La conversión de Fabián: “Si tu juventud la gastas en nada, sientes un vacío que ni todo el carrete del mundo puede llenar”

Nació en una familia no practicante y estudió en un colegio aconfesional que promovía valores liberales. Era desordenado, le gustaban mucho las fiestas, jugaba torneos de lucha libre, entre otras cosas. En paralelo, en su casa había problemas conyugales y de salud mental. Tuvo un cambio radical en la universidad, lo que generó resistencia en su casa, pero terminó ayudando a que su madre se acercara a Dios justo antes de su muerte.

Fabián (40) en su etapa escolar era bueno para salir por la noche con amigos, para llevar la contra, alentar a su equipo de fútbol en la barra brava y jugar lucha libre. Iba a un colegio laico, liberal, y su relación con la religión católica consistía en estar bautizado y haber hecho la primera comunión. Eso era todo. Ah, y sus padres se habían casado por la iglesia, pero nunca iban a misa, ni rezaban, ni tenían una relación cariñosa.

De niño junto a sus dos hermanas vivió situaciones complejas por conflictos entre sus padres y problemas de salud mental de su madre.

Iba mucho a fiestas, tenía un nombre especial en la barra brava de Colo Colo, leía mucho -siempre le ha gustado leer-, y en su casa había libros esotéricos como de tarot o piedras mágicas.

“Nos tocó vivir cosas que no estaban bien. Hoy día la sociedad y hasta el Estado resuelven de otra manera, pero nosotros las soportamos. El carrete [salir por la noche], la falta de una creencia práctica y teórica de Dios y la fe católica, más estos problemas complejos de salud de mi mamá y los problemas matrimoniales que tuvieron, todo ese cóctel, te genera que te falta todo. No es que te falte algo, te falta todo, porque puedes pasarlo bien, reírte mucho, pero, en el fondo, sabes que te estás perdiendo la vida. Uno está llamado a ser feliz, y yo sabía que las cosas no estaban bien. Todo eso me hizo clic a finales del colegio”, dice.

Vida social intensa y vacío interior

Según Fabián, su familia materna tiene una gran sensibilidad política. “Lucharon muchos de ellos fervientemente contra el gobierno militar, con consecuencias personales súper difíciles”, advierte. Algunos de ellos vivieron exiliados en Argentina. En cambio, su padre tiene una postura más cercana al centro político.

Fabián de niño recibió el bautismo y la primera comunión.

La familia vivía en Maipú, que en esa época era rural, y tenía mucha vida de barrio. Fabián asistió al mismo colegio siempre y algunos de sus amigos fueron sus compañeros de kinder a cuarto medio. Recuerda que todos eran muy liberales, pero había un grupo de niñas que le llamaban la atención porque eran protestantes, o evangélicas, o testigos de Jehová, y trataban de vivir su fe coherentemente. Los demás eran católicos, pero nadie practicaba su fe. Así que ellas le llamaban la atención, aunque solo fuera para reírse con sus amigos.

Iba mucho a fiestas, tenía un nombre especial en la barra brava de Colo Colo, leía mucho -siempre le ha gustado leer-, y en su casa había libros esotéricos como de tarot o piedras mágicas. Recuerda que su mamá, Verónica, se rió cuando le contó de su primera borrachera. Tomaba frecuentemente alcohol, varias veces en exceso, y con sus amigos tiene anécdotas que entonces le parecían súper divertidas, como robarse extintores, poner basureros de la calle sobre los autos, entre otras cosas. “Nos creíamos los dueños del mundo con 15-16 años, carreteábamos firme”, afirma.

Hasta ahí todo parecía ir bien, pero en los últimos años de colegio algo empezó a cambiar.

“Si tú sumas una vida alejada de Dios de manera práctica y teórica, y solo tienes una noción de que existe algo, un ser supremo, pero nada concreto, y tu juventud -que son tus mejores años-, la estás gastando en nada, por supuesto que sientes un vacío, que ni toda la cerveza del mundo, ni los carretes pueden llenar”, reflexiona.

Fabián practicaba lucha libre amateur cuando estaba en el colegio. Una vez congregaron a más de 100 personas. Recuerda que en una ocasión le quebraron una guitarra en la cabeza.

Y agrega: “el hombre está llamado a lo trascendente. Eso obviamente cuando uno es chico no lo ve, pero siente sus efectos. Y yo los sentía, porque cuando uno tiene 16 años y se va de carrete y al otro día amanece sin ganas de nada, con resaca, y no te quedan fuerzas para hacer cosas que quizás te aporten más, tú dices: bueno, algo falta aquí, algo me estoy perdiendo. Yo veía a mis amigos y a pesar de que estaba en el mismo grupo, en definitiva, como que sabía que las cosas no las estábamos haciendo bien”.

Tendencia a llevar la contra

En ese contexto, se publicó un libro que captó su atención. Se llamaba El Código de Da Vinci y generó una polémica porque criticaba a una institución llamada Opus Dei.

“A mis 17 años, la única vez que escuché esa palabra, fue cuando un amigo mío del colegio habló algo en contra del Opus Dei. Yo hice como que entendí, pero no entendía a qué se estaba refiriendo. En el ambiente en el que yo me movía en Maipú, Opus Dei era un término inexistente”, cuenta.

“Mi mamá me acuerdo que me dijo: tú ya no eres tú, no eres el mismo que eras antes ¿dónde estás? ¿qué te pasó?”, revela Fabián.

Fabián recuerda que vio un programa de televisión en el que una persona intentaba dar a conocer en qué consistía la Obra y otras cuatro personas lo interrogaban y “le daban duro”.

“Él hacía lo que podía. A mí que siempre me ha gustado discutir, debatir, que siempre he sido bien contrera para mis cosas, como que empaticé con él. Pero lo que más me llamó la atención era que habían críticas a las personas del Opus Dei por tratar de vivir de manera coherente lo que la Iglesia enseña. Eso no me parecía tener sentido, porque para eso atacas a toda la Iglesia”, relata.

Entró a la universidad Diego Portales a estudiar Derecho. Y ahí se hizo amigo de “una persona de esas que te coloca Dios en el camino, y que hace que todas estas cosas vayan confluyendo, el vacío existencial, la falta de Dios, las dificultades de la casa, el carrete excesivo”. Ella era catequista y Fabián decidió hacer la Confirmación. No sabe bien porqué, ya que en ese tiempo ni iba a misa.

La catequista le regaló el libro Camino de San Josemaría, “y me lo devoré”, asegura. “La Confirmación, yo creo que fue la primera entrada a la fe profunda y en serio, porque no la había tenido en realidad”, reflexiona. Sus papás no asistieron a la ceremonia, pero su polola y sus hermanas sí.

Dejarlo todo por amor

Fueron pasando los semestres y un día, sin mucha esperanza, decidió escribir al contacto publicado en la página web del Opus Dei. Para su sorpresa, le respondieron y se juntó con una persona para conocer más de qué se trataba.

De ahí empezó a asistir los sábados a un centro de universitarios que se llamaba Alameda. “Me impactó muchísimo ver a personas de mi edad que vivieran ahí, que se habían comprometido a tal punto de dejarlo todo para irse a vivir a un centro. Yo llegaba con una tremenda ilusión porque era una forma de ver las cosas ya no solo teóricas, sino también prácticas”, detalla. Comenzó a ir en la semana también a estudiar allá y luego a retiros. Y a su mamá no le gustó.

Tensiones en la familia

Fabián cuenta que empezó a cambiar. “Los cambios no son inmediatos, igual carreteaba, tomaba -muchas veces más de lo conveniente-, pero cuando me empecé a acercar directamente al Opus Dei y a entender qué era, hubo resistencia en mi casa, especialmente de mi mamá que me pidió reconsiderarlo”, dice.

“Me impactó muchísimo ver a personas de mi edad que vivieran ahí, que se habían comprometido a tal punto de dejarlo todo para irse a vivir a un centro. Yo llegaba con una tremenda ilusión porque era una forma de ver las cosas ya no solo teóricas, sino también prácticas”, detalla Fabián.

Cuando personas del Opus Dei lo llamaban al teléfono fijo de su casa, su mamá les cortaba. Una vez le pidió a Fabián que les dijera que no llamaran más a la casa. “Siendo honesto, se mantuvo mucho tiempo [esa resistencia de su madre]. Después que ya empezó este proceso de conversión profundo, cuando yo empecé a luchar por vivir coherentemente mi fe e ir a misa, por ejemplo, [a ella] le costaba mucho”, relata.

De ser desordenado en el colegio, líder de una barra en la que llevaban fuegos artificiales ilegales, luchador de lucha libre en torneos que hacían en el mismo establecimiento y que congregaban a más de 100 personas, entre otras cosas, pasó a ser católico practicante en la universidad.

“Mi mamá me acuerdo que me dijo: tú ya no eres tú, no eres el mismo que eras antes ¿dónde estás? ¿qué te pasó?”, revela.

Para rematar esto, con su polola [novia] decidieron casarse a los 23 años, sin haber convivido antes -algo ya extraño para su familia-, sin estar esperando un bebé y antes de haber jurado como abogado. Él solo recibía sueldo como procurador. “Nos casamos muy pobres. En el fondo yo creo que tenía el anhelo de vivir coherentemente mi fe”, dice.

Se casó con Susana a los 23 años

La familia de su polola, Susana, era católica. Ella había estudiado en un colegio de los Salesianos y veía con buenos ojos al Opus Dei. Era parte del grupo de scouts y había conocido todas sus facetas. Sin embargo, la familia de ella tampoco estaba de acuerdo con que se casaran tan jóvenes y sin ahorros suficientes.

Sus compañeros de colegio tampoco lo podían creer: Fabián fue el primero en casarse.

Se casaron en la parroquia del barrio y vivieron unos meses con la familia de Fabián. Más adelante arrendaron una casita y un par de años después se fueron a vivir a Punta Arenas, en el extremo sur de Chile.

Reencuentro familiar: “Por fin entiendo”

En el sur del país pudieron vivir acorde a sus valores. “A pesar de todas las dificultades, obviamente uno a la familia la sigue amando, pero la influencia de mi mamá, todas las tensiones, eran bastante fuertes. Entonces, acá obviamente se podía vivir conforme a lo que nosotros queríamos y aparte nos hicimos amigos en Punta Arenas, nos afiatamos muy bien”.

Llegaron en 2013 con dos hijas y tuvieron cuatro hijos más. Uno de ellos murió antes de nacer. “Acá vivimos y somos muy felices. Yo no puedo ser más bendecido, seguimos con dificultades económicas, ya vamos a cumplir 18 años de casados y muy, muy felices”.

El primer año la mamá de Fabián los fue a visitar con regalos y después no volvió hasta 2025.

Viven en Punta Arenas desde 2013.

Fabián cuenta: “tuve cáncer el año pasado, uno relativamente sencillo de resolver. Mi mamá obviamente estaba muy preocupada. Me operé en Punta Arenas, pero tuve que ir a hacer chequeos a Santiago y también me tuve que hacer quimioterapia allá. Y mi mamá me cuidó, porque a pesar de que fue solo un ciclo, es fuerte, te deja muy botado y ella estuvo ahí acompañándome”.

Estando una vez en Santiago, le dijo a su mamá: “¿te parece si me acompañas al templo votivo de Maipú? Vamos a rezar a la Virgen para agradecer”. Su madre aceptó y le dijo: “reza tú y yo te acompaño”. Llegando allá Fabián la animó a rezar un Avemaría con él, pero ella no se acordaba de cómo se rezaba. “Ella hizo el esfuerzo e intentó decir las palabras”, cuenta.

A fin de año, cerca de la Navidad, hicieron una fiesta en Punta Arenas e invitaron a toda la familia de Fabián y a toda la de Susana. La madre de Fabián, Verónica, en un momento tomó el micrófono del karaoke y dijo: “por fin entiendo lo que Fabián y Susana han elegido y construido, y estoy muy contenta, muy orgullosa, muy agradecida”.

La familia reunida en la celebración de fin de año tras el cáncer de Fabián

“No dijo mucho más. Obviamente fue muy emotivo”, recuerda Fabián. Sus padres estaban ya más reconciliados y durante esos días los acompañaron a la Misa del Gallo y participaron en las tradiciones que tenían: cantar villancicos, bendecir la mesa, dedicar la noche buena a Jesús y al día siguiente abrir los regalos.

“Todas las cosas que nosotros vivimos naturalmente en mi casa, ellos estaban ahí y se acoplaron a todas esas costumbres. Lo pasaron muy bien, fue muy bonito”, dice.

La muerte de su madre

Al poco tiempo, en enero, Verónica tuvo dos accidentes cerebrovasculares. “Se debían en definitiva a un tumor que tenía en el cerebro. Y ese tumor era derivado de otro que tenía en el pulmón. Las expectativas de vida eran muy pocas y si vivía, iba a quedar con profundas secuelas”, dice Fabián.

Le llevaron una estampa de san Josemaría y una tía le llevó una reliquia de santa Teresa. Además, un sacerdote le dio la unción de los enfermos. “Después de eso, mi mamá empezó a repuntar”. Ya era marzo de 2026.

Fabián la iba a ver todos los días, le ponía la misa en la televisión, le llevó un crucifijo, el escapulario, rezaba el Ángelus con ella y le leyó el libro La Felicidad Donde No Se Espera, de Jacques Philippe.

Fabián junto a Verónica, su madre, cuando estaba con hospitalización domiciliaria

Al tiempo dieron de alta a Verónica y se fue a hospitalización domiciliaria. Fabián volvió a Punta Arenas. A pesar de que su madre estaba consciente y despierta, no podía hablar ni escribir. “A veces decía sí, a veces no, pero cuando despertó, algo que hizo muchísimas veces al día, era persignarse. De hecho, mis tías, que también iban a verla, como que me echaban bromas. Me decían: ay, Fabián, mira lo que hiciste. Ahora, no para de persignarse. Una y otra vez”, cuenta riendo.

En abril de este año Verónica cumplió 70. Fabián la fue a ver y le preguntó si quería que un sacerdote la confesara, ella asintió con su cabeza y se persignó. Sin embargo, se descompensó pocos días después, le administraron nuevamente la unción y murió acompañada de sus seres queridos.

La misa del funeral la celebró un sacerdote del Opus Dei, amigo de Fabián. La iglesia estaba llena. Asistieron familiares maternos y paternos, amigos del colegio, del grupo de scouts, antiguos vecinos, entre otros. Personas creyentes y no creyentes, en un clima de respeto.

Vocación al Opus Dei

“Yo estoy infinitamente agradecido de las personas del Opus Dei. Habrá personas más simpáticas que otras, pero siempre el Opus Dei ha estado ahí y ha hecho que mi vida en general y mi relación con el Señor pueda -a pesar de mis caídas, tropiezos, dificultades y limitaciones, que son infinitas-, ser un poco mejor de la que tuve alguna vez. Y eso me da esperanza también para acercarme al Señor y acercar a Él a los que más amo, como mis padres en un primer momento, y hoy día mi mujer y mis hijos”, reflexiona.

Fabián y Susana junto al prelado del Opus Dei.

Y concluye: “para mí ha sido una verdadera vocación, un verdadero llamado de Dios, porque me ha mostrado que puedo luchar por encontrarme con Él en todos esos espacios en los que yo estaba. En el Opus Dei me encontré con esa persona que es Jesucristo y me tiene profundamente contento. Soy inmensamente feliz a pesar de todas las dificultades que hemos tenido. Por ejemplo, que Alvarito no alcanzó a nacer, algo que nos produjo un tremendo dolor; después vino José Pedro, que tuvo una cardiopatía congénita y tuvo que ser operado a corazón abierto en Santiago a los cinco días de nacer; la dificultad económica, que a veces andamos mejor y a veces andamos peor; pero el Señor nunca nos ha dejado, jamás, siempre ha estado con nosotros”.