Índice
- Testimonios históricos de san Josemaría
- Doctrina social y espíritu del Opus Dei
- Centralidad de la persona y la empresa como comunidad de personas
- Justicia y caridad
- Un empresario en los altares: Enrique Shaw
Testimonios históricos de san Josemaría
Para establecer cuál era la visión de san Josemaría sobre una Escuela de dirección y negocios es indispensable acudir a los testimonios históricos. Uno de ellos nos lo proporciona Francisco Ponz Piedrafita, que con el tiempo sería rector de la Universidad de Navarra. Cuenta don Francisco que «avanzados los años cuarenta, en sus viajes a Barcelona, donde yo me encontraba, el beato Josemaría Escrivá de Balaguer comentó alguna vez el interés apostólico de mejorar la formación y la vida cristiana de tantas personas que en Cataluña se ocupaban de dirigir empresas de todo tipo, de iniciativa privada, familiar o social. Hacía ver la trascendencia espiritual y social que tendría el que quienes llevaban la responsabilidad en la promoción, dirección y desarrollo de empresas fueran cristianos ejemplares y actuaran en todo conforme a su fe, con buen criterio profesional y cristiano, de acuerdo con las enseñanzas y los principios morales de la Iglesia, con espíritu de servicio hacia sus empleados y obreros y hacia la sociedad en general, sin dejarse arrastrar por ambiciones meramente humanas, por el simple anhelo de un enriquecimiento material»[1].
Es interesante constatar cómo ya desde el inicio, san Josemaría se daba cuenta de la importancia de formar empresarios –hombres y mujeres– que fueran profesionales bien preparados y cristianos coherentes, porque de ahí se derivaría un gran bien para el resto de la sociedad.
El fundador del Opus Dei era un «varón de deseos» que procuraba que sus sueños se convirtieran en realidad. Después de unos años, consideró que había llegado el momento de poner en marcha una iniciativa de este tipo en el ámbito empresarial. El profesor Antonio Valero, uno de los pioneros del IESE[2], cuenta lo siguiente: «En el verano de 1956 o 1957 me pidieron de la Vicaría Regional [sic] de España del Opus Dei, muy informalmente, si quería aceptar el encargo de pensar en algo apostólico y educativo en el área de la empresa, de las empresas. Fue así de breve y escueto y contesté que sí, con la misma brevedad»[3]. A pesar de lo escueto de las orientaciones recibidas, estaba lo esencial: una escuela de negocios promovida por personas del Opus Dei debía poseer una dimensión educativa, de formación técnica y profesional e, indisolublemente unida, una dimensión apostólica.
Con ocasión del 50.º aniversario del IESE, Javier Echevarría, prelado del Opus Dei y gran canciller de la Universidad de Navarra en ese momento, afirmaba que, al promover la creación del IESE, san Josemaría contemplaba anticipadamente el despliegue que, con el tiempo, había de alcanzar una institución de gran altura profesional, dedicada a la formación y al perfeccionamiento de empresarios y ejecutivos, que, en el núcleo de su misión, incluyera un claro afán de servicio y la voluntad de dar al trabajo una orientación plenamente cristiana y, por tanto, verdaderamente humana[4].
Después de unos años de andadura, san Josemaría visitó el IESE en noviembre de 1972. Se conserva la filmación del encuentro al que asistió un buen número de personas relacionadas con la escuela de negocios. En esa ocasión, saliendo al paso de una cierta mentalidad poco secular que consideraba que las actividades económicas y comerciales eran incompatibles con una vida auténticamente cristiana –quizá por la tendencia a presentar la vida religiosa como el modelo de santidad– quiso leer distintos pasajes del Evangelio, en los que se manifiesta el aprecio del Señor por ese tipo de actividades. Vale la pena citarlo por extenso:
«Es de san Lucas, en el capítulo 19. Había una persona poderosa que se tenía que marchar. Reparte su dinero entre sus criados para que lo administren. A uno le da una parte, a otro otra… Cuando vuelve y comprueba que uno no ha multiplicado el capital, le dice: “¿por qué no pusiste mi dinero en el banco, para que yo, al regresar, lo recobrara con los intereses?” ¿No es esto un negocio? Un negocio modesto; de esos que a vosotros no os gusta hacer. Pero al fin y al cabo es un negocio. Y el Señor lo alaba. Yo no tengo más remedio que alabaros también.
San Mateo recoge todavía otra parábola: la de la red barredera. Aquí las cosas van regular, porque en la red se meten peces buenos, peces malos… Tienen que tener paciencia. Arrastran la red a la orilla: cogen los buenos y los meten en los cestos. Y los malos… ¡fuera! Hay negocio, pero no el esperado.
A veces hay en nuestros negocios muchas dificultades. En el Evangelio de san Mateo se nos recuerda al sembrador que siembra buena semilla… Viene el enemigo, el contrincante, y le siembra cizaña. ¿Qué hace? Tiene paciencia: esto lo dejamos ahí, y no lo movemos; ya llegará el momento. Y viene el tiempo oportuno y lo siega todo… Y ha hecho negocio. Ha vencido la dificultad.
Mañana, en la Santa Misa [...] pediré al Señor que os bendiga; que os dé la serenidad del dueño del campo, cuando le plantan cizaña [...], para que el Señor os dé la decisión de comprar el campo donde está el tesoro; que os dé el empujón necesario para ir detrás de la margarita preciosísima [...]. Vuestros negocios están metidos en el Evangelio. El Señor os mira con cariño [...]. Yo también os miro a todos con un afecto especial. Os he alabado con palabras de Jesucristo, palabras que suscribo, porque soy sacerdote suyo».
Doctrina social y espíritu del Opus Dei
San Josemaría siempre consideró esencial para la formación de los cristianos un conocimiento adecuado de la doctrina social de la Iglesia. Incluso soñaba con que se incluyeran en el catecismo de la fe cristiana los principios fundamentales de moral social. Obviamente, la necesidad de una buena formación en este campo es más urgente en quienes tienen especiales responsabilidades sociales, entre ellas, los hombres y las mujeres de empresa. Por eso deseaba que la docencia en una escuela de negocios estuviera imbuida de doctrina social.
La doctrina social de la Iglesia proporciona los principios básicos para construir una sociedad acorde con el proyecto de Dios para el mundo[5]. A su vez, hay incontables problemas de carácter técnico que pueden ser abordados de muy distintas maneras, y en los que debe reinar la libertad responsable de cada ciudadano profesionalmente formado. En una carta publicada en 1966 afirmaba que «la doctrina católica no impone soluciones concretas, técnicas, a los problemas temporales; pero sí os pide que tengáis sensibilidad ante esos problemas humanos, y sentido de responsabilidad para hacerles frente y darles un desenlace cristiano»[6].
San Josemaría era un enamorado de la libertad. Innumerables veces se refirió «a la libertad personal que los laicos tienen para tomar, a la luz de los principios enunciados por el Magisterio, todas las decisiones concretas de orden teórico o práctico –por ejemplo, en relación a las diversas opiniones filosóficas, de ciencia económica o de política [...]– que cada uno juzgue en conciencia más convenientes y más de acuerdo con sus personales convicciones y aptitudes humanas»[7].
Tratándose de escuelas promovidas por personas del Opus Dei, junto a la doctrina social recién mencionada, también la santificación del trabajo, elemento central del espíritu del Opus Dei, tendría que inspirar toda su actividad. La llamada a la santidad es universal y a la mayoría Dios les busca en medio del quehacer profesional. Por eso, san Josemaría esperaba que en las escuelas de negocios se trabajara con excelencia profesional, rectitud de intención y espíritu de servicio, condiciones indispensables para santificar el trabajo.
Centralidad de la persona y la empresa como comunidad de personas
Uno de los principios rectores de la doctrina social de la Iglesia es la centralidad de la persona humana. El Compendio de doctrina social de la Iglesia afirma con rotundidad:
«Toda la vida social es expresión de su inconfundible protagonista: la persona humana. De esta conciencia, la Iglesia ha sabido hacerse intérprete autorizada, en múltiples ocasiones y de diversas maneras, reconociendo y afirmando la centralidad de la persona humana en todos los ámbitos y manifestaciones de la sociabilidad: “La sociedad humana es, por tanto, objeto de la enseñanza social de la Iglesia desde el momento que ella no se encuentra ni fuera ni sobre los hombres socialmente unidos, sino que existe exclusivamente por ellos y, por consiguiente, para ellos”. Este importante reconocimiento se expresa en la afirmación de que “lejos de ser un objeto y un elemento puramente pasivo de la vida social”, el hombre “es, por el contrario, y debe ser y permanecer, su sujeto, su fundamento y su fin”. Del hombre, por tanto, trae su origen la vida social que no puede renunciar a reconocerlo como sujeto activo y responsable, y a él deben estar finalizadas todas las expresiones de la sociedad»[8].
Una de las expresiones de la sociedad es su dimensión económica, lo cual supone que la economía ha de estar siempre orientada al bien integral de la persona humana y que cuando ésta se encuentra implicada en un proceso económico, debe ser tratada siempre como un fin en sí misma, con respeto a su dignidad, y nunca como un medio. De ahí que es contraria a la doctrina cristiana y a la misma ética natural, la teoría del economicismo, que reduce toda la existencia a su dimensión material. Dicha teoría es compartida, tanto por el capitalismo de los orígenes, que identifica sociedad con mercado, como por el marxismo, que hace derivar todas las superestructuras sociales de la estructura económica de la sociedad.
A su vez, el Compendio desarrolla una visión de la empresa desde la perspectiva personalista:
«La empresa debe caracterizarse por la capacidad de servir al bien común de la sociedad mediante la producción de bienes y servicios útiles. En esta producción de bienes y servicios con una lógica de eficiencia y de satisfacción de los intereses de los diversos sujetos implicados, la empresa crea riqueza para toda la sociedad: no sólo para los propietarios, sino también para los demás sujetos interesados en su actividad. Además de esta función típicamente económica, la empresa desempeña también una función social, creando oportunidades de encuentro, de colaboración, de valoración de las capacidades de las personas implicadas. En la empresa, por tanto, la dimensión económica es condición para el logro de objetivos no sólo económicos, sino también sociales y morales, que deben perseguirse conjuntamente»[9].
Toda empresa económicamente sana debería generar beneficios. Los números serán siempre fundamentales en toda actividad económica. Al mismo tiempo, hemos de ver detrás de los resultados económicos a las personas únicas e irrepetibles que han participado en esos resultados, como propietarios, accionistas, empleados, clientes, consumidores, etc. La lógica de lo exclusivamente numérico corre el riesgo de conducir a la deshumanización.
Enseñaba hace unos años san Juan Pablo II: «La Iglesia reconoce la justa función de los beneficios, como índice de la buena marcha de la empresa. Cuando una empresa da beneficios significa que los factores productivos han sido utilizados adecuadamente y que las correspondientes necesidades humanas han sido satisfechas debidamente. Sin embargo, los beneficios no son el único índice de las condiciones de la empresa. Es posible que los balances económicos sean correctos y que al mismo tiempo los hombres, que constituyen el patrimonio más valioso de la empresa, sean humillados y ofendidos en su dignidad. Además de ser moralmente inadmisible, esto no puede menos de tener reflejos negativos para el futuro, hasta para la eficiencia económica de la empresa. En efecto, finalidad de la empresa no es simplemente la producción de beneficios, sino más bien la existencia misma de la empresa como comunidad de hombres que, de diversas maneras, buscan la satisfacción de sus necesidades fundamentales y constituyen un grupo particular al servicio de la sociedad entera. Los beneficios son un elemento regulador de la vida de la empresa, pero no el único; junto con ellos hay que considerar otros factores humanos y morales que, a largo plazo, son por lo menos igualmente esenciales para la vida de la empresa»[10].
Los números y las estadísticas ayudan a comprender algunos aspectos de la realidad, pero no lo dicen todo. Pongamos un ejemplo literario. En la novela Tiempos difíciles, Dickens nos presenta un diálogo en una escuela de una ciudad minera inglesa en plena revolución industrial. El propósito del escritor es mostrar al lector la falta de sensibilidad humana que padecen las sociedades cuando se rigen exclusivamente por los resultados económicos o por lo que los británicos llaman matters of fact, los fríos hechos, desnudos de un contexto que los humanice y les dé sentido. El maestro del pueblo, que es un positivista convencido, se dirige a un grupo de jóvenes estudiantes: «Mirad: suponed que esta escuela es la nación y que en esta nación hay cincuenta millones en dinero. ¿Es o no una nación próspera?». La pregunta va dirigida a la alumna número veinte —todos los niños están numerados—, que contesta que en realidad duda, pues no sabe en qué manos está el dinero y si le corresponde a ella alguna parte. El profesor presenta el problema de otra manera: «La sala de esta escuela es una ciudad inmensa en la que vive un millón de habitantes, y de ese millón de habitantes solamente se mueren de hambre en la calle, al año, veinticinco. ¿Qué os parece esta proporción?». La misma niña contesta que «para los que se morían de hambre era lo mismo que la ciudad tuviese un millón que un millón de millones de habitantes». Este difícil diálogo entre el que solo se atiene a las estadísticas y la que solo se fija en cada persona termina con la siguiente perla: el profesor pregunta qué tanto por ciento representan quinientas personas ahogadas entre cien mil que se embarcaron en un año para hacer una travesía marítima. Nuestra niña responde: «Ningún tanto por ciento representa para los parientes y amigos de los que perecieron»[11].
Juan Pablo II se preguntaba si, después de la caída de los regímenes comunistas, el sistema económico que se debía emplear era el capitalismo. Otra vez expresa cómo la reducción economicista no es una respuesta adecuada para la construcción de una sociedad respetuosa de la dignidad humana. Explica el santo polaco:
«La respuesta obviamente es compleja. Si por “capitalismo” se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de “economía de empresa”, “economía de mercado”, o simplemente de “economía libre”. Pero si por “capitalismo” se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa»[12].
Justicia y caridad
¿Qué consecuencias trae la centralidad de la persona en la vida de una empresa, y por lo tanto en las enseñanzas que una escuela de negocios con identidad cristiana se propone transmitir a los empresarios y profesionales que se forman en ella? En primer lugar, que en las relaciones interpersonales, ya sea en la empresa como en sus relaciones con la sociedad, se debe respetar la justicia en su acepción clásica de «dar a cada uno lo suyo». Esto significa salarios justos, productos buenos, publicidad veraz, operaciones financieras legales, precios razonables y un largo etcétera que cada uno de ustedes podrá añadir.
San Josemaría era abogado y poseía una mentalidad jurídica y un gran amor a la justicia. «No se ama la justicia —escribía en una homilía dedicada a san José—, si no se ama verla cumplida con relación a los demás. Como tampoco es lícito encerrarse en una religiosidad cómoda, olvidando las necesidades de los otros. El que desea ser justo a los ojos de Dios se esfuerza también en hacer que la justicia se realice de hecho entre los hombres. Y no sólo por el buen motivo de que no sea injuriado el nombre de Dios, sino porque ser cristiano significa recoger todas las instancias nobles que hay en lo humano. Parafraseando un conocido texto del apóstol san Juan, se puede decir que quien afirma que es justo con Dios, pero no es justo con los demás hombres, miente: y la verdad no habita en él»[13].
Respetando el legítimo pluralismo que existe a la hora de encontrar las soluciones técnicas para resolver las emergencias sociales, el fundador del Opus Dei recordaba a todos que parte central del Evangelio es la predilección por los pobres y enfermos, que deben gozar de los mismos derechos de los demás hombres. En este sentido, la Iglesia del siglo XX ha formulado el principio de «la opción o amor la opción preferencial por los pobres», que es magisterio de Juan Pablo II, como una «forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana» y se aplica a «nuestras responsabilidades sociales» y a las «decisiones que se deben tomar coherentemente sobre la propiedad y el uso de los bienes»[14].
Sin medias tintas, afirmaba san Josemaría a mediados del siglo pasado: «En estos tiempos de confusión, no se sabe lo que es derecha, ni centro, ni izquierda, en lo político y en lo social. Pero si por izquierda se entiende conseguir el bienestar para los pobres, para que todos puedan satisfacer el derecho a vivir con un mínimo de comodidad, a trabajar, a estar bien asistidos si se ponen enfermos, a distraerse, a tener hijos y poderles educar, a ser viejos y ser atendidos, entonces yo estoy más a la izquierda que nadie. Naturalmente, dentro de la doctrina social de la Iglesia, y sin compromisos con el marxismo o con el materialismo ateo; ni con la lucha de clases, anticristiana, porque en estas cosas no podemos transigir»[15].
Para san Josemaría hay exigencias de justicia ineludibles, y se deben buscar todos los medios idóneos para que se respeten. A su vez, en su visión social impregnada por el amor de Cristo, consideraba que la justicia sola no basta.
«Convenceos de que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad. Cuando se hace justicia a secas, no os extrañéis si la gente se queda herida: pide mucho más la dignidad del hombre, que es hijo de Dios. La caridad ha de ir dentro y al lado, porque lo dulcifica todo: Dios es amor (…). Para llegar de la estricta justicia a la abundancia de la caridad hay todo un trayecto que recorrer. Y no son muchos los que perseveran hasta el fin. Algunos se conforman con acercarse a los umbrales: prescinden de la justicia y se limitan a un poco de beneficencia que califican de caridad. (…). La caridad, que es como un generoso desorbitarse de la justicia, exige siempre el cumplimiento del deber: se empieza por lo justo; se continúa por lo más equitativo (…); pero para amar se requiere mucha finura, mucha delicadeza, mucho respeto, mucha afabilidad: en una palabra, seguir aquel consejo del Apóstol: «llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo». Entonces sí, ya vivimos plenamente la caridad, ya realizamos el mandato de Jesús»[16].
Tanto Benedicto XVI como Francisco, al tratar sobre la actividad económica, se han referido a las actitudes del don y de la gratuidad, que son otros modos de denominar la caridad, pues caridad es amor, y el amor se concreta en el entregarse, en el darse de forma gratuita. Martin Schlag comenta que estas lógicas «expresan que la persona humana no tiene precio, sino dignidad, y que por lo tanto debe situarse en el centro de toda actividad económica como fundamento y finalidad. Nuestras relaciones económicas pueden ser de muy distinto tipo: de explotación, de dominación, injustas, hostiles, etc. O lo contrario: enriquecedoras, positivas, justas, amistosas, etc. Nuestra manera de participar en el mercado será consecuencia de la decisión que tomemos en nuestra vida interior: ¿quién queremos ser? ¿qué clase de persona decido ser en mis actividades empresariales? Si decidimos respetar a los demás en su dignidad, e incluso amarlos como hermanos, habremos aplicado el principio del «don» del que hablaba Benedicto XVI: habremos renunciado gratuitamente a cualquier poder de dominación sobre los demás para servirlos. Esto implica aspirar a una economía sostenible y a largo plazo y rechazar la avaricia a corto plazo que no tiene en cuenta los costes humanos»[17].
Un empresario en los altares: Enrique Shaw
Conocemos a muchos empresarios que han procurado vivir, entre otras virtudes, la justicia y la caridad. Me gustaría referirme en esta última parte al futuro beato Enrique Shaw, que llegará a los altares en los próximos meses, cuando se defina el día de la beatificación[18].
Procedente de una familia aristocrática argentina, Enrique se santificó a través de las circunstancias ordinarias de su vida: familia numerosa, relaciones sociales y, lo que más nos interesa en este caso, a través de su trabajo como director de empresas. Vivió muy pocos años, entre 1921 y 1962. Con una vida espiritual profunda, difundió en su ambiente «el buen olor de Cristo», y se ocupó de formar cristianamente a otros empresarios. Por eso fundó en 1952 la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa. Así se expresaba Enrique Shaw:
«Hay que remediar las injusticias. […]. Considerar como deber de estado el ser eficientes; para poder distribuir más hay que producir más. Es necesario formar empresarios cristianos y darles un estilo de vida: contribuir a un mundo mejor, principalmente mediante la acción de cada empresario cristiano en su propia esfera. […]. Esta es una misión de religión y vida: tratar de santificarnos a través de la profesión y de santificar la profesión. Se debe crear la conciencia de una función empresarial concebida cristianamente, para lo cual tenemos que usar el método de la aplicación concreta. El sacerdote no solo eleva a Dios sino que trae a Dios a los hombres en la comunión. […]. El empresario debe encarnar a Cristo en la empresa. La forma de hacerlo es aplicando sus enseñanzas. Aplicar la doctrina cristiana, el mensaje de Cristo a problemas concretos de la función del empresario. Hacer que la gente participe. El problema más agudo para nosotros y para otros países, sobre todo en los menos desarrollados, es la falta de gente capaz en los niveles más altos»[19].
Shaw buscaba mejorar las condiciones laborales en la fábrica y que los colaboradores sean conscientes de la implicancia de su tarea en la producción. Por tal motivo consideraba el rol fundamental del dirigente de empresa según apuntaba:
«Debemos trabajar por la elevación del hombre: somos los responsables de la ascensión humana de nuestro personal, sin trabar por eso, de ninguna manera, su legítima iniciativa y su necesaria responsabilidad. El dirigente de empresa debe considerar a cada uno de sus colaboradores humanos como un “posible” a quien hay que facilitar la realización y ayudarle a encontrar y extraer lo mejor que tiene de sí mismo. El “clima” de la empresa debe ser tal que contribuya a la ascensión del hombre y le brinde por su trabajo y en su trabajo la mejor de las oportunidades para su desarrollo; el dirigente de empresa debe dar toda la libertad posible para que cada uno sea dueño de sus actos y pueda expresar su personalidad»[20].
Uno de los gestos que más destacan quienes lo conocieron fue su capacidad de escucha. En la vida cotidiana de la empresa, Shaw no entendía el escuchar como una técnicade liderazgo, sino como una actitud del corazón, profundamente ligada a la manera de ejercer la autoridad. Inspirado en la oración bíblica de Salomón, solía insistir en la necesidad de pedir a Dios «un corazón que escuche» como condición para gobernar con sabiduría, recordando que para la tradición bíblica escuchar es también comprender, discernir y cuidar a las personas confiadas a nuestra responsabilidad.
Escuchar de verdad, como lo vivió Shaw, transforma la cultura interna de una organización. Genera confianza, fortalece el sentido de pertenencia y abre espacios donde cada persona puede sentirse reconocida y respetada. En contextos de crisis, Enrique Shaw se hacía una pregunta incómoda pero necesaria: «¿Pensamos más en las personas que en la empresa?».
El Papa León XIV, al recordar los principios de la doctrina social de la Iglesia sobre la economía, subrayaba hace pocos meses que «esta visión encuentra un ejemplo luminoso y cercano en el venerable siervo de Dios Enrique Shaw, empresario que entendió que la industria no era sólo un engranaje productivo ni un medio de acumulación de capital, sino una verdadera comunidad de personas llamadas a crecer juntas. Su liderazgo se distinguió por la transparencia, por la capacidad de escucha y por el empeño para que cada trabajador pudiera sentirse parte de un proyecto compartido. En él, la fe y la gestión empresarial se unieron de manera armónica, demostrando que la Doctrina Social no es una teoría abstracta ni una utopía irrealizable, sino un camino posible que transforma la vida de las personas y de las instituciones al poner a Cristo como centro de toda actividad humana.
Enrique promovió salarios justos, impulsó programas de formación, se preocupó por la salud de los obreros y acompañó a sus familias en sus necesidades más concretas. No concebía la rentabilidad como un absoluto, sino como un aspecto importante para sostener una empresa humana, justa y solidaria. En sus escritos y decisiones se percibe claramente la inspiración de Rerum Novarum, que pedía a los empresarios “no considerar a los obreros como esclavos; respetar en ellos, como es justo, la dignidad de la persona, sobre todo ennoblecida por lo que se llama el carácter cristiano” (n. 15)»[21].
El futuro beato se había ganado el corazón de sus empleados. Son innumerables los testimonios que así lo manifiestan. En la etapa final de su enfermedad en 1962, ante la necesidad de recibir transfusiones de sangre para mantenerse con vida, aproximadamente doscientas sesenta personas —en su mayoría obreros de la cristalería Rigolleau donde él trabajaba— se dispusieron a donar su sangre. Enrique Shaw expresó: «Puedo decirles que ahora casi toda la sangre que corre por mis venas es sangre obrera»[22].
Shaw no conoció a san Josemaría, aunque me parece advertir una sintonía espiritual profunda, como es bastante lógico tratándose de dos almas santas. Sin embargo, pasados los años, algunos familiares recibieron la vocación al Opus Dei. Entre ellos un hijo sacerdote que ejerce su labor pastoral desde hace décadas en Kenia.
Hay un diálogo muy conocido que sostuvieron el Dr. Eduardo Ortiz de Landázuri, que tiene iniciado su proceso de beatificación, y san Josemaría Escrivá. Eduardo se había trasladado de Granada a Pamplona para trabajar en la Universidad de Navarra, que estaba comenzando. Cuando se encontraron en Pamplona, éste le dijo al fundador del Opus Dei:
Bueno, Padre, me pidió que viniera a Pamplona para hacer una universidad, y ya está hecha…
San Josemaría le contestó:
No te he pedido que hagas una universidad, sino que te hagas santo haciendo una universidad[23].
Creo que es lo que san Josemaría diría hoy a quienes trabajan en escuelas de negocios inspiradas por su espíritu: hacernos santos en el trabajo docente, de investigación, de irradiación de una cultura cristiana de la empresa, buscando la excelencia para servir desde allí a toda la humanidad. La próxima beatificación de Enrique Shaw es una prueba de que es posible llegar a la santidad en esta dimensión fundamental de la existencia humana.
[1] Relación testimonial de Francisco Ponz Piedrafita, octubre 1998, p. 1, cit. en Javier Pampliega, La historia del IESE. Primeros pasos y desarrollo inicial. Un estudio inédito (1957-1960), Barcelona, 2009, p. 18; cfr. Francisco Ponz Piedrafita, IESE: 25 años, «Revista de Antiguos Alumnos» 15 (1984). Citado en A. Argandoña, Josemaría Escrivá de Balaguer y la misión del IESE en el mundo de la empresa, Studia et Documenta, vol. 5, Roma 2011, pp. 132.
[2] Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, creado en Barcelona en 1958 por la Universidad de Navarra. El IESE se ha desarrollado como una iniciativa global, con sedes en varios países, y es conocido por su enfoque humanístico y por la adopción del método del caso desarrollado en colaboración con la Universidad de Harvard. Más información en https://www.iese.edu/.
[3] Antonio Valero, Intervención en el acto con motivo de la beatificación de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador y Primer Gran Canciller de la Universidad de Navarra, Barcelona, IESE, 9 de abril de 1992 (mecanografiado), p. 1. Citado en A. Argandoña, cit., p. 134.
[4] Cfr. Javier Echevarría, Para alcanzar los mayores beneficios, «Revista de Antiguos Alumnos» 108, diciembre de 2007, p. 12.
[5] Nota del editor: la reciente encíclica Magnifica Humanitas de León XIV resume en el capítulo 2 estos principios.
[6] San Josemaría Escrivá, Carta n. 14. Disponible en Cartas III, Rialp, 2026. Edición anotada por Luis Cano.
[7] Conversaciones, n. 12.
[8] Compendio de doctrina social de la Iglesia, n. 108. Cursivas en el original. En este sentido, el Papa León XIV ha señalado en su primera encíclica, Magnifica Humanitas, n. 50: «Por eso, la persona humana permanece siempre como “el camino primero y fundamental de la Iglesia” y el corazón de toda auténtica vía de desarrollo humano integral».
[9] Ibid., n. 338. Cursivas en el original.
[10] San Juan Pablo II, Centesimus annus, n. 35. Cursivas en el original.
[11] C. Dickens, Tiempos difíciles, capítulo II. Para una contextualización de esta obra, cfr. M. Fazio, El universo de Dickens. Una lección de humanidad, Rialp. Madrid 2015.
[12] San Juan Pablo II, Centesimus annus, n. 42.
[13] Es Cristo que pasa, 52.
[14] San Juan Pablo II, Sollicitudo Rei Socialis, n. 42. También puede verse Ecclesia in America, n. 58. En Magnifica Humanitas, León XIV se refiere a este tema en los nn. 43, 78 y 234. Por ejemplo, señala: «El Magisterio reciente ha insistido en el hecho de que la justicia social exige una mirada cuyo punto de partida sean los últimos. San Juan Pablo II habló de una opción preferencial por los pobres que debe marcar las decisiones personales y sociales, mientras el Papa Francisco denunció una “cultura del descarte” que provoca cada vez más formas nuevas de exclusión. En esta perspectiva, la justicia social exige mirar a las personas y a los pueblos comenzando por los que son más vulnerables: los pobres, los migrantes, los refugiados, los desplazados internos, las víctimas de la violencia, las personas que viven en periferias urbanas o existenciales.»
[15] Instrucción, V-1935/14-IX-1950, nota 146. Citada por J. Echevarría, Carta pastoral, 1 de abril de 2013.
[16] Amigos de Dios, 172-173
[17] M. Schlag, Contra la idolatría del dinero, Rialp, Madrid 2018, pp. 209-210. Sobre el principio de gratuidad y la lógica del don, puede verse Benedicto XVI, Caritas in Veritate, n. 36.
[18] Cfr. https://www.vaticannews.va/es/iglesia/news/2025-12/iglesia-argentina-beatificacion-enrique-shaw.html.
[19] R. Estévez (2012). «Enrique Shaw: un hombre de gobierno humano en la sociedad civil». En Camusso, Marcelo; López, Ignacio; Orfali Fabre, María Marta, ed. Doscientos años del humanismo cristiano en la Argentina: el compromiso con la república, la democracia y el bien común. Buenos Aires: Editorial de la Universidad Católica Argentina. pp. 621-651.
[20] S. Critto de Eiras, Un empresario en plenitud: Enrique E. Shaw y su eficaz desempeño, LID Editorial empresarial, Buenos Aires 2017, pp. 85-86.
[21] León XIV, Mensaje a la 31ª Conferencia Industrial de Argentina, 8-IX-2025.
[22] M. Stremi (2021). «Un empresario camino a los altares. La vida de Enrique Shaw, un padre de familia y empresario siendo levadura en el orden temporal». Dios y el hombre 5 (1): e075.
[23] E. López Escobar y P. Lozano, Eduardo Ortiz de Landázuri, el médico amigo, Palabra, Madrid, 1994, p. 216.

