Obra. Me informaron que sus anteriores ocupantes se habían trasladado a la casa que había sido Embajada de Japón, cuya dirección ignoraban. Continué la búsqueda hasta llegar, por fin, a la sede que entonces ocupaba el Centro Cultural Universitario Hontanar: ¡qué alivio!

Vista aérea del Aeropuerto El Dorado durante los años 60s.

Al día siguiente, me celebraron mi cumpleaños. Y así, cumpliendo años, comenzaba una nueva etapa de mi vida: mi labor pastoral como sacerdote Numerario del Opus Dei en mi nuevo país, Colombia, donde pasados los primeros años me concedieron la nacionalidad colombiana.

En Bogotá estuve trabajando más de 16 años en las más variadas labores apostólicas. Una experiencia inolvidable, una gran aventura humana y sobrenatural: meditaciones, retiros, cursos de retiro espiritual, clases de formación cristiana, clases de teología en aulas universitarias y con personas de toda edad y condición social, la tarea de escribir un par de libros en compañía con el Padre Javier Abad, la publicación de muchos artículos en diversos medios de comunicación, desde la radio a la televisión, pasando por la prensa escrita…

El Padre Eugenio con Mons. Hernán Salcedo

Y conocer y asimilar una nueva cultura, que me enriqueció espiritualmente. El trato con nuevas y maravillosas gentes. Y la adquisición de nuevas y magníficas amistades, que aún persisten, a pesar de mi ausencia de esa ciudad… Y abundantes ocasiones de transmitir el Evangelio y el espíritu del Opus Dei, de recibir dolorosas confidencias, y asumir como propios esos padecimientos, y tener la ocasión de volcar algo de consuelo en esa almas que sufren, y repartir abundantemente la misericordia de Dios en muchísimos corazones penitentes a través del Sacramento de la Reconciliación… Y sembrar incansablemente semillas de paz y de alegría en tantos corazones nobles… Y el trato fraterno y amistoso con mis colegas y hermanos sacerdotes diocesanos, acompañándolos en sus trabajos, alegrías y dolores.

Vista actual de las instalaciones del Gimnasio de los Cerros en Bogotá.

Recuerdo que la primera tarea en la que colaboré, apenas llegué a Bogotá, fue la de gestar un nuevo colegio: gracias a los esfuerzos de un grupo de padres de familia que querían para sus hijos una formación integral, donde pudieran crecer en virtudes humanas y cristianas, el Gimnasio de Los Cerros abrió sus aulas en febrero de 1965. Y pocos años después, el Gimnasio Iragua. ¡Cuántos recuerdos de mi experiencia como primer Capellán de ambos colegios, compartiendo mis trabajos con personas excelentes!

En 1981 marché a trabajar a Barranquilla, desde donde atendía las labores apostólicas de Cartagena en viajes quincenales. Otra gran aventura en contacto personal y amistoso con esas gentes de la Costa Caribe, maravillosas, abiertas, sencillas, afectuosas, amistosas. Allí sí que me gané “el pan con el sudor de mi frente”: vaya a Cartagena, vuelva a Barranquilla, de nuevo a La Heroica… Y en cada una de estas ciudades, atención de mujeres y de hombres, muchachos y niños, muchachas y niñas, amas de casa, empleadas de hogar, profesionales. Y desempeñar la Cátedra de Bioética en la Facultad de Medicina de la Universidad del Norte. Y la atención de los Centros Culturales Arrecife y Astilleros, y de los colegios Gimnasio Los Corales, Altamar y Preescolar Los Veleros, que vi nacer en mis brazos y de los que fui su primer Capellán.

Foto del 1 de Enero de 2020 en la Clínica CES, acompañado por Cheché

Y en Cartagena, la atención sacerdotal del Centro Cultural Baluarte y de los colegios Gimnasio Cartagena, Cartagena de Indias y Preescolar Alborada. Y la preparación para su primera Comunión de los alumnos y alumnas del Colegio Parrish… Y vaya a esta y a la otra parroquia a acompañar a mis hermanos sacerdotes. Y venga para acá y vaya para allá… ¡Qué maravilla!

En enero de 1993 vine a Medellín, donde vivo y trabajo actualmente: nuevas gentes, distintas e igualmente maravillosas, nuevas y magníficas amistades, sacerdotes y laicos. Y trabajar con toda clase de personas sin distinción de edad, sexo o clase social.

En estos 55 años colombianos, ha sido motivo de especial gozo ver el crecimiento del Opus Dei en el país. Cuando llegué, la Obra estaba presente en tres ciudades: Bogotá, Medellín y Manizales. Más tarde, Barranquilla. Y luego, Cali. Y después, Bucaramanga, Cartagena y Pereira. Y desde esas ciudades se atiende Santa Marta, Tunja, Neiva, Valledupar y algunas otras más esporádicamente. Y todo esto como fruto patente de la gracia de Dios y del esfuerzo lleno de alegría de millares de personas de todas las condiciones y clases sociales, que se sintieron dichosísimas sacrificándose para que la Obra se realizara, como decía y quería su Fundador, San Josemaría Escrivá.

Estudiantes universitarios durante un Proyecto Social de Vacaciones en Loma Arena, corregimiento del municipío de Santa Catalina (Bolívar).

Quisiera destacar, entre tantas labores apostólicas en las que estuve metido, a veces estorbando, en estos largos años, que percibo como muy cortos, unos trabajos que de modo especial me robaron el corazón. Me refiero a las actividades de servicio social que de modo habitual se realizan desde los Centros del Opus Dei a favor de comunidades –pueblos, veredas, barrios- de escasísimos medios económicos. A algunas de éstas las llamamos “Campamentos de trabajo”, “promociones rurales” o “Proyectos sociales de vacaciones”. Se llevan a cabo aprovechando las temporadas de vacaciones universitarias y con la generosidad de grupos de alumnos de diversas Facultades. Durante unos días convivimos con esas personas en su mismo medio, generalmente utilizando instalaciones de algún colegio de la zona, durmiendo en el suelo, y comiendo como se puede. Se pinta y arregla su iglesia o capilla, o los salones del colegio, o se hace algún otro trabajo material de servicio a la comunidad, a la vez que se organizan clases de catequesis para los niños, charlas de formación para los muchachos y para los padres y madres de familia, brigadas de salud a cargo de algún médico. Y, sobre todo, se convive con ellos, se participa de sus dolores, preocupaciones y alegrías, y se les proporcionan unos días de convivencia amistosa, llena de cariño humano y de caridad sobrenatural. La despedida del último día es lo más duro: abrazos, sonrisas, lágrimas… Siempre pensamos que habíamos ido con el ánimo de darles algo nuestro –trabajo, comida, juguetes…- y siempre salimos convencidos de que fuimos nosotros los que más recibimos: agradecimiento, cariño, alegría y la felicidad de haber hecho algo por nuestros hermanos más necesitados.