El valor de la sencillez
Para algunos, Leopoldo es un gurú económico, aunque él mismo insiste en que no sabe de economía; para otros, un conferenciante al que la fama le llegó a los setenta años, con un libro sobre la crisis de 2008; para sus nietos, es simplemente «el abuelo». Tiene noventa y dos años y lleva sesenta y ocho casado con Elena, de quien dice que «siempre ha dado paz y serenidad a la familia». Está convencido de que «el amor no se tiene, se construye día a día».
De la fama conserva sobre todo amistades sencillas: «La amistad consiste en que, cuando llamas a alguien, se ponga al teléfono». Y añade que ese ha sido siempre su estilo, desde joven: «Hay que hacer amigos constantemente».
Cuando le pedían una canción para entrar en los programas de televisión, elegía siempre My Way, de Sinatra: «Me gusta hacer las cosas a mi manera». Esa misma libertad se la ha dado siempre a sus doce hijos, sin entrar en cómo educan a sus propios hijos: «En mi matrimonio la gracia de estado la tengo yo; en el suyo, la tienen ellos».
Simplificar las cosas
Durante la conversación se recoge un fragmento de una tertulia con san Josemaría en Castelldaura, donde Leopoldo le hace una pregunta al fundador del Opus Dei. Aquel día confiesa que «aprendió a combinar las cosas, hacerlas con libertad, porque quiero, con la obediencia».

En la fe aplica la misma idea que le trajo el éxito en economía: explicar las cosas de forma sencilla. «Rezo porque quiero. Me hice de la Obra porque era apasionante».
Al preguntarle por el legado que espera dejar, responde con una sonrisa: «San Quirico, la casa» —el lugar que ha visto crecer a toda la familia.
