Yo estuve ahí

Cuatro chilenos que asistieron a la canonización de san Josemaría cuentan la experiencia vivida el 6 de octubre de 2002. Cada uno, a su manera, recuerda la alegría, fe y universalidad que se respiraba ese día en la Plaza de San Pedro.

Opus Dei - Yo estuve ahí “Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica” dijo san Juan Pablo II en su homilía.

Dos hombres unidos por la santidad

“Aunque han pasado 18 años, recuerdo la canonización de san Josemaría como si fuera ayer. Tenía 14 años y era la primera vez que estaba en Europa. Viajaba con un grupo del Colegio Cordillera, y habíamos llegado a Roma el día anterior. Me deslumbró ver la ciudad.

El domingo 6 de octubre, llegamos de madrugada a la Plaza de San Pedro, y nos ubicamos al fondo de la “Vía della Conciliazione”, desde donde solo veíamos la silueta de la Basílica. Yo llevaba unos binoculares. Al usarlos vi al Papa pequeño, pero igualmente fue impresionante. Recuerdo haber pensado con emoción: estoy viendo en vivo al Papa.

Ese sacerdote sonriente de la estampita amarilla, que conocía desde niño y cuyo espíritu estaba tan presente en mi familia y colegio, de pronto se revelaba como un santo universal

Me quedó grabado el recuerdo de un día inmensamente feliz. La multitud de gente que estaba en esa misa irradiaba una alegría que conmovía. En ese momento experimenté verdaderamente la universalidad del Opus Dei, el carácter sobrenatural de esta “Obra de Dios” que nos recuerda nuestra vocación a la santidad en medio de la vida común y corriente de cada uno.

Gerardo (al centro) junto a sus compañeros de colegio

Ese sacerdote sonriente de la estampita amarilla, que conocía desde niño y cuyo espíritu estaba tan presente en mi familia y colegio, de pronto se revelaba como un santo universal, cuya vida había dejado una huella profunda en miles de corazones.

El regalo más grande de ese día fue cuando Juan Pablo II, en su papamóvil, pasó a pocos metros de mí. La emoción que sentí en ese momento fue tan sorpresiva y fuerte, que no había duda de que era un hombre cuya fuerza de Dios “golpeaba” los corazones de las personas que estaban cerca de ese sucesor de Pedro, que años más tarde sería canonizado en la misma plaza en la que declaró como santo al fundador del Opus Dei”.

Gerardo Infante


El idioma de la alegría

“Tenía 15 años cuando desde el club Estoril me invitaron a participar en la canonización de san Josemaría. Me dio mucha emoción y alegría. Éramos cerca de 15 amigas las que fuimos. Recuerdo con mucha simpatía el alojamiento; estaba a una hora de Roma y era una carpa. Nos llovió mucho y nos mojamos.

El día de la canonización casi no dormimos. Nos levantamos a las 3 de la mañana. Recuerdo que el desayuno fue especialmente contundente y rico. Y a las 7 ya estábamos instaladas en la Plaza de San Pedro. Inmediatamente me llamó la atención la alegría que todo el mundo mostraba. Quedamos ubicadas super atrás pero no nos importaba. Nos pusimos a rezar estampas. Era muy emocionante pensar que eran las últimas como beato.

María Elena junto a peregrinos de África

Comenzó la misa y ver al Papa desde las pantallas seguía siendo tan emocionante como si estuviéramos a su lado. Me conmovió su piedad, especialmente en el momento de la consagración. Si bien había 400 mil personas el silencio era absoluto.
Salí de la canonización queriendo ser mejor mujer y me amplió la visión de universalidad que tenía de la Obra.

En el momento en que san Josemaría fue proclamado santo hubo una explosión de alegría, era una verdadera fiesta. Estar ahí y ver gente de todos los colores, razas y países me abrió el mundo. No hablábamos el mismo idioma, pero en ese minuto había una sola lengua: la alegría.

Salí de la canonización queriendo ser mejor mujer y me amplió la visión de universalidad que tenía de la Obra”.

María Elena Huerta


Una alegría llena de paz.

Los padres Juan Ignacio y Miguel Luis viajaron junto a otros 15 sacerdotes diocesanos a la canonización. El Pbro Juan Ignacio recuerda: “Llegamos a la basílica con cardenales y sacerdotes de todo el mundo. En ese lugar nos revestimos, mientras el Papa lo hacía detrás de un ambón. Ya en el altar tuve suerte de quedar segundo en la fila y luego pude dar la comunión.

Fue muy bonito ver que estaban presente prácticamente todos los obispos de la iglesia chilena porque en esos días el Papa los había recibido en su visita ad limina. Me sentí realmente bendecido y alentado del testimonio sacerdotal de esos dos gigantes:san Josemaría y de quien presidía la misa: Juan Pablo II.

Ver desde arriba ese mar de gente me llevó pensar en la gracia de la fe. Miles de personas alegres dando gracias y celebrando un nuevo santo”.

El padre Juan Ignacio (con el roquete) luego de dar la comunión

Por su parte, el Pbro. Miguel Luis narra: “Viajamos a la canonización en un contexto de peregrinación, donde además de Roma, visitamos Ars, Lourdes, etc.

Recuerdo que ese día ingresamos a la basílica. Estar ahí en silencio, sin la multitud que generalmente la visita fue algo muy sobrecogedor. Ya en la misa la impresión más grande fue ver la universalidad de la Obra. Cuando miré la Plaza de San Pedro repleta, comprendí el valor de pasar inadvertido. Toda esa gente que estaba ahí, luchando por vivir el espíritu de san Josemaría y con la alegría de desaparecer sirviendo.

puedo decir que lo vivido ahí fue una alegría que habitualmente no se ve en la sociedad, porque era un gozo lleno de paz.

La universalidad fue palpable, cada uno, con su cultura, con sus vestimentas de gala y tan diferente a lo que nosotros los chilenos estamos acostumbrados. Ahí vi con mis ojos que la Obra no saca a nadie de su lugar.

Para nosotros estar allí y compartir con otros sacerdotes de diferentes partes del mundo denotó el amor que san Josemaría tenía por los sacerdotes diocesanos. En resumen, puedo decir que lo vivido ahí fue una alegría que habitualmente no se ve en la sociedad, porque era un gozo lleno de paz.

Pbros Juan Ignacio Schramm y Miguel Luis González


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Recuerdos de la canonización de San Josemaría

El 6 de octubre de 2002, Juan Pablo II canonizó al fundador del Opus Dei, a quien definió como «el santo de la vida ordinaria».

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Opus Dei - Recuerdos de la canonización de San Josemaría