Teresa de Los Andes: tan actual como hace cien años

Nació con el siglo, un 13 de julio de 1900. Y hace cien años falleció quien sería la primera santa chilena, Teresa de Los Andes. Con ocasión del centenario de su entrada al cielo, presentamos un artículo de la historiadora Alexandrine de la Taille, quien señala el porqué de su vigencia y actualidad.

Opus Dei - Teresa de Los Andes: tan actual como hace cien años

Juanita Fernández Solar: la Teresa chilena

Cien años atrás, el 12 de abril de 1920, a los 19 años moría en el Carmelo de Los Andes, Teresa de Jesús, en el mundo Juanita Fernández Solar, una joven chilena perteneciente a una familia que había tenido una vida absolutamente normal. Sin embargo, la noticia de su muerte –en un monasterio de clausura− se propaga con rapidez entre sus familiares, amigos y, lo más notable, entre muchos desconocidos, incluso publicándose en los periódicos necrologías sobre esta joven carmelita.

Una realidad tan cotidiana como la muerte de una mujer abre un importante capítulo en la historia de Chile, por tratarse de la primera santa del país. Es relevante que una mujer, carmelita, mística, de élite, que muere con tan solo 20 años sin haber realizado ningún hecho extraordinario, sea la primera en llegar a los altares. Más sorprendente aún parece ser cómo en un mundo secularizado como el nuestro, los devotos de “Teresita” se multiplican y la imagen de la carmelita se ve en las animitas rurales, altares domésticos, oficinas e incluso tatuajes.

Juanita nace junto con el siglo, el 13 de julio de 1900, es la cuarta entre seis hermanos y crece en un hogar cristiano, alternando estadías entre el campo y la ciudad. Marcada por su familia, su niñez transcurre rodeada de cariño y seres queridos que incluyen personas que realizan trabajos domésticos, con quienes tiene una especial cercanía. Durante las vacaciones pasa temporadas en el fundo familiar y también suele ir a veranear con amistades al campo o la playa. Gozadora de los paseos a caballo, los deportes, la natación, destaca siempre por su alegría, simpatía y belleza física.

Por tradición familiar crece en medio de prácticas de piedad como el rezo del mes de María, la devoción al Sagrado Corazón, a la Virgen de Lourdes y las catequesis en distintos entornos, especialmente en temporada estival. Entre 1907 y 1917 se educa en el colegio de las religiosas francesas del Sagrado Corazón, quienes completan su formación religiosa, recibida especialmente de su madre. Como toda joven letrada de su tiempo, suele escribir en un diario personal todas sus actividades, desde sus actos más triviales hasta los pensamientos más elevados. Estas valiosas notas revelan un extraordinario itinerario espiritual, inserto en una vida tan corriente como la de cualquier joven de su entorno.

La ingenua pluma de Juanita narra cómo va creciendo su relación con Cristo, señalando como principal hito la Primera Comunión, y, asimismo, relata vivencias sobrenaturales con las que es favorecida. A partir de dichas experiencias y de su cercanía a los sacramentos, se siente llamada a entregar su vida en el Carmelo por la salvación de las almas desde muy joven.

Juanita en Algarrobo (izquierda, en la primera fila)

No obstante, es en el mundo donde transcurre casi toda su existencia. Sus escritos de puño y letra en el diario y la correspondencia, muestran a una niña y luego a una joven que, hija de su tiempo, procura alcanzar la santidad llevando una vida muy parecida a quienes la rodeaban. Más aún, a una adolescente convencida de la importancia de su rol social como mujer católica, perteneciente a un hogar cristiano, para cambiar el mundo.
Juanita Fernández Solar vivió como cualquier joven de su época, y muy pocos años, pero la marcó una gran diferencia clave que explica su vigencia y actualidad: se enamoró de Jesucristo.

Juanita vive en carne propia los tiempos de la “cuestión social” en que las grandes ciudades se ven sobrepasadas por las miles de familias que han dejado el campo en busca de oportunidades laborales en la metrópoli, viviendo en terribles condiciones higiénicas y de marginación social, como bien ha retratado nuestra literatura costumbrista. Son los pobres de los conventillos y las cités, los niños descalzos y sin educación los que conmueven a Juanita, quien no duda en ir, acompañada de su madre y sus hermanas, a sus hogares llevando ropa y alimentos, en momentos en que la desnutrición amenazaba de muerte a muchas familias. Asimismo, estas visitas eran una forma concreta de evangelizar y reconfortar espiritualmente a los demás. No dudaba tampoco en llevarlos a su propia casa para alimentarlos y entablar amistad. De personalidad coherente, esta misma actitud apostólica no sólo se percibe en sus cartas a sus amigas, sino también puertas adentro, con sus hermanos, cuyos testimonios conmovedores se refieren a ella como una mujer comprensiva y bondadosa, buscando siempre la paz y el cariño familiar.

Como toda adolescente prefiere el hogar al colegio y sufre por volver a clases luego de las vacaciones, pero paulatinamente descubre en sus profesoras -todas religiosas- modelos de vida consagrada. Gracias a ellas, goza de una cultura especial que mira a Francia y le permite compenetrarse con su literatura y, más allá, de las grandes corrientes, su formación le permite acercarse y comprehender a dos carmelitas, casi contemporáneas suyas, que le traspasan el alma: Teresita del Niño Jesús (1873-1897) e Isabel de la Trinidad (1880-1906); hoy, una doctora de la Iglesia y la otra, recientemente canonizada por el Papa Francisco. Por el camino de la sencillez espiritual y el enamoramiento de Cristo, es que siente una empatía especial hacia ellas e incluso considera que sus almas se parecen y se proyecta como ellas en el claustro. Atraída cada vez más por la mística del Carmelo, lee a los grandes San Juan de la Cruz y Teresa de Jesús de Ávila, quienes nutren su espíritu.

Con una vida plena, encantada por la belleza de la naturaleza, el amor a la familia, la amistad, la alegría de darse a los más necesitados y el gozo por la sencillez de la vida diaria; Juanita decide ser carmelita. Su vida de oración le ha mostrado el camino, el mismo Cristo la ha llamado a las “playas del Carmelo” y sus grandes místicos la han conquistado, a pesar de no conocer personalmente a ninguna monja carmelita ni ningún monasterio. Aunque tuvo por años la convicción de ser hija de Teresa de Ávila, meses anteriores al abandono del siglo, también piensa en la posibilidad de ser religiosa activa, dada su admiración por las mujeres que la educaron, quienes trabajaban en medio del mundo para salvar las almas.

Finalmente, ingresa como carmelita al humilde y recién fundado Monasterio del Espíritu Santo en la ciudad de Los Andes, donde vive solo once meses; en su místico lenguaje: “el cielo en la tierra”. Desde ahí, sigue haciendo apostolado a través de su ejemplo, la correspondencia y la oración. Aquejada de un grave tifus, profesa como carmelita in artículo mortis y rodeada de su comunidad, expira luego de una difícil agonía, con la esperanza de unirse a “su Esposo”, como constan sus últimas palabras.

Teresa en la capilla ardiente

Junto con la muerte de Juanita, nace la devoción por ella. La gran concurrencia al funeral es incomprensible por sus cercanos, quienes la consideran una situación excepcional. El paulatino crecimiento de una audiencia pía que se acerca al monasterio a venerar sus restos en búsqueda de algún milagro o consuelo, conducen al inicio de su proceso de canonización en 1947. Con la visita de Juan Pablo II a Chile, Teresa de Jesús de Los Andes es beatificada y en 1993 pasa a formar parte de la comunidad de los santos aprobados por la Iglesia Católica.

Hoy día, el Santuario de Auco dedicado a ella recibe a miles de fieles y, anualmente, una peregrinación de jóvenes que revelan su fe al caminar 27 kilómetros en peregrinación. En un momento en que la Iglesia valora especialmente los gestos y manifestaciones de la devoción popular, la figura de nuestra “Teresita”, primera santa local, reviste especial importancia. Si bien a la homónima francesa, patrona de las misiones, los fieles la leen, conocen y estudian; los chilenos no parecen detenerse a estudiar la vida de su Teresita, sino que la asumen siempre glorificada; cualquiera sea su procedencia o condición social, se acercan a ella como “santita en el cielo”, ignorando muchas veces su breve paso por la tierra. Dado que la imagen generalmente se venera con el hábito carmelita, se presenta en el imaginario como una continuidad de la Virgen del Carmen, Patrona de Chile y, por tanto, una esperanza en tiempos de laicización.

Juanita Fernández Solar vivió como cualquier joven de su época, y muy pocos años, pero la marcó una gran diferencia clave que explica su vigencia y actualidad: se enamoró de Jesucristo.

Alexandrine de la Taille es Doctora en Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile y profesora en el Instituto de Historia de la Universidad de los Andes.